Rafael
A. Strauss K., Diccionario de Cultura
Popular, Fundación Bigott, Caracas, 1999, 2 v.
Introducción – La
tradición en mí (Guama y San Felipe - Barquisimeto - Caracas -
Barquisimeto, México y Grecia) – Yo en la tradición (Los estudiosos de
nuestra tradición en la perspectiva de este Diccionario
- Algunas acotaciones sobre tradición, identidad e historia) – La tradición
en todos – De la estructura de este Diccionario,
sus secciones y cómo utilizarlas – De cómo se hizo este Diccionario y de las
personas que colaboraron en él.
Introducción
Tú, necesitas mis
manos,
mi cansancio que a
otros descanse…
(Canto de Comunión,
de Cesáreo Gabaráin)
El
presente trabajo es, en primer lugar, un reconocimiento a quienes han
contribuido a dejar testimonio de los valores que nos califican como
venezolanos creadores y creativos, en este caso en el campo de la cultura
popular tradicional. Este reconocimiento, en sí mismo importante, se fortalece
con las bondades que aporta el hecho de haber sido realizado por universitarios
y subvencionado por la Fundación Bigott, institución que desde los inicios de
la década de los ochenta ha cuidado de manera especial nuestra cultura popular.
Tal y como lo he expresado en varios textos de presentación de discos,
prólogos, conferencias, exposiciones de pintores y artesanos populares…[1],
parece válido reunir en una obra como la que hoy ofrecemos la mayor parte de lo
que entendemos como los componentes de nuestra cultura popular tradicional. En
este sentido, el presente trabajo aspira a ser un instrumento de consulta sobre
una parte de nuestra rica tradición: el usuario puede encontrar en sus páginas
información y fuentes que permitan a nacionales y extranjeros conocer y tener a
la mano una parte significativa del quehacer popular de Venezuela, tanto
general como particular, en la rica variedad de su música, literatura,
religiosidad, gastronomía, plástica y otras áreas, de tal manera que este
trabajo es también un aporte a nuestra memoria colectiva, a pesar de las
limitaciones propias de una obra como la presente.
Antes
de detallar sus características es importante que refiramos las líneas que nos
sirvieron de base tanto para la concepción como para la confección de este Diccionario. En la primera de ellas –La tradición en mí– hemos querido rescatar,
a grosso modo, la vinculación de la tradición conmigo desde que tengo memoria,
cuando por diez años fui habitante infantil y adolescente de Guama, un pueblo
donde las tradiciones se paseaban cual reina, como dice Andrés Eloy Blanco de
su poesía por su casa de oriente. Revisando mi historia personal descubro que
existió en mí la predisposición para sentirme atrapado por lo que ocurría en
los predios de la tradición ancestral de aquel entorno yaracuyano. Creo que
nacía, sin que yo lo supiese, todavía, mi vocación por la historia y la
antropología, gestación que se vio favorecida, imagino, por el hecho de tener
unos abuelos que habían venido desde fuera de Venezuela y porque mi geografía
cultural se iba ampliando en la medida en que conocía sus costumbres y las de
otras gentes en la escuela primaria, en el Liceo y en otros escenarios. Siento
que mi mundo crecía al ritmo en el que lo hacían mis ganas por saber de los
otros, una especie de ansiedad que siempre tuvo eco en mi casa –mi padre con
sus libros, las revistas extranjeras que recibía, su periódico diario; mi
madre, que es del Líbano, y yo les preguntaba–; mis maestros y profesores de
Guama o San Felipe, también les preguntaba, y mis compañeros, que nos
preguntábamos entre nosotros…
La
segunda línea –Yo en la tradición–
corresponde a la revelación del conocimiento y la metodología que capté y
aprendí en la universidad, mucho de ello prolongación de experiencias en varias
partes del país y del mundo. El estudio, la investigación y la comunicación
comienzan a perfilarse con fuerza como los instrumentos de los que puedo
disponer para afinar la comprensión sobre eventos de mi pasado y para confirmar
mis áreas de interés…, una de las cuales es mi admiración por la tradición. Con
la utilización del yo se pretende dar más fuerza a la idea de mi particular
relación con lo tradicional, vínculo que se iría diluyendo en lo colectivo,
característica de la tradición. La tercera línea –La tradición en todos– es la comunicación de los resultados de una
investigación específica, que dio por resultado, entre otros, este Diccionario.
Debo
confesar que a pesar de las dimensiones y utilidad de este trabajo no estoy
contento con el resultado final, pues cuando me planteé construir un
diccionario sobre la cultura popular tradicional de Venezuela, lo hice con la
convicción de que podía convocar a permanecer en sus páginas a la totalidad de
sus componentes. Quiero decir con esto –y así lo entenderán quienes hayan
tenido que ver con trabajos semejantes– que faltan componentes, pero de los que
están, ninguno sobra. A mi modo de ver, el diccionario que entregamos no es
sino una primera aproximación a lo que se podría –y debería– hacer para
ulteriores entregas de trabajos como éste. Creo factible, necesario y urgente,
por ejemplo, que se asuma la confección de diccionarios por entidades federales
o por regiones, que fue la idea inicial de este proyecto.
Nuestra auténtica
identidad colectiva nace del pasado y se crece en él,
pero no se
cristaliza en él.
No vamos a encontrar
nuestro escondido rostro en la perpetuación artificial de costumbres y objetos
típicos que los turistas exigen a los pueblos vencidos.
Somos lo que hacemos
y sobre todo lo que hacemos para cambiar lo que somos: nuestra identidad reside
en la acción y en la lucha.
Por eso la
revelación de lo que somos implica la denuncia de lo que nos impide ser lo que
podemos ser. (Eduardo Galeano)
La tradición en mí
Guama
y San Felipe
Desde
los más tempranos momentos de mi vida me vinculé con las tradiciones y
costumbres de Guama, un hermoso pueblo del estado Yaracuy, y ya adolescente me
vi conviviendo con otras tradiciones y costumbres en Lara, Caracas, México,
Grecia, otros países de Europa, y los Estados Unidos. Me atrapaba la idea de
una espera inexplicable de las fiestas patronales del pueblo, con toda la
bullaranga de colores y cosas y actividades que nos alteraban la cotidianidad –que
no recuerdo como aburrida– y la espera de la Navidad y la del carnaval guameños
y el barquisimetano y la mezcla de tristeza, en la liturgia de la Semana Santa,
y alegría, en la gastronomía, los juegos, la Resurrección…
Mi
casa en Guama, todas las otras casas –porque éramos un pueblo– y la iglesia y
la escuela –el Grupo Escolar “José Tomás González”– y la calle y la plaza
Bolívar, fueron los escenarios primeros por donde andaban los patines y la
elección de reinas de carnaval con votos en cuadritos cortados de cartulinas de
colores y sello de la escuela primaria y carrozas de pueblo que imitaban la
ruralidad en que vivíamos, y la Fiesta del Árbol con plantas de verdad pegadas
en las carteleras de cada grado y los actos culturales por ocasiones especiales
y los de fin de curso después de la entrega de boletas y los aplausos y del
brindis con tisana. Y el señor de la parte de abajo del pueblo, que cantaba
canciones y escribía y decía poemas y a quien los grandes llamaban Sánchez El
Poeta Campesino. Y en Navidad el gran pesebre en la iglesia y los de las casas
de las señoras viejas, y aquel grupo de parranderos –nunca supe su nombre–
tocando y cantando en los pesebres grandes y pequeños, casi todas las noches, y
el coro de aguinaldos de las misas decembrinas de madrugada, con su ristra,
después, de cafecito negro y empanadas y el intercambio de regalos en la
escuela, las apuestas de aguinaldos entre amigos desde el primero del diciembre
guameño, y el 25 y Año Nuevo con mis abuelos libaneses en Barquisimeto… y desde
el cuatro de enero vender frutas y El
Nacional por todo Guama para montar la fiesta de los Reyes. Y los disfraces
y fiestas del carnaval, en la escuela, las calles y algunas casas: yo
acompañaba a mi hermana –uno de los miembros de la comparsa– a sacar el
permiso, porque el Jefe Civil de Pérez Jiménez no permitía gente con las caras
cubiertas sin que el poder local conociera la identidad del mamarracho… Y el
miércoles que iniciaba la cuaresma todos aparecíamos en la escuela con nuestra
cruz de ceniza a cuestas y eran cuarenta días sin fiestas, se reducía la
alegría y el temor de molestar a Cristo si mentías o si comías carne los
viernes de cuaresma o si hacías lo prohibido en las clases de Catecismo; y en
la Semana Santa, los ramos del domingo en las manos de todos y aquel mundo de
imágenes por las calles vespertinas de Guama… y saber de la muerte sin saberlo…
y el sábado de gloria, por la noche, todos con velas y potecitos de agua para
ser bendecidos por el cura en ceremonia de renovación para el domingo, día en
que las campanas anunciaban el aleluya de la resurrección de Cristo… y saber de
la vida porque la conocíamos.
Entre
mayo y julio el pueblo se llenaba de camiones con las cosechas que algunos
agricultores –mi padre, uno de ellos– transportaban temprano hacia Barquisimeto
o Valencia… Él me llevaba a recoger maíz, algodón, y me gustaba el hablar
diferente de mis amigos los peones y esas arepas grandes que envolvían en
trapitos amarrados por la parte de arriba, y las comía con ellos en un aparte
de tiempo para almorzar sentados en la tierra… Detrás de las casas y en la
iglesia de Guama resplandecían en mayo cruces adornadas con flores de verdad o
artificiales, y la de la Misión, en las afueras del pueblo, la pintaban de
verde y vestían sus brazos con telas blancas nuevecitas…
Teníamos
también los bautizos de muñecas y muñecos, que abundaban después de diciembre,
y en los que además de que nos hacíamos compadres y comadres, la madre del
juguete ofrecía una fiesta y hacíamos piñatas y jugábamos juegos colectivos. En
fiestas especiales, las retretas en la Plaza Bolívar y las consultas de algunos
compañeros con aquella señora de velas y estampitas de santos, en julio, cuando
los exámenes finales; las campanas que doblaban a muerto, los circos
eventuales, con la gran carpa llena de sortilegios y posibilidades; la jugadera
de metras, trompos y elevar papagayos cuando soplaba fuerte la brisa guameña;
estar pendientes en las tardes de conservas de coco o de guayaba para raspar lo
pegado en los calderos o recibir los recortes orilleros después de que cortaban
en las tablas las conservas de coco o de guayaba y la tristeza de muchas gentes
cuando las crecidas del río les arrastraban muebles y burros y vacas del corral
ribereño y las noches de cuentos de aparecidos en todas partes o en una de las
casas donde vivimos, que salía un caballo por la rampa antigua y se escuchaban
como lamentos –decían que de esclavos de la colonia, que cargaban sal, y ese
cuarto era frío– y de plata enterrada –nadie sabía dónde, pero ahí estaba– y yo
con mis manos de estetoscopio auscultando paredes a ver si escuchaba los
estertores, en el cuarto con marco al fondo de la casa, y los cuentos y cuentos
y cuentos de los grandes sobre Pedro Rimales, Tío Tigre y Tío Conejo, Gallo
Pelón, Faustino Parra, y Páez –en el samán de la parte de abajo del pueblo– y
La Llorona… Y aquel mundo de cintas como premio en las calientes tardes de
toros coleados y talanqueras de bambú…
El
mundo se me amplía en San Felipe, donde me inicio en el bachillerato, Liceo
“Arístides Rojas”, y allí mi geografía pequeña se me inunda con nombres de
otras partes, que traían consigo los compañeros de salón desde otros pueblos.
Durante los recreos o en las clases de Educación Física o en la cantina o
bajando desde el Liceo hasta la parada de los carritos o en el transporte
oficial –un autobús tempranero–, de sus bocas salían fiestas y costumbres de
sus pueblos y yo las comparaba con las mías de Guama, y otras que no sabía,
como el San Juan de negros de Farriar o un viejo cantador y un muchacho
cuatrista –cuyos nombres no recuerdo– y otros espantos y comidas y variantes de
nuestros propios juegos…, en un mapa con gente y nombres de verdad que yo sólo
había visto en los mapas de la escuela primaria…
Barquisimeto, la del
cuatro y el corrío,
la del puro
sentimiento para quererte amor mío.
Barquisimeto
Con
este agrandamiento de mi geografía llego a Barquisimeto en 1960 para seguir la
secundaria en el Liceo “Mario Briceño Iragorry”. El día que nos mudamos, yo
mirando las calles y las casas de Guama y todo lo que en ellas ya no estaba,
fui componiendo una canción que titulé Tarde
Triste.[2]
Había
agitación en el ambiente. Sabía de esto desde unos meses antes, cuando algunas
mañanitas guameñas cambiaban por un momento su rutina para comentar sobre los
volantes multigrafiados que aparecían en varias partes del pueblo. En el “Mario
Briceño” y el “Lisandro Alvarado” se enfrentaban en mítines de elección de
centros de estudiantes y la palabra pueblo fue lo más claro que tuve de entre
la maraña de adjetivos y colores conque la acompañaban. Y de esta confusión de
palabras y nombres de partidos políticos y de líderes locales y nacionales y de
la gente en armas, también participan muchos de mis compañeros, que sin
arrestos de oposición a nada fundamos “Rebelión”,
en el “Mario Briceño”, periódico mural en el que además de algún tema político,
hablábamos de costumbres y fiestas de Venezuela y del mundo, tanto del pasado
como del presente, que tomábamos de los libros de nuestra biblioteca y de la
sabiduría de los grandes. Arístides Rojas, Mario Briceño Iragorry, Lisandro
Alvarado, son tres nombres que me apadrinan, además, de cuyas vidas comencé a
leer por entonces las pocas cosas a las que tenía acceso…
El
mundo se me seguía agigantando; mi biblioteca crece; descubro a Grecia como
especial espacio histórico del Hombre, y se hizo costumbre que los andinos,
yaracuyanos, portugueseños, larenses… formáramos un grupo y en la primera
pizzería que hubo en Barquisimeto, casi todas las tardes, después de clases,
habláramos de política, de nuestros pueblos y sus mundos, de las noticias del
periódico. Es por entonces cuando decido proseguir mi colección de estampillas –iniciada
en Guama con las que franqueaban las revistas chinas que papá recibía– y
comienzo a escribir en El Impulso
artículos sobre filatelia y a reunir estampillas del tema que la literatura
filatélica que leía y los colegas que conocí cuando fundé el Club Filatélico
Larense llamaban de folklore.
En la
búsqueda de estampillas de Venezuela, salía con dos colegas algunos sábados por
los correos de varios pueblos de Lara, cuyas gentes llamaban mi atención –en la
plaza, en la pulpería donde parábamos a tomarnos un fresco…– por sus formas de
hablar, de vestir y las comidas y cuando en alguno de esos pueblos había
fiestas de calle, me quedaba extasiado por los cantos de los viejos, sus
instrumentos musicales y sus modos de ser, tan elocuentes y sencillos, tan
cercanos a lo que mis abuelos y mi madre y mi padre y mis tías y tíos me decían
con sus vidas lo que eran Dios y el Hombre.
Mucho
de esto veía en los libros que leía, algunos a escondidas pues “no tenía edad”,
y lo que veía en la vida de aquellas gentes no se me parecía mucho al catecismo
sabatino en la iglesia de Guama. Comienzan las preguntas en voz alta…, y la
búsqueda de respuesta en profesores y en algunos de mis libros y en los que mi
padre acumulaba para sus hijos en biblioteca… Comienzo a concebir una historia
en la que un joven aparecería en la orilla de un río –seguramente, El Buco, en
Guama– donde otros dos estaban conversando y después del encuentro decidíamos
irnos a caminar por todas partes a conocer gentes, meternos en sus casas, aceptar
el café que seguramente nos brindarían…, pero nunca escribí esto que concebí
como mi primera novela.
Creo
que lo he vivido, hasta el momento, dentro de un argumento que ha resultado más
rico que las primeras imágenes de aquella concepción. Mi mundo se ensanchaba
indeteniblemente y sería por eso que en 1983 escribiría en un espacio del
apartamento de entonces: Por mi puerta
caben todos los pueblos del mundo y se alojan en mí. Además de esta
experiencia, Historia Universal, Latín y Griego, Historia Documental y Crítica
de Venezuela, Lengua y Literatura, Filosofía, Educación Artística y Psicología
fueron asignaturas fuentes con las que se fortaleció mi vocación por las
Humanidades.
Así
como el mundo se me crecía, también Barquisimeto. Era la capital y el lugar
tradicional donde Caracas y el mundo cobraban para mí dimensiones
insospechadas. Descubrí, por ejemplo, a los inmigrantes, y cuando podía me
metía en sus tiendas de la Avenida 20 a pedirles las estampillas de sus sobres
de lejos, a tomar el cafecito que, después, comenzaron a brindarme y a hablar
de sus países. En sus todavía mediaslenguas me mostraban revistas y libros y
periódicos viejos y postales y fotos del familiar que pronto traerían… Igual
que mis abuelos, dos en Barquisimeto y uno en Maracay –la paterna, aragüeña,
Mamaela, que apenas conocí, los dos del Líbano materno, Titi y Yiti, y el
alemán paterno Papaelo– que se fueron quedando en Venezuela pero no renunciaron
a sus localidades y nutrían mis ansias con sus comidas, canciones en sus lenguas,
cartas de quienes decidieron no venirse…, banderas de sus patrias izadas junto
a la de Venezuela en fiestas patrias y libros y costumbres que todavía
conservo… Cerca de aquellos árabes y griegos algunos chinos y un japonés… y una
cosa que siempre les pedía era que me cantaran el himno de sus patrias. Eso me
emocionaba.
Conservo
todavía el recuerdo de cuando conocí a Aquiles Nazoa y su firma en uno de sus
libros, que sin permiso saqué de la biblioteca de mi padre para que el mismo
nombre que aparecía impreso Aquiles me lo escribiera de verdad. Eso fue en el
naciente Ateneo de Barquisimeto, donde días después la Embajada de China mostró
con detalles, fotografías y una charla la ceremonia del té y algunas de sus
danzas tradicionales. Recordé las revistas que papá recibía cautelosamente en
Guama, y alguno de los sellos de correo. Nacía la Universidad Centro Occidental
y con ella un espacio de actividades culturales –otra expresión que aprendí por
entonces– para exposiciones de pinturas y recitales, y en el Teatro Juárez, el
estreno de la ópera Doña Bárbara –nunca supe más de ella–, el Ballet de
Taormina Guevara, otros recitales de orquesta, y la Escuela de Música…
Esta
fue la primera oportunidad que tuve de vivir con cierta intensidad estas
actividades culturales que exigían sin que lo supiera –uno lo sentía así, y lo
comentábamos– una especial compostura, un conocimiento para entender los
cuadros y el teatro que veía y la música clásica que escuchaba y el ballet y
las óperas que escuchaba y veía. Reaparecieron en mi vocabulario las clases de
educación artística, y recuerdo que me preguntaba por qué los tamunangueros que
había visto en los campos cuando buscaba estampillas, cuando acompañaba a mi
padre a sus siembras o en aquel Campo Misión en La Valvanera, El Tocuyo, con
los seminaristas de Barquisimeto y de Caracas, y Pablo Canela con su cuatro y
taller en la Carrera 21 y los aguinaldos de mi primera infancia y de mi
adolescencia…, no estaban también en aquellas actividades culturales… Este
mundo artístico académico no sólo se me amplió sino que se fortaleció con la
creación de Tonel, un grupo de arte
que constituimos Esteban Castillo, Servideo López, Tomás Musset, el Pelón
Torrealba. Cuando íbamos a iniciar un proyecto de pintura en los barrios de
Barquisimeto, me fui a Caracas.
No
dejaba de ser hermoso escuchar a Beethoven en aquella colección de música
clásica que papá había comprado por cuotas a la Reader’s Digest y conocer a
Picasso y las pinturas griegas y al Greco en las enciclopedias de mi casa y en
la biblioteca de Barquisimeto. Era hermoso también escuchar en la voz de Luis
Edgardo Ramírez los poemas de Andrés Eloy Blanco, memorizarlos y repetirlos en
tertulias de pizzas o en bancos de la plaza –y en México, en los años setenta–
y era hermoso haber continuado aprendiendo a tocar el cuatro, cuyas primeras
lecciones las había recibido en Guama. Antes de irme a Caracas tenía en mi
repertorio canciones de Chelique Sarabia, algunas de Simón Díaz, todas las de
Néstor Zavarce y antes de irme a México, en 1967, todas las del Quinteto Contrapunto y una o dos de Juan
Vicente Torrealba.
