jueves, 10 de noviembre de 2016

Cultura popular, la universidad y el país, por Rafael Antonio Strauss K.©

Foro: La cultura, la universidad y el país. Ponencia sobre Cultura Popular. Rafael A. Strauss K. – UCV, Caracas, 27 de julio de 1988 – Auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación.©

He previsto destacar en esta oportunidad algunos de los aspectos que considero más estrechamente vinculados con las características de este foro La Cultura, la Universidad y el País, tema extenso, de por sí, y dentro de él lo referente a Cultura Popular, tema no menos extenso, pero más que ello, tema escabroso que en los últimos quince años se ha visto rodeado de imprecisiones. Esto, sin embargo, lejos de preocuparnos, ha impulsado a un número significativo de practicantes y de estudiosos lo de popular, a indagar con pautas nuevas sobre las características de sus componentes esenciales en Venezuela, sin omitir, como básicamente se ha hecho, los aspectos históricos, económicos, políticos y, en general, socioculturales. En pocas palabras: la reflexión sobre lo popular venezolano se ha venido reubicando en los últimos quince años por los cauces antropológicos –vale decir, científicos-, y n este proceso ha sido decisiva la participación de una actitud y un pensamiento universitarios, en la mayoría de los casos, sin olvidar que en otros niveles de la educación y del país en general se dieron y se están dando jugosas serias reflexiones sobre lo popular venezolano. Recordemos, sólo para mencionarla, la experiencia PASIN. No podemos olvidar, tampoco, los nuevos aportes que a nivel individual han sido suministrados bajo la forma de trabajos de ascenso, de tesis y monografías de grado, de artículos de prensa.
Un trazo esquemático, un bosquejo de una posible caracterización de la reflexión que sobre lo popular se ha hecho en Venezuela, nos proporciona de inmediato, por lo menos dos grandes vertientes. Sin abundar en sus particularidades podríamos inscribir la primera de ellas dentro de un contexto caracterizado por la reflexión científica. La mayoría de sus representantes conducirán sus aportes por los caminos de seriedad científica, de altura, y sus consideraciones se dirigirán hacia el planteamiento de lo que podríamos llamar Una Teoría de la Cultura Popular Venezolana. Dicha teoría pretendía contemplar la expresión literaria, musical, artesanal y de otras índoles en términos antropológicos y sociológicos sin olvidar la óptica que proporcionaban otras disciplinas estudiosas de humano como la economía, geografía, la política, la lingüística, la historia… y como parte de la orientación hacia dicha teoría, la aplicación del método comparativo, en una clara concepción científica del trabajo, del estudio, de la reflexión, de las consideraciones que se realizan. La imaginación sociológica -para extrapolar una expresión de W. Mills- es otra actitud metodológica que se adopta para caracterizar a esta primera vertiente. No es gratuito, por ejemplo, el subtítulo con el que José E. Machado presentó en 1919 su Cancionero popular venezolano, que reza: Con varias notas geográficas, históricas y lingüísticas para explicar o aclarar el texto. Y la concepción de Machado en cuanto a confección de Una Teoría de la Cultura Popular Venezolana, podríamos advertirla en el discreto entre-paréntesis de su Cancionero: (Contribución al folklore venezolano) y de manera mucho más rica, tanto en contenido como en actitud, en su Discurso de Incorporación como Individuo de Número a la Academia Nacional de la Historia, el 11 de mayo de 1924, del que destacamos: …”se explica perfectamente el que yo me haya apasionado por la poesía popular, tan varia y tan rica, tan llena de sentimientos, y tan apropiada para estudiar por ello la vida de un pueblo en su triple aspecto psíquico, físico e histórico”… Tampoco es gratuita la actitud etnohistórica que Arístides Rojas adoptó para interpretar sus materiales de El cancionero popular de Venezuela, 1893, a propósito de quiénes son los que componen, los que adoptaron, los que recompusieron y adaptaron la parte literaria de una ancestral herencia social en Venezuela.
En la caracterización que estamos intentando de lo que hemos denominado primara vertiente, llegamos a un momento que consideramos clave: 1945. Por algunos hechos significativos es posible que a 1945 podamos verlo como el año en el que hay un extravío de las intenciones por establecer Una Teoría de la Cultura Popular de Venezuela. La revista Acta Venezolana publicará en su número 2 del trimestre octubre-diciembre de 1945 “Estudio y perspectivas de Nuestro Folklore”, artículo de Tulio López Ramírez, Encargado de la Sección de Etnografía del Museo de Ciencias Naturales, de Caracas. Una atinada reveladora advertencia del estado en que se encontraban para ese momento los estudios del folklore en nuestro país, la muestra este trabajo de López Ramírez, así como también un germen de lo que constituirá elemento característico de la Segunda Vertiente.
