Foro: La cultura, la universidad y el país.
Ponencia sobre Cultura Popular. Rafael A. Strauss K. – UCV, Caracas, 27
de julio de 1988 – Auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación.©
He previsto destacar en esta oportunidad
algunos de los aspectos que considero más estrechamente vinculados con las
características de este foro La Cultura, la Universidad y el País, tema
extenso, de por sí, y dentro de él lo referente a Cultura Popular, tema no
menos extenso, pero más que ello, tema escabroso que en los últimos quince años
se ha visto rodeado de imprecisiones. Esto, sin embargo, lejos de preocuparnos,
ha impulsado a un número significativo de practicantes y de estudiosos lo de
popular, a indagar con pautas nuevas sobre las características de sus
componentes esenciales en Venezuela, sin omitir, como básicamente se ha hecho,
los aspectos históricos, económicos, políticos y, en general, socioculturales.
En pocas palabras: la reflexión sobre lo popular venezolano se ha venido
reubicando en los últimos quince años por los cauces antropológicos –vale
decir, científicos-, y n este proceso ha sido decisiva la participación de una
actitud y un pensamiento universitarios, en la mayoría de los casos, sin
olvidar que en otros niveles de la educación y del país en general se dieron y
se están dando jugosas serias reflexiones sobre lo popular venezolano.
Recordemos, sólo para mencionarla, la experiencia PASIN. No podemos olvidar,
tampoco, los nuevos aportes que a nivel individual han sido suministrados bajo
la forma de trabajos de ascenso, de tesis y monografías de grado, de artículos
de prensa.
Un trazo esquemático, un bosquejo de una
posible caracterización de la reflexión que sobre lo popular se ha hecho en
Venezuela, nos proporciona de inmediato, por lo menos dos grandes vertientes.
Sin abundar en sus particularidades podríamos inscribir la primera de ellas
dentro de un contexto caracterizado por la reflexión científica. La mayoría de
sus representantes conducirán sus aportes por los caminos de seriedad
científica, de altura, y sus consideraciones se dirigirán hacia el
planteamiento de lo que podríamos llamar Una Teoría de la Cultura Popular
Venezolana. Dicha teoría pretendía contemplar la expresión literaria,
musical, artesanal y de otras índoles en términos antropológicos y sociológicos
sin olvidar la óptica que proporcionaban otras disciplinas estudiosas de humano
como la economía, geografía, la política, la lingüística, la historia… y como
parte de la orientación hacia dicha teoría, la aplicación del método
comparativo, en una clara concepción científica del trabajo, del estudio, de la
reflexión, de las consideraciones que se realizan. La imaginación sociológica
-para extrapolar una expresión de W. Mills- es otra actitud metodológica que se
adopta para caracterizar a esta primera vertiente. No es gratuito, por ejemplo,
el subtítulo con el que José E. Machado presentó en 1919 su Cancionero popular venezolano, que reza:
Con varias notas geográficas, históricas
y lingüísticas para explicar o aclarar el texto. Y la concepción de Machado
en cuanto a confección de Una Teoría de la Cultura Popular Venezolana,
podríamos advertirla en el discreto entre-paréntesis de su Cancionero: (Contribución al
folklore venezolano) y de manera mucho más rica, tanto en contenido como en
actitud, en su Discurso de
Incorporación como Individuo de Número a la Academia Nacional de la Historia,
el 11 de mayo de 1924, del que destacamos: …”se explica perfectamente el que yo me haya apasionado por la poesía
popular, tan varia y tan rica, tan llena de sentimientos, y tan apropiada para
estudiar por ello la vida de un pueblo en su triple aspecto psíquico, físico e
histórico”… Tampoco es gratuita la actitud etnohistórica que Arístides Rojas
adoptó para interpretar sus materiales de El
cancionero popular de Venezuela, 1893, a propósito de quiénes son los que
componen, los que adoptaron, los que recompusieron y adaptaron la parte
literaria de una ancestral herencia social en Venezuela.
