San Agustín de Caracas y la cultura
afrocaribeña©, por Rafael A. Strauss K., en Tierra
negra. Producido por la Gerencia de Asuntos Públicos ExxonMobil de
Venezuela, S.A., subsidiaria de Exxon Mobil Corporation. Coordinación editorial
de Silvia Beaujon Z. y Ediciones Grupo TEI. Impreso en Intenso Offset (Grupo
Intenso), Caracas, 2002, 325 p., pp. 115-128 + bibliografía en pp. 316-317. Con
textos de Michaelle Ascencio Chancy, Angelina Pollak-Eltz, Eduardo Bermúdez,
Franklin Guerra Cedeño, Berta E. Pérez, Rafael A. Strauss K., Dinorah Castro de
Guerra, Marielena Mestas Pérez, Werner Wilbert y Guiber Mijares Palacios,
Esteban Emilio Mosonyi, Flor Alba Cabrera, Rafael Cartay, Carlos García Carbó,
Meyby Ugueto.
Los orígenes de San Agustín se vinculan con
el crecimiento poblacional y desarrollo urbanístico de Caracas. Dentro de este
proceso, el boom petrolero significará el desplazamiento y deterioro progresivo
de la producción agropecuaria y una acentuada e irreversible migración del
campo a la ciudad, donde las actividades administrativas, comerciales y
recreativas alcanzaban un impulso significativo. Se produce así una
concentración relativamente alta de inversiones que favorecen de manera directa
la arquitectura en su dimensión urbana. Es a partir de ese momento, en efecto,
cuando comienza a producirse el crecimiento cada vez más rápido de la ciudad y
su población.
El desdén y la indiferencia del general
Juan Vicente Gómez hacia Caracas, una ciudad consideraba por él hostil,
permitió que una parte importante del desarrollo urbanístico se concentrara en
la iniciativa privada entre, entre 1926 y 1927, va a “orientar la expansión de
la ciudad”, como afirman con acierto Gasparini y Posani (1969: 302). La
participación directa del Estado se produce, sin embargo, un año después,
cuando por ley del 30 de junio de 1928 se crea el Banco Obrero y se inicia en
San Agustín la construcción de soluciones habitacionales.
Conocido entonces como el “urbanismo de la
oligarquía”, el crecimiento de Caracas se produjo justamente por el sur, en lo
que eran las haciendas La Yerbera, El Conde, La Guía y La Industria. Allí
ocurren los primeros avances de familias con niveles económicos relativamente
altos. De esta manera van apareciendo, desde 1928, las urbanizaciones San
Agustín y El Conde. Unos trece años antes, entre 1915 y 1918, la zona recibía
importantes contingentes provenientes del estado Miranda, particularmente de
los valles del Tuy, Cúa, Charallave, Santa Teresa, Ocumare y Santa Lucíaasí
como también de la costa de Miranda y Nueva Esparta (Baptista y Marchionda,
1992: 111-112). En este marco de crecimiento y expansión demográfica surge y se
consolida la parroquia San Agustín, decretada como tal en lo civil y
eclesiástico en 1936.
La
cultura en el barrio Marín
San Agustín y, más específicamente, el
barrio Marín, han sido objeto de numerosos estudios urbanísticos, sociológicos
y antropológicos debido a la singularidad de los fenómenos socioculturales que
allí han ocurrido. En la confrontación histórica de San Agustín y el barrio Marín,
como centro neurálgico de propagación y difusión de tradiciones populares, se
ha desarrollado una cultura de características muy propias, que abarca la
organización social, la estructura familiar, el lenguaje, el mundo religioso y,
en general, las costumbres… debido fundamentalmente, como afirman Baptista y
Marchionda (Ibídem: 117-118), al
ascendiente negro de quienes llegaron. De tal manera que en prácticamente todas
las expresiones socioculturales de este parroquia destaca una influencia
notoria y, por ende, fundamental del elemento africano, en estrecha conexión
con los elementos fundacionales del sector.
En efecto, el poblamiento de ésta –y de
algunos sitios de Caracas– se caracterizó por el éxodo de campesinos
provenientes, principalmente, de la región de Barlovento: de lugares como
Curiepe, Tacarigua de Mamporal, San José de Río Chico, Sotillo, Higuerote.
Quienes se fueron asentando en San Agustín trajeron consigo formas de vida
esencialmente rurales, concepciones mágico-religiosas, conocimientos y
actitudes culturales que fueron adaptándose a las exigencias urbanas. Con el
tiempo adquirirán una dimensión propia y particular, lo que permite destacar
elementos definitorios de una identidad cultural que puede ser calificada como
urbana.