La ciudad de Caracas
es muy atractiva, con esas montañas que la rodean tan cerca. Y la cantidad de
edificios que se están construyendo es sorprendente.
Sin embargo, siento
que deberán tomarse ciertas previsiones para evitar que la ciudad se convierta
en una sólida masa de concreto llena de edificios pegados hombro con hombro
(Alexander Calder, 1955, El Nacional,
Caracas, 16.8.1998, C1)
Caracas
Por
especiales circunstancias me vinculé a un proyecto pastoral de la Iglesia
Católica en barrios de Petare y en Las Minas de Baruta. Nunca tuve muy claro el
por qué de esta decisión, pero siempre me alegraré de haberlo contemplado
porque la gente que conociera entonces y las experiencia que viví fueron y
serán siempre maravillosas. No así la de llevar a Dios a escenarios de miserias
distintas, que ya se perfilaban con fuerza, que era una vivencia angustiante.
Sólo mi confesor y yo sabíamos de esta incomodidad de hablar de historia
sagrada y de salvación –con cartulinas pegadas a las paredes casi enclenques
del saloncito– a gentes que ya habían comenzado a morirse y que apenas conocían
la esperanza en la falta de agua, en la especulación de la única bodeguita del
barrio, de hijos sin papás, de “profesor, le manda a decí la mamá de… que no
puede vení al catecismo porque tiene diarrea desde el martes”; de “profesor,
los hijos de la señora… y de… que no pueden vení porque consiguieron un
cementico y van a hacé la’cerita”, y yo diciendo entonces que no rezaremos el
Rosario y “vamos, vamos a ayudarles con la acera”… Y la miseria nuevamente se
me puso delante, con más fuerza, y recordé aquel poema sobre las abandonadas
que me habían publicado en la revista de La Salle de Barquisimeto…
Esta
es la época del Concilio Ecuménico Vaticano II. Una de sus resoluciones
prescribía misas en el idioma oficial y concedía permiso para usar en la
iglesia música e instrumentos nativos. Misas y ceremonias del mundo católico se
llenaron de ofrendas musicales autóctonas. Esta experiencia en Caracas fue la
oportunidad de conocer, además, pinturas e imaginería de procedencia popular,
que pude apreciar hasta el detalle por la influencia de la Iglesia en las casas
de particulares que las guardaban. Supe asimismo que se puede ser cristiano aun
viviendo lejos de la pasión y muerte de Jesús –como escribió un autor cuyo
nombre no recuerdo– y esto no me gustó.
Las costumbres
provincianas, provincianas son;
y aunque uno esté
muy lejos prevalecerán… (Sé que te falté, Rafael Orozco)
Barquisimeto,
México y Grecia
Muchas
de las cosas que dejara antes de irme a Caracas ya no estaban en mi ciudad
natal. Fue como otra tarde triste. Tonel prácticamente no existía. En año y
medio muchos de mis compañeros más cercanos se habían ido de Barquisimeto o
andaban por otros caminos. Con algunos de los que encontré salíamos a visitar
parroquias de los barrios y a armar excursiones hacia pueblos de Lara, a pesar
de todavía los riesgos. Mis afectos por las lecturas antropológicas me incitan
a averiguar sobre el pasado más antiguo de Venezuela y entro en contacto con el
Museo de La Salle y algunas tardes nos íbamos hacia el cerro El Manzano a
buscar fósiles. Aún los conservo, así como artículos de El Impulso que hablaban sobre el tema.
Para
irme a México –después de sondear otras posibilidades– esperé más o menos un
año, por cuestiones económicas, por el papeleo necesario y la aceptación en la
universidad escogida… México es para mí demasiadas cosas en siete años, del
pregrado y el postgrado… En lo que se relaciona con este Diccionario, México fue conocer otras gentes, otros mundos, del
pasado y del presente, desde mis sentimientos más sensibles y desde la
Antropología, la Historia y la Etnohistoria. Es el trabajo en el Museo Nacional
de Antropología, donde se concentra buena parte de la cultura material mexicana
conocida hasta entonces, y publicaciones como estudiante. Es aquella bolsa de
polietileno, grueso, que mamá confeccionara en una de mis venidas a la patria,
para que le llevase a dos mexicanos y una puertorriqueña tres cuatros larenses…
Es la concientización de las ideas y experiencias que me llevé conmigo, el
aprendizaje formal sobre las sociedades en la historia y el Hombre en ambos
escenarios; es la cultura como herencia social íntegra de la humanidad y las
modalidades por las cuales se expresa, parafraseando a R. Linton. Es el marco
de referencia seguro y confiable en el que se inspira mi manera de concebir a
los seres humanos; es la transición hacia la profesionalización de mis
sentimientos. Es el trabajo de antropología física en la Villa Olímpica, donde
conozco demasiadas maneras culturales en los atletas que estudiábamos y es
también el Tlatelolco 68 del silencio cruento con estudiantes tendidos sobre la
construcción prehispánica de la plaza tricultural como si fuesen víctimas de un
sacrificio del pasado… Es también aquellos dos meses del 70 que me fui a
Europa, y a mi Grecia de siempre: Comiénzame
a esperar porque voy a tu siendo; yo siempre te he esperado; espérame tú ahora,
le dije a Grecia la noche antes de partir desde París…, pero Grecia estaba
amordazada por los coroneles…
Lo que necesitan, y
lo que ellos sienten que necesitan,
es una cualidad
mental que les ayude a usar la información y a desarrollar la razón para
conseguir recapitulaciones lúcidas de lo que ocurre en el mundo
y de lo que quizás
está ocurriendo dentro de ellos
(C. Wright Mills, La
imaginación sociológica, p. 25)
Yo en la tradición
Regresé
de México a principios de 1975 y por cosas que no atribuyo a la casualidad –no por casualidad nos encontramos,
escribí en un poema– comencé en mayo a trabajar en el Museo Nacional de
Folklore. Tampoco fue casual que para clasificar las piezas de sus colecciones
se estuviese adaptando al vocabulario y particularidades de Venezuela una guía
para la descripción de objetos etnográficos, que el Museo Nacional de
Antropología mexicano me había solicitado y que alguien se había traído de
México para donarla al museo.[3]
Tampoco lo fue que como primer trabajo me tocase clasificar una muestra de la
cultura material contemporánea que México donara al Museo ni que allí conociese
a la gente con la que fundaríamos la agrupación musical Un Solo Pueblo.[4]
Los
diecinueve meses que estuve en el Museo –renuncié el 15.12.1976– me permitieron
familiarizarme con la situación de lo que ya para entonces comenzábamos a
denominar cultura popular. En el sector “oficial”, digamos, se prefería el
vocablo folklore. La primera impresión, confirmada después, era el excesivo
etnografismo con el que se abordó y se estaba abordando la cultura popular, a
pesar de la útil información obtenida en los trabajos de campo, como para
transcender el nivel de la pura descripción, principalmente en lo que a las
instancias oficiales se refería. Lo otro que percibí fue una suerte de secuestro
del material disponible, al tamizar con un celo inexplicable la consulta de esa
información. La otra impresión fue que este material ni se analizaba y menos se
difundía como lo reclamaba la necesidad del país en cuanto a las
características e historia de su cultura. Supuse que esta situación era
circunstancial –en el caso del Museo, por ejemplo, se estaban reclasificando
sus colecciones– pero cuando consulté en otras instancias –que ya habían
comenzado a difundir sus pareceres sobre cultura popular– y, sobre todo, a
algunos estudiosos universitarios que empecé a conocer –entre ellos mi maestro
a distancia Miguel Acosta Saignes–, ratifiqué aquellas impresiones y me informé
de otras, posiblemente más serias, en cuanto a cómo se abordaba en Venezuela el
estudio de la cultura popular.
Cuando
decidimos fundar Un Solo Pueblo, tuvimos en cuenta aquellas percepciones. La
situación se había hecho tan dramática y persistente que por Resolución Nº 10,
Caracas, 20.6.1985 el Consejo Nacional de la Cultura creó la Comisión
Reestructuradora del Instituto Interamericano de Etnomusicología y Folklore,
Instituto Nacional de Folklore y Museo Nacional de Folklore, de la que fui
miembro conjuntamente con la Dra. Erika Wagner y el Dr. José M. Cruxent. Esta
comisión entregó, pocos meses después, el Proyecto del Manual de Organización
del Centro para el Estudio de las Artes y Tradiciones Populares (CEATP)[5].
Ya para entonces habíamos venido desarrollando un trabajo sostenido en torno a
la cultura popular, mucho de ello en función de este Diccionario.
Como
buen indicador de lo que ocurría en las instancias oficiales y de lo que el
trabajo sostenido por la cultura popular realizábamos particulares y
agrupaciones, vale la pena detenerse un momento en los objetivos que el Conac
consideró más importantes de la Comisión Reestructuradora y que fueron reunidos
en el Artículo 3º. En primer lugar, la dispersión del trabajo de aquellos entes
era tal que la unificación debía tomar en cuenta
los
objetivos comunes de investigación, conservación, promoción y reactivación de
las manifestaciones culturales tradicionales”. Se planteaba, asimismo, la
“Unificación de los criterios teórico-conceptuales”, la revisión de acuerdos
suscritos con entes nacionales e internacionales, elaboración de un “nuevo
Diseño Curricular de la Institución, conjuntamente con la Dirección de Recursos
Humanos del Conac, el Ministerio de Educación, la Universidad Central de
Venezuela y la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda”, para
definir “el nivel académico de los cursos a impartir”; elaboración de un nuevo
diseño de investigaciones, previa consulta con la UCV, el IVIC y el Instituto
Caribe de Antropología y Sociología de la Fundación La Salle; elaboración de
una nueva política de publicaciones; selección de personal calificado por la
vía de concursos de oposición, formulación de “una política de Formación de
Recursos Profesionales […] para la consolidación del nuevo Instituto” y,
además, “Realizar acercamientos con las Universidades, Institutos de Investigación
y Organismos Regionales de la Administración Pública, a fin de establecer una
política de adiestramiento, asesorías y pasantías, cónsonas con las necesidades
del país.[6]
Poder recorrer el
folklore venezolano sin exóticos lazarillos de expresión; ser capaz […] de
bucear en el alma del pueblo y extraer de allí el caudal inagotable de una
ternura típica por la fusión de razas en su formación y orígenes [...] valorar
debidamente las justas proporciones ambientales, localismo y costumbrismo, para
lograr hacerlas universales... (Antonio Reyes, prólogo a El criollismo en Venezuela,
de Luis M. Urbaneja
Achelpolh)
Los estudiosos de nuestra tradición en la perspectiva de
este Diccionario
Desde
que decidimos acometer como una de nuestras preocupaciones profesionales el
estudio de la cultura tradicional de Venezuela, apelamos a las concepciones que
acerca del folklore formularan quienes consideramos clásicos del estudio de la
tradición de Venezuela, así como algún momento que la historia de esos estudios
ha considerado de especial importancia para esa materia.[7]
El
interés por la cultura tradicional de Venezuela se inicia de manera empírica a
partir de 1830, con el aporte de los autores que han conformado nuestra
literatura costumbrista, criollista, nativista y tradicionalista. Desde
principios del siglo XIX se aprecia una clara vinculación entre aquellas
corrientes y lo que para entonces, y para buena parte del siglo XX, va a
entenderse como "folklore o cuadro de costumbres", formado por ese
complejo mundo de detalles que el literato entendió y caracterizó como propios
y definitorios del ‘pueblo venezolano’. La literatura costumbrista reflejará en
sus páginas lo que la ciencia histórica del momento no había asumido como
objeto de interés: la particularidad con la que se van perfilando pueblos y
ciudades en ese complejo proceso decimonónico de conformación de la nueva
sociedad nacional. Es por ello que autores como Pedro Díaz Seijas ubican el
costumbrismo venezolano como puente entre la historia y la novela y si bien
aquel género participa de ambas, va a ser el llamado tradicionalismo, variante
del costumbrismo, el género más cercano o, como apunta Miguel Acosta Saignes,
el género más consecuente con la historia. La preocupación por lo nacional
estará, sin embargo, en el criollismo.[8]
En síntesis: del costumbrismo se desprenderá una corriente literaria, el
criollismo, otra de corte histórico como lo fue el tradicionalismo y una
tercera que, al decir de Acosta Saignes, se construye por el esfuerzo para
conocer científicamente la cultura tradicional del país.
Uno
de los máximos exponentes del criollismo es Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, de
cuyo trabajo dice Antonio Reyes: "Poder recorrer el folklore venezolano
sin exóticos lazarillos de expresión; ser capaz, como lo fue, de bucear en el
alma del pueblo y extraer de allí el caudal inagotable de una ternura típica
por la fusión de razas en su formación y orígenes [...] valorar debidamente las
justas proporciones ambientales, localismo y costumbrismo, para lograr hacerlas
universales..."[9]
En
1885 se conocerá Tradiciones Populares
en cuya introducción su autor Teófilo Rodríguez, sin utilizar el término
"folklore", escribe: "Sea cual fuere el grado de civilización de
un pueblo, ya antiguo, ya moderno, ora poderoso y rico, ora incipiente y débil,
es un hecho que jamás deja de tener como parte integrante de sus anales, un
conjunto de preocupaciones y creencias tan generalmente arraigadas, tan
cuidadosamente conservadas, que llegan por sí solas a formar una como historia
especial que puede subsistir y que, en efecto, subsiste, aun cuando la nación
por ese pueblo constituida, se viere en el transcurso del tiempo transformada,
dispersa o sometida a dominación extranjera..."[10]
Para
Arístides Rojas "La literatura popular, cuanto se refiere a la historia
íntima de la familia, de la localidad y versa sobre costumbres, usos,
creencias, supersticiones, tradiciones, fenómenos de la naturaleza, dichos,
relatos, cantos populares, adivinanzas, refranes, el porqué popular de todas
las cosas, juegos, augurios, etc., transmitidos de una manera oral de padres a
hijos, de generación en generación, es lo que constituye el ramo de los
conocimientos humanos que se llama Folklore...". Rojas proponía, además,
una metodología para …"salvar los materiales del folklore
venezolano"… y apuntaba que en su estudio existen dos propósitos que
conducen al folklorista a un mismo fin: el conocimiento de la historia de un
pueblo: "En el uno figura la monografía, la disertación ilustrada. [...]
En el otro camino el folklorista relata simplemente noticias que recoge, sin
entrar en los estudios comparados: hacina y contribuye, por lo tanto, a la
riqueza de la cosecha”...[11]
El 11
de mayo de 1924 José E. Machado presenta ante la Academia Nacional de la
Historia su discurso de incorporación, en el que además de valorizar los
estudios de Arístides Rojas, expresa: "Señores Académicos: la invasión de
nuevos elementos étnicos que la facilidad de las comunicaciones y el creciente
movimiento comercial e industrial impele hacia estos lugares, llenos de promesa
para lo porvenir por los múltiples dones con que los dotó la naturaleza, tiende
a barrer nuestros caracteres tradicionales e históricos. […] Se impone el
deber, que llamaremos patriótico, de fijar los tipos, usos y costumbres de nuestro
pasado, que si no siempre mejor […] es el primer eslabón de la cadena que nos
enlaza al porvenir...".[12]
Tulio
López Ramírez, en su ensayo titulado "Estudio y perspectivas de nuestro
folklore" (1945), incluía en su definición ...”no sólo a los que llevan un
vivir rural, sino también a las clases bajas urbanas y a aquellas personas que
poseen una cultura suficiente pero que en muchos de sus hechos mantienen un
neto carácter tradicionalista”...[13]
También de la década de los cuarenta son las consideraciones de Francisco
Tamayo de vincular lo popular con el paisaje natural: “El Folklore, si bien
tiene mucho de universal, toma, cuando menos, modalidades y tonos que armonizan
con cada medio donde se presenta. De esta manera vemos cómo lo popular guarda
estrecha función con los distintos paisajes biofísicos del estado Lara”…[14]
La
creación del Servicio de Investigaciones Folklóricas Nacionales –el 30.10.1946
y que inició sus funciones el 9.2.1947– aportó al estudio de nuestra cultura
tradicional un importante prólogo. En el decreto respectivo, emanado de la
Junta Revolucionaria de Gobierno de los Estados Unidos de Venezuela[15]
se consideraba que dado "que no existe en el país un organismo técnico que
se encargue de las actividades folklóricas nacionales e igualmente de conservar
el rico acervo de tradiciones populares venezolanas…”, se creaba el Servicio
para “estudiar, recopilar y difundir las diversas expresiones del arte y
literatura populares constituidas por leyendas, narraciones, episodios, mitos,
tradiciones, refranes, creencias, poesías, anécdotas, rondas, danzas,
canciones, alegorías, indumentarias, música, etc., de carácter venezolano.”[16]
Esta especie de guía para abordar el trabajo contó con una estructura
administrativa y de investigación constituida por la Dirección, la Secretaría y
las secciones de Musicología, Folklore General y Archivos de Cinematografía y
Fotografía.
El
mismo año de su creación el Servicio edita la Revista Nacional de Folklore,
su órgano de difusión, primera publicación venezolana especializada en esa
materia y de la cual sólo se editaron 2 números.[17].
Juan Liscano Velutini, primer director del Servicio, escribió en el primer
editorial:
[…] Ha sido
permanente anhelo de quienes se han interesado en la vida y pasión de nuestro
Folklore, el que se creara un organismo central que cumpliera la función de
recopilar y clasificar los elementos tradicionales de nuestra cultura popular
así como de disciplinar y metodizar las investigaciones particulares u
oficiales que se efectuaran sobre esta materia./ Hasta ahora, la investigación
de nuestro Folklore había sido obra de la buena voluntad y del trabajo de
algunos particulares que llevaron a cabo recopilaciones parciales sin ninguna
tentativa de encuesta nacional. Y no podía ser de otro modo./ Para que la
encuesta de nuestro Folklore alcanzara proyecciones y proporciones en escala
nacional era menester, por una parte, contar con un equipo coordinado de
investigadores que se distribuyese el trabajo (ya que resulta materialmente
imposible el que un solo individuo pueda recopilar el folklore de un país,
aunque fuera en alguno de sus variados aspectos) y disponer, por otra parte, de
cuantiosos recursos monetarios que en un medio como el nuestro no podían ser
sufragados sino por el Estado./ Con la finalidad de recopilar, clasificar y
divulgar nuestro Folklore, así como orientar las futuras investigaciones en esa
materia, fué creado el Servicio de Investigaciones Folklóricas Nacionales. […]
[En las páginas de esta revista] Tendrán cabida en sus diferentes secciones:
trabajos doctrinarios sobre el Folklore en general o, en especial, sobre el
nuestro; estudios sobre determinados aspectos de nuestra tradición popular;
documentos objetivos como pudieran ser los cancioneros, las recopilaciones de
leyendas, cuentos, mitos, vocabularios, oraciones mágicas, adivinanzas, dichos,
etc. presentados en forma de materiales para estudios. En su sección
bibliográfica reseñará los libros que sean remitidos a esta oficina y las
publicaciones similares, así como los trabajos de alguna importancia aparecidos
en la prensa o en las revistas nacionales o extranjeras, referentes a nuestro
Folklore. Promoverá encuestas de amplitud nacional sobre determinadas
expresiones folklóricas y utilizará el documento fotográfico como dato fidedigno
ilustrativo o de información./ La Revista Venezolana de Folklore acogerá los
trabajos de sus colaboradores sin imponer métodos específicos de determinadas
escuelas, pues será criterio suyo el ofrecer a los autores libertad de aplicar
los métodos de la escuela que ellos hayan elegido, considerando que en la
discusión de los diversos principios sobre los que puedan sustentarse éstas,
estriban el progreso y el desarrollo de las disciplinas folklóricas todavía en
pleno período de formación. A lo sumo, se les exigirá a los colaboradores, el
que sus escritos o documentos llenen los indispensables requisitos que impone
una publicación de la índole de esta revista./ Lo que sí ha que constituir
propósito invariable de la Revista Venezolana de Folklore es la voluntad de
cumplir, cabalmente, una obra de enaltecedora venezolanidad y de humana
dimensión en el campo de la cultura, mediante la observación de nuestro
Folklore, vale decir, de nuestra Cultura Popular Tradicional.”[18]
Es
opinión generalizada entre los estudiosos de nuestra cultura tradicional, que
la Revista Venezolana de Folklore, a
pesar de su corta vida, “marcó un rumbo en lo teórico, en los concretos
propósitos de estudio, pero sobre todo, en sus páginas quedaban claramente
definidas dos cualidades esenciales: el entusiasmo desinteresado de quienes
iniciaban por entonces el estudio del folklore venezolano, y su consecuencia
natural, ‘la voluntad de cumplir cabalmente, una obra de enaltecedora
venezolanidad y de humana dimensión en el campo de la cultura’, tal como se
afirmara en su primer editorial”.[19]
Rafael
Olivares Figueroa, en 1948, sustentará sus investigaciones y producción sobre
nuestras tradiciones en su concepción del término pueblo, al que da ...”más que
el sentido etimológico de la antigua lengua anglosajona folk o vulgo, el del
latino populus, en su nata acepción, esto es, en cuanto comprende en sí todas
las clases sociales;[20]
convencido de que el folklore no es privativo de un estrato social, sino que
fluctúa, en proporción mayor o menor, en periódicas evoluciones, a través de
todos; siendo una de las razones que nos han llevado a servirnos, con las
obligadas precauciones, de una documentación, sobre todo oral, procedente de
individuos de cultura y condición varia, lo que en cada caso revela el léxico...".[21]
En relación con este punto es interesante el siguiente comentario de Marcelino
Bisbal, en 1996: “¿Dónde se ubica entonces la cultura popular?. En ningún lugar
preciso, pero en todos los lugares al mismo tiempo.”[22]
Además de esta concepción universal de pueblo, Olivares Figueroa llama la
atención sobre el análisis al que deben ser sometidas las fuentes que
tradicionalmente utiliza el folklorista: la fuente oral.