En la caracterización que estamos
intentando de lo que hemos denominado primara vertiente, llegamos a un momento
que consideramos clave: 1945. Por algunos hechos significativos es posible que
a 1945 podamos verlo como el año en el que hay un extravío de las intenciones
por establecer Una Teoría de la Cultura Popular de Venezuela. La revista Acta Venezolana publicará en su número 2
del trimestre octubre-diciembre de 1945 “Estudio y perspectivas de Nuestro
Folklore”, artículo de Tulio López Ramírez, Encargado de la Sección de
Etnografía del Museo de Ciencias Naturales, de Caracas. Una atinada reveladora
advertencia del estado en que se encontraban para ese momento los estudios del
folklore en nuestro país, la muestra este trabajo de López Ramírez, así como
también un germen de lo que constituirá elemento característico de la Segunda
Vertiente.
La advertencia es ubicada por su autor al
esbozar el Estado actual del folklore en
Venezuela, aseverando que Un hecho
que llama la atención en este particular es la incongruencia de que habiendo un
número calificado de entendidos, nuestro folklore permanece todavía entre los
límites de lo pintoresco […] Se ha
prestado poca atención a lo profundo, a lo hondo del conocimiento de la vida y
del alma populares, que es en fin de cuentas del objetivo primordial del
folklore… Continúa Ramírez advirtiendo sobre
la falta de conocimiento integral del espíritu de nuestro pueblo. El
elemento caracterizador de lo que hemos llamado la Segunda Vertiente lo anuncia
López Ramírez al aseverar que el folklore
venezolano se halla estacionado en la fase de la recopilación…, exceptuando
de ello los intentos de análisis representados por algunos trabajos como los de
Francisco Tamayo, Gilberto Antolínez y Rafael Olivares Figueroa. Al final de
estas consideraciones de 1945, Ramírez esboza tres aspectos con los que estamos
de acuerdo. Los anunciamos aquí como uno de los puntos que podría sernos útiles
para las reflexiones finales de esta sesión de hoy. Son los siguientes: a) abundan las obras que una gran mayoría
califica de folklóricas (literatura nativista, música y danzas regionales,
etc.), de dispares valores, a las cuales falta rigor técnico, metodología
especializada, para que puedan ser consideradas como tales. En cambio, escasean
los trabajos y recopilaciones realizados conforme a las exigencias de esta
ciencia. b) El escaso material folklórico de valor a que hago referencia es el
fruto de la labor independiente de varios investigadores que han efectuado
recopilaciones locales o regionales, sin ninguna tentativa de encuesta nacional
(y) c) Falta la compilación
bibliográfica del folklore venezolano realmente especializada, elaborada de
acuerdo a técnicas y métodos específicos del folklore. (pp. 201.202)
La pegunta inevitable: ¿Ha cambiado, en
esencia, este panorama? Mi respuesta: No ha cambiado, se ha fortalecido, más
bien, una ausencia de método, un desvío evidente del marco en el que se pudo
haber construido en un momento Una Teoría de la Cultura Popular Venezolana, un
parcelamiento nefasto de la “investigación del folklore” representado en las
varias instancias que han terminado por ser concebidas como conucos de
propiedad privada, cuya primera manifestación oficial es el Servicio de
Investigaciones Folklóricas Nacionales (30 de octubre de 1946), dependiente de
la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación Nacional. Si bien es cierto
que la infraestructura sobre la que se asentará dicho Servicio pudo haber dado
los frutos idóneos -entre otras cosas porque su dirección fue asumida por un
