Algunas
consideraciones antropológicas sobre la familia a la luz del relativismo
cultural, por Rafael A. Strauss
K.© Conferencia solicitada por sus directivos y que dicté en el Instituto
Superior Salesiano de Filosofía y Educación, con motivo de la apertura del año
académico 1993-1994, el 4 de octubre de 1993. Publicada en Anthropos, Instituto Superior Salesiano
de Filosofía y Educación, ISSFE, Año XIV, Nº 2-1993, Librería Editorial
Salesiana, Caracas-Los Teques, pp. 99-106.
A estas alturas de un siglo a punto de concluir pareciera como
si una conferencia sobre la familia fuese uno de esos temas repetitivos y con
escasas posibilidades de obtener consideraciones que no hayan sido ya
expuestas. En pocas palabras: pareciera ser un tema sin ninguna trascendencia.
Pensamos, sin embargo, que nunca estará de más revisar una institución
fundamental para toda sociedad cualquiera sea o haya sido su organización
social y su organización política; cualquiera sea o haya sido su cultura.
En este sentido, lo primero que podríamos decir de esta
conferencia, es que su contenido hemos querido enmarcarlo dentro de lo que
entendemos como antropológico. Por razones del tiempo disponible en esta
ocasión, no es posible una revisión exhaustiva de dicha institución en las
sociedades del pasado y en las del presente. Sin embargo, parece útil ofrecer
una breve historia de la familia, principalmente en lo que a occidente se
refiere.
Ya desde el siglo XVIII es estudiada como institución social,
particularmente a través de intentos por trazar su evolución histórica. Es
Bachofen, en 1861, quien en su obra El
derecho materno[1],
se adentra en interesantes consideraciones que precisan una fase inicial de
promiscuidad, en un régimen familiar basado en la autoridad materna y vinculado
con un modo de vida que se caracteriza por la actividad agrícola. A este
régimen matrilineal seguiría uno de tipo patrilineal, apoyado en el modo de
vida pastoril.
Estas ideas del suizo Bachofen son enriquecidas por el
norteamericano Lewis Morgan, quien en 1877 edita su obra La sociedad antigua[2], en la que distingue seis estadios por
los que habría transitado la institución familia: uno inicial y, como en el
caso de Bachofen, supuesto, que sería de promiscuidad; uno segundo o de la
familia consanguínea, en el que se habría prohibido la unión sexual entre
padres e hijos. En el tercer estadio o de la familia punalúa, dos grupos de
hermanos y hermanas, no emparentados, se unían de manera promiscua. Un cuarto
momento estaría caracterizado por la familia sindiásmica matriarcal y sería el
inicio del matrimonio individual, aun cuando el perfil predominante es el
poligámico. Al quinto estadio correspondería la familia sindiásmica patriarcal
y al sexto, la moderna familia monógama occidental.
Esta propuesta de Morgan tuvo amplia difusión, particularmente
en manos de Carlos Marx y Federico Engels quienes la adoptaron para
considerarla dentro de la teoría general del materialismo histórico[3]. Sin embargo, la propuesta de Morgan
ha sido progresivamente rechazada, entre otras razones, por la dificultad de
comprobar los estadios que propone[4] y por el
carácter unilineal que la sustenta. A estas alturas de nuestros conocimientos
sobre el hombre, sabemos que en su desarrollo ni la humanidad, ni la sociedad,
ni la cultura se han movido en una sola línea.
Propuestas antropológicas más modernas prefieren vincular a la
familia con los tipos de culturas conocidos y establecidos hasta el momento. En
este sentido, se ha planteado una relación entre la familia y las fuentes de subsistencia
de que dispuso o dispone el grupo de que se trate, destacando la idea general
de un varón dedicado, primero, a labores de recolección y, posteriormente, a la
caza, la pesca y el pastoreo; en cuanto a la mujer, se la vincula con la
recolección y luego con la agricultura.