En
1950 se edita Folklore y Cultura, de Juan Liscano, donde escribe que "En
realidad siempre ha habido folklore […] El folklore es el conocimiento por
comunión que tienen siempre determinados grupos humanos, en contraposición con
el conocimiento por distinción...". Esta sería la primera vez que aparece
en nuestra literatura folklorológica la idea de una cultura popular vs cultura
académica, binomio que particularmente en la década de los setenta va a
encontrar espacio significativo, sobre todo en los llamados grupos de
proyección. Otra de sus reflexiones es su crítica al exceso de recolección, característica
que ya señalara Tulio López Ramírez: "El mero recopilador de datos
folklóricos y, desgraciadamente, son los más –escribe Liscano– no debe aspirar
a la denominación de folklorista, si queremos conservar alguna dignidad para
este término. Es menester, para comprender el folklore, una firme base de
conciencia histórica, un minimun de conocimientos intelectuales y cierta
sensibilidad humana. Con tristeza apuntamos que muchos de los llamados
folkloristas, no son sino verdaderos albañiles recolectores, peones del
pensamiento, carentes del más elemental sentido de la cultura y escudados
detrás de un método más o menos feliz de clasificación..."[23]
Este
comentario de Liscano no es gratuito. Para el momento en que lo formula
predomina entre las individualidades que se ocupan de nuestra tradición una
actitud meramente descriptiva, lo cual no significa que esto fuese despreciable
pues esas gentes –dentro de las que está el mismo Liscano– recogieron hechos
irrepetibles. Quizá la crítica tendría más sentido –como lo hemos señalado en
varias ocasiones– para décadas siguientes, en las que se continuaba abordando
lo folklórico sólo como objeto de estudio de la etnografía y no de la etnología
o, en todo caso, multi e interdisciplinariamente. Quizá haya influido en aquella
actitud el curso de Introducción a las
Técnicas de Investigación Folklórica que dicta en castellano el profesor
Stith Thompson (University of Bloomington, Indiana), en el Liceo Fermín Toro
(Caracas, 25 de agosto-20 de noviembre de 1947), en el que además de que se
orientó a muchos, se puso orden en las ideas de otros, sembró inquietudes e
incentivó la sistematización de los trabajos de campo[24],
también, al decir de algunos estudiosos, predominó el rigor clasificatorio –lo
que sobrevaloraba la descripción– que proponía el conferencista.
Hay
dos voces, llamémoslas aisladas respecto de una participación directa en la
materia folklórica propiamente dicha –pero no en cuanto a su preocupación por
la comprensión de nuestra tradición– que corresponden a Lisandro Alvarado y a
Mario Briceño Iragorry. El primero solía decir que escribía …“no para los
sabios, sino para los hombres consagrados a las faenas agrícolas y pecuarias,
alejados por lo común de toda fuente de información”...[25],
lo cual se explicaría porque “Alvarado, sin bienes de fortuna, de los cuales
era desprendido, andando a pie preferentemente, viviendo la vida venezolana no
en libros sino en la vida misma, pudo captar innúmeros aspectos con los cuales
entraba en contacto y para los cuales tenía la sensibilidad que engendra
simpatía”.[26]
Briceño Iragorry, por su parte, desde su obra Por la ciudad hacia el mundo… (1957), considerada como la síntesis
de su pensamiento, escribe: “La realización del verdadero sentido universal del
pensamiento del hombre no está reñida con el crecimiento de los grupos
nacionales. El nacionalismo en su verdadera concepción ontológica no implica
una posición antihumanista […] El verdadero nacionalismo, como expresión de
humanidad, reclama que se le mire sub
specie universalis. El nacionalismo, y vale repetirlo una vez más,
representa en el plano de la valoración colectiva, un modelo de obrar la
personalidad de los pueblos”…[27]
Además de manejar la idea del nacionalismo frente a la universalidad, Briceño
Iragorry ensancha la concepción de pueblo, como lo hiciera Rafael Olivares
Figueroa, según vimos.
Este
problema fue también objeto de reflexión de otro de nuestros pensadores
fundamentales, Mariano Picón Salas, quien en 1955 publica su trabajo Crisis,
cambio y tradición (ensayos sobre la forma de nuestra cultura), …”donde
plantea el problema creado por la falta de equilibrio entre el desarrollo
humano y el desarrollo técnico y aboga por conservar el respeto a la persona.”[28]
Ya desde su fundamental trabajo De la Conquista a la Independencia (1944)
Picón Salas había asumido como tema central de sus ensayos “la universalidad de
la cultura hispanoamericana, establecida a partir de la reflexión sobre la
identidad y destino de Venezuela e Hispanoamérica.”[29]
En
1953 el Servicio de Investigaciones Folklóricas Nacionales cambia su nombre por
el de Instituto de Folklore, que a partir del 29 de diciembre de 1971 pasará a
denominarse Instituto Nacional de Folklore.[30]
Luis Felipe Ramón y Rivera, director, e Isabel Aretz, su colaboradora más
cercana, emitieron hacia la década de los cincuenta sus concepciones acerca del
folklore. Ramón y Rivera escribía que …”es una ciencia para algunos; para otros
es apenas una disciplina; para los menos (por suerte), no es ni lo uno ni lo
otro, sino algo así como una pasión personal por las cosas del pueblo, y como
pasión al fin, el folklore sería una mezcla de aspiraciones teóricas no
logradas, con unos cuantos dogmatismos acientíficos. Si me preguntaran cuál de
las tres opiniones es la más certera, yo contestaría que las tres tienen un
poquito de razón.”[31]
Asumiendo el folklore como ciencia, Ramón y Rivera expresa que así concebido
“estudia las creencias, costumbres, letras, músicas, industrias, que el pueblo
sabe y transmite sin obligación especial y sin recursos mecánicos. Y digamos
que todos esos bienes se estiman como folklóricos, en tanto permanecen vivos en
las colectividades, resistiendo y oponiéndose en cierto sentido a lo moderno, a
la ‘moda’”…[32]
Ramón
y Rivera, al igual que otros estudiosos, considera la definición de pueblo, particularmente por la
etimología de la palabra folklore. Explica que “La definición objetiva y, por
lo tanto, científica del pueblo a que se refiere Folk, tropieza con el obstáculo de que es imposible precisar cuál
es el estrato social estrictamente depositario del lore o saber, y más aún,
dónde acaba o empieza dicho estrato.”[33]
El autor razona que muchas personas “de holgada posición económica” utilizan a
menudo y participan de contenidos culturales que por definición se ubicarían en
lo folklórico. De allí “El reparo más fuerte que se le hace a una división
basada en diferencias económicas o de grado de instrucción”…[34]
Isabel
Aretz, por su parte, partiendo igualmente de lo etimológico considera que “El
saber folklórico constituye la cultura empírica del pueblo y se transmite por
vía oral de una generación a otra.”[35]
Aretz, inclusive, ubica teórica y físicamente el folklore al comentar que “Los
hechos folklóricos, no importa su origen, tienen una individualidad inequívoca
y forman un paquete cultural, como
los que se distinguen en Etnografía cuando se estudian las culturas aborígenes.
[…] Donde está el rancho de bahareque, está el chinchorro, la totuma y la
pimpina de barro. […] El folklore es el patrimonio de una capa cultural que
precede a la que crea o disfruta de las conquistas modernas, sean mecánicas,
farmacológicas, arquitectónicas, culturales, etc., etc.”[36]
De
hecho, ambas concepciones sirvieron desde los setenta para orientar y
caracterizar la postura oficial ante el estudio de nuestra cultura tradicional
y que los sectores que propugnaban por un abordaje diferente de esa materia
hablásemos de cultura popular en lugar de folklore. Llegamos a preguntarnos,
inclusive, si desde los entes oficiales encargados por entonces de conocer
nuestra cultura tradicional, y uno que otro estudioso particular, no se estaba
negando la modernización de los sectores populares para no acabar con uno de
los objetos de estudio del folklore: la cultura material. Será por eso que
desde las instituciones que aquellos autores dirigían salían gritos de
verdadero terror cuando en Un Solo Pueblo –y posteriormente otras agrupaciones,
eventos e instituciones– propiciaban un intercambio de sus experiencias
musicales entre cultivadores y grupos de proyección, o entre los mismos
cultivadores de músicas con raíces parecidas o idénticas o se les condujera a
participar en eventos donde se discutían cuestiones teóricas acerca de la
tradición, muchas veces, su propia tradición. Se nos acusaba de estar
contaminando el folklore.
En el
fondo, lo que ocurría era que se estaba tomando postura –lamentablemente sin
escenarios para el diálogo, quizá por la férrea posición del sector oficial–
entre una actitud, digamos romántica, en cuanto al estudio de nuestra tradición
y sus características objetivas para ese entonces en Venezuela. Sin embargo,
quienes nos pronunciábamos por la segunda acepción no captamos a plenitud los
cambios que se producían en la cultura popular por su misma dinámica y por las
transformaciones económicas y políticas del país. No será sino hasta finales de
la década de los ochenta y bien entrados los noventa, cuando algunos estudiosos
reflexionarán acerca de esta dinámica y sus particularidades en Venezuela.[37]
Para aquel entonces, aquellas reflexiones no encontraron el eco deseable y,
aparentemente, tampoco el escenario idóneo, de tal manera que los pocos que han
tenido acceso a ellas prácticamente las vieron como especulaciones teóricas.[38]
De ahí la importancia que le hemos asignado a eventos como Venezuela: Tradición en la Modernidad, un simposio sobre cultura
popular organizado por la Fundación Bigott y la Universidad Simón Bolívar, en
mayo de 1996,[39]
y en el que algunos de aquellos estudiosos tuvimos la oportunidad de expresar
las reflexiones que habíamos producido desde el llamado boom de la cultura
popular.
Es
posible que estas reflexiones paralelas al boom –mediados de los setenta y
hasta más o menos 1986– se hayan distraído por una razón que apuntaba hacia lo
que era una de las críticas que hacíamos a los folkloristas, particularmente a
los del sector oficial, en cuanto a su desatención a la variedad que nuestra
cultura popular comenzaba a conocerse, a evidenciarse en prácticamente todos
sus aspectos, con los trabajos de rescate y difusión por parte, principalmente,
de los grupos de proyección, nacionales y regionales. La cosecha de lo novedoso
era tan atractiva, su aceptación por parte de Venezuela tan significativa, que
lo que predominó fue afinar cuanto mecanismo estaba disponible dentro de la
precariedad con la que en nuestro país se ha asumido ‘lo cultural’, para que
Venezuela conociera y amara su tradición hasta en sus particularidades menos
notorias. Si algo se hizo dentro del campo de la teoría fue que en la difusión
que se realizaba, se comparasen estilos e instrumentos musicales, formas
tradicionales de organización, influencias del medio ambiente en la producción
artística popular y otros elementos… Es lo que explicaría, además de su calidad
musical y humana, la aceptación generalizada de las agrupaciones musicales que
asumieron este trabajo y la impresionante cantidad de talleres que pusieron a
funcionar las agrupaciones o entes culturales del Estado, de los municipios,
las secretarías de cultura estadales y fundaciones privadas como la Bigott. Una
de las características de estos talleres –como los de percusión, por ejemplo,
que abundaron, entre otras razones, por el afianzamiento de la música popular
en términos urbanos, así como los talleres de cuatro y otros instrumentos
musicales– fue la comparación entre los distintos tipos de ejecución existentes
en el país, además del interés porque esa parte de nuestra tradición se
conociera.[40]
Otro punto no menos importante es que en sus presentaciones las agrupaciones
musicales de entonces procuraban informar al público, y demostrarlo con su
repertorio, lo que tenía que ver con las variantes de una misma pieza o de un
mismo género musical en nuestro territorio e, inclusive, en relación con otras
partes de América, Europa –principalmente España– y África. Esto no sólo demostraba
que se estaba haciendo investigación de campo sino que se estaban leyendo
viejos materiales al respecto. En este punto la agrupación Un Solo Pueblo sentó
un buen ejemplo pues además de que nosotros mismos lo practicábamos, era un
aspecto que procurábamos internalizaran quienes nos veían como un modelo de
rescate y difusión de nuestra cultura popular y solicitaban nuestra asesoría.
Aquellas
comparaciones regionales –desde el escenario, desde los discos y personalmente–
habría que entenderlas como otro aporte a la caracterización de nuestra cultura
popular, elaboración de carácter teórico que ciertamente daba sus primeros
pasos hacia el gran público. Es verdad, sin embargo, que algunos de nuestros
estudiosos del folklore –Ramón y Rivera, Aretz, por ejemplo– habían esbozado
estudios comparativos, sólo que sus consideraciones habían tenido poca
difusión, excepto en círculos muy limitados. La actitud didáctica de las
agrupaciones, y de los pocos trabajos que en aquel sentido produjeron algunos
estudiosos noveles, fue altamente beneficiosa, pues demostraba, entre otras
cosas, no sólo la riqueza de nuestra cultura tradicional, sino la comprobación,
si se quiere indirecta, de que los entes oficiales, a pesar de algunas acciones
aisladas, no habían hecho la difusión como se esperaba, y que tuvieron que
asumir, entre otros, las agrupaciones musicales. Este Diccionario está lleno de información al respecto y de lo cual
hablamos cuando referimos nuestro primer contacto institucional con lo
folklórico en Venezuela.
El
último de nuestros guías que hemos seleccionado es Miguel Acosta Saignes.[41]
A pesar de la riqueza de sus reflexiones acerca de lo popular nos
constreñiremos en esta introducción sólo a señalar algunas consideraciones de
su nutritiva concepción del folklore. En uno de los textos más prolijos que
sobre la materia hemos leído Acosta comienza por enmarcar sus apreciaciones
dentro del lugar que tradicionalmente han ocupado los estudios de lo popular y
su cultura en el entorno académico:
Muchas
limitaciones rodean a quienes trabajan en el terreno de la investigación
folklórica en Venezuela. No se trata sólo de problemas económicos, de la
dificultad de lograr presupuestos para investigaciones de campo, sino de otro
género de rémoras: el menosprecio por tal tipo de actividad, a la cual se niega
enjundia por quienes piensan monopolizar, dentro de otras disciplinas, cuanto
sea sistemático y digno de meditación científica; la ceguera histórica cuyo
producto es la negación de toda actividad no reglamentada académicamente; la
tozudez semifeudal según la cual, cuanto el pueblo hace, piensa y dice, nada
vale, pues no se elaboró dentro de aulas, a las cuales naturalmente no pueden
acudir los obreros y campesinos[42]
Y es
casi provocativo su comentario de que:
Para
algunos, en los medios universitarios, el trabajo de recolección de materiales
folklóricos es labor menuda, actividad de tercer orden, impropia de quienes
sean capaces de remontarse a la altura de la especulación académica. Se
trataría de ocupaciones reveladoras de cortedad de miras científicas, indignas
de altas inteligencias especulativas. Se tolerarían sólo como término de
comparación; no merecerían el menor aprecio, por carecer de todo aliento, de
significados dignos de la atención universitaria.[43]
Si
bien es cierto que algunas de estas actitudes han desaparecido, la materia
folklórica, la cultura popular, lo popular, sigue siendo considerada de segunda
en Venezuela –a pesar de los importantes estudios y de algunos eventos de
probada trascendencia– posiblemente por la falta generalizada de conocimiento
característica de nuestra sociedad respecto a muchas de las particularidades de
la cultura venezolana.
En
cuanto a la definición de folklore Acosta asume la del creador del término,
Thoms,[44]
quien lo considera como “el conjunto de los bienes culturales propios de los
sectores económicamente inferiores en las sociedades civilizadas”. Acosta
apunta que “Ciertos folkloristas esgrimen contra tal concepto una peregrina
objeción: la de su antigüedad.”[45]
Y añade que “En el fondo, quienes así arguyen, sencillamente eluden la
consideración del fundamento social del folklore, la desigualdad de las
clases”. Y va más allá: ·”Esta es una verdad social irrefutable y de ella nace
el fenómeno de la convivencia de dos formas de cultura en las sociedades
civilizadas. Una es la de los sectores donde se transmite por escritura, con
todas las consecuencias que ello implica. Otro [sic] es el de quienes deben
nutrirse de la tradición y la creación que permanece anónima. Mientras no hayan
desaparecido las clases, el fenómeno subsiste y no puede evitarse su
conocimiento ‘porque sea cosa antigua’. Más bien, diríamos, el tiempo ha
acendrado la verdad de la definición, exacta como toda formulación científica
objetiva, hasta tanto desaparezcan las estructuras clasistas”.[46]
En
una suerte de resumen, Acosta expresa que “El folklore contiene solamente
cuanto es propio de los sectores ágrafos en las sociedades civilizadas, los
cuales viven dentro de la estructura de éstas y no en los márgenes geográficos
o culturales”. Para el autor, ágrafo no es solamente el analfabeto sino también
quienes habiendo aprendido a leer “continúan viviendo en las mismas condiciones
anteriores a su alfabetización, en cuanto a las posibilidades de continuar
estudios, de mejorar ampliamente las técnicas, de lograr siquiera lo
indispensable para subsistir.”[47]
Acosta
Saignes vincula también su concepción del folklore con la condición de
dependencia de nuestra sociedad y escribe que “En América Latina, mientras la
penetración cultural y social aparejada a la económica, es aceptada sin
reservas por grupos que se convierten en cosmopolitas, sin adquirir realmente
una formación consistente, pues viven como si dijéramos de prestado, en el
pueblo se han guardado valores que constituyen los fundamentos de nuestras
nacionalidades.” Esta situación crea lo que Acosta llama “individuos amnésicos”
que terminan siendo seres inútiles para la sociedad: “Quien todo lo ha olvidado
y nada puede recordar, nace, como si dijéramos, cada minuto.”[48]
Esto,
por supuesto, vincula prácticamente todas las aristas de este asunto con el del
ensalzamiento del pasado. En este sentido Acosta aclara que “No toda forma
antigua fue mejor. Pero para sustituir unos modos de vida por otros, unas
formaciones psicológicas por las que se basen en nuevas concepciones creadoras,
no se puede comenzar por destruirlo todo, por dejar vacías las personalidades,
por desarraigar de las actividades cuanto significó para ellas valores
tradicionales, dejándolas en el más absoluto vacío, en la desorientación, en la
falta de propósitos unificados.”[49]
definir la tradición
“y velar por su
constante progreso es deber de colectividades que aspiran a robustecer su
personalidad en los cuadros de la historia universal. (Mario Briceño Iragorry)
Algunas acotaciones sobre tradición, identidad e historia
¿Qué
vinculación pueden tener estos términos con el Diccionario que ofrecemos?. Pudiera ser que ninguna o pudiera ser
que exista entre ellos un protagonismo con estrechas vinculaciones. Creemos en
esto último, pero por las limitaciones naturales de un texto introductorio no
podríamos externos más allá de lo necesario para demostrarlo, por lo menos en
términos generales.