hombre de pensamiento universal como lo es Juan Liscano- no es menos cierto que
el mismo Liscano se queje en 1950, es decir, cuatro años después de creado el
Servicio y dos años después del famoso Primer Festival Folklórico Nacional
(Nuevo Circo, 17, 18 y 19 de febrero de 1948), organizado por él- se quede,
decimos, del exceso de recolección,
idea que repite Miguel Acosta Saignes en su importante trabajo “Materiales para
la historia del folklore en Venezuela”. Allí, Miguel Acosta refiere
significativamente la queja que Liscano, extraordinario
recopilador -dice- durante los años
en que practicó investigaciones folklóricas, en lo que él ha denominado su
“etapa superada”… Y es que Liscano, no sin cierta decepción, apunta en su Folklore y Cultura, de 1950, lo que
estaba ocurriendo: El mero recopilador de
datos folklóricos, y desgraciadamente son los más, no debe aspirar a la
denominación de folklorista, si queremos conservar alguna dignidad para este
término. Es menester, para comprender el Folklore, una firme base de conciencia
histórica, un minimum de conocimientos intelectuales y cierta sensibilidad
humana. Con tristeza apuntamos que muchos de los llamados “folkloristas”, no
son sino verdaderos albañiles recolectores, peones del pensamiento, carentes
del más elemental sentido de la cultura y escudados detrás de un método más o
menos feliz de clasificación…
Clarísimo, extraordinariamente claro. De
nuevo la pregunta inevitable: ¿Ha cambiado este panorama? Mi respuesta: No, no
ha cambiado.
No es agradable estar aquí exponiendo los
visos de la historia de un fracaso. Estudiosos serios, grupos de campesinos, de
liceístas, de universitarios, de barrios, seminarios, talleres, proyectos de
investigación, encuentros, asociaciones, congresos, congresillos, mesas
redondas, no patrocinados por el Estado venezolano -y esto no es gratuito-
hemos denunciado y comprobado hasta el cansancio que la gestión oficial lo que
ha hecho es solventar la permanencia de este fracaso que se caracteriza por la
continuidad de una actitud etnográfica, de mera recolección, ante la ancestral,
riquísima y varia producción del pueblo venezolano. Pero de este repetido y
repetitivo fracaso de las instituciones oficiales encargadas de la cultura
popular, debemos exceptuar, indudablemente, una idea con la que se pretendió
implantar una actitud científica, con la participación del mismo pueblo, en
esto del tratamiento serio de lo popular venezolano: nos referimos al intento
en 1985-1986 de acabar con aquella estructura y funcionamiento en parcelas
personalistas de propiedad privada, reformulando su trabajo con pautas de
unificación y de contenido científico para el trabajo, mediante un anteproyecto
presentado al entonces Ministro de la Cultura Ignacio Iribarren Borges por la
Comisión Especial por él designada y conformada por Erika Wagner, José María
Cruxent y yo mismo. Bautizamos dicho anteproyecto con el nombre de Centro para
el Estudio de las Artes y Tradiciones Populares que, dicho sea de paso, nada
tiene que ver con un centro de nombre parecido dependiente del Conac. Una serie
de circunstancias, todas desfavorables -y cuyo análisis preparo para su próxima
publicación- dieron al traste con esta buena idea. Una de esas circunstancias,
referida a la “extraordinaria” gestión de la ministra Gamus al frente del Conac,
quedo expresada en un atinado graffiti que pudo leerse a todo lo largo de la
Av. Libertador y que en este momento no puedo dejar de recordar… Con el permiso
de este auditorio, lo expreso: “Paulina, laca gamus”.