Algunas particularidades de la familia, entonces, podrían
establecerse señalando que en las primeras sociedades humanas varón y hembra
son iguales por no existir una significativa diferenciación en las labores de
subsistencia; el matrimonio es monogámico y las relaciones extramatrimoniales
no son características. En las culturas totémicas de cazadores superiores, la
estirpe es colocada por encima de la familia pues se requiere de un importante
culto de reconocimiento al tótem y de una vida en común de niños y jóvenes en
casas especiales, en tanto que la condición de la mujer es de subordinación. En
las sociedades agrícolas la mujer recobra, por así decirlo, su importancia
social; la estirpe es desplazada por la familia y la filiación se establece por
vía matriarcal. El jefe de la familia no es el padre biológico de la prole sino
el hermano de la madre; desaparecen la importancia del culto totémico y hasta
las ceremonias de iniciación masculina y se produce una especie de asociación de
los varones contra el predominio femenino.
En las sociedades de condición pastoril la familia es
patriarcal. La mujer está sujeta a su entorno masculino. De esta estructura
pastoril nómada derivaron importantes núcleos humanos como los arios, los
semitas y los mongoles y en ellos la posición del padre es predominante. La
poligamia continúa presente, la mujer sigue estando subordinada y se implanta
la costumbre del repudio de la esposa por el esposo. Esta etapa, de hecho,
combinaría costumbres anteriores con las nuevas, y se toma en cuenta el papel
de los orígenes totémicos, la residencia familiar y las líneas de parentesco
materno y paterno, produciéndose, entonces, complicadas redes y reglas
matrimoniales.
Esta propuesta, que sigue a la de Morgan, no ha escapado
tampoco a serias críticas, que han revelado la existencia, en el fondo, de una
evolución unilineal, a la que se habría agregado un criterio moral que hace
suyas las normas de inspiración cristiana idealmente vigentes en la moderna
sociedad occidental.
Otras apreciaciones sobre la familia, también de interés, las
encontramos en Adam Ferguson quien
alude a los cambios fundamentales tanto en la familia como en las relaciones de
parentesco, una vez que las llamadas sociedades primitivas transitan hacia
sistemas sociales organizados en Estado. Esto era en 1767[5]. En 1771
el escosés John Millar da importancia a las funciones económicas y
educacionales de la familia, vinculándolas con las relaciones de carácter
sexual, formas de matrimonio y de los sistemas políticos[6]. H. S.
Maine, refiriéndose a la sociedad primitiva, sugería en 1875 que el parentesco
era básico en la organización de las primeras sociedades y expresaba que
"la unidad de una sociedad antigua es la familia; la de una sociedad
moderna, el individuo"[7]. A
principios del presente siglo, B. Malinowski, cuyo primer trabajo publicado se
refiere a la familia en Australia, defiende la idea de E. Westermarck de la
universalidad de la familia nuclear, entendiéndola y difiniéndola "por sus
funciones sociales"[8]. Boas,
Beattie, Murdock, Radcliffe-Brown, Spencer, Steward, entre otros clásicos,
también consideraron antropológicamente la familia y/o algunos aspectos de esta
institución, relacionándola con el poder, el incesto, la propiedad, y con los
sistemas y terminología del parentesco[9].
La familia, hoy
La familia que corresponde a nuestro entorno de occidente está
compuesta por una pareja de varón y hembra y su prole. Padre y madre lucen
ejerciendo la misma autoridad y en la medida en que la mujer se acerca más a la
igualdad, la poligamia tiende cada vez más a ser repudiada. Otros elementos no
menos importantes son el decrecimiento del papel de la familia en el ciclo
productivo y en la educación de la prole. Esta situación ha debilitado los
vínculos entre los miembros de la familia de nuestros días, amen del aumento
significativo de las separaciones de los esposos, quienes terminan por
constituir otras familias. El divorcio, bastante frecuente en el siglo XIX, se
generaliza en el siglo XX, lo que se ve aupado y, en cierta forma, avalado, por
la sanción cada vez más debilitada a la separación de los cónyuges.