Digamos,
en primer lugar, que el contenido de este Diccionario
revela la proeza de un pueblo por crear, por ser creativo, por mostrar sus
creaciones y su creatividad, en áreas importantes de su vida, desde los fondos
más lejanos de nuestra historia y a lo largo de ella. Digamos luego que esos
escenarios y las acciones que en ellos los venezolanos hemos realizado –colectiva
o individualmente– han permanecido prácticamente al margen del periplo de
nuestra historiografía. Nos apresuramos a aclarar, sin embargo, que este Diccionario no intenta, ni pretende ser,
ni es una solución a esta situación, que ni siquiera sabemos si realmente
representa un problema: al fin y al cabo, todos y cada uno de los venezolanos
hemos podido vivir sin saber de las especificidades de nuestra tradición, o de
alguno de nuestros géneros musicales, o de algún artista, o de una técnica
artesanal, o de un inventor popular, o del compositor y su producción…,
ignorancia que seguramente habría sido más sentida por la historia y la
historiografía y los habitantes y sus descendientes del sitio o región al que
aquellas expresiones pertenecen o pertenecieron…
De
hecho, en la recopilación de reflexiones acerca del folklore en Venezuela que
dibujamos anteriormente, aparece esbozada una serie de insumos que permiten
establecer vínculos entre tradición, identidad, historia y este Diccionario, sin importar el orden en
que visualizamos tales relaciones. A aquella recopilación vamos a sumar algunos
trabajos de los muchos que ha producido la reflexión en torno a aquellos temas,
inclusive lo que se refiere a la identidad en sus modalidades nacional y
cultural. La primera, quizá la temática más joven del cuadro, data de la década
de los sesenta;[50]
la segunda desde finales de los cincuenta.[51]
A
propósito de la tradición Mario Briceño Iragorry escribía en 1950 que definirla
“y velar por su constante progreso es deber de colectividades que aspiran a
robustecer su personalidad en los cuadros de la historia universal. Tradición
es en este caso su fisonomía, tono, genio, carácter que diferencia a los grupos
y les da derecho a ser tomados en cuenta como unidades de cultura.”[52]
Maravillosa guía de trabajo para quienes como nosotros emprendimos la tarea de
sacar a flote una parte de lo que entendimos y entendemos como componentes de
nuestra tradición, cuales son los aportes del segmento popular. Maravillosa guía
para quienes, además, nos topábamos no sólo con el carácter cada vez más
dependiente de nuestra cultura y con una suerte de menosprecio por lo nuestro
por parte de una importante mayoría de nosotros mismos, sino con la presencia
cada vez más evidente de una Venezuela de espaldas a su propia historia pero
comprometida en procesos de globalización.
Sobre
nuestra condición de cultura dependiente en prácticamente todas las áreas de
nuestra vida, García Requena, “al analizar las técnicas publicitarias, afirma:
‘Estas técnicas que provienen de los Estados Unidos, y que llegan a Venezuela a
través de las agencias publicitarias, están generando mentalidades en lo
cultural y el consumo, que no se corresponden con la realidad socio-económica
del país. Ellas, aunadas a otros mecanismos de dominación, ayudan a crear
valores, hábitos de consumo, en una palabra, patrones culturales, que no sólo
no se corresponden con la realidad, sino que están destinados a borrar los
valores más auténticos de la cultura venezolana.”[53]
Escovar Salom escribía en 1984 que “Este país
se ha empeñado en romper todas las tradiciones, engañándose con la ilusión de
que esa es la manera de innovar, de cambiar y de empujar el progreso.” El autor
entiende que tradición “es parte del sistema de información, es la noticia que
el hoy recibe del ayer y es también la masa acumulada por la experiencia
histórica”. Gracias a esta remesa “se forma el perfil histórico de una nación y
adquiere cohesión, identidad y firmeza una sociedad.”[54]
Será por eso que para Reyes Baena “La identidad es un problema en el cual
aparecemos todos.”[55]
En 1977 Escovar Salom había expresado que “Existen materias que atañen,
esencialmente, al hombre venezolano. Esas no tienen carácter económico. Son más
profundas”, y frente a las cuales la nación tiene derecho “a un comportamiento
más continuo, que le permita ver más lejos su porvenir.”[56]
Escovar
ha ido más allá en sus reflexiones de 1984, al vincular tradición e historia.
Escribe que ésta “quedó amputada” pues “Se decidió que lo único importante era
la época republicana y que no había habido más hombres que los héroes de las
batallas y escaramuzas de la Independencia y que el único pasado posible era el
que partía de 1810.” Esto significa, para el autor, que se dejó de lado,
prácticamente, una gama esencial de asuntos, cuales son nuestro tiempo
colonial, arquitectura, concepción de las ciudades, ritmo de la vida,
artesanías, folklore, gustos populares, variedades regionales, matices del
idioma, sentido histórico de las fiestas patronales; “todo lo que tenía raíz en
la entraña del pueblo, fue suprimido, unas veces por un acto de ruptura y otras
por deformaciones del progreso y la modernización”. Deberíamos añadir que
también lo indígena y creo que en la marcada ausencia de lo indígena –y de lo
negro– en nuestra interioridad venezolana, ha terminado por subyacer una de las
convicciones que se tuvo para la fundación del nuevo Estado, entre 1830 y 1847,
y de la que Pino Iturrieta, en un aparte que titula “La mirada hacia afuera”,
escribe: “Ningún testimonio de la época hace referencia a los valores
autóctonos, como posibilidad de construir el proyecto por asimilación de lo
oriundo; ni descubre la entidad de la concurrencia africana en la conformación
de una personalidad común”.[57]
El
problema que plantea Pino Iturrieta –apenas esbozado desde el punto de vista de
nuestro interés y que por su importancia merecería estudio aparte– se
complementa con la consideración de que “Los propietarios no pueden toparse con
hallazgos de valor en la casa de los siervos, sino en la residencia del
capitalismo foráneo que transformaba el mundo con sus máquinas de la revolución
industrial.”[58]
Tal era una de las directrices de aquel proyecto, que hacia 1845 Fermín Toro
tratará de que se humanice. Pero hay más, en lo que a nuestra área de
preocupación se refiere:
…¿Qué es lo
que sucede en nuestro país, con la multitud de días festivos establecidos…
cuando la espada y el bonete se dividieron el imperio del mundo? Deja el
campesino de trabajar en el día festivo para entregarse a la holganza y a la
beodez; deja el ciudadano de ocuparse para pasear y distraerse, gastando con
profusiones lo que no tiene. Así vienen a ser la ociosidad, el licor y el
excesivo gasto, otras tantas prendas que dedican a Dios los extraviados venezolanos.
Así viene a ser la miseria, premio de nuestra falsa piedad. Nuestros campos
inspiran compasión observados los días que suceden a San Juan, San Pedro, o a
otros semejantes, abandonadas las sementeras y los peones, o todavía embullados
tocando la maraca, el tambor o el carrizo, o lánguidos y postrados sobre los
bancos de las pulperías, recobrando las fuerzas que perdieron por el licor y la
intemperancia.[59]
Historia
oficial y cultura oficial, por otro lado, han cobrado la fuerza de dos ‘dictum’
a los que ha tenido que enfrentarse el estudioso de lo popular en Venezuela.
Apuntábamos algo acerca de lo segundo; de lo primero hemos conocido el boceto
que adelantaran Briceño Iragorry y Escovar Salom. Rodríguez Iturbe complementa
el cuadro comentando que “La visión simplista o la justificación instrumental
de hechos y procesos ha provocado […] una cierta inercia repetitiva. La
historia venezolana en cuanto historia
oficial no se ha orientado tanto a la comprensión del pasado nacional
cuanto al afianzamiento de una cultura
oficial. La seria revisión de nuestra historia supone, sin duda, el
cuestionamiento de esa cultura oficial,
que desde el guzmancismo ha llegado hasta nosotros.”[60]
Pareciera como si “La historia oficial
ha pintado los cuadros a su gusto”, que ha sido “una historia nutrida, a
menudo, de espejismos; sin mucha capacidad de asombro ante inexactitudes y
deformaciones, marcada frecuentemente por la inercia acrítica como un hierro de
infame vasallaje.”[61]
Briceño
Iragorry planteaba en 1950 que “Si descabezamos nuestra historia, quedaremos
reducidos a una corta y accidentada aventura republicana de ciento cuarenta
años, que no nos daría derecho a sentirnos pueblo en la plena atribución
histórico-social de la palabra. Y si para esos ciento cuarenta años admitimos
la procedencia de los varios procesos segmentarios, de caída y ascenso, que
determinan los cognomentos partidistas de Federación, Fusionismo, Regeneración,
Reivindicación, Legalismo, Restauración, Rehabilitación y Segunda
Independencia, habremos de concluir que lejos de ser una Venezuela en categoría
histórica, nuestro país es la simple superposición cronológica de procesos
tribales que no llegaron a obtener la densidad social requerida para el ascenso
a nación. Pequeñas Venezuelas que explicarían nuestra tremenda crisis de
pueblo.”[62]
Arturo
Uslar Pietri, que desde la segunda mitad de la década de los cuarenta había ya
abordado estos problemas de nuestra historiografía y, posteriormente, los de la
enseñanza de la historia, escribe en 1949: “Pero cualquiera que tome un texto
de Historia Patria se encontrará que en sus dos terceras partes está ocupado
por las fechas y los sucesos militares y políticos que van de 1810 a 1825. Es
como si hubiéramos surgido de la nada y no tuviéramos sino una historia de quince
años. Como si Venezuela hubiese brotado de la nada antes de 1810 y casi hubiese
vuelto a la nada después de 1825. Algo someramente se habla de los años
posteriores al siglo XIX. Muy poco de los tres siglos coloniales. Nada de los
decisivos acontecimientos anteriores”.[63]
Y concluye casi dramáticamente que “Nos hemos reducido a una pseudo-historia de
quince años cuando no debíamos considerar menos de una historia de veinte
siglos.”[64]
Afortunadamente,
nuestras disciplinas históricas y sociales, principalmente, se han llenado
últimamente de importantes trabajos no sólo en lo que a historia política se
refiere sino en cuanto a otros períodos de nuestra historia y otras áreas de
nuestra cultura. Si bien varios profesionales hemos abordado y propuesto
temáticas novedosas, la mayoría de estos aportes –y ello es significativo–
provienen de estudiantes de pregrado que en sus trabajos de tesis han abordado
temas como la salubridad, la hidrología urbana, las epidemias, el discurso
misional colonial, la literatura indígena, la mentalidad venezolana, la
jurisprudencia colonial, la medición del tiempo en algunos períodos de nuestra
historia, biografías de personajes importantes para nosotros, historia de los
inventos en Venezuela, y de la alimentación, historia regional –por mencionar
sólo algunos– y revisado con otras lentes aspectos económicos, políticos,
culturales, religiosos, planteados por nuestra historiografía tradicional. En
varios de estos nuevos escenarios se han recibido las importantes influencias
de grupos de trabajo, como por ejemplo, la Revista Tierra Firme, el Seminario de
Historia de las Mentalidades y la aparición de una importante fuente como
lo es el Diccionario de Historia de
Venezuela, de la Fundación Polar. Quizá una crítica que debemos hacer a
estas ráfagas de cambio, definitivamente significativas, es que no obedecen –con
muy contadas excepciones– a proyecto o proyectos orgánicos, institucionales,
que señalen las carencias que aún tenemos en muchas de las áreas sobre nuestro
pasado y nuestro presente, por lo menos, y que organicen la investigación.
En
cuanto a la identidad, problema crucial en el estudio de la cultura, la
antropología ha convocado las consideraciones de otras disciplinas como la
psicología, historia, sociología, lingüística y las reflexiones que al respecto
se han producido en aspectos de la cultura como lo estético y la religión.
Esto, por supuesto, ha generado un significativo corpus de conocimientos acerca
de aquel tema, que nosotros no vamos a exponer aquí.[65]
En
todo caso, ¿qué se entiende por identidad? Por sólo citar dos conceptos, para
Maritza Montero, quien ha producido un importante trabajo para esta materia en
Venezuela, es “la representación social del ser venezolano, expresada en la
imagen que como grupo humano posee de sí mismo”[66];
para Rafael Carías “por identidad se entiende además de los rasgos objetivos la
conciencia de ellos.”[67]
En cuanto a la vinculación tradición e identidad –identidad nacional, identidad
cultural– algunas reflexiones no han dejado de relacionarlas con el asunto de
la globalización. Reyes Baena, en el trabajo citado, planteaba que “La
identidad nacional está íntimamente ligada al destino internacional que haya de
tener este país.” Por su parte, Escovar Salón advertía en 1984: “Últimamente se
ha puesto en circulación una expresión: la identidad nacional. Muy pocas veces
se maneja este concepto con propiedad y precisión y no faltan quienes lo toman
en su más vulgar implicación chauvinista o en sus contenidos más elementales”.
En base a esta consideración, que compartimos plenamente, el autor advierte:
“La identidad nacional va a ser una de las grandes querellas del siglo XXI.
¿Cómo van a defender los países pequeños su carácter propio, sus rasgos
nacionales, frente a los nuevos sistemas de comunicación? El espacio y la
informática crearán nuevos horizontes culturales pero también implicarán costos
y dificultades políticas?”.
Lo
estamos viendo, palpando, viviendo… y no deja de ser cierto que cada vez es más
verdad que la única manera de que estrechemos los vínculos con nuestro propio
entorno y de que manejemos mejor nuestro destino, colectivo e individual, es
apelar a nuestra tradición, al carácter nacional del que tanto se ha hablado,
sin que ello signifique apartarnos de la dinámica mundial, cerrarnos al exterior.
Contrariamente a lo que pueda pensarse –y que de hecho han pensado
recientemente algunos estudiosos[68]–
creemos que ahora más que nunca es posible revalorizar la fuerza de la
identidad y la tradición y las enormes posibilidades de una historia que revise,
replantee y desnude. Al fin y al cabo, la identidad no es otra cosa que la
unidad del ser consigo mismo,[69]
o como lo planteara Aristóteles, “identidad es unidad”.[70]
Y es que quienes “preguntan por la identidad nacional se refieren, antes que
nada, a las características que definen a una individualidad nacional y la
hacen distinta de las demás individualidades.”[71]
En éstas como en otras consideraciones por el estilo, está presente el concepto
de nación, cuya esencia no es fácil establecer,[72]
a menos que asumamos, como lo propuso Polakovic, que “la esencia de la nación
está en su cultura.”[73]
En este sentido Theo Eberhard ha escrito que “La cultura es la que le otorga
espíritu y alma al cuerpo de la nación, sin los cuales serían inimaginables las
sociedades humanas nacionales.”[74]
Esto
validaría, creemos, cualquier trabajo que defina la cultura de una nación
históricamente determinada y, sobre todo, reconocida por un individuo como su nación, sentimiento que se pluraliza
en sus individuos. Aquella definición, sin embargo, tampoco es fácil
establecerla, excepto si se apela a la historia y si se tiene en cuenta la
variedad cultural dentro de una misma nación. Esto fue definido como directriz
metodológica por la antropología en una de las características de la cultura, que
reza: “La cultura se deriva de los componentes biológicos, ambientales,
psicológicos e históricos de la existencia humana.”[75]
Podría decirse que para comprender al hombre, sirve su biografía, y para
comprender a una nación sirve su historia, según pensaba Solyenitzin,[76]
puesto que es imposible separar historia y ser nacional: “cada nación tiene su
propia historia, y por medio de ella también se identifica por ser exclusiva”,
mucho más que la lengua y otros atributos de la nación.[77]
Estos
comentarios tienen que ver con dos cosas esenciales: qué se entiende por
individuo y qué por atributos de una nación. En cuanto a lo primero, tomemos la
clásica identificación que hacía Porfirio de Tiro, en cuanto a que las
propiedades –externas– de un individuo son: forma, figura, locus, tempus,
stirps, patria, nomen; es decir: forma, figura, lugar, tiempo, estirpe, patria,
nombre. Esto plantea, sin embargo, el problema de la invariabilidad del
individuo, asunto que comenzó a zanjarse con Marcel Mauss y su idea de que “la noción
de persona es una construcción culturalmente variable.”[78]
Más recientemente L. Dumont ha propuesto la relativización de la noción moderna
de individuo mediante dos distinciones: “la que discierne el agente empírico y
su valor culturalmente construido” –y aquí sigue de cerca a Mauss– “que lo
distinguen y oponen al todo social”, y “la que opone modos individualistas y
holistas de operar”, que engloban al individuo “en una totalidad a partir de la
cual se define y se subordina.”[79]
De manera más sencilla es lo que ha sugerido Foucault –en prácticamente toda su
obra– al proponer “como dimensión culturalmente variable la auto-representación
del individuo y la representación de sus divisiones.”[80]
En
cuanto a los atributos de una nación permítasenos utilizar la extraordinaria
síntesis que al respecto fabrica Polakovic en base a catorce autores. Serían
los siguientes: lengua, territorio, costumbres, modo de vida, religión, sentido
de comunidad, cultura (L. Stur); territorio, lengua, cultura, religión y
experiencia histórica (R. Emerson); tierra, lengua, sentido de comunidad,
historia (J. Stalin); lengua, territorio, vida económica, carácter psicológico
(K. W. Deutsch); lengua, territorio, tradiciones, hábitos, memoria histórica,
elementos de cultura comunes y propios, historia (G. Jellinek); religión, raza,
lengua, costumbres, historia, leyes (P. S. Mancini); origen común, lengua,
territorio, comunidad de historia, costumbres y conciencia nacional (G.
Fusinato); consanguinidad, descendencia común, territorio, lengua, religión,
costumbres (F. Battaglia); conciencia de la nacionalidad, actitudes
espirituales comunes, tradiciones, cultura (A. Messineo); lengua, cultura,
religión, raza, costumbres, comunidad de raza, lengua y territorio (M. H.
Boehm); religión, lengua, comunidad de país, comunidad de modo de vida,
ocupación y costumbres, comunidad de unión política (J. M. Baldwin); lengua,
ideas, arte, religión, tradiciones comunes, historia común (J. K. Bluntschli);
historia común, cultura común, lengua (L. Le Fur); origen, lengua, tradiciones,
instituciones, historia, territorio, tendencias sociales y políticas (J.
Donat); lengua, origen, historia, cultura propia, conciencia política (J.
Hellin y J. González S. J.)[81]
Los
parámetros externos del individuo y los atributos de una nación se muestran, en
última instancia, en la integración del individuo con su historia, esta última
en su sentido total: “la esencia de la nación está en su cultura”, como
apuntábamos en líneas anteriores. Esta integración predispone al individuo a una
identificación con su presente que es producto de un pasado específico y que
debería contener el máximo de la experiencia socio-histórica de sus congéneres.
El máximo, porque no todo el pasado de esa experiencia es recuperable, ni en lo
colectivo ni en lo individual. De allí la importancia del registro de nuestro
presente que será el pasado de las generaciones que nos vayan sustituyendo.
Esto genera, entre otras cosas, un sensible sentimiento de orgullo que nutre
indiscutiblemente la autoestima, que a su vez nutre a la nación y al individuo,
tanto a los del pasado como a los del presente y del futuro. Reyes Baena ha
escrito que “La historia no es la que antojadizamente escriba el oficialismo
militante. Es la que el pueblo ha logrado hacer con su terca voluntad de
inteligencia.”[82]
Al
registrar la experiencia socio-histórica estamos ingresando en nuestra propia
historia –en la historia de la nación– la demostración de la creatividad de
quienes la fueron formando. En estos tiempos de globalización esto cobra aún
más vigencia y es lo que, en última instancia, plantea Escovar Salom cuando se
pronuncia por “defender la personalidad nacional”, porque “Parece una
contradicción que mientras voceamos constantemente la voluntad de integrarnos
hacia afuera […] nos olvidamos que nuestra primera prioridad es integrarnos
hacia adentro. Antes de pensar en otros espacios políticos o económicos es
necesario formular y reformular el espacio interior, éste que hemos dejado
dramáticamente incompleto.”[83]
Porque, además, “El alcance internacional de lo idéntico venezolano no tiene
desde siempre la dimensión internacional que le ha sabido dar el pueblo”,
escribía Reyes Baena, y es que “La identidad nacional –para este autor– está
íntimamente ligada al destino internacional que haya de tener este país.”[84]
Pero
no sólo a un destino internacional individual sino a la forma como Venezuela
debe presentarse ante el mundo. En este sentido, un punto que consideramos de
vital importancia –para lo que proponen Escovar y Reyes– es la autopercepción
negativa de los venezolanos ante otras realidades, particularmente las
desarrolladas. En 1983, más o menos por los años en que estos autores escriben,
María Colmenares produce una tesis en la que a propósito de la autopercepción
afirma: “la permanente comparación con los países desarrollados, a los que
hemos tenido como referencia de lo que debemos ser y hacer, no ha hecho sino
contribuir a nuestra sensación de menosprecio a lo propio, sentimiento de
inferioridad y alienación.” Y plantea una línea semejante a Escovar y Reyes al
expresar que si bien la comparación no es en sí negativa, “deberíamos
plantearla en relación a nuestros propios pasos, a nuestras propias marcas y no
a las de ningún otro país por mejores que parezcan.”[85]
En
1969 Germán Carrera Damas se refería al “arraigado sentimiento de
insatisfacción, de desaliento” presente en nuestra producción literaria, en la
historiografía y en la literatura sociológica; un “sentimiento general de
insatisfacción con respecto a Venezuela, entendida ésta como una sociedad
llegada a un determinado momento en su desarrollo histórico, [que] ha figurado
entre los más arraigados conceptos manejados por literatos y pensadores”; un
sentimiento que como “ininterrumpida cadena […] nace en los comienzos de la
Venezuela independiente y se extiende a lo largo de la vida republicana.”[86]
Esta referencia puede complementarse con lo que al respecto escribiera Ángel B.
