miércoles, 4 de enero de 2017

San Agustín de Caracas y la cultura afrocaribeña©, por Rafael Antonio Strauss K.

San Agustín de Caracas y la cultura afrocaribeña©, por Rafael A. Strauss K., en Tierra negra. Producido por la Gerencia de Asuntos Públicos ExxonMobil de Venezuela, S.A., subsidiaria de Exxon Mobil Corporation. Coordinación editorial de Silvia Beaujon Z. y Ediciones Grupo TEI. Impreso en Intenso Offset (Grupo Intenso), Caracas, 2002, 325 p., pp. 115-128 + bibliografía en pp. 316-317. Con textos de Michaelle Ascencio Chancy, Angelina Pollak-Eltz, Eduardo Bermúdez, Franklin Guerra Cedeño, Berta E. Pérez, Rafael A. Strauss K., Dinorah Castro de Guerra, Marielena Mestas Pérez, Werner Wilbert y Guiber Mijares Palacios, Esteban Emilio Mosonyi, Flor Alba Cabrera, Rafael Cartay, Carlos García Carbó, Meyby Ugueto.

Los orígenes de San Agustín se vinculan con el crecimiento poblacional y desarrollo urbanístico de Caracas. Dentro de este proceso, el boom petrolero significará el desplazamiento y deterioro progresivo de la producción agropecuaria y una acentuada e irreversible migración del campo a la ciudad, donde las actividades administrativas, comerciales y recreativas alcanzaban un impulso significativo. Se produce así una concentración relativamente alta de inversiones que favorecen de manera directa la arquitectura en su dimensión urbana. Es a partir de ese momento, en efecto, cuando comienza a producirse el crecimiento cada vez más rápido de la ciudad y su población.

El desdén y la indiferencia del general Juan Vicente Gómez hacia Caracas, una ciudad consideraba por él hostil, permitió que una parte importante del desarrollo urbanístico se concentrara en la iniciativa privada entre, entre 1926 y 1927, va a “orientar la expansión de la ciudad”, como afirman con acierto Gasparini y Posani (1969: 302). La participación directa del Estado se produce, sin embargo, un año después, cuando por ley del 30 de junio de 1928 se crea el Banco Obrero y se inicia en San Agustín la construcción de soluciones habitacionales.

Conocido entonces como el “urbanismo de la oligarquía”, el crecimiento de Caracas se produjo justamente por el sur, en lo que eran las haciendas La Yerbera, El Conde, La Guía y La Industria. Allí ocurren los primeros avances de familias con niveles económicos relativamente altos. De esta manera van apareciendo, desde 1928, las urbanizaciones San Agustín y El Conde. Unos trece años antes, entre 1915 y 1918, la zona recibía importantes contingentes provenientes del estado Miranda, particularmente de los valles del Tuy, Cúa, Charallave, Santa Teresa, Ocumare y Santa Lucíaasí como también de la costa de Miranda y Nueva Esparta (Baptista y Marchionda, 1992: 111-112). En este marco de crecimiento y expansión demográfica surge y se consolida la parroquia San Agustín, decretada como tal en lo civil y eclesiástico en 1936.

La cultura en el barrio Marín

San Agustín y, más específicamente, el barrio Marín, han sido objeto de numerosos estudios urbanísticos, sociológicos y antropológicos debido a la singularidad de los fenómenos socioculturales que allí han ocurrido. En la confrontación histórica de San Agustín y el barrio Marín, como centro neurálgico de propagación y difusión de tradiciones populares, se ha desarrollado una cultura de características muy propias, que abarca la organización social, la estructura familiar, el lenguaje, el mundo religioso y, en general, las costumbres… debido fundamentalmente, como afirman Baptista y Marchionda (Ibídem: 117-118), al ascendiente negro de quienes llegaron. De tal manera que en prácticamente todas las expresiones socioculturales de este parroquia destaca una influencia notoria y, por ende, fundamental del elemento africano, en estrecha conexión con los elementos fundacionales del sector.

En efecto, el poblamiento de ésta –y de algunos sitios de Caracas– se caracterizó por el éxodo de campesinos provenientes, principalmente, de la región de Barlovento: de lugares como Curiepe, Tacarigua de Mamporal, San José de Río Chico, Sotillo, Higuerote. Quienes se fueron asentando en San Agustín trajeron consigo formas de vida esencialmente rurales, concepciones mágico-religiosas, conocimientos y actitudes culturales que fueron adaptándose a las exigencias urbanas. Con el tiempo adquirirán una dimensión propia y particular, lo que permite destacar elementos definitorios de una identidad cultural que puede ser calificada como urbana.