Esta situación, sin embargo, no presagia la desaparición de la
familia y, en este sentido, consideramos esencial la aseveración de la
antropología cultural de que "Las sociedades humanas no pueden sobrevivir
sin algún género de institución familiar"[10],
entendiendo por familia a un grupo de personas emparentadas entre sí que viven
juntas bajo la autoridad de una de ellas. Es por ello que se acepta a la familia
como una institución que se ha presentado y se presenta como una constante en
todas las sociedades humanas, independientemente de las formas que adopte dicha
institución. El que la familia sea monógama o polígama depende, evidentemente,
de la sociedad de que se trate. En este punto, la institución de la familia,
como todas las otras que conforman lo que en antropología se conoce como
universales o aspectos de la cultura, estaría íntimamente vinculada con dos
puntos de especial importancia cuando de análisis y comprensión antropológica
se trata: el relativismo cultural y el problema del cambio en la cultura.
Familia y relativismo cultural
En el relativismo cultural se involucra la idea del juicio que
se hace de otra cultura con los parámetros de la nuestra. Este principio se
apoya en una vasta acumulación de datos que ha permitido penetrar en los
sistemas de valores que sirven de base a sociedades de costumbres diversas[11]. Es
aquí, entonces, donde se ubicaría un problema trascendental en lo que se
refiere al cambio en las culturas, particularmente al cambio que se produce, no
por la dinámica natural tanto de la propia sociedad como de una cultura en
particular, sino también por la imposición de otros rasgos y complejos
culturales.
Por definición, todo proceso de imposición irrespeta las
características de la sociedad receptora, transformando entonces su esencia
misma. Se producen, así, procesos de deculturación y, en general, de
transculturación[12].
Es claro, por ejemplo, el caso de las sociedades indígenas de América para el
momento que hemos llamado del contacto mútuo con lo nuevo, así como también las
diferentes situaciones de cambio que se produjeron y producen a raíz de
procesos colonizadores protagonizados por países imperialistas.
La lengua, la religión, ciertas formas de la organización
social y de la organización política, así como ciertas concepciones de la
estructuración y funcionamiento de la familia y otros rasgos y complejos
culturales de las sociedades objeto de la imposición, sucumben ante ella. Este
proceso también se visualiza de manera clara en el caso de la familia indígena
prehispánica de América, predominantemente poligámica, y que por la moral
religiosa que se implanta por vía de la cristianización, va reduciéndose a
monogámica, porque es lo que dicta y pauta el precepto doctrinario. La
imposición de nuevas formas culturales y, dentro de ellas, las referidas a la
organización y funcionamiento de la familia, ha continuado en nuestras
comunidades indígenas y en muchas otras del resto del continente americano,
sobre todo en aquellos países donde los aportes antropológicos de la teoría y
la práctica del relativismo cultural no se han hecho sentir.
En la medida en que avanza la cristianización de las
sociedades indígenas americanas colonizadas, y de las sociedades traídas desde
el Africa, la poligamia se convierte en delito, trastocándose así la esencia de
una importante institución social como lo es la familia.
Importante institución, decimos, no sólo por la trascendencia
que en sí misma conlleva la familia, sino porque en su forma poligámica también
es una estructura de unión, de parentesco y de gobierno perfectamente adaptada
a la realidad de las sociedades que la utilizaron y utilizan. La poligamia es
uno de los productos del desarrollo propio de las sociedades o culturas que la
detentan, en tanto que la monogamia fue -y es- un elemento intrusivo cuya
penetración contribuyó a dar al traste con la evolución natural de aquellas
sociedades.