Viso en 1982: “El mayor de todos los motivos para rechazar el culto de los
libertadores y el de Bolívar consiste en comprender que, al hipertrofiar la
memoria de nuestros héroes, hemos inculcado a nuestro pueblo la idea de ser un
conjunto de seres pasivos sin nada que buscar en el terreno de lo histórico,
pues el período de creación ha transcurrido ya y es monopolio del grupo de
hombres que vivió en ese pequeño segmento de nuestro pasado que constituye la
Independencia.”[87]
Mario
Briceño Iragorry había lanzado ya una de las consideraciones que apreciamos
como más importantes de su pensamiento en torno a la actitud del venezolano
ante su historia, al referirse al peligro que acarrea lo que llamó “la
deificación de los próceres”, pues “los aparta […] de su humana posición de
arquetipos sociales. Según los que así piensan –decía–, tuvimos una brillante
generación de semidioses que engendró una enclenque prole de enanos, incapaces
de tomar por ejemplo sus acciones heroicas.“[88]
Será por eso que los sandinistas propugnaban en Nicaragua “bajar de las
estatuas lo más pronto posible a Rubén Darío para que la gente lo alcance”, o el
éxito de El general en su laberinto,
de García Márquez, o el reconocimiento, apenas percibido, del Bolívar de Miguel
Acosta Saignes, Acción y utopía del
hombre de las dificultades. Y es que al decir de Briceño Iragorry, “la
Historia no ha realizado entre nosotros su verdadera función de cultura, y el
pueblo vive aún en la linde mágica de la liturgia de efemérides.”[89]
Efemérides, por cierto, a las que prácticamente ya nadie toma en cuenta en su
justo significado; o que nuestros estudiantes de primaria, por ejemplo, apenas
saben de qué tratan, si hacemos caso a las encuestas que las emisoras de radio
y de tv suelen hacer a propósito de los “días festivos”.
En el
caso de Venezuela, sin embargo, no podemos olvidar la trascendencia de Simón
Bolívar, porque el Libertador, escribe López Álvarez, “aparece como lo que es
para muchos venezolanos: un recurso en materia de identidad ante el cual se
denuncia la erosión del patrimonio cultural y se buscan razones para perseverar
en la búsqueda de un modelo propio, incluso por oposición a otros modelos.”[90]
Pero
la trilogía tradición, identidad, historia tiene, además, una estrecha
vinculación con el problema de la continuidad de la planificación, sugerido en
líneas anteriores. La frecuente y constante interrupción, sin evaluación, de
los que se tengan como programas de cambio a largo o a corto plazo, de los
cuales no logramos que exista una tradición porque siempre se está comenzando,
siempre se está descubriendo el agua tibia… No hay continuidad. Esta
inestabilidad en lo político y en lo económico crea la inestabilidad de todos
los órdenes de la vida. Pero esta situación no es sólo en cuanto a
planificación, sino que se presenta también a nivel individual, si
interpretamos una consideración que Augusto Mijares hiciera en 1963: “En todas
nuestras novelas figura un venezolano que piensa en escaparse al extranjero, o
bien otro que comienza una obra y la tiene que abandonar por hostilidad
insuperable del medio ambiente […] Personajes frustrados y maldicientes".[91]
Pareciera necesario lo que planteaba Escovar Salom en 1984: “Por algún tiempo
Venezuela debe concentrarse en sí misma, organizándose por dentro,
fortaleciendo su conciencia colectiva y templando su voluntad nacional”, antes
de entrar en la escena internacional “cuando todavía sus metas interiores no se
han realizado suficientemente.”[92]
A
propósito de esto último nos ha gustado una propuesta de Francisco González
Cruz, acerca de lo que él llama lugarización.[93]
Con este término el autor define los procesos paralelos de heterogeneidad,
contrarios pero no contradictorios, al proceso de globalización u “homogeneidad
planetaria”. Su base es que a pesar de que este proceso “impone que los
gobiernos adopten normas y sistemas que aseguren que esta estandarización se dé
en la mejor forma” y a pesar de que el modelo también “demanda una cierta
uniformidad en los sistemas políticos […] persisten en cada ser humano y en
cada grupo social las necesidades existenciales de la identidad, el afecto y la
participación, entre otras, que el modelo global, homogeneizante, no las
satisface plenamente.” Esto lleva al autor a hablar de las singularidades,
“mecanismos que ponen en valor lo propio, lo vernáculo, lo que identifica y les
da perfil único a las personas o a las sociedades.” Según González la globalización
tendería a “desdibujar la singularidad” y frente a esto “la lugarización es una
de las respuestas que las personas y los grupos humanos encuentran para
satisfacer sus necesidades de identidad.” Como parte de su propuesta el autor
rescata el término lugareño, como
identificador de “lo que es propio o peculiar de sitios o poblaciones
pequeñas”, o que atañe “a los naturales de esos lugares.” En 1990 esbozábamos
el problema de “lo propio” desde la perspectiva de la identidad regional a la
luz del policulturismo en Venezuela. Decíamos entonces que era posible que la
presencia viva de “otras culturas” en nuestro patio interno y la inevitable
exposición de Venezuela ante las culturas del mundo, haya aflorado en “el
venezolano de nuestros días” una especie de necesidad de indagar sobre su
identidad, sobre su ser, sobre su esencia, para afirmar que ese venezolano ha
recurrido a la comparación de “lo propio” con “lo otro”, con “el otro”, con
“los otros”, como una manera de ubicarse en el gran mundo, que ahora no sólo
está afuera sino que convive con él.[94]
En
relación con este punto hubo en 1953 una experiencia importante, en la que por
razones de espacio no abundaremos. Fue propiciada por el Ateneo de Caracas a
propósito del ser nacional. A pesar
de la trascendencia que tuvo, si hacemos caso de los informes de prensa y de la
revista de la institución, su impacto no fue el que debió haber tenido.
Bástenos como reporte del acontecimiento –para facilitar la investigación que
se debe hacer al respecto– la lista de temas, ponentes, artículos y reportajes
de prensa:
Programa de
Reuniones: 1. El venezolano en la
historia (Aparición de lo venezolano). Hablaron: Mariano Picón Salas, Miguel
Acosta Saignes, Luis Beltrán Guerrero y Arturo Uslar Pietri. 2. El venezolano en el lenguaje. Angel
Rosenblat, Pbro. Pedro Pablo Barnola, Orlando Araujo. 3. Psicología del venezolano. Bartolomé Oliver, Manuel Granell,
José Ortega Durán. 4. El venezolano
en el pensamiento. Domingo Casanova, Eduardo Arroyo Lameda, José Moncada
Moreno. 5. El venezolano en el arte.
Miguel Otero Silva, Eduardo Lira Espejo, José Antonio Rial. 6. El venezolano marginal. Walter
Dupouy, Pascual Venegas Filardo, Pablo J. Anduze. 7. El futuro del hombre venezolano. Eduardo Fleury Cuello, Rafael
Rodríguez Delgado. En relación con el tema, aparecieron en la prensa, por la
misma época, los siguientes artículos: Arturo Uslar Pietri: El Tipo Nacional. El Nacional, 14.3.1953. Miguel Acosta
Saignes: ¿Existe el hombre venezolano?. El
Nacional, 26.3.1953. Integración del territorio nacional. El Nacional, 13.4.1953. La integración
cultural de Venezuela. El Nacional,
23.4.1953. Geografía y cultura. El
Nacional, 28.5.1953. Formación de una psicología colectiva. El Nacional, 15.5.1953. Psicología y
Medio. El Nacional, mayo 1953 [sic].
Raza y Nacionalidad. El Nacional,
2.7.1953. Joaquín Gabaldón Márquez: Lenguaje y destino de los animales. El Nacional, 13.4.1953. Augusto Márquez
Cañizales: Al compás de una paradoja. El
NacionaI, 22.5.1953. Eficacia divulgativa de las Mesas Redondas. El Nacional, 5.6.1953. Rafael Rodríguez
Delgado: Las característias del venezolano. El Universal, 9.12.1952. ¿Existe el hombre venezolano?. El Universal, 7.4.1953. El camino hacia
el hombre. El Universal, 25.5.1953.
Aparición del hombre venezolano. El
Universal, junio 1953 [sic]. La Venezuela invisible. El Universal, 23.6.1953. La realidad del hombre. Tierra Firme, abril 1953. Francisco
Salazar Martínez: El ser venezolano y el ser americano. El Nacional, 1953 [sic]. Santos Erminy Arismendi: El hombre venezolano.
Tierra Firme, Nº 16, junio 1953. R.
Olivares Figueroa: ¿Existe el hombre venezolano?. Tierra Firme, Nº 15, mayo 1953. Tomaron parte también en la
discusión sobre el tema: Vitelio Reyes, José Cañizales Márquez, A. H. Jaimes
Sánchez. F. Arreaza Leáñez, María Luisa Ruiz, Alicia Fagúndez, José Manuel Pino
Bello, José Alejandro Fuenmayor, B. Pérez Ramos, Edmundo Díaz Ruiz, Avila,
[sic] Blanco Peñalver, Gabriel Bracho, F. Brito y José Rial Vázquez. Radio
Caracas, a partir del viernes, 9 de mayo, comenzó la retransmisión de las Mesas
Redondas celebradas en el Ateneo, las que también despertaron multitud de
comentarios informativos en la prensa."[95]
Lo
expresado hasta el momento es una suerte de perfil general del cuadro
referencial que fuimos construyendo para la concepción y factura final de este Diccionario. En 1982 Esteban E. Mosonyi
escribía que “el problema de la identidad y cultura nacional de Venezuela va
adquiriendo un carácter cada vez más prioritario. […] Hoy nos perturba y motiva
profundamente como tema de incesante preocupación”.[96]
Sobran razones para estar de acuerdo con el autor. Añadiríamos, sin embargo,
que desde entonces se ha avanzado significativamente en cuanto a actitud de los
venezolanos como a las reflexiones en torno a este problema. Quizá haría falta
que organismos como las universidades y otros de carácter oficial, asuman una
política orgánica –como esbozábamos– que comande con los mejores estudiosos del
tema en el país un proyecto institucional de envergadura que cubra, en lo
posible, las áreas que faltan por abordar, o por profundizar, en lo que se
refiere a nuestra cultura, en general, y a nuestra cultura tradicional, en
particular. En este sentido, uno de los objetivos que pretendemos con este Diccionario, es incentivar trabajos semejantes
que recojan lo tradicional popular de cada región, estado o cualquier otra
estructuración que quiera dárseles.
A
pesar de lo “bastante tenue”[97]
que pueda parecer la identidad del venezolano creemos que en este momento, a
las puertas del nuevo milenio, las cosas han cambiado; que el venezolano está
intuyendo la fuerza que tiene en su memoria como para entender la gravedad de
la ignorancia que le fue sembrada como para abordarse en las ganas de superar
el escollo que le ha implantado la ristra de decepciones en la que a su pesar
se ha visto envuelto. Una imagen patente de esto es la significativa cantidad
de espaldas puestas recientemente frente a las caras de quienes han hecho de
Venezuela un escenario de mucha angustia.
Maritza
Montero ha escrito que “Más que una negación de la conciencia nacional,
diríamos que lo que hay es una definición negativa de su existencia.”[98]
En este momento, sin embargo, se habla de Venezuela, hablamos de Venezuela, nos
preocupa el país, queremos una nación y parece que estamos dispuestos a
conseguirla lavando la excreta que nos tiene empañado el sentimiento matrio. Pero aquel sentimiento negativo
no debe hacernos olvidar lo positivo, que es de donde estamos obteniendo lo que
hoy nos está haciendo sentir a Venezuela. Nuestras universidades, por ejemplo,
están arrojando novedosas y útiles reflexiones tanto en el campo de las
ciencias como de las humanidades, sólo que la mayoría no obedecen a un proyecto
orgánico de la institución –insistimos– y esto es necesario corregirlo.
El
tema de lo popular continúa vigente,
como lo demuestra la cantidad ya significativa de trabajos, algunos eventos en
los que ese tema ha sido el centro de la reflexión y su presencia en las
páginas de nuestra prensa diaria, encartados y ediciones especiales, en la
radio y en la tv.[99]
El asunto de la globalización parece haber despertado en nuestras naciones
latinoamericanas la necesidad de retornar al estudio de lo propio –vesta vez con armas intelectuales más agudas–
desempolvando, inclusive, las experiencias más antiguas en cuanto a la
valorización de nuestra propia cultura, latinoamericana y venezolana. Esta
actitud de fortalecer el perfil que se considera propio es la única manera de
diferenciarse ante la masa globalizada y de participar en ese proceso. Una
contribución a ello es este Diccionario,
dirigido especialmente a quienes tienen que tomar las riendas para que se nos
respeten los ombligos que tenemos enterrados en predios de la patria…, para que
se nos respete la memoria propia, que para toda nación es un puerto siempre
seguro y no una circunstancia. Un viejo dicho de los indios navajo reza: “Las
cosas viven mientras haya alguien que las recuerde. […] La memoria es como el
fuego, radiante e inmutable. […] Cuídate de esos hombres, pues son peligrosos e
imprudentes. Escriben su falsa historia con la sangre de aquellos que pueden
recordar”; o lo que escribiera Cesare Pavese: “Un pueblo, quiere decir no estar
solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra hay algo nuestro y,
a pesar de que uno se marcha de allí, siempre nos aguarda.”[100]
Parecen
claras para Venezuela las palabras de Felipe Massiani de que “las crisis más
serias del individuo, como las de una sociedad, son efecto de la negación de su
identidad, de su existencia, personal, única, equilibrada y plena de sentido
con lo que le circunda, con lo que ama”,[101]
consideración que contiene, además, un perfil de actitud metodológica ante el
problema de la identidad del venezolano y, más particularmente, de su
autoestima. Para su fortalecimiento la comprensión de nuestro pasado juega un
papel importante, como hemos visto, y que podemos precisar con lo que escribía
Briceño Iragorry, quien “insistía en el hecho de que no se trataba de mirar
únicamente hacia el pasado, sino de construir un futuro sirviéndose de
materiales heredados.”[102]
Cuando Germán Carrera Damas expone una suerte de plan de desarrollo, advierte
la necesidad de una toma de conciencia de nuestra identidad y se refiere a la
autonomía cultural “como condición para la superación del subdesarrollo […] y
la aspiración de autenticidad cultural como base de esa autonomía cultural.”[103]
La reunión en este Diccionario de un
corpus de elementos atinentes a nuestra cultura popular tradicional,
consideramos que puede ser un valioso aporte a los cometidos que plantean
Carrera Damas y, en general, otros autores cuyo pensamiento al respecto hemos
esbozado.
Esto
casa con aquel principio del Sexto Plan de la Nación 1981-1985, que en cuanto a
la materia cultural declara: “el desarrollo de la cultura en sus distintas
áreas, manifestaciones y procesos constituye un requisito fundamental para la
transformación profunda del país, sobre todo por su significativa incidencia en
el cambio de valores socio-culturales de la población, por su dinámica
capacidad de innovar y difundir rasgos y motivaciones de integración, y en
particular, por representar un sector de definitiva trascendencia en la
afirmación de la identidad nacional”.[104]
Arturo
Uslar Pietri comentaba en 1984: “Somos venezolanos porque nacimos en un medio peculiar
que llegó a ser un país llamado Venezuela y en ese país pasaron cosas
peculiares que han hecho que los venezolanos seamos como somos.”[105]
De nuevo la importancia de la historia, de que conozcamos nuestra historia, de
que nos reconozcamos en nuestra historia, feliz o funesta.[106]
Elías Pino Iturrieta preguntaba: “¿por qué no pensar en cómo una sociedad no
puede vivir siempre a salto de mata, de conflicto en conflicto, a menos que
pretenda desaparecer?, ¿por qué no afinar la vista para evitar el espejismo de
las amputaciones donde jamás han sucedido?, ¿por qué no pensar, en suma, que
aún en períodos durante los cuales ocurren cambios de trascendencia, los
hombres se las arreglan para apuntalar el comportamiento antiguo?”[107]
Y es que “se aprecia cómo ese comportamiento antiguo es lo único propio y
conocido que en medio de las convulsiones tienen los seres humanos, lo único
que no temen ante la incertidumbre de los sobresaltos.”[108]
Un pueblo, quiere
decir no estar solo,
saber que en las
gentes, en las plantas, en la tierra hay algo nuestro y, a pesar de que uno se
marcha de allí,
siempre nos aguarda.
(Cesare Pavese)
La tradición en todos
Formalmente
hablando, la confección de este Diccionario
se inició en 1994, gracias al interés de la Fundación Bigott. Por previo
convenimiento fue entregado en abril de 1997.[109]
En 1985 y 1988 propusimos a la Universidad Central de Venezuela la entrega del
material recopilado, y medianamente procesado, de lo que hasta entonces
habíamos logrado reunir en un acervo bibliográfico, hemerográfico, discográfico
y el material que denominamos suelto –ponencias, programas de sala, catálogos
de exposiciones, programas de eventos, etc.– con la intención de constituir
allí un centro de documentación especializado en cultura popular.[110]
Esta idea no cuajó quizá porque no supe a qué instancias dirigirme, aunque algo
pesó la paralización de casi todas las actividades de la UCV en 1988.
Continuamos, sin embargo, el acopio, con la esperanza siempre renovada de que
el arqueo que habíamos venido realizando desde hacía veinte años
aproximadamente sirviera en algún momento para algo, a más personas de las que ya
se beneficiaban con él cuando necesitaban escribir sobre alguna agrupación,
género musical, personaje, evento o cualquier otro tópico de nuestra cultura
popular…
Paralelamente
a este trabajo, la Fundación Bigott nos eligió como miembro del equipo evaluador
de sus Talleres de Cultura Popular, ocasión que tuvimos para demostrar, por
escrito y en una sesión plenaria ad hoc, las bondades de que un escenario de
difusión como el de dichos talleres contara con un centro de documentación
especializado en la materia popular. La sugerencia fue acogida por unanimidad,
máxime cuando la Fundación Bigott contaba ya con una reestructuración del
espacio de sus talleres, lo que permitía, entre otras cosas, disponer de una
sala que ha venido siendo dotada con una infraestructura idónea para contener y
reproducir materiales impresos y de videos, computadora y servicio al público.
La
oportunidad para el diseño definitivo del centro de documentación se presentó
cuando la Fundación Bigott encargó a Indase –Instituto de Asesoramiento
Educativo– lo que el informe final tituló Diseño
Operativo del Plan Bigott de Apoyo a la Cultura Popular.[111]
Indase, por su parte, nos había elegido como su asesor en algunas áreas de lo
popular, como la historia de sus estudios y su difusión en Venezuela. No
tuvimos problemas en entregar a Indase nuestro Proyecto Cedecupo, debidamente
adaptado al espíritu y a la estructura de la Propuesta Indase. Concluido este
compromiso, gracias al cual pudimos comprobar la necesidad del mencionado
Centro y adquirir una computadora personal más sofisticada, proseguimos nuestra
labor de acopio y ordenamiento del material sobre cultura popular de Venezuela,
lo que se facilitó debido a las bondades de la tecnología adquirida. Corría el
año de 1991.
