Strauss K., Rafael A. (Instituto Nacional de
Antropología e Historia) “Ritos de aseguramiento. El concepto de bendición
asociado con la vida doméstica”. XII Mesa
Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología, Religión en Mesoamérica,
Sobretiro, México, 1972, pp. 543-546 (Ponencia Nº 77)
Una de las intenciones del presente trabajo es
tratar de dilucidar qué contenido cultural puede entenderse como rito de
aseguramiento. Por lo general, la etnología ha seleccionado bajo este rubro una
serie de prácticas caracterizadas por el sólo hecho de la bendición. Pienso que
en este sentido el concepto de bendición o rito de aseguramiento ha quedado
limitado convirtiéndose por ello en un mero apartado del estudio antropológico
de la religión. Un rito de aseguramiento es mucho más que lo abarcado hasta ahora;
el hecho de la bendición significa para el individuo la oportunidad cultural de
aplacar y neutralizar la influencia de fuerzas malignas estableciéndose así una
alianza renovable entre las fuerzas benignas y él mismo y su ámbito
sociocultural.
Comprendiendo y aprehendiendo esta esencia del
hecho de bendecir creo que es la forma más idónea de penetrar al mundo
religioso de cualquier ámbito sociocultural. Así también, se ampliaría para el
investigador la explicación de un mundo místico en el que tales prácticas no
son otra cosa que actos aseguratorios: por medio de las prácticas juratorias,
por ejemplo, el individuo no pretende otra cosa que asegurar su salud física y
no física, entre otras metas.
Pero, ¿cómo es esto posible? Veámoslo en forma
un tanto natural. Todo individuo pone en práctica la contradicción bueno/malo.
Ella se refleja en la realización de toda su vida personal y cultural y una de
las vías por la que se manifiesta es a través de sus creencias y prácticas
religiosas. Sin pretender una exhaustiva exposición de lo que pienso al
respecto, puedo ofrecer un enunciado pertinente y que en cierta forma resume
mis propósitos: el grado de dependencia material y no material que experimentan
un individuo y una comunidad es asunto importante en la delimitación de nuestro
concepto. Veo tal dependencia básicamente en dos niveles, expuestos aquí en
forma bastante resumida. En uno, el individuo se enfrenta con una estructura de
dependencia económica en un claro seccionamiento por castas o clases sociales;
en el otro, se trata de una dependencia que con reservas denominaré síquica, en
el que las creencias y prácticas religiosas ocupan buena parte de la
preocupación individual y colectiva por llevar a cabo su vida; de una y otra
forma el individuo y la comunidad participan de la milenaria religiosidad
occidental y no menos de la autóctona. Tal participación se ve disminuida a
medida que su bagaje cultural se va enriqueciendo de técnicas, lo que se
presenta más claramente en estructuras urbanas que no en rurales, donde la
tradicionalidad de las instituciones es evidente. Aun así, la urbe no escapa,
como es fácil comprobarlo, de un sentimiento religioso de protección. Mientras
que en el ámbito rural las manifestaciones aseguratorias son practicadas como
un patrón de conducta más bien comunitaria, en el urbano pertenecen más bien a
pequeñas facciones y pueden estudiarse incluso como manifestaciones
particulares.
Este generalísimo cuadro permite varios
discernimientos. Uno de ellos es la aseveración de que nadie escapa a una
manifestación de protección sobrenatural, lo cual es practicado muchas veces a
niveles inconscientes, sobre todo en el ámbito urbano. Pero cabe preguntar,
¿contra qué se protegen los individuos y la comunidad? Aunque una rápida
muestra contestaría en parte a la pregunta, daré algunas consideraciones
generales. La protec [pasa a la p. 544] ción primaria es contra la ignorancia.