La advertencia es ubicada por su autor al esbozar el Estado actual del folklore en Venezuela, aseverando que Un hecho que llama la atención en este particular es la incongruencia de que habiendo un número calificado de entendidos, nuestro folklore permanece todavía entre los límites de lo pintoresco […] Se ha prestado poca atención a lo profundo, a lo hondo del conocimiento de la vida y del alma populares, que es en fin de cuentas del objetivo primordial del folklore… Continúa Ramírez advirtiendo sobre la falta de conocimiento integral del espíritu de nuestro pueblo. El elemento caracterizador de lo que hemos llamado la Segunda Vertiente lo anuncia López Ramírez al aseverar que el folklore venezolano se halla estacionado en la fase de la recopilación…, exceptuando de ello los intentos de análisis representados por algunos trabajos como los de Francisco Tamayo, Gilberto Antolínez y Rafael Olivares Figueroa. Al final de estas consideraciones de 1945, Ramírez esboza tres aspectos con los que estamos de acuerdo. Los anunciamos aquí como uno de los puntos que podría sernos útiles para las reflexiones finales de esta sesión de hoy. Son los siguientes: a) abundan las obras que una gran mayoría califica de folklóricas (literatura nativista, música y danzas regionales, etc.), de dispares valores, a las cuales falta rigor técnico, metodología especializada, para que puedan ser consideradas como tales. En cambio, escasean los trabajos y recopilaciones realizados conforme a las exigencias de esta ciencia. b) El escaso material folklórico de valor a que hago referencia es el fruto de la labor independiente de varios investigadores que han efectuado recopilaciones locales o regionales, sin ninguna tentativa de encuesta nacional (y) c) Falta la compilación bibliográfica del folklore venezolano realmente especializada, elaborada de acuerdo a técnicas y métodos específicos del folklore. (pp. 201.202)
La pegunta inevitable: ¿Ha cambiado, en esencia, este panorama? Mi respuesta: No ha cambiado, se ha fortalecido, más bien, una ausencia de método, un desvío evidente del marco en el que se pudo haber construido en un momento Una Teoría de la Cultura Popular Venezolana, un parcelamiento nefasto de la “investigación del folklore” representado en las varias instancias que han terminado por ser concebidas como conucos de propiedad privada, cuya primera manifestación oficial es el Servicio de Investigaciones Folklóricas Nacionales (30 de octubre de 1946), dependiente de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación Nacional. Si bien es cierto que la infraestructura sobre la que se asentará dicho Servicio pudo haber dado los frutos idóneos -entre otras cosas porque su dirección fue asumida por un hombre de pensamiento universal como lo es Juan Liscano- no es menos cierto que el mismo Liscano se queje en 1950, es decir, cuatro años después de creado el Servicio y dos años después del famoso Primer Festival Folklórico Nacional (Nuevo Circo, 17, 18 y 19 de febrero de 1948), organizado por él- se quede, decimos, del exceso de recolección, idea que repite Miguel Acosta Saignes en su importante trabajo “Materiales para la historia del folklore en Venezuela”. Allí, Miguel Acosta refiere significativamente la queja que Liscano, extraordinario recopilador -dice- durante los años en que practicó investigaciones folklóricas, en lo que él ha denominado su “etapa superada”… Y es que Liscano, no sin cierta decepción, apunta en su Folklore y Cultura, de 1950, lo que estaba ocurriendo: El mero recopilador de datos folklóricos, y desgraciadamente son los más, no debe aspirar a la denominación de folklorista, si queremos conservar alguna dignidad para este término. Es menester, para comprender el Folklore, una firme base de conciencia histórica, un minimum de conocimientos intelectuales y cierta sensibilidad humana. Con tristeza apuntamos que muchos de los llamados “folkloristas”, no son sino verdaderos albañiles recolectores, peones del pensamiento, carentes del más elemental sentido de la cultura y escudados detrás de un método más o menos feliz de clasificación…
Clarísimo, extraordinariamente claro. De nuevo la pregunta inevitable: ¿Ha cambiado este panorama? Mi respuesta: No, no ha cambiado.
No es agradable estar aquí exponiendo los visos de la historia de un fracaso. Estudiosos serios, grupos de campesinos, de liceístas, de universitarios, de barrios, seminarios, talleres, proyectos de investigación, encuentros, asociaciones, congresos, congresillos, mesas redondas, no patrocinados por el Estado venezolano -y esto no es gratuito- hemos denunciado y comprobado hasta el cansancio que la gestión oficial lo que ha hecho es solventar la permanencia de este fracaso que se caracteriza por la continuidad de una actitud etnográfica, de mera recolección, ante la ancestral, riquísima y varia producción del pueblo venezolano. Pero de este repetido y repetitivo fracaso de las instituciones oficiales encargadas de la cultura popular, debemos exceptuar, indudablemente, una idea con la que se pretendió implantar una actitud científica, con la participación del mismo pueblo, en esto del tratamiento serio de lo popular venezolano: nos referimos al intento en 1985-1986 de acabar con aquella estructura y funcionamiento en parcelas personalistas de propiedad privada, reformulando su trabajo con pautas de unificación y de contenido científico para el trabajo, mediante un anteproyecto presentado al entonces Ministro de la Cultura Ignacio Iribarren Borges por la Comisión Especial por él designada y conformada por Erika Wagner, José María Cruxent y yo mismo. Bautizamos dicho anteproyecto con el nombre de Centro para el Estudio de las Artes y Tradiciones Populares que, dicho sea de paso, nada tiene que ver con un centro de nombre parecido dependiente del Conac. Una serie de circunstancias, todas desfavorables -y cuyo análisis preparo para su próxima publicación- dieron al traste con esta buena idea. Una de esas circunstancias, referida a la “extraordinaria” gestión de la ministra Gamus al frente del Conac, quedo expresada en un atinado graffiti que pudo leerse a todo lo largo de la Av. Libertador y que en este momento no puedo dejar de recordar… Con el permiso de este auditorio, lo expreso: “Paulina, laca gamus”.