Una
vez concluido mi compromiso con Indase –que a su vez terminaba el suyo con la
Bigott– decidimos entregar a esta Fundación el material sobre cultura popular,
por la convicción, el deseo y el compromiso de que la cultura popular
tradicional de Venezuela contara con un acervo significativo de información, lo
cual ha sido una de nuestras más sentidas preocupaciones por Venezuela y uno de
nuestros objetivos como antropólogo etnohistoriador. En estas intenciones, es
válido que lo apuntemos, jamás nos ha guiado la idea de ser especialista –¡Dios
nos libre! –, al que definimos como un estudioso profundamente limitado que,
como escuchamos alguna vez, lo sabe todo de menos cosas y que al final sabe
todo de nada…
Aun
cuando persistía en nosotros la idea de presentar nuestra información sobre
cultura popular de Venezuela a la manera de un diccionario, éramos conscientes
de lo amplio de esta empresa, a no ser que se contara con un equipo humano y
una tecnología capaz de abordar el ordenamiento de la ya abundante cantidad de
información reunida hasta el momento –1994–, redacción en modo diccionario de
las entradas, voces o temas y, en general, presentación de un corpus sobre
nuestra cultura popular tradicional.
Inesperadas
circunstancias favorables vinieron en ayuda de este importante tópico para la
historia de nuestra cultura. Esa situación afortunada tiene sus antecedentes
más inmediatos en 1991. Desde ese año la Fundación Bigott había enriquecido su
política de difusión de la cultura tradicional de Venezuela abriendo otros
escenarios, lo que le permitió a la corporación sumar a sus intereses otros
temas, áreas, investigadores e investigaciones que ampliaron y abrieron
sensiblemente la concepción que manejara hasta ese momento sobre lo popular.[112]
Es significativo, por ejemplo, que en 1992 la fundación edite un trabajo
preparado por los profesores Elías Pino Iturrieta y Pedro Calzadilla Pérez, en
cuya presentación institucional se lee: "Nada más propicio para la línea
editorial que la Fundación Bigott ha sostenido desde 1987 que ampliar el acento
puesto en el estudio de las tradiciones populares venezolanas y desplazarlo
hacia otras disciplinas que –como la antropología, la sociología, la historia y
aun la geografía– complementen de manera cabal el conocimiento de nuestro signo
colectivo". Y reafirmaba su apertura confesando que "después de
dedicar en años pasados estudios enteros a temas como la pintura popular, los
instrumentos musicales tradicionales y las plantas medicinales –por sólo
nombrar algunos títulos–, abrimos en esta ocasión el compás hacia otras
disciplinas que, en definitiva, están llamadas a revelar una imagen mayor de la
nacionalidad."[113]
A partir de entonces vendrían otros títulos inscritos en esta nueva línea, lo
que además se ha visto reflejado en la Revista
Bigott, que mejoró sensiblemente tanto en contenido como en información
iconográfica.
La
otra componente afortunada la constituye un hecho, si se quiere anecdótico, que
va a perfilar y a fortalecer de manera definitiva el Proyecto Diccionario. Antonio López Ortega, uno de los motores de
esta apertura de la Bigott, prosiguió la conformación de un cuerpo de
investigadores que asumieran el nuevo escenario temático y multidisciplinario.
Es para mí un orgullo confesar el interés que López Ortega manifestó por
conocer directa y detalladamente mi labor en el área de la cultura popular. Así
se lo hizo saber a nuestro común amigo el profesor Pedro Enrique Calzadilla,
conocedor de los nuevos planes de la Fundación Bigott y conocedor muy cercano,
además, de lo que ya para entonces denominábamos "el diccionario".
Calzadilla, con quien desde que fuera nuestro alumno en la Escuela de
Historia-UCV compartíamos la preocupación por promover las cosas buenas, no
tuvo empacho en "montar", sin consultármelo, una reunión con López
Ortega, "para hablar"… Como era de esperarse, en este encuentro –amable,
cordial, esperanzador, de respeto (un amigo me decía que "así ocurren las
cosas en la empresa privada")– se habló de muchos temas, pero no del
diccionario. Pedro me miraba como preguntándome en qué momento vas a…; y no sé
por qué yo no decía nada… Lo que cristalizó como trabajo inmediato fue un tema
que previo a esa reunión Pedro y yo habíamos pensado proponer: la pulpería como
espacio donde la cotidianidad del venezolano ha expresado su vida privada, pareceres
políticos, espacio de hombres, lugar de componendas amorosas…, además de
escenario del abastecimiento cotidiano o "del diario"… Había llevado
una especie de esquema general que guiaría esta investigación. Ya para
despedirnos Antonio López Ortega me detuvo y me preguntó qué más tenía por
allí, "porque yo sé que has desarrollado un extenso trabajo sobre cultura
popular".
Entonces
hablé del diccionario; de su contenido; resumí la historia del acopio de
información, hablé de su estado para ese momento, lo vinculé con trabajos
semejantes en el mundo hispanoamericano, perfilé el sentido de un trabajo que
como el diccionario recogía la obra de nuestros creadores, y varios otros
puntos… López Ortega entonces me pidió que me sentara de nuevo, que nos olvidáramos
de la pulpería y que le entregara un anteproyecto sobre el diccionario
"porque ese trabajo es para la Bigott". Dos días después –un viernes–
entregaba lo solicitado. El lunes siguiente el proyecto estaba prácticamente
aprobado, con lo que se iniciaba una relación profesional signada por la
confianza mutua y la valorización de nuestro trabajo. El inicio formal, empero,
debía esperar al año siguiente –1994– por cuestiones presupuestarias. Sin
embargo, pregunté a López Ortega acerca de la posibilidad de contar con una
pequeña cantidad de dinero que me permitiera comenzar a contratar alumnos de la
Escuela de Historia-UCV para fichar el nuevo material y afinar el ordenamiento
de lo que ya existía. La respuesta positiva fue inmediata y en julio de aquel
año comencé a estructurar el equipo de trabajo.
De la
estructura de este Diccionario,[114] sus secciones y cómo utilizarlas
Además
de su naturaleza esencial de instrumento de consulta, contiene datos
bibliográficos, hemerográficos, discográficos y de otras índoles que alimentan
y complementan el contenido de cada voz o tema. Esto se organizó de tal manera
que cada entrada contiene la información específica utilizada para su
redacción, así como la información que consideramos se relaciona de manera
directa con la voz. Inicialmente, habíamos decidido ubicar al pie de cada
entrada sólo la información específica pero nos dimos cuenta de que dejábamos
de lado o, más bien, que alejábamos de la voz, físicamente hablando, otras
fuentes relacionadas con ella directa o indirectamente. Con la idea de que este
Diccionario es un instrumento que
pretende, además, facilitar al usuario información sobre las fuentes de que se
dispone para cada tema, decidimos adoptar la estructura que ahora tiene, y que
se explica por sí misma. Esta decisión se complementó, cuando fue necesario,
con lo que denominamos Tema o Temas Relacionados y, en algunos pocos casos, con
datos provenientes de esquelas mortuorias cuyo contenido ofrece una breve
información acerca del personaje de que se trate.
A este
corpus de temas, voces o entradas sigue otro en el que informamos acerca de los
Eventos y Noticias que tienen que ver
directa o indirectamente con lo popular venezolano, aunque predomina lo
primero. Esta información, no prevista originalmente como sección, fue cobrando
tal forma que sobresalió con fuerza propia, hasta el punto de que por la
información que consideramos en cada evento y en cada noticia podrían
concebirse trabajos independientes o de temática específica. La vinculamos a
este Diccionario tanto por el valor
que tiene en sí misma como por la relación que muchos de sus componentes tienen
como Tema Relacionado.
Sigue
a esta sección la de un índice ciertamente extenso, y en cuya confección
empleamos un tiempo considerable. Para hacerlo, como es lógico, tuvimos que
releer todas las voces, todos los eventos y noticias y todo el corpus de
fuentes consultadas, con lo que aprovechamos para realizar una primera
corrección. A medida que revisábamos y corregíamos fuimos seleccionando lo que
técnicamente se denomina elementos de índice. Aquí debemos agradecer el que
exista ese maravilloso invento que es el ordenador y el que hayamos podido
tener acceso a él. A unos diez años de haber comenzado nuestro trabajo de
recopilación habíamos hecho un ensayo de índice, sólo que con una computadora
es como mejor se logra lo que deseábamos: diseccionar, por decirlo de alguna
forma, el Diccionario hasta
expresarlo en su propia minuciosidad. Esto ha dado como resultado una extensa
lista de términos que permite al usuario otra lectura del Diccionario al poder localizar tanto los componentes de la cultura
popular de Venezuela como otros elementos que por diversas razones no
constituyen una entrada específica. Esto significa, por ejemplo, que un miembro
de un equipo musical, sin voz o entrada propia, ha sido asentado en el índice,
con lo que cumplimos uno de nuestros objetivos al no dejar de lado a nada ni a
nadie e inscribirlo en nuestra historia cultural.
Una
de nuestras preocupaciones al emprender el acopio de material tenía que ver con
el hecho de que varios de los componentes de nuestra cultura popular apenas
estaban documentados, particularmente cultores, grupos de proyección, eventos…
nuevos, recientes y sobre todo a nivel regional. ¿Cómo combatir esta
limitación? Comprendimos que una de las maneras era recopilar información de
prensa, además, por supuesto, de la que reside en trabajos clásicos acerca de
nuestra cultura popular y de la que ha permanecido habitando silenciosamente en
las páginas de muchas revistas, otras publicaciones seriadas y algunas
ediciones que por razón del desapego generalizado al registro histórico
colectivo y a nuestra mala memoria como pueblo, podríamos catalogar de
información circunstancial, como catálogos de exposiciones, programas de sala,
programas de mano, de encuentros de todo tipo, guiones de programas de tv y de
radio… Esto nos llevó desde un principio a valorizar como fuentes los avisos y
otros anuncios de espectáculos, eventos y afines. Tal y como puede verse en
varias de las voces del Diccionario y
en su sección de Eventos y Noticias,
estos avisos han llegado a ser la única información impresa de que dispusimos
para el reporte respectivo. Gracias a ellos pudimos reconstruir, en varios
casos, buena parte de la vida artística de personajes, agrupaciones y eventos.
Otro
punto nodal en la concepción inicial del proyecto tenía que ver esencialmente
con el problema de la desatención generalizada al área de la cultura popular en
nuestro país. Para 1994 –año del inicio formal de este Diccionario– ya habíamos realizado un levantamiento significativo
de la información requerida. Para entonces era más evidente la certeza de la
falta de información acerca, principalmente, de personas vinculadas por su
trabajo creador con nuestra cultura popular. Sabíamos de ellas por menciones en
anuncios de exposiciones de arte, artesanía u otros eventos; igual ocurría con
cultores de otras disciplinas artísticas. Es por ello que el proyecto inicial
de ampliación del rastreo de información fue construido con las siguientes
pautas: 1) además de El Nacional –y
revistas como Elite y Momento, bastante cubiertas para
entonces– se consultaría la prensa regional; 2) esta consulta la harían
ayudantes de investigación con los que constituiríamos equipos regionales, con
una infraestructura básica para la circulación idónea de la información
recabada. Estos equipos prácticamente corresponderían a cada uno de los estados
y –para entonces– de los dos territorios federales. Es decir, que transfiriendo
la estrategia que habíamos empleado en el caso de El Nacional y otras fuentes, aquellos equipos debían hacer un
levantamiento exhaustivo de información regional. Sin embargo, aun revisando
solamente la prensa regional considerada por los lugareños como más importante,
el acopio hubiese resultado una labor poco menos que titánica y… costosa.
Dado
que conocemos gente en casi todo el territorio nacional y que muchos de
nuestros alumnos de la Escuela de Historia-UCV provenían "del
interior" insistimos en el rastreo regional e hicimos lo siguiente: les
pedimos que durante sus períodos de vacaciones –o en otra oportunidad que
considerasen conveniente– hicieran un arqueo en la prensa local a la que
tuviesen acceso o, por lo menos, en la que leyeran durante su permanencia en la
región. Para ello los dotamos de la técnica de fichaje que requeríamos y,
cuando se pudo, a algunos les suministramos dinero para que comprasen
diariamente la prensa. Debo decir que ninguno aceptó la ayuda económica:
"Profesor –o Rafael– se pasó, o te pasaste"; nosotros mismos, en la
medida en que pudimos hacerlo, revisamos algunos periódicos de Lara, Maracay,
Falcón y del oriente…
Con
algunos resultados en las manos pudimos confirmar la importancia de la prensa
local para nuestro trabajo, así como también lo titánico y costoso que,
efectivamente, implicaba su revisión. Insistimos, sin embargo, en la
utilización de material regional por otras vías: 1) contactamos las jefaturas
de redacción respectivas –por fax, en algunos casos– o por teléfono, y les
preguntamos acerca de noticias o reportajes que tuvieran que ver con cultura
popular, contenidos en sus páginas; 2) a algunos artistas y agrupaciones –pocos,
ciertamente– les solicitamos nos informaran no sólo de su curriculum escrito
sino en qué periódicos u otra fuente habían informado sobre sus actuaciones o
si les habían dedicado algún reportaje y cómo localizarlos. 3) A estas vías
sumamos la búsqueda en catálogos de sellos disqueros.
En
general, la pesquisa por estas vías fue infructuosa, aunque obtuvimos algunos
logros. Las jefaturas de redacción con las que pudimos hacer contacto nos
proporcionaron respuestas más bien imprecisas y la mayoría recomendó que lo
mejor era revisar personalmente los ejemplares. En algunos casos nos señalaron
que "no tenían exactamente un archivo" o que "el archivo no está
muy ordenado" [sic][115]
En
cuanto a la consulta con algunos artistas la situación general que se reveló es
que nuestro cultor no suele guardar los testimonios de su curriculum artístico
y que más bien acostumbra recurrir a su memoria, pero sin las precisiones que
se requieren para el asiento de tipo histórico. Dicen, por ejemplo: "Hace
como tres años me presenté con Fulano en el Club Tal, de Maracay";
"Yo expuse en Caracas con otros pintores"; "Por aquí estuvo un
señor que se llevó mis tallas –o "mis coroticos"– para la Feria de
Mérida"; "Hasta el momento he grabado como siete discos", y así
por el estilo. Salvo contadas excepciones, a las que tuvimos acceso, la mayoría
de nuestros artistas y agrupaciones no llevan registro de su vida artística.
Quizá la excepción más visible la constituyan quienes han tenido entre sus
integrantes personas vinculadas, o que en algún momento se vincularon, con lo
académico, generalmente humanístico, o que por otras razones comprendieron la
importancia de documentar su trayectoria. Recientemente, sin embargo, muchos de
ellos se han visto en la necesidad de reconstruir y documentar su trayectoria
artística para solicitar subsidios institucionales, tanto a nivel nacional como
regional. Pero, hasta donde sabemos, este material no está en condición de ser
consultado. Es justo decir, sin embargo, que quienes no tenían ningún tipo de
registro se animaron a reconstruirlo cuando les hablamos de este Diccionario, de tal manera que para una
próxima edición, o mejor, para lo que sugeríamos de diccionarios regionales,
los investigadores podrán cubrir mejor algunas de las limitaciones de esta
edición.[116]
En
cuanto a lo discográfico la situación tampoco fue alentadora, principalmente
porque los sellos discográficos, hasta donde pudimos comprobarlo, no llevaban
registro –no sabemos si ahora con la incorporación de la informática a esas
empresas– con los detalles para constituir un disco en fuente de consulta:
contenidos del LP, etc. Muchas, además, ni siquiera disponen de los ejemplares –o
muestras– editados.[117]
Por la importancia que le asignamos al disco como documento de nuestra música
popular, conjuntamente con el Proyecto Diccionario hemos registrado hasta el
momento unos 1.700 LP, labor que hemos continuado con la intención de organizar
un catálogo para editarlo próximamente.
De cómo se hizo este Diccionario
y de las personas que colaboraron en él
Como
ya hemos adelantado, inicié la recopilación de material poco después de que
fundáramos la agrupación musical Un Solo Pueblo, en mayo de 1976. Para 1977
comencé a incorporar a este acervo la información de prensa y la que obtenía en
revistas y poco tiempo después amplié el universo con fuentes bibliográficas y
con lo que denominé material suelto. Para 1980 ya tenía una idea bastante
aproximada del destino de la información recabada y, de hecho, comenzaba ya a perfilarse
la idea de un diccionario.[118]
Cuando este trabajo fue asumido como proyecto por la Fundación Bigott en 1994
el material de que disponíamos ya era lo suficientemente significativo y
decidimos emprender lo que concebimos como una primera versión de las voces o
entradas respectivas; asimismo, formalicé un equipo inicialmente constituido
por veinte estudiantes de la Universidad Central de Venezuela, la mayoría de la
Escuela de Historia.
¿Cómo
se hizo este trabajo?. Desde 1976 hasta 1994 había consultado unos seis mil
cuatrocientos ochenta ejemplares de El
Nacional, principalmente sus cuerpos A (Opinión), B (Farándula), todo el
cuerpo C (Cultura), sus encartados sobre otras materias y una importante
cantidad de revistas, además de información procedente de otras fuentes como
prensa regional, El Universal, El Diario de Caracas, Últimas Noticias y revistas como Elite, Momento, Estampas, Farándula y otras. El Nacional y Elite
fueron revisadas de manera orgánica; la información del resto de las fuentes
provino, principalmente, de recortes, algunos sin los datos requeridos, que me
facilitaban estudiantes, amigos y familiares. Sobre la hemerografía,
especializada o no, la cantidad es ciertamente amplia: se consultaron desde los
boletines y revistas de folklore, mencionados en líneas anteriores, como
prácticamente cualquier revista que circuló en Venezuela y a cuyo ejemplar o
ejemplares tuvimos acceso. A nuestra convicción sobre la importancia del
material hemerográfico sumamos ahora lo que Javier Darío Restrepo escribiría en
1998 quizá de manera más contundente: “En las páginas de los periódicos,
habitadas sólo por los personajes todos los días entrevistados, fotografiados y
descritos en sus actividades, comenzaron a verse los ciudadanos anónimos y a
descubrirse sus historias […] Cada época ha producido sus cronistas, como si en
cada momento el cuerpo social generara unas indispensables defensas contra el
olvido y el desconocimiento. Al lado de los solemnes historiadores, severos y
macizos como un ladrillo, aparecen festivos y juguetones como la vida, los
cronistas [de prensa] […] aparentemente distraídos e informales, [que] van
reuniendo pieza a pieza […] la imagen multiforme de la vida.”[119]
El asedio que realizamos produjo una cosecha significativa, tal y como fue también
la que obtuvimos del material que hemos llamado suelto, y del discográfico, sin
el cual, por cierto, algunas voces o entradas no hubiesen existido o hubieran
dependido únicamente de la información de prensa.
Hay
dos razones para haber elegido El Nacional
como fuente importante. La primera, subjetiva, tiene que ver con nuestra
vinculación desde niño con ese medio informativo, pues era el periódico que se
ha leído en mi casa, y en el resto de mi familia, desde que tengo memoria[120];
la segunda, si se quiere objetiva, fue producto de la ratificación que hice de
que El Nacional siempre proporcionaba
información sobre la temática que nos interesaba. En sus páginas, inclusive,
escribieron, prácticamente siempre, los más connotados estudiosos de nuestra
cultura tradicional.
En El Nacional listamos por año el
material, con lo que buscábamos tanto organizar el trabajo para su posterior
distribución entre los miembros del equipo, como precisar qué ejemplares
faltaban por consultar, a los cuales no habíamos tenido acceso por razones que
no vienen al caso. Estas listas por año fueron discriminadas en dos grandes
porciones: la de reportajes, noticias y afines y la de Avisos y secciones que
por sus características daban información resumida o menuda, como Hoy por Hoy,
Hora y Fecha y otras.
De
los avisos y las secciones referidas –porción informativa en verdad sumamente
amplia– encargué, principalmente, a Emeric J. Fernández Seijas (tesista de la
Escuela de Historia). Emeric realizó un trabajo cuidadoso, sobresacando en hojas
ad hoc lo referente al nombre de la agrupación, cultor, evento y cuantos
aspectos fuesen necesarios para la redacción de la entrada respectiva, según
las pautas prefijadas. Para la primera porción formé un equipo inicial
constituido por Richard Rodríguez (tesista, Historia), Julio César González
Bastardo, Julito (Historia UCV y ULA), Jesús Eloy Gutiérrez (Licenciado en
Historia, con calificación de Sobresaliente; hoy, ayudante de investigación de
Teresa Alvarenga y ganador del Segundo Concurso Arístides Rojas, Contraloría
General de la República, con su tesis de grado) y Roiman del V. Guzmán Arveláez
(Licenciado en Administración Comercial-UCV e hijo del famoso cantante zaraceño
de música llanera Roiman Meza). En la medida en que avanzábamos en la estructuración
del contenido de las voces, y obtuve un aumento en la subvención de la Bigott,
incorporé a María Cristina Fernández (Licenciada en Historia, con calificación
de Sobresaliente), Marisela López Noriega (Historia; hoy, ayudante de
investigación de Teresa Alvarenga), Leonardo Bracamonte (Historia; tesista;
ayudante de investigación de Elías Pino Iturrieta y de Inés Quintero).