Extrapolando el problema a nuestros días, encontramos la ambivalencia
de una poligamia no aceptada pero permitida, situación que en muchos países
llega a connotar posición de prestigio. Esto se vincula, por ejemplo, con el
machismo y, más sutilmente, con la idea de tener lo que hemos llamado una
"prole de reserva" con la que principalmente el hombre cuenta para
asegurar las inconveniencias de una vejez socialmente desasistida. Las
instancias religiosas, tradicionalmente ductoras de la moral de la sociedad
moderna, lucen débiles para controlar esta situación que, por otro lado, no
tendría por que ser controlada.
Esta aseveración nos lleva a otra idea esencial para entender
antropológicamente la institución familia: se trata de su vinculación con el
matrimonio. Su función primordial es la procreación; el apareamiento que para
la preservación de la especie debe producirse en cualquier sociedad. Es tal el
papel de esta función que en muchas sociedades, un casamiento no se considera
concluido hasta que la hembra ha dado a luz una criatura; "porque pocas
sociedades olvidan el hecho de que la función primera del matrimonio es la
procreación."[13]. Aquí,
el matrimonio supone estabilidad y sería sinónimo de permanencia de la familia,
cualquiera sea la forma que por tradición adopte esta institución.
Para efectos del escenario occidental esta idea es clara y en
las sagradas escrituras aparece como una suerte de plan diseñado doctrinariamente. Heredamos, por
ejemplo, lo que San Pablo ha escrito: "quiero que sepáis -dice- que la
cabeza de todo varón es Cristo, y la cabeza de la mujer, el varón, y la cabeza
de Cristo, Dios". Con mayor precisión San Pablo escribe que "Las
casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza
de la mujer"[14].
El Concilio de Trento, en su sesión del
11 de noviembre de 1563, establecía el matrimonio como uno de los siete
sacramentos instituidos por Cristo "y no una invención humana en el seno
de la Iglesia", además de prohibir "a los cristianos, por ley de
Dios, tener varias esposas a la vez"[15]
Estas y otras pautas
apenas son modificadas por otros concilios, reuniones conciliares provinciales,
sínodos y contenidos doctrinarios. El Concilio Ecuménico Vaticano II, por
ejemplo, se refiere ampliamente a la espiritualidad del matrimonio,
"concebido como una realización del amor comunitario, amor que se orienta
a la perpetuación de la humanidad". Sin embargo, este mismo Concilio evitó
zanjar "precipitadamente las cuestiones que plantea la situación
angustiosa de los cristianos de hoy, acosados por las exigencias de la moral tradicional
y por la coyuntura sociológica que hace a menudo heroica su observancia"[16], lo que
hace ya treinta años significó para la Iglesia de Roma un problema totalmente
nuevo, y que hoy luce más agudizado.
Esta situación arrima a la familia a contextos en los que el
relativismo cultural continúa siendo principio esencial a ser tomado en cuenta.
La agudización a la que se alude en líneas anteriores tiende a hacerse más
notoria, por lo menos a niveles doctrinarios dentro de la misma Iglesia
Católica Romana, con la más reciente encíclica Veritas splendor, documento en el que pareciera dejarse de lado las
consideraciones antropológicas del mencionado relativismo y la orientación y
significado del cambio cultural[17].
Podríamos decir, para finalizar, que la revisión de cualquier
institución a la luz de sus cambios siempre es útil para visualizar tanto su
esencia como la idea de que a pesar de la dinámica propia de toda cultura sus
instituciones básicas en el fondo no cambian. Es ley que las culturas cambian;
que de tiempo en tiempo se efectúan alteraciones en la forma de toda
institución y la familia, por supuesto, no es una excepción; "pero
cualquiera sea la forma que pueda adoptar, tiene que seguir cumpliendo sus
funciones de procreación y educativas"[18]
[1] J. J. Bachofen, Das
mutterrecht. Benno Schwave. Basilea, 1861.
[2] L. H. Morgan, Ancient
society. Holt. New York, 1877. En español, La sociedad primitiva. Ayuso. Madrid, 1975.