Las manifestaciones culturales rurales, modificadas por las condiciones urbanas, entrarán en contacto con las de otras regiones y, en consecuencia, se enriquecerán y particulizarán. Ejemplo de ello es la celebración de la Paradura del Niño que se realiza en Marín y, que según González Ordosgoiti, es resultado de una conculturación o “libre intercambio de culturas entre diversos grupos humanos, entre una comunidad criolla afro, ampliamente dominante en Marín, y una comunidad luso-venezolana, minoritaria en la localidad” (González Ordosgoiti, 1992: 43).

En Marín es quizá donde identificamos con mayor precisión la presencia africana, que ostenta su expresión más sensible en la música y en las festividades y celebraciones religiosas. Desde los años cuarenta del siglo XX, la música popular cubana, principalmente el son y la rumba, también ejercieron en Marín un especial influjo. Entre los cuarenta y cincuenta, el teatro Alameda de Marín constituyó un paso obligado para músicos, cantantes y grupos reconocidos, algunos de talla internacional como Beny Moré, La Sonora Matancera y Jorge Negrete. Muchos de estos artistas tenían amigos entre los residentes del sector y, en más de una ocasión, compartieron experiencias musicales en toques y “descargas” con los vecinos del barrio.

Prácticamente desde su constitución, el barrio Marín ha vivido lo que en distintos sectores de la capital y el país ha sido reconocido como una intensa y singular vida cultural, sobre todo en el plano artístico. Entre las expresiones culturales de los grupos que fueron poblando el sector ocuparon un lugar especial las manifestaciones religiosas de carácter festivo, como las realizadas en honor a San Juan Bautista, los toques de tambor mina de la región de Barlovento y los velorios de Cruz de Mayo. De esta manera su fie conformando un sólido movimiento musical y cultural, gracias al aporte de los primeros pobladores de San Agustín.

Entre los primeros cultores se encuentra Cruz María Mata, conocido en la tradición local como “Juan Chiquito” quien, en compañía de su esposa doña Dolores, vino a Caracas desde Río Chico trayendo consigo una cruz de madera, símbolo de su devoción. González Ordosgoiti (Ibídem: 44) comenta que en los años treinta Juan Chiquito y su esposa, después de vivir en varios sitios de Caracas, se instalaron en la 5ta. Calle de Marín, en cuya casa se hizo costumbre que, llegado el mes de mayo, se celebrara el velorio con catos de fulías y décimas a la Cruz, acompañados con toques de tambora.

En 1982, a partir de una promesa, Jesús Antonio Blanco “Totoño” –músico de la orquesta sinfónica Simón Bolívar y habitante del barrio–, decide tomar para sí la responsabilidad de realizar los velorios de Cruz de Mayo en la tradición de Juan Chiquito. De esta manera, una tradición cultural de Río Rico se instaló en Marín y pasó a formar parte del acervo cultural, tanto del lugar como de Caracas y del país.

Un lugar no menos preponderante ocupa la fiesta en honor a San Juan Bautista, celebrada en junio. “San Juan es un santo parrandero que adora la cañandonga, el baile y la algarabía”. Quintero destaca que la manera como es asumida en Marín esta celebración, común a todas las poblaciones afrovenezolanas, es baloventeña, o sea, que se lleva al santo en procesión con tambores mina, culo’e puya y curbata (Quintero, 2000)

En esta celebraciones de contenido religioso se aprecia lo que se podría calificar con el término general de sincretismo, es decir, la reunión en cierta forma orgánica de por lo menos dos creencias. Este fenómenos, presente en las celebraciones que con el mismo carácter se suceden en todo el país, es el resultado de la situación de conquista iniciada desde el siglo XVI, en la que actuaron por lo menos dos polos: uno donador o dominante y el otro receptor o dominado, para decirlo en palabras de G. Foster. En esa situación, las culturas dominadas, para no ser objeto de persecución, tuvieron que disfrazar sus propias creencias incorporando elementos de la religión oficial o del conquistador. Así ocurrió en la mayor parte de América, particularmente con las culturas de los negros que, en condición de esclavos, fueron traídos a la fuerza desde África.

Las culturas negras de Venezuela no fueron la excepción, de manera que las celebraciones religiosas en San Agustín, cuya esencia geográfica se nutre por la proveniencia afrobarloventeña, son producto de aquel proceso de sincretismo religioso, el cual, entre otras cosas, no asfixia la supervivencia, a veces en una armonía discutible, de elementos de las culturas participantes. Tal supervivencia, por otro lado, tiende a facilitar a la etnohistoria tanto el reconocimiento de los elementos culturales originarios como el proceso sincrético mismo.