Asimismo, encargué de algunas áreas particulares a Yepsalí Hernández (premio al
mérito estudiantil; Licenciada en Historia con calificación de Sobresaliente),
José Benítez M. (Historia, tesista), Noraya Pérez (tesista, Historia), Johnny
Monzo (Historia), Martín Gross (escuelas de Sociología y de Historia), Daniel
Terán Solano (Historia; hoy ayudante de investigación de Maribel Espinoza) y
Yaruma Rodríguez... Ángel Villanueva y Ramón Martínez, tesistas de la Escuela
de Historia, me suministraron algunos datos de su investigación acerca de
cantantes de música llanera.
El
trabajo de este equipo fue igualmente calificado, lo que facilitó mi labor de
minuciosa revisión del material antes de su vaciado en computadora. De esto
encargué a Katty Alegría Solórzano, entonces estudiante avanzada de Historia,
premio al mérito estudiantil en dos ocasiones y hoy en día licenciada en esa
especialidad y Premio Planeta de Historia. Con las indicaciones respectivas, a
Katty se le entregó la importante responsabilidad no sólo de ir transcribiendo
en computadora la información revisada, sino ir haciendo realidad el contenido
de cada una de las voces previamente establecidas. Esto implicó, entre otras
cosas, que Katty fuese reuniendo en un solo corpus la información que entregaba
por separado cada uno de los auxiliares de investigación acerca del contenido
de una misma entrada, lo que en muchos casos se tradujo en la obtención de una
primera versión para ser revisada posteriormente por mí. Trabajo semejante
asumieron desde 1996 hasta 1997 José Luis Bifano Mérida (colaborador de
Economía Hoy –página de Eureka– y auxiliar de investigador del Proyecto Katugua)
y Oscar Battaglini (quien formó parte del equipo de investigadores de la
Fundación Polar y es ayudante de investigación de su padre el historiador Oscar
Battaglini). José Luis y Oscar, de la Escuela de Historia, fueron
responsabilizados para atender lo atinente a El Nacional de 1997, año no incorporado a las listas iniciales, y
Alejandro Gutiérrez (Escuela de Ingeniería-UCV), quien vació en computadora la
información correspondiente a dicho año. José Luis Bifano, además, decidió motu
proprio proporcionarme una ayuda extra y voluntaria para el ordenamiento,
fichaje y redacción de un importante material de última hora y presentarme un
diseño para una impresión del Diccionario,
no prevista en los planes de entrega del trabajo final a la Fundación Bigott.
Esta impresión constó, sin la introducción ni el índice analítico, de 3.220
cuartillas distribuidas en veintidós carpetas.
Previo
a este equipo de trabajo formalmente constituido, y en algunos casos paralelo a
él, existió un importante número de personas que a lo largo de la recolección
de datos y confección de este trabajo fueron colaborando conmigo.
En
primer lugar, un grupo de la Escuela de Historia-UCV, constituido de manera
voluntaria, animados por mis clases de antropología y algunas electivas, estas
últimas vinculadas con la cultura popular. A este grupo pertenecieron, si mi
memoria no me falla, los hoy licenciados en historia Juan Pernía, María Eugenia
Mosquera –autora del libro La Madame,
su tesis de grado–, Guillermo Castro V., Gregoria Leal, Juan Carlos Báez –autor
del libro El vínculo es la salsa, que
fue su tesis tutoreada por mí-,
Josune Dorronsoro, Ana Leyda Colmenares -ambas,
lamentablemente, fallecidas–, Henry Suárez –actualmente miembro, por concurso
de oposición, del personal docente de la Escuela de Historia-UCV– además de
Richard Rodríguez, Luisa Elena Fernández, Violeta Morales y José E. Bastidas,
quien se esmeró de manera particular en proporcionar datos sobre tradiciones
del estado Trujillo, y Morales, sobre Falcón, su estado natal. Algunos de estos
alumnos formarían parte del Taller Venezuela Etnohistoria-TaVE- y Rodríguez,
del equipo del Diccionario.
La
gente de la Sección de Publicaciones Periódicas –Piso 3 y Piso 4– de la
Biblioteca Central de la UCV[121],
Carlos Granado, Omar Gregorio Campos, Andrés Avelino Yánez y, más
recientemente, Marina Acosta, estuvieron siempre atentos a facilitarnos el
acceso al importantísimo acervo hemerográfico con el que cuenta nuestra
Universidad Central.[122]
En
esta breve reseña merece especial mención la colaboración que recibí de la
gente del Taller Venezuela Etnohistoria. El TaVE fue una agrupación que fundé
en la Escuela de Historia-UCV con el objeto de que nuestros estudiantes se
vincularan de manera directa con festividades tradicionales de nuestra cultura,
con investigaciones arqueológicas y, en general, con las particularidades
regionales de nuestra cultura. Una base esencial de esta vivencia fue la
preparación de salidas al campo, la mayoría de las veces costeadas por mí o por
el mismo Taller a través de rifas, como la de una colección de sus discos que
me donara Alí Primera, un cuadro que me obsequiara la pintora Elsa Morales y
enseres domésticos de calidad artística de parte de familiares de algunos de
los miembros del grupo. Como nutriente intelectual solía seleccionar material
impreso de apoyo que los miembros del grupo estudiaban para su discusión en
reuniones semanales al estilo seminario. Parte del trabajo del TaVE, además,
consistió en asediar publicaciones seriadas para rescatar información que por
tal ubicación era desconocida para nuestros estudiantes de historia y de
ciencias sociales, principalmente. Si bien los resultados de este asedio han
venido a parar en un trabajo a punto de ser concluido y que hemos titulado Venezuela en sus fuentes etnohistóricas,
el material relacionado con cultura popular pasó al acervo documental de este Diccionario. Fueron del TaVE: Adrián
Meneses, Álvaro Rodríguez Torres, Ana Leida Colmenares, Ana Velázquez, Belsay
Guillén, Cristina Liscano, David Inati, Dora Dávila, Eloy Reverón, Enrique
Nóbrega, Febe Yánez, Guillermo Moreno Z., Irma Alzolar, Jesús Indriago, José
Luis García, Leo Blanco, Luis Mendoza, Luisa Elena Fernández, María Arias,
Marinela Silva, Omar Roa, Pedro Calzadilla P., Pedro Figueroa, Pedro Linárez, Ramón
Suárez, Rossana Díaz y Violeta Morales.
Antes
de esta maravillosa experiencia habían ocurrido otras que constituyen los
antecedentes del TaVE: también con alumnos de la Escuela de Historia,
principalmente, había fundado desde mi cátedra de antropología un grupo –nunca
le dimos nombre– al que pertenecieron los licenciados Egla Delgado, Nayeri
Pinto, Juan Carlos Báez y Juan de D. Moreno y Néstor Curra Arciniegas, Gina
Figueredo y Armando Silva.[123]
Durante varios fines de semana, en los ochenta, visitamos algunos pueblos de
Barlovento y de los estados Guárico y Lara donde asistimos a sus fiestas
tradicionales, revisamos los libros parroquiales para diseñar futuras
investigaciones o, que fue lo que parcialmente logramos, incentivar en gente
joven de esas poblaciones el interés por la historia y por las particularidades
de su cultura. Algunos de los miembros de estos equipos se incorporaron en
varias ocasiones a los trabajos de campo que realizábamos con Un Solo Pueblo.
Actualmente, algunos de ellos continúan trabajando en las áreas de historia y
de cultura popular en sus pueblos de origen a través de fundaciones sin fines
de lucro que han constituido.
De
una manera muy particular, que sólo se entiende cuando se miden las dimensiones
de la investigación para el presente trabajo, estuvieron algunos de mis amigos
vinculados con la informática. De ellos sobresalen Gustavo Jacir y Alexander
Peralta, expertos en esa maravilla de la ciencia que es la tecnología
Apple-Macintosh. Desde mi primer ordenador –Apple IIC, hasta el Power Macintosh
6000/250– ellos me acompañaron en la tediosa y arriesgada tarea de transferir
los extensos archivos a formatos más novedosos, seleccionar las aplicaciones
idóneas y, en general, a comportarme como investigador ante el cúmulo ciertamente
poco común de una ‘información doméstica’. Vinculado con esto y con el segmento
de diseño, está Luis Ramos Dormoy, que además es un extraordinario fotógrafo,
registrador durante varios años de la tradición metropolitana de Los Palmeros.
Asimismo,
debo a mi familia un agradecimiento, pues en varias vacaciones tuvieron que
privarse de mi presencia porque debía terminar este trabajo…, y supieron
comprender que no estuviera con ellos en Barquisimeto; y es imposible que no
tenga presente a esa fuerza interior, que seguramente es Dios, que impide te
salgas de tus casillas cuando ocurren problemas típicos de trabajos como este y
te sustituye la angustia y otros sentimientos que limitan por una sonrisa y una
confianza y una seguridad de esas grandes… Finalmente, a quienes no están en
listas de corruptos y de otras podredumbres pero sí están en este Diccionario por su arte honesto que
quiero hacer eterno…
[1] Por ejemplo: La Música Navideña de Un Solo Pueblo, Promus
LPPS-20243 Stereo [1979]; el prólogo a Testimonios
sobre las muñecas, de Zobeida Jiménez, Fondo Editorial Ipasme
(Testimonios), Píritu, Portuguesa, 1983; La Música de Un Solo Pueblo - Volumen
6, Sonográfica, 10.090 L [1984]; “Don Pío, usted se la pasa con nosotros”, en: A Rayas, Revista de la Dirección de
Cultura, Gobernación del Estado Bolívar, 1, 15.2.1985, Caracas, pp. 85-87.
[2] Es posible que esta composición la haya grabado Helios, para 1972
un novel cantante español que me la escuchó en una de las inolvidables sesiones
de música de todos que extranjeros y mexicanos armábamos en la casa de alguien
y que me pidió se la enseñara y permiso para incorporarla a su repertorio.
[3] Se trata de la Nomenclatura-Guía para la
clasificación y descripción de objetos etnográficos, Cerámica. Museo Nacional de
Antropología, Sección de Máquinas Electrónicas (Serie: Antropología Matemática,
25). México, 1973. 47 p. Illus. Bibliografía.
[4] Para mayores detalles al respecto véase en este Diccionario la voz Un Solo Pueblo, donde
suministramos amplia información hemerográfica. También puede verse: Egilda M.
Figueredo G. Un Solo Pueblo: ¿una expresión musical popular de avanzada?.
Tesis, UCV, Facultad de Humanidades y Educación, Escuela de Artes, Mención:
Promoción Cultural, Caracas [1991]
[5] Este Manual consta de 56 hojas + 4 Organigramas.
[6] Para más detalles acerca de la suerte de este Proyecto véase en
este Diccionario la voz Centro para
las Culturas Populares y Tradicionales, CCPYT.
[7] Seguimos de cerca el trabajo de Miguel Acosta Saignes;
“Materiales para la historia del folklore en Venezuela”. En: Archivos Venezolanos de Folklore, UCV,
Nº 8, Caracas, 1967, pp. 5-569. Un texto dividido en etapas puede verse en: a)
Rafael A. Strauss K.; “Folklore”. En: Diccionario
de Historia de Venezuela. Fundación Polar, Caracas, 1988, Tomo E-O [II],
pp. 189-193 y 2ª edición, 1997, t. 2, pp. 365-369; b) Rafael A. Strauss K.; “El
folklore”. En: La cultura en Venezuela.
Historia mínima, Fundación de los
Trabajadores de Lagoven. Caracas, 1996, pp. 213-233. Puede verse también, en
este Diccionario, la voz Los estudios
de la cultura popular tradicional de Venezuela, donde abundamos en referencias
hemerográficas. En 1992, Luis Arturo Domínguez publica su trabajo Los estudios del folklore en Venezuela.
Ediciones del Congreso de la República, Caracas, 1992, 284 p.
[8] Miguel Acosta Saignes; Ob.
Cit. y Pedro Díaz Seijas; Historia y
antología de la literatura venezolana, 2ª edición, Jaime Villegas, editor,
Caracas, 1955.
[9] Prólogo de Antonio Reyes a El
criollismo en Venezuela, de Luis M. Urbaneja Achelpolh, Editorial
Venezuela, Caracas, 2 v.
[10] Teófilo Rodríguez; Tradiciones
populares. Colección de crónicas y leyendas nacionales, narradas por varios escritores
patrios. Imprenta Editorial, Caracas, 1885.
[11] Arístides Rojas; “Contribuciones al folklore venezolano. Antes de
comenzar”. En: Obras Escogidas,
Garnier Hnos., editores, París, 1907.
[12] José E. Machado; Discurso
de recepción del señor José E. Machado, como individuo de número de la Academia
Nacional de la Historia, el 11 de mayo de 1924, Tipografía Mercantil,
Caracas, 1924.
[13] Tulio López Ramírez; “Estudio y perspectivas de nuestro
folklore”. En: Acta Venezolana, Nº
2, Caracas, 1945.
[14] Francisco Tamayo; “Introducción y bibliografía del folklore del
estado Lara”. Guía Económica y Social
del Estado Lara. Editorial Continente C.A., Barquisimeto, [s/f].
[15] El decreto que oficializa su creación está en Gaceta Oficial, Año LXXV, Mes 1, Nº
22.148, Caracas, miércoles 30 de octubre de 1946. Véase en este Diccionario la voz Servicio de
Investigaciones Folklóricas Nacionales.
[16] Idem.
[17] El tercero, impreso en enero-junio de 1948 "no pudo ser
distribuido en acatamiento a una orden emanada del Ministerio de Educación
Nacional, por motivo de índole política”, según acota Luis A. Domínguez, Op. Cit. p. 45.
[18] Revista Venezolana de
Folklore, tomo I, Nº 1, enero–junio 1947, Caracas, pp. 3-5.
[19] “Editorial”, Revista
Venezolana de Folklore, Segunda Epoca, Año I, Nº 1, mayo 1968, Caracas,
pp.5-6; Luis Arturo Domínguez; Op. Cit.,
p. 45.
[20] Populus: del latin pueblo. Conjunto de ciudadanos; en Roma
comprende tanto a los patricios como a los plebeyos; organizado políticamente
constituye uno de los elementos de la constitución política, tanto en la
monarquía como en la república, juntamente con las magistraturas y el senado.
Faustino Gutiérrez Alviz y Armario;
Diccionario de Derecho Romano. Editorial Reus S.A., 2ª edición, Madrid
1976.
[21] Miguel Acosta Saignes; Op.
Cit., p. 16 y Rafael Olivares Figueroa; Folklore Venezolano. I: Prosas. Ministerio de Educación, Dirección
de Cultura (Biblioteca Popular Venezolana, 23), Caracas, 1948.
[22] Marcelino Bisbal; “De las mediaciones massmediáticas a la cultura
popular: acotaciones de la discrepancia”. En: Resumen de Ponencias, Venezuela: tradición en la modernidad.
Simposio sobre Cultura Popular, 27-30 mayo 1996, Universidad Simón Bolívar y
Fundación Bigott, Caracas, [1996], [s.n.p.]. La ponencia completa está en Venezuela: tradición en la modernidad.
USB-Fundación Bigott, Caracas, 1998, pp. 477-492.
[23] Juan Liscano; Folklore y
cultura. Editorial Ávila Gráfica, Caracas, 1950.
[24] Miguel Acosta Saignes; Op.
Cit., p. 18.
[25] “Explanaciones generales” a su Glosario de voces indígenas de Venezuela. Obras Completas de
Lisandro Alvarado, Vol. I, Ministerio de Educación, Dirección de Cultura y
Bellas Artes, Comisión Editora de las Obras Completas de Lisandro Alvarado,
Caracas, 1953, p. xix.
[26] Ibídem, p. xvi.
[27] Mario Briceño Iragorry; Por
la ciudad hacia el mundo (pregón y sentido de las fiestas de Trujillo).
Artes Gráficas “El Noticiero”, Zaragoza, 1957.
[28] Rocío Núñez [Firmado: R.N.]; “Picón Salas, Mariano”. En: Diccionario de Historia de Venezuela,
Fundación Polar, 2ª edición, Caracas, 1997, t. 3, pp. 631-632.
[29] Ídem.
[30] Véanse en este Diccionario
las entradas respectivas.
[31] Luis Felipe Ramón y Rivera; “¿Qué es el folklore?”. En: Boletín del Instituto de Folklore, Nº
1, Caracas, 1953.
[32] Ídem.
[33] Ídem.
[34] Ídem.
[35] Isabel Aretz; Manual de
folklore venezolano. Ediciones del Ministerio de Educación (Biblioteca
Popular Venezolana, 62), Caracas, 1957.
[36] Ídem.
[37] En la sección Fuentes de este Diccionario pueden verse algunos
importantes reportajes y artículos al respecto. Puede consultarse también:
Enrique A. González O.; Diez ensayos de
cultura venezolana. Fondo Editorial Tropykos y Asociación de Profesores de
la UCV, Caracas, 1991. En el libro citado Venezuela:
Tradición en la Modernidad, puede verse, entre otros: Rafael A. Strauss K.;
“Antropología, historia y mentalidad: el cambio y el no cambio” (pp. 135-147);
Marcelino Bisbal; Op. Cit.; Carlos
Guzmán; “De la cultura popular a la galaxia bit de la economía” (pp. 493-508] y
los trabajos de autores no venezolanos que se citan en éstas y otras ponencias
allí editadas.
[38] En conversaciones que recientemente sostuve con directores y
algunos miembros de agrupaciones musicales que desde los setenta han sentado
pauta tanto a nivel nacional como regional, me di cuenta que se desconocía esta
producción teórica y muy pocos estuvieron dispuestos a conocerlas. Uno de los
argumentos que más se manejó se refiere al lenguaje –“que no se entiende”,
dijeron varios– y otras expresiones menos amables.
[39] Las mismas instituciones han anunciado la celebración de II
Simposio, Venezuela: tradición en la modernidad: Los rostros de la identidad,
para el 6, 7 y 8 de octubre de 1998, en El
Nacional, Caracas, 12.9.1998, C-Cultura, Aviso. La publicación de las
ponencias del primer simposio se cita en esta introducción.
[40] La sección Eventos y Noticias de este Diccionario da buena cuenta
de ello. La sección de Fuentes recoge, igualmente, importante información
acerca de programas de difusión y reportajes de prensa sobre cultura popular
urbana. Para este punto puede verse: Juan Carlos Báez; El vínculo es la Salsa. Dirección de Cultura-UCV, Fondo Editorial
Tropykos y Grupo Editor Derrelieve, Caracas, 1989, donde el autor ofrece, entre
otras cosas, una extraordinaria información hemerográfica y discográfica. Me
refiero a este punto en el trabajo “por una geo-historia de la música
latinoamericana”. En: Presencia.
Festival Música Latinoamericana, Caracas, 1991-1993. Ateneo de Caracas,
Fundación Festival de Música Latinoamericana, Caracas, 1993, pp, 56-59.
[41] Puede verse en este Diccionario
la voz correspondiente. También, Rafael A. Strauss K. [Firmado: R.A.S.K.];
“Acosta Saignes, Miguel”. Diccionario de
Historia de Venezuela, Fundación Polar, 2ª edición, Caracas, 1997, t.1, pp.
32-33.
[42] Miguel Acosta Saignes; “Introducción” a Estudios de folklore venezolano. Universidad Central de Venezuela,
Facultad de Humanidades y Educación, Instituto de Antropología e Historia
(Serie de Folklore), Caracas, 1962, p. 3.
[43] Ídem.
[44] El arqueólogo William John Thoms (1803-1885) propuso el
neologismo folklore en 1846, de folk,
pueblo, y lore, término inglés
arcaico que significa doctrina. Su intención esencial fue sustituir, y englobar
en una sola, las expresiones “antigüedades populares” y “literatura popular”.
El término equivaldría al vocablo alemán volkskunde.