Pero esta idea de fracaso, de evidente fracaso, si bien debe seguir preocupándonos, no significa que todo esté perdido. Si las instituciones y personas que por distintas vías han sido designadas por el Estado venezolano para encargarse de lo popular han fracasado, y si bien han fracasado también en cuanto a la comprensión de la cultura popular como alternativa, la respuesta debe venir entonces desde otras instancias, pero evidentemente, no desde la oficial. También en lo que concierne a su propia cultura debe ser el mismo pueblo el que la preserve, el que la estudie para su necesaria sistematización, el que la difunda, el que la fortalezca, el que participe de su propia transformación. El pueblo no necesita de gendarmes institucionales que lo que han hecho es apropiarse de su cultura en la forma de libros, de exposiciones, de informes de viajes y de otras formas de apropiación, cuyo aspecto más negativo es que el propio pueblo no participa de esta estructura de estudio, de difusión… Es necesaria una transformación total, esencial, de los métodos de investigación de la cultura popular hasta ahora imperantes y la universidad en general, por definición, y la universidad venezolana en particular, por tradición, puede ser la llamada -como lo ha venido haciendo, pero tímidamente- a ofrecer un proyecto de conocimiento, de preservación, de difusión, de comprensión de la cultura popular. No es el momento para enumerar los cientos de aportes que a sus regiones y al país han dado universidades como la de Los Andes, la del Zulia, la De Oriente, la UCOLA, de Barquisimeto, la Central de Venezuela, por mencionar sólo algunas. La universidad, por su población misma, concentra en su seno la inquietud de jóvenes provenientes principalmente del pueblo, de tal manera que todo cuanto se haga en ella para concientizar científicamente a sus estudiantes sobre la enorme y bella y definitiva valía de la cultura popular, es una inversión segura de futuro humano que es lo que más estamos necesitando en Venezuela, que es una de las armas con las que podemos vencer el subdesarrollo y subutilización de nuestra inteligencia de pueblo. Así como pensamos que a todo joven, estudiante universitario o preuniversitario, debería facilitársele el acceso a la práctica del deporte, asimismo creemos que la institución en la que estudia debería dotarlo de instrumental científico para que estudie, comprenda, aprehenda, sistematice, concientice y transforme su realidad cultural Y es que la cultura popular no debe ser un objeto de estudio sino una permanente vivencia. En esto, el área de las Humanidades tiene, por definición, una enorme responsabilidad y una labor potencial de trascendencia. Nuestras universidades comenzaron a hacerlo: lo demuestra un cúmulo de proposiciones que reposan en las páginas de todas sus publicaciones. Pero esto se extravió; el Estado venezolano se lo arrebató en la forma de un escurridizo y aparentemente indefinido ladronzuelo que terminó por adoptar el aspecto multi-institucional y burocrático de museos, institutos, revistas… en los que lo único que hay en común es la F de folklore…
Antes de terminar, quisiera sugerir algunas tareas inmediatas, sin que ello agote el abanico de posibilidades. Por razones de operatividad, mis proposiciones se dirigen expresamente a la Universidad Central de Venezuela. Son las siguientes:
- Traslado de la Escuela de Antropología, que actualmente forma parte de la Facultad de Economía y Ciencias Sociales, a la Facultad de Humanidades y Educación.
- Creación en dicha escuela de un Departamento o Cátedra de Cultura Popular. Esta proposición, de hecho, es una ratificación de una que hiciera Miguel Acosta Saignes en 1967 con el nombre de Cátedra de Folklore.
- Reactivación por parte de la Unidad de Extensión de la Facultad de Humanidades del Proyecto que presenté con el nombre de Cedocupo o Centro de Documentación y Estudio de la Cultura Popular.
- Incorporación al área de publicaciones de la Biblioteca Central de la UCV y de la Facultad de Humanidades de obras de cultura popular para su edición y difusión.
- Reactivación del área antropológica e inclusión del área etnohistórica en el Instituto de Antropología e Historia, de la Facultad de Humanidades.

Ponente en la "Jornada de Discusión sobre la Cultura, el País y la Universidad". Organizadores: Coordinación Académica de la Facultad de Humanidades y Educación, Unidad de Extensión; Dirección de Cultura-UCV, COPRE, Asociación Cultural Universitaria y Fundación Gual y España. Lugar: Auditorium de Humanidades-UCV. Fecha: 6, 13, 20 y 27 julio 1988. Presenté mi Ponencia el 27 de julio en el Área Cultura Popular.

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