Es lo que ocurre, en el caso de San Agustín, con las fiestas en honor a San Juan Bautista y con otras manifestaciones de la cultura local, o en la música, en la que los ritmos de tambores que acompañan los bailes en honor a los santos –en Barlovento, por ejemplo, o al sur del lago de Maracaibo– aún tienen el sabor auténtico africano, cosa que no ocurre con la salsa y merengue, formas musicales conformadas más bien en un proceso sincrético (Pollak-Eltz, 1991: 30; Báez, 1989).

La herencia africana no es menos sentida y visible en la designación de algunos de nuestros instrumentos musicales, como curbata o curbeta, marímbola, marimba, carángano, quitiplás, güiro, mina; en los estribillos de algunos cantos–como en el  ololó lolé– que acompañan los toques de tambor y, en general, en la polifonía magnífica de los descendientes de los esclavos negros. De estos acentos particulares de la procedencia africana –mantenidos con orgullo e intensidad en la música y su interpretación en las poblaciones negras de Venezuela– se ha nutrido la mayoría de las manifestaciones culturales del barrio caraqueño Marín en San Agustín.

Como todos los barrios caraqueños, Marín es lucha y sufrimiento, violencia e inseguridad, subsistencia permanente, pobreza, pero sobre todo esperanza, la misma que se heredó de quienes fueron llegando a la ciudad en busca de una vida mejor. Empero, Marín es también un espacio donde la comunidad, a través de distintas formas de organización, trata de lograr objetivos y metas sólo alcanzables con la suma de voces, brazos, sentimientos, amor y apego a la tradición cultural común. Estos valores caracterizan y campean –por decirlo de alguna manera– entre las gentes más sensibles de las barriadas citadinas, aun en aquellos tiempos de indiferencia y de serios desajustes sociales.

Además de estos valores, cincelados para siempre en la individualidad de la gran mayoría de sus gentes, han existido y existen formas de cooperación social como la cayapa, que no sólo permitieron la construcción de viviendas en a zona y la reunión para ejecutar tareas comunes, sino que facilitaron también la convocatoria para la organización y participación en las fiestas, tanto de gente del barrio como de otros sectores de la ciudad. En efecto, las manifestaciones tradicionales de la comunidad –los velorios de Cruz de Mayo, los “afinques” o “rumbas callejeras”, la celebración del día de San Juan y los encuentros de santos–tienen una importante base y un apoyo significativo en organizaciones sociales como las cofradías de los devotos de la Cruz de Mayo y San Juan Bautista, la hermandad de la Virgen de Fátima, la miniteca Sonera, la compañía cultural y deportiva Marín y la asociación de vecinos de Marín, entre otras (Baptista y Marchionda, op. cit., 1992: 130-131). Estas organizaciones nacieron y se plantearon como base la continuidad, defensa y proyección de las manifestaciones culturales y artísticas y, en general, para la cohesión vital que tiende a caracterizar a los descendientes de ancestros rurales en un medio urbano.

Marín no escapó, sin embargo, a una influencia si se quiere más urbana: la de movimientos opuestos al sistema establecido, que en el argot sociológico se conocen como contracultura –muy vinculados en Venezuela con lo que se conoce como cultura alternativa– y que se fortalecieron de manera significativa en los sesenta y los ochenta del siglo XX. Es el caso del movimiento hippie, por ejemplo, y el Black Power. Y en el caso específico de Venezuela, Marín fue escenario de muchas de las actividades político-culturales de organizaciones de izquierda en las comunidades populares, principalmente en los años setenta (Ibídem: 123) Estas influencias no tradicionales, si se quiere urbanas, van a propiciar y a fundamentar, inclusive, la aparición de organizaciones culturales, orientadas en principio hacia lo musical. Dos de esas agrupaciones, que sin duda han quedado inscritas con letras especiales en la historia de la cultura en Venezuela, son el grupo madera y el Afinque de Marín.

El grupo Madera

El grupo Madera fue creado entre 1977-1978 con el nombre de Grupo Folklórico y Experimental Madera. Al parecer, las primeras ideas para su fundación tuvieron lugar en Panaquire, zona barloventeña del estado Mirana, y el objetivo original fue proyectar y difundir todas aquellas manifestaciones culturales de origen afrovenezolano, a partir del concepto de la investigación de las raíces y la herencia africanas asimiladas por nuestra cultura, entre ellas los cantos yorubas y lucumíes. El cumplimiento a cabalidad de este objetivo pareció verse frustrado el 15 de agosto de 1980, cuando varios de los integrantes del grupo pierden la vida en un accidente ocurrido en el río Orinoco.