En este sentido quedan abarcados todos los sujetos puesto que nadie,
absolutamente nadie, deja nunca de ignorar algo y de manifestar un temor ante
lo desconocido. Frente a la ignorancia la religión juega un importante papel
sustitutivo. En una situación de dependencia económica conspicua, el individuo
explotado procura asegurar su protección y la de quienes le atañen más directamente,
contra aquella dependencia; y este aseguramiento puede adquirir variadas y
complejas modalidades cuyo cuadro debe ser digno de un acucioso estudio. La
religión, en tal situación, se convierte en poderosa aliada del oprimido,
máxime cuando una tradicional catequización de nuestros pueblos exhibe y ha
exhibido siempre una inducción a la resignación. Sin embargo, es importante
tener en cuenta lo siguiente: lo que en primera instancia ve el etnólogo es un
aseguramiento contra fuerzas malignas. Pero es necesario entender que detrás de
esa apariencia se esconde otra estructura contra la que también se protege el
individuo. Es decir, la situación se presenta como un arreglo dual en el que
una de las facetas es la que generalmente se muestra en primera instancia. Si
el etnólogo sólo trabajara con esta primera faceta es obvio que su observación,
análisis y conclusión no rebasarían una mera forma descriptiva de estudio. Es
indispensable, creo, conocer la existencia de aquel arreglo dual en el cual lo
aparente es sólo una cara del problema.
En este sentido, el concepto de aseguramiento o
bendición adquiere la proporción de un posible instrumento teórico que parece
permitir la posibilidad de penetrar verdaderamente la religión y el grado de
religiosidad de un individuo y de un conglomerado humano.
El aspecto práctico del presente trabajo está
dado por una resumida muestra en la que se aprecia el aseguramiento de
elementos domésticos. La preferencia por tales elementos obedece al hecho de
que en el ámbito doméstico, por la reductibilidad espacial de que puede ser
objeto, es posible aclarar gráficamente la existencia de un sentimiento
aseguratorio. Por los objetivos de esta Mesa Redonda, la muestra se ocupa más
bien del ámbito folk; pero por mi intención de teorizar en torno al concepto de
aseguramiento, también se abarcó con los datos del ámbito urbano.
El aseguramiento de la casa es quizá el rito de
bendición más practicado. Los nahuas hidalguenses de Huejutla y Tepehuacan ‘dan
de comer’ a la nueva casa con el fin de evitar que quienes participaron en su
construcción caigan consecuentemente enfermos. En esta ceremonia participa sólo
el curandero. Para el estreno de la casa, entre los nahua de Chililico y
Tepexititla, Hidalgo, se realiza una creación del fuego nuevo. En ella
participan los constructores de la casa y es llevada a cabo por su propietario
en presencia de familiares y amigos. Entre los otomíes de San Pablito, Sierra
de Puebla, se ‘barre la casa’. Se trata de limpiarla de todo espíritu maligno.
En esta ceremonia se aprecia la característica de renovabilidad que presentan
los ritos de aseguramiento. La bendición tiene como objetivo principal la
‘captura’ de espíritus malévolos. En la misma región, hay la costumbre de
agradecer –o pagar- a la casa por el abrigo que brinda. Esta costumbre debe
realizarse durante los dos años siguientes a la construcción de la casa, lo que
nos habla también de una renovación de la bendición. En Yalalag se depositan
cruces de ocote y otros elementos en las zanjas mismas de la nueva
construcción. Esta costumbre parece significar el pago de un tributo a la
tierra, que de no realizarse la casa se caería. La nueva construcción es
protegida también contra la envidia. Se cree que las personas, vivas o muertas,
tienen carga maligna, contra la que también se protege la casa. Así lo indica
una práctica realizada en Huejitla y Tepehuacan, en donde cuando alguien muere
o vende su casa los nuevos ocupantes deben curarla para evitar así la
penetración de malos hu [pasa a p. 545] mores y aires indeseables.