Las manifestaciones culturales rurales,
modificadas por las condiciones urbanas, entrarán en contacto con las de otras
regiones y, en consecuencia, se enriquecerán y particulizarán. Ejemplo de ello
es la celebración de la Paradura del Niño que se realiza en Marín y, que según
González Ordosgoiti, es resultado de una conculturación o “libre intercambio de
culturas entre diversos grupos humanos, entre una comunidad criolla afro, ampliamente dominante en Marín, y una comunidad luso-venezolana,
minoritaria en la localidad” (González Ordosgoiti, 1992: 43).
En Marín es quizá donde identificamos con
mayor precisión la presencia africana, que ostenta su expresión más sensible en
la música y en las festividades y celebraciones religiosas. Desde los años
cuarenta del siglo XX, la música popular cubana, principalmente el son y la
rumba, también ejercieron en Marín un especial influjo. Entre los cuarenta y
cincuenta, el teatro Alameda de Marín constituyó un paso obligado para músicos,
cantantes y grupos reconocidos, algunos de talla internacional como Beny Moré,
La Sonora Matancera y Jorge Negrete. Muchos de estos artistas tenían amigos
entre los residentes del sector y, en más de una ocasión, compartieron
experiencias musicales en toques y “descargas” con los vecinos del barrio.
Prácticamente desde su constitución, el
barrio Marín ha vivido lo que en distintos sectores de la capital y el país ha
sido reconocido como una intensa y singular vida cultural, sobre todo en el
plano artístico. Entre las expresiones culturales de los grupos que fueron
poblando el sector ocuparon un lugar especial las manifestaciones religiosas de
carácter festivo, como las realizadas en honor a San Juan Bautista, los toques
de tambor mina de la región de Barlovento y los velorios de Cruz de Mayo. De
esta manera su fie conformando un sólido movimiento musical y cultural, gracias
al aporte de los primeros pobladores de San Agustín.
Entre los primeros cultores se encuentra
Cruz María Mata, conocido en la tradición local como “Juan Chiquito” quien, en
compañía de su esposa doña Dolores, vino a Caracas desde Río Chico trayendo
consigo una cruz de madera, símbolo de su devoción. González Ordosgoiti (Ibídem: 44) comenta que en los años
treinta Juan Chiquito y su esposa, después de vivir en varios sitios de Caracas,
se instalaron en la 5ta. Calle de Marín, en cuya casa se hizo costumbre que,
llegado el mes de mayo, se celebrara el velorio con catos de fulías y décimas a
la Cruz, acompañados con toques de tambora.
En 1982, a partir de una promesa, Jesús
Antonio Blanco “Totoño” –músico de la orquesta sinfónica Simón Bolívar y
habitante del barrio–, decide tomar para sí la responsabilidad de realizar los
velorios de Cruz de Mayo en la tradición de Juan Chiquito. De esta manera, una
tradición cultural de Río Rico se instaló en Marín y pasó a formar parte del
acervo cultural, tanto del lugar como de Caracas y del país.
Un lugar no menos preponderante ocupa la
fiesta en honor a San Juan Bautista, celebrada en junio. “San Juan es un santo
parrandero que adora la cañandonga, el baile y la algarabía”. Quintero destaca
que la manera como es asumida en Marín esta celebración, común a todas las
poblaciones afrovenezolanas, es baloventeña, o sea, que se lleva al santo en
procesión con tambores mina, culo’e puya y curbata (Quintero, 2000)
En esta celebraciones de contenido
religioso se aprecia lo que se podría calificar con el término general de
sincretismo, es decir, la reunión en cierta forma orgánica de por lo menos dos
creencias. Este fenómenos, presente en las celebraciones que con el mismo
carácter se suceden en todo el país, es el resultado de la situación de
conquista iniciada desde el siglo XVI, en la que actuaron por lo menos dos
polos: uno donador o dominante y el otro receptor o dominado, para decirlo en
palabras de G. Foster. En esa situación, las culturas dominadas, para no ser
objeto de persecución, tuvieron que disfrazar sus propias creencias
incorporando elementos de la religión oficial o del conquistador. Así ocurrió
en la mayor parte de América, particularmente con las culturas de los negros
que, en condición de esclavos, fueron traídos a la fuerza desde África.
Las culturas negras de Venezuela no fueron
la excepción, de manera que las celebraciones religiosas en San Agustín, cuya
esencia geográfica se nutre por la proveniencia afrobarloventeña, son producto
de aquel proceso de sincretismo religioso, el cual, entre otras cosas, no
asfixia la supervivencia, a veces en una armonía discutible, de elementos de
las culturas participantes. Tal supervivencia, por otro lado, tiende a
facilitar a la etnohistoria tanto el reconocimiento de los elementos culturales
originarios como el proceso sincrético mismo.