Pero esta idea de fracaso, de evidente
fracaso, si bien debe seguir preocupándonos, no significa que todo esté
perdido. Si las instituciones y personas que por distintas vías han sido
designadas por el Estado venezolano para encargarse de lo popular han
fracasado, y si bien han fracasado también en cuanto a la comprensión de la
cultura popular como alternativa, la respuesta debe venir entonces desde otras
instancias, pero evidentemente, no desde la oficial. También en lo que
concierne a su propia cultura debe ser el mismo pueblo el que la preserve, el
que la estudie para su necesaria sistematización, el que la difunda, el que la
fortalezca, el que participe de su propia transformación. El pueblo no necesita
de gendarmes institucionales que lo que han hecho es apropiarse de su cultura
en la forma de libros, de exposiciones, de informes de viajes y de otras formas
de apropiación, cuyo aspecto más negativo es que el propio pueblo no participa
de esta estructura de estudio, de difusión… Es necesaria una transformación
total, esencial, de los métodos de investigación de la cultura popular hasta
ahora imperantes y la universidad en general, por definición, y la universidad
venezolana en particular, por tradición, puede ser la llamada -como lo ha
venido haciendo, pero tímidamente- a ofrecer un proyecto de conocimiento, de
preservación, de difusión, de comprensión de la cultura popular. No es el
momento para enumerar los cientos de aportes que a sus regiones y al país han
dado universidades como la de Los Andes, la del Zulia, la De Oriente, la UCOLA,
de Barquisimeto, la Central de Venezuela, por mencionar sólo algunas. La
universidad, por su población misma, concentra en su seno la inquietud de
jóvenes provenientes principalmente del pueblo, de tal manera que todo cuanto
se haga en ella para concientizar científicamente a sus estudiantes sobre la
enorme y bella y definitiva valía de la cultura popular, es una inversión
segura de futuro humano que es lo que más estamos necesitando en Venezuela, que
es una de las armas con las que podemos vencer el subdesarrollo y subutilización
de nuestra inteligencia de pueblo. Así como pensamos que a todo joven,
estudiante universitario o preuniversitario, debería facilitársele el acceso a
la práctica del deporte, asimismo creemos que la institución en la que estudia
debería dotarlo de instrumental científico para que estudie, comprenda,
aprehenda, sistematice, concientice y transforme su realidad cultural Y es que
la cultura popular no debe ser un objeto de estudio sino una permanente
vivencia. En esto, el área de las Humanidades tiene, por definición, una enorme
responsabilidad y una labor potencial de trascendencia. Nuestras universidades
comenzaron a hacerlo: lo demuestra un cúmulo de proposiciones que reposan en
las páginas de todas sus publicaciones. Pero esto se extravió; el Estado
venezolano se lo arrebató en la forma de un escurridizo y aparentemente
indefinido ladronzuelo que terminó por adoptar el aspecto multi-institucional y
burocrático de museos, institutos, revistas… en los que lo único que hay en
común es la F de folklore…
Antes de terminar, quisiera sugerir
algunas tareas inmediatas, sin que ello agote el abanico de posibilidades. Por
razones de operatividad, mis proposiciones se dirigen expresamente a la
Universidad Central de Venezuela. Son las siguientes:
- Traslado de la Escuela de Antropología,
que actualmente forma parte de la Facultad de Economía y Ciencias Sociales, a
la Facultad de Humanidades y Educación.
- Creación en dicha escuela de un
Departamento o Cátedra de Cultura Popular. Esta proposición, de hecho, es una
ratificación de una que hiciera Miguel Acosta Saignes en 1967 con el nombre de
Cátedra de Folklore.
- Reactivación por parte de la Unidad de
Extensión de la Facultad de Humanidades del Proyecto que presenté con el nombre
de Cedocupo o Centro de Documentación y Estudio de la Cultura Popular.
- Incorporación al área de publicaciones
de la Biblioteca Central de la UCV y de la Facultad de Humanidades de obras de
cultura popular para su edición y difusión.
- Reactivación del área antropológica e
inclusión del área etnohistórica en el Instituto de Antropología e Historia, de
la Facultad de Humanidades.
Ponente en la "Jornada de Discusión
sobre la Cultura, el País y la Universidad". Organizadores: Coordinación
Académica de la Facultad de Humanidades y Educación, Unidad de Extensión;
Dirección de Cultura-UCV, COPRE, Asociación Cultural Universitaria y Fundación
Gual y España. Lugar: Auditorium de Humanidades-UCV. Fecha: 6, 13, 20 y 27
julio 1988. Presenté mi Ponencia el 27 de julio en el Área Cultura Popular.
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