La amplia fortuna que ha tenido el término folklore lo ha ubicado en la
palestra científica dándole un contenido más amplio, según la época, países y
escuelas doctrinales. Según esto, en la actualidad se aceptan como equivalentes
las expresiones literatura popular, literatura oral, sabiduría popular,
demopsicología, laografía, demopedia, tradiciones populares, cultura popular
tradicional, cultura popular urbana y alguna otra.
[45] Ibídem, p. 6.
[46] Ibídem, pp. 6-7.
[47] Ibídem, pp. 7-8.
[48] Ibídem, p. 19.
[49] Ibídem, p. 21.
[50] Esteban Polakovic; “¿Qué es la identidad nacional?”. Revista Nacional de Cultura, Nº 236,
mayo-junio 1978, Caracas, pp. 85-106. El autor ofrece, además, una importante
bibliografía. En la sección de Fuentes de este Diccionario, puede verse una significativa cantidad de trabajos
acerca de identidad en cada una de sus variables.
[51] Luis López Álvarez; Literatura
e identidad en Venezuela. Universitas-14, PPU [Promociones y Publicaciones
Universitaria S. A.] (Serie: Ediciones y Estudios), Barcelona [España], 1991,
pp. 13-20.
[52] Mario Briceño Iragorry; Mensaje
sin destino. Ensayo sobre nuestra crisis de pueblo. Monte Avila Editores,
Caracas, 1980, p. 44 [Primera edición por Ediciones Bitácora, Tipografía
Americana, Caracas, 1950, 90 p.]
[53] Cit. por Luis López Álvarez; Op.
Cit., pp. 41-42, tomado de N. García Requena; Tecnología, comunicación y
publicidad. Formas ocultas de dominación. Tesis pata optar al Título de
Sociólogo, Universidad Central de Venezuela, Facultad de Economía y Ciencias
Sociales, Caracas, 1975.
[54] Ramón Escovar Salom; “¿Qué es la tradición?”. El Impulso, Barquisimeto, 24.12.1984,
A3.
[55] J. F. Reyes Baena; “Identidad nacional”. El Nacional, Caracas, A4, Creyón [Lamentablemente, no pudimos
localizar la fecha de este trabajo, que nos fue suministrado como recorte, hace
tiempo, por un amigo que sabía de nuestro interés por el tema pero desconocía
las virtudes de los datos hemerográficos]. Otros trabajos del autor acerca del
tema: Dimensiones
de la identidad venezolana. Constancia Gremial y
Sindical. Caracas, 1980; "Capacidad de inventar". El Nacional, Caracas, 30.11.1977, A4, Creyón; "Conciencia nacional". El Nacional, Caracas, 14.6.1978, A4, Creyón; "Definición cultural". El Nacional, Caracas, 29.3.1978, A4, Creyón; "La cultura es un
drama". Futuro, Año II, Nº
10–11, febrero–marzo 1934, Caracas, pp. 28–30 [Sustenta la idea de que la
cultura viene de la masa popular]; "Lo idéntico". El Nacional, Caracas, 14.2.1979, A4, Creyón; "Otra identidad". El Nacional, Caracas, 28.2.1978, A4, Creyón [Es posible que sea de 1979];
"Rescate del artista". El
Nacional, Caracas, 22.9.1976,
A4, Creyón; "Urgencia Nacional". El
Nacional, Caracas, 31.1.1979,
A4, Creyón. Además: "Análisis crítico de la cultura venezolana hará mañana
Reyes Baena en el Liceo Egui Arocha en Los Castores". El Nacional, Caracas, 28.5.1979, C7; "Conferencia de J. F.
Reyes Baenasobre la identidad
venezolana. El martes". El Nacional,
Caracas, 18.5.1980; "Conferencia sobre "Bases filosóficas de la
unidad cultura-educación hará mañana en Valencia Reyes Baena". El Nacional, Caracas, 22.1.1979, C16;
"J. F. Reyes Baena dictará conferencia en Facultad de Agronomía y
Veterinaria". El Nacional, Caracas, 6.6.1979, C10 [sobre
dependencia]
[56] Ramón Escovar Salom; “El proyecto venezolano”. El Nacional, Caracas, 6.10.1977.
[57] Elías Pino Iturrieta; Las
ideas de los primeros venezolanos. Monte Avila Editores Latinoamericana.
Caracas, 1993, pp. 31-32.
[58] Ibídem, p. 32.
[59] Ibídem, p. 29. Pino
Iturrieta toma la cita de “Fragmentos Número 12”. Caracas, T. Antero, 1835, Pensamiento político venezolano del siglo
xix. Ediciones de la Presidencia de la República, 1ª edición, Caracas,
1961, t. 4, pp. 410-411.
[60] José Rodríguez Iturbe; “El ciudadano Diputado Fermín Toro. La
doxa civilista en la afirmación republicana de la patria”. En: Edición homenaje a la memoria de Fermín
Toro, Diputado de Venezuela. Congreso de la República, Ediciones de la
Cámara de Diputados, Caracas, [junio] 1996, p. 148 [Las cursivas son del autor]
[61] Ídem.
[62] Mario Briceño Iragorry; Op.
Cit., p. 40.
[63] Arturo Urlar Pietri; De
una a otra Venezuela. Monte Ávila Editores, 3ª edición, Caracas, 1977, p.
123 [Primera edición, 1949, Ediciones Mesa Redonda, Imprenta López (Buenos
Aires). Caracas]. También de Uslar Pietri puede verse Medio milenio de Venezuela. Cuadernos Lagoven, Caracas, 1986,
principalmente, “La nación venezolana se hizo”.
[64] Idem. Véase también la
Introducción de nuestro El tiempo
prehispánico de Venezuela. Prólogo, Pedro Grases, Edición de la Fundación
Eugenio Mendoza en su 40º Aniversario, Caracas, 1992; segunda edición, 1993,
por Grijalbo.
[65] Puede verse el importante Seminario Interdisciplinario dirigido
por Claude Lévi-Strauss, 1974-1975, La
identidad. Traducción, Marcos Galmarini y Beatriz Dorriots, Ediciones
Petrel, Gráficas San Julián S. A., Madrid, 1981, que contiene trabajos de: C.
Lévi-Strauss (Prólogo), Jean-Marie Benoist, Michel Serres, Françoise Héritier,
André Green, Jean Petitot, Christopher Crocker, Antoine Danchin, Julia
Kristeva, Françoise Zonabend, Paul Henri Sthal y Michel Izard.
[66] Maritza Montero; Ideología,
alienación e identidad nacional. Una aproximación psicosocial al ser venezolano.
Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, Caracas,
1984, p. 16.
[67] Rafael Carías; ¿Quiénes
somos los venezolanos?. Amtropología cultural del venezolano. Editorial
LES, 2ª edición, Caracas, 1983, p. 3.
[68] Véase, por ejemplo, Jean Franco; “La globalización y la crisis de
lo popular”. En: Nueva Sociedad, Nº
149, mayo-junio 1997, Caracas, pp. 62-73.
[69] Esteban Polakovic; Op.
Cit., p. 93.
[70] Ídem.
[71] Ídem.
[72] Ibídem, p. 94.
[73] Esteban Polakovic; ¿Qué es
una nación?. Buenos Aires, 1976, p. 89.
[74] Theo Eberhard; “Editorial”. En: Encuentros; tema central: La cuestión cultural y la cuestión
nacional, Asociación Cultural Humboldt, Año 4, Nº 9, Caracas-Munich. 1990, p.
1.
[75] Melville J. Herskovits; El
hombre y sus obras. La ciencia de la antropología cultural. Fondo de
Cultura Económica, Sección de Obras de Antropología, 3ª edición en español,
México, 1968, pp. 677 y 680-683.
[76] Esteban Polakovic; “¿Qué es la identidad nacional?”; ya citada,
p. 103.
[77] Ídem.
[78] Pablo Semán; “Religión y cultura popular en la ambigua modernidad
latinoamericana”. En: Nueva Sociedad,
Nº 149, mayo.junio 1997, Caracas, pp. 132-133.
[79] Ibídem, p. 135. Semán
lo toma de L. Dumont; Homo hierarquicus.
Editoria da Universidade de São Paulo, 1992.
[80] Pablo Semán; Ob. Cit.,
p. 135.
[81] Esteban Polakovic; “¿Qué es la identidad nacional?”; ya citada,
p. 96.
[82] J. F. Reyes Baena; “Identidad nacional”, ya citado.
[83] Ramón Escovar Salom, artículo citado.
[84] J. F. Reyes Baena, “Identidad nacional”, ya citado.
[85] María Magdalena Colmenares; Las aspiraciones y expectativas de
los estudiantes universitarios. Tesis para optar al Título de Licenciada en
Sociología. Universidad Católica Andrés Bello, Facultad de Ciencias Económicas
y Sociales, Caracas, 1983, p. 32.
[86] Germán Carrera Damas; El
culto a Bolívar. Esbozo para un estudio de la historia de las ideas en
Venezuela. Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de
Venezuela, 2ª edición, Caracas, 1973, p. 112 [Primera edición, Instituto de
Antropología e Historia, UCV, FHE, Caracas, 1969]
[87] Ángel Bernardo Viso; Venezuela:
identidad y ruptura. Alfadil Ediciones, Caracas, 1982, p. 71.
[88] Mario Briceño Iragorry; Op.
Cit., p. 92. Concluida la redacción de esta introducción fue editada la
tesis doctoral del Profesor Napoleón Franceschi G., El culto a los héroes y la formación de la nación venezolana. Una
visión del problema a partir del discurso historiográfico venezolano del
período 1830-1883, [Talleres Gráficos Litho-Tip C.A, Caracas, 1999], que
recomendamos ampliamente. Este libro fue el texto central del Seminario que su
autor dictara en el Doctorado en Historia-UCAB-1999, que tuvimos la enorme
satisfacción de cursar y para el cual presentamos el trabajo Los héroes de
Venezuela en nuestra poesía popular.
[89] Ibídem, p. 66.
[90] Luis López Álvarez; Op.
Cit., p. 48. A propósito de la enseñanza de nuestra historia se ha
producido hasta el momento en el país un importante material bibliográfico,
hemerográfico y tesis de grado. Una importante experiencia sobre ese punto está
recogida en Tierra Firme. Revista de
Historia y Ciencias Sociales, Año 15, Vol. XV, Nº 60, octubre-diciembre 1997,
Caracas, pp. 535-693.
[91] Augusto Mijares; Lo
afirmativo venezolano. Prólogo, Pedro Grases, Editorial Dimensiones, 3ª
edición, Caracas, 1980, p. 37 [Primera edición, 1963, Fundación Eugenio
Mendoza, Caracas]
[92] Ramón Escovar Salom; Op.
Cit.
[93] Francisco González Cruz (Rector de la Universidad del Valle del
Mombay, Valera, estado Trujillo); “Lugarización”; El Nacional, Caracas, 3.9.1998, A6.
[94] Rafael A. Strauss K.; “Policulturismo (e identidad regional) en
Venezuela”. En: Encuentros,
Asociación Cultural Humboldt, Año 4, Nº 9, Caracas-Munich. 1990, pp. 14-19.
Puede verse también: Alejandro Moreno Olmedo; El aro y la trama. Episteme, Modernidad y Pueblo. 2ª edición.
Centro de Investigaciones Populares (Colección Convivium, 1), Caracas, 1995; y
Arturo Uslar Pietri; “El tipo nacional”. En: Medio milenio de Venezuela, ya citado.
[95] "El Ateneo de Caracas ante el Ser del Venezolano". Ateneo, Año I, Nº 1, agosto 1955,
Caracas, pp. 19-20.
[96] Esteban Emilio Mosonyi; Identidad
nacional y culturas populares. Editorial La Enseñanza Viva, Caracas, 1982,
p. 157.
[97] Rafael Carías; Op. Cit.,
p. 56.
[98] Maritza Montero; Op. Cit.,
p. 83.
[99] La lista podría resultar ciertamente extensa. Recomendamos la
revista Nueva Sociedad, cuyo número
149, mayo-junio 1997 está dedicado al tema ¿Qué significa lo popular?. Cada uno
de los autores que en él escriben ofrecen bibliografía general y especializada.
También recomendamos Venezuela tradición
en la modernidad, Caracas, 1998, que recoge las ponencias presentadas en el
Primer Simposio sobre Cultura Popular, Caracas, mayo 1996, organizado por la
Universidad Simón Bolívar y la Fundación Bigott. Esta institución editó a
finales de 1998 Enciclopedia de la
música en Venezuela, dirigida por José Peñín y Walter Guido.
[100] Cesare Pavese; La luna y
las fogatas. Siglo Veinte, Buenos Aires, [1972], p. 13.
[101] Felipe Massiani; La
política cultural en Venezuela. Unesco, Colección Políticas Culturales:
Estudios y Documentos, París, 1977, p. 9.
[102] Cit. por Luis López Alvarez, Op.
Cit., p. 71.
[103] Germán Carrera Damas; Una
nación llamada Venezuela. Proceso sociohistórico de Venezuela 1810.1974. Monte
Ávila Editores, Caracas, p. 208, principalmente.
[104] Sexto Plan de la Nación
1981/1985. Crecimiento para todos. Oficina Central de Coordinación y
Planificación de la Presidencia de la República de Venezuela, Cordiplan,
Caracas, 1981, p. 94.
[105] Entrevista realizada por Ramón Hernández; “Somos siervos de la
moda”, El Nacional, Caracas,
16.8.1984, D12.
[106] Tomamos los calificativos de Mario Briceño Iragorry, quien los
expresa en el siguiente contexto: “No ha asimilado el país el pro y el contra
de los acontecimientos, felices o funestos, que realizaron los hombres
antiguos, y por tal razón carece de elementos críticos para sus juicios
presentes.”. En: Mensaje sin destino,
ya citado, p. 66.
[107] Elías Pino Iturrieta; “Las máscaras del pasado”. En: Venezuela: tradición en la modernidad,
ya citado, p. 188.
[108] Ídem.
[109] Ello explica que falten algunas noticias y eventos en esta
sección homónima, información sobre producción discográfica y presentaciones de
artistas y agrupaciones, desde mayo de ese año.
[110] Así quedó expresado en una de las proposiciones que hice al final
de la ponencia que presenté en el evento “La Cultura, la Universidad y el
País”, Auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación-UCV, 27.7.1988, con
estas palabras: Reactivación por parte de la Unidad de Extensión de la Facultad
de Humanidades y Educación del Proyecto que presenté con el nombre de Cedecupo
o Centro de Documentación y Estudio de la Cultura Popular. Este centro, además
de proporcionar la información que el usuario requiriera sobre esa materia,
debía propiciar trabajos de pre y postgrado, de ascenso, otras investigaciones
y servir de apoyo a eventos, con lo que el acervo se nutriría, amen de lo que
el mismo centro generara como investigaciones propias dirigidas a solventar
lagunas existentes en el área y la dinámica misma de la cultura popular. Se
había diseñado, además, un registro de imágenes en video de la temática
popular. Estábamos proponiendo lo que en esa ocasión denominamos Cedecupo, y
que dependiendo de la dinámica de crecimiento prevista, se consideró la idea de
transformarlo en Cedicupo: Centro de Documentación e Investigación de la
Cultura Popular.
[111] Diseño Operativo del Plan Bigott de Apoyo a la Cultura Popular.
Diseño Técnico presentado por el Instituto de Asesoramiento Educativo a la
Fundación Bigott. Noviembre 1990. Responsable: Comité Ejectuvo de Indase Iraida
Manzanilla G., John Dinan. Equipo Técnico: John Dinan, Rafael Strauss. Equipo
Operativo: María T. López, José Pérez, Nildhe Silva, Luis Ramos. 85 hojas
multigrafiadas + Organigrama.
[112] Véase en este Diccionario
las voces Fundación Bigott y Los estudios de la cultura popular tradicional de
Venezuela.
[113] Elías Pino Iturrieta y Pedro Enrique Calzadilla; La mirada del otro. Viajeros extranjeros
en la Venezuela del siglo XIX. Fundación
Bigott, Caracas, [1991], p. 3.
[114] En una de sus acepciones diccionario es un catálogo de noticias
referentes a un mismo tema. En su forma latina de diccionarius quien primero utilizó el término fue, al parecer, el
inglés John de Garland, en el siglo XIII.
Equivalentes del término son: thesaurus, cornucopia, liber memorialis,
nomenclator, comprehensorium, gazophylacium. John de Garland o Johannes de
Garlandia, siglo XIII, teórico musical inglés residió en Francia desde 1212.
Escribió algunos tratados sobre canto llano y música organística. El tratado
sobre contrapunto que se le atribuye es probablemente de un homónimo de época
posterior. Diccionario Enciclopédico
Quillet. Editorial Argentina Arístides Quillet S. A. Buenos Aires. Grolier
International, Inc., New York, t. III, p. 295 y t. IV, p. 280.
[115] Excepto El Impulso
(Barquisimeto) –no sabemos de otro– que ha publicado lo siguiente: Pedro
Blanco Vilariño; Índice General de El
Impulso Diario de la Mañana (Barquisimeto (República de Venezuela). Primeros
diez años 1º de enero de 1904… al 31 de diciembre 1913. Impreso en los
Talleres de la C. A. El Impulso, Barquisimeto [1973], 99 p. y Pedro Blanco
Vilariño; Índice general El Impulso
Segundo Decenio. 1º de enero de 1913 al 31 de diciembre de 1923 [sin más
datos], 146 p. Desconocemos si El Impulso
ha continuado desarrollando esta loable labor para la investigación.
[116] Para entonces podrá utilizarse, por ejemplo, la opción de la
Internet en la que las páginas web u otros espacios temáticos que puedan
abrirse se enriquecerán seguramente con la información que suministramos en las
voces o entradas de este Diccionario.
[117] Quizá la única excepción la constituye Discomoda, sello que
preparó un breve catálogo –sin fecha– con la fotografía de la carátula respectiva, y al pie, el título
del LP y el nombre de los respectivos temas musicales.
[118] Vale la pena dejar constancia aquí que por entonces inicié con un
grupo de estudiantes de la Escuela de Historia-UCV el fichaje de material
histórico y de cultura popular contenido en la revista Elite; asimismo, el asedio a la Revista Técnica y Memoria,
del Ministerio de Obras Públicas con la intención de confeccionar un índice de
lugares, decretos, construcciones, personas, iconografía y materias… También
inicié por entonces la revisión de las patentes de inventos, descubrimientos y
afines en las publicaciones del Ministerio de Fomento. Para la captación y el
vaciado de la información confeccioné hojas y fichas ad hoc. Por lo extenso de
la empresa y para fortalecer los proyectos Cultura Popular y Venezuela en sus
Fuentes Etnohistóricas, decidí conjuntamente con el equipo de voluntarios que
me acompañaba centrar nuestra atención en el primero, en tanto yo me ocupaba de
éste y del segundo. Fueron miembros del equipo los entonces estudiantes Juan
Pernía, María Eugenia Mosquera, Henry Suárez y el tesista Richard Rodríguez. De
la revista Elite nos encargábamos Juan de D. Moreno -egresado de la Escuela de
Historia- y yo. Desde este año presenté informes a la Cátedra de Ciencias
Sociales de dicha escuela. El más completo corresponde al 28 de noviembre de
1985 y en él se hace una relación detallada del material fichado hasta ese
momento.
[119] Javier Darío Restrepo; “La mirada cándida de los cronistas”,
prólogo a El lado oscuro. Crónicas
urbanas, de José Navia, Gerardo Rivas Moreno, editor, Bogotá, 1998, pp.
5-6.
[120] Una agradable descripción acerca del nacimiento de El Nacional la escribe Luis Chumaceiro;
“El Nacional, 1943”; El Nacional, Caracas, 29.7.1997, A5.
[121] Para entonces la información más importante para nuestro trabajo
reposaba en Piso 4; hace menos de un año lo que era Piso 3 pasó al 4 y lo que
era Piso 4 pasó al 3.
[122] Aprovecho la oportunidad de esta introducción para expresar que
paralelamente al trabajo sobre cultura popular de Venezuela que emprendimos en
estas dependencias de la Biblioteca Central, hacíamos otro que hemos titulado
Venezuela en sus fuentes etnohistóricas –mejor conocido entre
mis amistades y la gente de Piso 4 como Repertorio– que próximamente será
publicado.
[123] Solían incorporarse a estos viajes la Nena Figueredo, hermana de
Gina, Trino Aponte, José Gregorio Linárez, Ibrahim Prieto, Efraín Valenzuela,
Omar Navas, Freddy Álvarez, Álvaro García Castro, Franklin Ainagas y Carlos J.
Martínez (Cejota).
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