Es lo que ocurre, en el caso de San
Agustín, con las fiestas en honor a San Juan Bautista y con otras manifestaciones
de la cultura local, o en la música, en la que los ritmos de tambores que
acompañan los bailes en honor a los santos –en Barlovento, por ejemplo, o al
sur del lago de Maracaibo– aún tienen el sabor auténtico africano, cosa que no
ocurre con la salsa y merengue, formas musicales conformadas más bien en un
proceso sincrético (Pollak-Eltz, 1991: 30; Báez, 1989).
La herencia africana no es menos sentida y
visible en la designación de algunos de nuestros instrumentos musicales, como
curbata o curbeta, marímbola, marimba, carángano, quitiplás, güiro, mina; en
los estribillos de algunos cantos–como en el
ololó lolé– que acompañan los
toques de tambor y, en general, en la polifonía magnífica de los descendientes
de los esclavos negros. De estos acentos particulares de la procedencia
africana –mantenidos con orgullo e intensidad en la música y su interpretación
en las poblaciones negras de Venezuela– se ha nutrido la mayoría de las
manifestaciones culturales del barrio caraqueño Marín en San Agustín.
Como todos los barrios caraqueños, Marín es
lucha y sufrimiento, violencia e inseguridad, subsistencia permanente, pobreza,
pero sobre todo esperanza, la misma que se heredó de quienes fueron llegando a
la ciudad en busca de una vida mejor. Empero, Marín es también un espacio donde
la comunidad, a través de distintas formas de organización, trata de lograr
objetivos y metas sólo alcanzables con la suma de voces, brazos, sentimientos,
amor y apego a la tradición cultural común. Estos valores caracterizan y
campean –por decirlo de alguna manera– entre las gentes más sensibles de las
barriadas citadinas, aun en aquellos tiempos de indiferencia y de serios
desajustes sociales.
Además de estos valores, cincelados para
siempre en la individualidad de la gran mayoría de sus gentes, han existido y
existen formas de cooperación social como la cayapa, que no sólo permitieron la
construcción de viviendas en a zona y la reunión para ejecutar tareas comunes,
sino que facilitaron también la convocatoria para la organización y participación
en las fiestas, tanto de gente del barrio como de otros sectores de la ciudad.
En efecto, las manifestaciones tradicionales de la comunidad –los velorios de
Cruz de Mayo, los “afinques” o “rumbas callejeras”, la celebración del día de
San Juan y los encuentros de santos–tienen una importante base y un apoyo
significativo en organizaciones sociales como las cofradías de los devotos de
la Cruz de Mayo y San Juan Bautista, la hermandad de la Virgen de Fátima, la
miniteca Sonera, la compañía cultural y deportiva Marín y la asociación de
vecinos de Marín, entre otras (Baptista y Marchionda, op. cit., 1992: 130-131). Estas organizaciones nacieron y se
plantearon como base la continuidad, defensa y proyección de las
manifestaciones culturales y artísticas y, en general, para la cohesión vital que
tiende a caracterizar a los descendientes de ancestros rurales en un medio
urbano.
Marín no escapó, sin embargo, a una
influencia si se quiere más urbana: la de movimientos opuestos al sistema
establecido, que en el argot sociológico se conocen como contracultura –muy
vinculados en Venezuela con lo que se conoce como cultura alternativa– y que se
fortalecieron de manera significativa en los sesenta y los ochenta del siglo
XX. Es el caso del movimiento hippie, por ejemplo, y el Black Power. Y en el caso específico de Venezuela, Marín fue
escenario de muchas de las actividades político-culturales de organizaciones de
izquierda en las comunidades populares, principalmente en los años setenta (Ibídem: 123) Estas influencias no
tradicionales, si se quiere urbanas, van a propiciar y a fundamentar,
inclusive, la aparición de organizaciones culturales, orientadas en principio
hacia lo musical. Dos de esas agrupaciones, que sin duda han quedado inscritas
con letras especiales en la historia de la cultura en Venezuela, son el grupo
madera y el Afinque de Marín.
El
grupo Madera
El grupo Madera fue creado entre 1977-1978
con el nombre de Grupo Folklórico y Experimental Madera. Al parecer, las
primeras ideas para su fundación tuvieron lugar en Panaquire, zona barloventeña
del estado Mirana, y el objetivo original fue proyectar y difundir todas
aquellas manifestaciones culturales de origen afrovenezolano, a partir del
concepto de la investigación de las raíces y la herencia africanas asimiladas
por nuestra cultura, entre ellas los cantos yorubas y lucumíes. El cumplimiento
a cabalidad de este objetivo pareció verse frustrado el 15 de agosto de 1980,
cuando varios de los integrantes del grupo pierden la vida en un accidente
ocurrido en el río Orinoco.