La tragedia del Madera no detuvo el proceso cultural en San Agustín. Por el contrario, en memoria de los músicos fallecidos no sólo se reforzó el trabajo musical del grupo, sino que se ampliaron las actividades culturales con el surgimiento de nuevas bandas y grupos de teatro (Strauss, 1999: 5). Así, se inicia en Marín una rica vida cultural que, a través de talleres y encuentros, mantuvo su vigencia y propuso una manera de abordar la vida urbana desde el barrio. En este sentido, Marín se ha convertido en una referencia histórica.

El Madera y su obra están de tal forma identificados en la memoria colectiva nacional e internacional con San Agustín que, decir Madera es decir San Agustín, y viceversa. Para el periodista de arte Pedrito López (El Nacional, 20-11-94), Madera es una agrupación preservadora y catalizadora de los elementos tradicionales afrovenezolanos. Se considera, asimismo, que el Madera investiga los orígenes de nuestra música latina: salsa, música afrocubana y las modalidades de oriente, sin obviar el hecho de que como casi todos los barrios populares de Caracas están constituidos por gente que procede del interior del país, no se desprecia en la concepción del trabajo la fuerza societaria de la tradición, unida a las dificultades de la vida urbana (Strauss, 1999: 418).

El Afinque de Marín

El Afinque, como también se le conoce, nace formalmente en 1980, impulsado por el Madera y por Carlos Rodríguez, un cantante de salsa quien, a su regreso del exterior donde había ido a estudiar música, se convirtió en líder de la juventud de Marín. Bajo su dirección se comenzaron a organizar en el barrio actos culturales cuya intención era ofrecerle a los adolescentes, principalmente, una ocupación creativa. Vinculado con este movimiento está Ángel Lobo, quien por eso época invadió Caracas con sus dibujos de grillos, y quien había comenzado su oficio como pintor de la calle en San Agustín, barrio en el que Lobo pintaba y, a la vez, esrtimulaba a los niños y jóvenes de la zona para que produjesen murales (Strauss, 1999: 5).  Aquí estaría una de las motivaciones del importante movimiento muralçistico que, junto con el de Santa Paula y La Pastora y, en menor escala, el de San José, tuvo lugar en San Agustín desde finales de 1983. La mayoría de estos murales agustinianos exhibían contenidos políticos en un contexto artístico que no obvió la procedencia afrobarloventeña de buena parte de sus habitantes; de tal modo, la muralística agustiniana se nutrió de la música, danzas, fiestas y fenotipo de la región originaria (ídem; Jezierski, 1987)

Ya desde 1978 San Agustín era conocido como “el barrio de la salsa”, nombre que Jacobo Penzo pensaba dar al cortometraje que estaba realizando sobre el lugar. Luego de rebautizarlo como “Los músicos de Marín”, el cineasta finalmente se decidió por “El Afinque de Marín”, nombre con el que quedó inscrito uno de los mejores temas de nuestro cine etnográfico, el cual pasó a formar parte de la trilogía “La propia gente”, junto con “Yo hablo a Caracas” (Carlos Azpúrua) y “Mayami nuestro” (Carlos Oteyza). Buena parte de la experiencia agustiniana se reflejaría en otra institución de igual importancia, fundada en 1981, conocida como el taller cultural de San Agustín, ubicado en Hornos de Cal. Para 1987, bajo la dirección de El Afinque de Marín, se ejecutaba en dicho taller un programa para el desarrollo de la creatividad, el aprendizaje de instrumentos de cuerda, análisis de formas musicales venezolanas y del Caribe, iniciación a la danza, lectura musical y armonía aplicada al estudio del cuatro y la guitarra. No menos significativo fue la inclusión del grupo Madera y El Afinque, a mediados de 1987, en el programa “Invasión Cultural” de Fundarte.

San Agustín hoy

Como en todos los barrios caraqueños, es lamentable reconocerlo, los espacios han sido invadidos por la pobreza, la delincuencia, la inseguridad y la violencia. El barrio Marín y, en fin, todo San Agustín, no ha escapado a esa realidad. Los habitantes de Marín, en su mayoría provenientes de Barlovento, se han refugiado en su exigente rutina diaria, en la remembranza de su región originaria, en la música, danzas y fiestas religiosas. Como una suerte de gigante dormido, San Agustín espera su afinque, para un día despertar con algarabía, con danza, con música, con vida.

Bibliografía

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