[3] Véase, principalmente, C. Marx y F. Engels, Ideología alemana. Grijalbo. Barcelona
[España], 1965. De F. Engels, véase "El origen de la familia, la propiedad
privada y el Estado", en: Obras
escogidas. Akal. Madrid, 1975, tomo II, pp. 177-345.
[5] A. Fergusson, Un ensayo
sobre la historia de la sociedad civil. Instituto de Estudios Políticos.
Madrid, 1974.
[6] J. Millar, Observations
concerning the distinctions of ranks in society. J. Murray. London, 1771.
[7] H. S. Maine, Villages
communities in the East and West. J. Murray. London, 1887. La cita está en
M. Harris, El desarrollo de la teoría
antropológica. Una historia de las teorías de la cultura. Siglo XXI España
Editores S.A. Madrid, 1985, p. 166.
[8] Puede verse B. Malinowski, a) The family among the australian aborigines: a sociological study.
University of London Press. London, 1913, y b) Los argonautas del Pacífico occidental. Península. Barcelona
[España], 1973; y de E. Westermack, The
history of the human marriage. Macmillan. New York, 1894.
[9] J. H. M. Beattie, "Reply to Schneider". En: Man, Nº 108. 1965. F. Boas, Race, language and culture. Macmillan.
New York, 1948. G. Murdock, Social
structure. Macmillan. New York, 1949. A. R. Radcliffe-Brown, Estructura y función en las sociedades primitivas.
Península. Barcelona [España], 1968. J. Steward, "The economic and social
basis of primitive bands". En: Essays
in anthropology presented to A. L. Kroeber, compilados por L. Lowie.
University of California Press. Berkeley, 1936.
[10] M. J. Herskovits, El
hombre y sus obras. La ciencia de la antropología cultural. Fondo de
Cultura Económica. México, 1968, p. 327.
[11] M. J. Herskovits, Obra
citada, p. 77.
[12] Sobre estos procesos la literatura antropológica es
abundante. Un trabajo que los ejemplifica de manera clara y amena es el de G.
M. Foster, Cultura y conquista. La
herencia española de América. Universidad Veracruzana. Xalapa [México],
1962. Otro no menos importante, e igualmente ameno, es el de Ch. Gibson, Los aztecas bajo el dominio español, 1519-1810.
Siglo XXI Editores. México, 1964.
[13] M. J. Herskovits, Obra
citada, p. 327.
[14] Epístola I a los Corintios, II:3 y 7
[15] L. Cristiani, Trento. En: Historia de la Iglesia, vol. XIX:280-281. Edicep. Valencia
[España], 1976.
[16] Historia de la Iglesia,
v. XXVIII:538, ya citado.
[17] Que sepamos, aún no tenemos en Venezuela la literatura que
seguramente se ha producido ya en torno a esta polémica. Son interesantes, por
ejemplo, los dos reportajes de Aliana González, "¿Y quién decide qué es
pecado?", I y II, en El Nacional,
Caracas, 15 y 16 de octubre de 1993, Cuerpo C.
[18] M. J. Herskovits, Obra
citada, p. 327.
Strauss, Rafael A. "Algunas consideraciones
Antropológicas sobre la familia a la luz del relativismo cultural". En: Anthropos. Venezuela, Caracas. Ed. Salesiana.
2-1993. Pág 57. Así citado en la “La
participación de la mujer y la conformación de grupos de trabajo femeninos en
programas sociales olavarrieneses”, comunicación presentada por Marina Estayno
y Patricia Sánchez, Alumnas de la Carrera de Antropología de la Facultad de
Ciencias Sociales (UNCPBA) San Martín 3060. Tel. Fax 0284-29648. C.P. 7400.
Olavarria, en el V Congreso Argentino de Antropología Social Lo Local y Lo
Global, la Antropología Social en un mundo en Transición, La Plata, Argentina, 29 de julio al 1
de 1997. Comisión de Trabajo: Antropología, Género y Edad. http://www.arqueologia.com.ar/congresos/contenido/laplata/LP1/9.htm