La tragedia del Madera no detuvo el proceso
cultural en San Agustín. Por el contrario, en memoria de los músicos fallecidos
no sólo se reforzó el trabajo musical del grupo, sino que se ampliaron las
actividades culturales con el surgimiento de nuevas bandas y grupos de teatro
(Strauss, 1999: 5). Así, se inicia en Marín una rica vida cultural que, a
través de talleres y encuentros, mantuvo su vigencia y propuso una manera de
abordar la vida urbana desde el barrio. En este sentido, Marín se ha convertido
en una referencia histórica.
El Madera y su obra están de tal forma
identificados en la memoria colectiva nacional e internacional con San Agustín
que, decir Madera es decir San Agustín, y viceversa. Para el periodista de arte
Pedrito López (El Nacional,
20-11-94), Madera es una agrupación preservadora y catalizadora de los
elementos tradicionales afrovenezolanos. Se considera, asimismo, que el Madera
investiga los orígenes de nuestra música latina: salsa, música afrocubana y las
modalidades de oriente, sin obviar el hecho de que como casi todos los barrios
populares de Caracas están constituidos por gente que procede del interior del
país, no se desprecia en la concepción del trabajo la fuerza societaria de la
tradición, unida a las dificultades de la vida urbana (Strauss, 1999: 418).
El
Afinque de Marín
El Afinque, como también se le conoce, nace
formalmente en 1980, impulsado por el Madera y por Carlos Rodríguez, un
cantante de salsa quien, a su regreso del exterior donde había ido a estudiar
música, se convirtió en líder de la juventud de Marín. Bajo su dirección se
comenzaron a organizar en el barrio actos culturales cuya intención era
ofrecerle a los adolescentes, principalmente, una ocupación creativa. Vinculado
con este movimiento está Ángel Lobo, quien por eso época invadió Caracas con
sus dibujos de grillos, y quien había comenzado su oficio como pintor de la
calle en San Agustín, barrio en el que Lobo pintaba y, a la vez, esrtimulaba a
los niños y jóvenes de la zona para que produjesen murales (Strauss, 1999: 5). Aquí estaría una de las motivaciones del
importante movimiento muralçistico que, junto con el de Santa Paula y La
Pastora y, en menor escala, el de San José, tuvo lugar en San Agustín desde
finales de 1983. La mayoría de estos murales agustinianos exhibían contenidos
políticos en un contexto artístico que no obvió la procedencia afrobarloventeña
de buena parte de sus habitantes; de tal modo, la muralística agustiniana se
nutrió de la música, danzas, fiestas y fenotipo de la región originaria (ídem; Jezierski, 1987)
Ya desde 1978 San Agustín era conocido como
“el barrio de la salsa”, nombre que Jacobo Penzo pensaba dar al cortometraje
que estaba realizando sobre el lugar. Luego de rebautizarlo como “Los músicos
de Marín”, el cineasta finalmente se decidió por “El Afinque de Marín”, nombre
con el que quedó inscrito uno de los mejores temas de nuestro cine etnográfico,
el cual pasó a formar parte de la trilogía “La propia gente”, junto con “Yo
hablo a Caracas” (Carlos Azpúrua) y “Mayami nuestro” (Carlos Oteyza). Buena
parte de la experiencia agustiniana se reflejaría en otra institución de igual
importancia, fundada en 1981, conocida como el taller cultural de San Agustín,
ubicado en Hornos de Cal. Para 1987, bajo la dirección de El Afinque de Marín,
se ejecutaba en dicho taller un programa para el desarrollo de la creatividad,
el aprendizaje de instrumentos de cuerda, análisis de formas musicales
venezolanas y del Caribe, iniciación a la danza, lectura musical y armonía aplicada
al estudio del cuatro y la guitarra. No menos significativo fue la inclusión
del grupo Madera y El Afinque, a mediados de 1987, en el programa “Invasión
Cultural” de Fundarte.
San
Agustín hoy
Como en todos los barrios caraqueños, es
lamentable reconocerlo, los espacios han sido invadidos por la pobreza, la
delincuencia, la inseguridad y la violencia. El barrio Marín y, en fin, todo
San Agustín, no ha escapado a esa realidad. Los habitantes de Marín, en su
mayoría provenientes de Barlovento, se han refugiado en su exigente rutina
diaria, en la remembranza de su región originaria, en la música, danzas y
fiestas religiosas. Como una suerte de gigante dormido, San Agustín espera su
afinque, para un día despertar con algarabía, con danza, con música, con vida.
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