En áreas mestizas el estudio de las prácticas
aseguratorias conlleva cierta complicación debido básicamente a un marcado
sincretismo. Un buen ejemplo parece brindárnoslo el área de Xochimilco. En
ella, se bendicen las casas antes de ser habitadas. La costumbre es practicada
por toda la comunidad, independientemente de su procedencia socioeconómica. La
estructura de clases orienta, sin embargo, algunas de las características del
acto aseguratorio: quienes tienen dinero traen al cura quien bendice la casa
utilizando la liturgia romana requerida; quienes no pueden costear esa
gratificación se conforman con pedir agua bendita en la iglesia y con que algún
miembro de la familia, de preferencia una niña, rocíe el agua con una flor
natural. En realidad, la bendición de la casa comienza desde antes. Mientras va
siendo edificada, su propietario manda poner una estampa del santo de su
devoción, en los cimientos, paredes o lozas. Cuando las casas eran de tejamanil
se colocaba una cruz al momento de techar. En realidad, esta es una costumbre
aún practicada tanto en medios rurales como en medios urbanos. En Xochimilco ha
continuado más bien en los estratos socioeconómicos bajos. Todo este complejo
se presenta en Xochimilco como una forma de establecer compadrazgos. Así,
encontramos Compadres de Cruz, Compadres de Casa y Compadres de Estampa. La
selección de este personaje, por parte del propietario, conlleva generalmente
un interés de tipo económico y el establecimiento de una alianza de virtual
cooperación y ayuda. Esto es evidente si contamos con el hecho de que muchas
veces es el compadre quien costea los gastos ocasionales y quien incluso
extiende la remuneración al cura. Este hecho, no siendo ahora tan estricto, sí
parece haberlo sido en tiempos remotos. Puede apreciarse entonces cómo por
medio de ritos de aseguramiento doméstico la actual sociedad xochimilca crea y
afianza parentescos culturales y alianzas de cooperación efectivos. Sin
embargo, es también un posible medio de fortalecimiento de la clase
privilegiada, cuyo dominio se manifestaría a través de tales compadrazgos.
Para los mixtecos, los temascales tienen su
espíritu guardián, lo que los hace benéficos. Pero tal beneficio puede ser
contrario a quien use el baño con la mente maleada. Es por eso que resulta
necesario limpiarse el espíritu para poder bañarse. Tal limpieza no se logra si
no se pide el auxilio de la sobrenatural anciana protectora del temascal. Los
nahuas de San Francisco Tecospa colocan una moneda de un peso en la parte
superior del centro del temascal. En el piso, entierran cuatro perritos cuyas
almas protegen de la humedad del sitio a los recién nacidos.
En Huejutla y Tepehuacan, a fin de evitar
influencias nefastas en el trabajo del trapiche, éste debe ser ‘curado’, así
como sus elementos más importantes: se les da de comer zacahuil al horno, al
mismo trapiche y a los toros que lo movilizan. Este ceremonia la dirige el
curandero. En dichos pueblos las prácticas aseguratorias también afectan lo
referente a la cacería. En primer lugar, se curan los perros de caza con el fin
de que realicen bien su trabajo y de evitar que sean atrapados por el Señor del
Cerro y de los Animales. Cuando ello ocurre se solicitan los servicios del
curandero. También en ceremonias aseguratorias se pide buena caza para el año
siguiente valiéndose de los huesos ya limpios de la piezas cogidas.
En Yalalag se protegen las hornadas. El
aseguramiento se hace en contra del enojo de la tierra, lastimada por el fuego.
Los ancianos son quienes realizan la ceremonia de aseguramiento del carbón; y
el de las tejas y ladrillos es realizado por los especialistas horneros mismos.
En estas ceremonias puede apreciarse cierto sincretismo indio-hispano: junto al
caldo de camarón y de pescados encontramos el rezo de un rosario. [para a la p.
546]
También en Yalalag se asegura ritualmente el
agua. La ceremonia se realiza cuando se inaugura un pozo o cuando una fuente es
reconstruida. La ceremonia se asemeja bastante, tanto en elementos como en los
visos de sincretismo, al aseguramiento de las hornadas yalaltecas. El objetivo
es asegurar la provisión de agua y excusarse ante la tierra por haberla herido
al excavar la poza; además, se persigue proteger la misma construcción. En San
Pablito también se aseguran las fuentes con el fin de protegerlas de las enfermedades
que se cree provienen de las pozas. Sin embargo, más que asegurar la fuente
misma, de lo que se preocupan los habitantes es de complacer al espíritu malo
que ha entrado en ella y que pide su ofrenda.
Veamos ahora en forma más general aún lo que
ocurre en las urbes, y pienso en urbes latinoamericanas, respecto de
manifestaciones de aseguramiento. Una de las funciones que han venido quedando
al sacerdote católico es la de bendecir. Católicos fervientes acostumbran
asegurar todo género de sus bienes muebles e inmuebles. En la mayoría de sus
casas, y esto también se ve en medios rurales, en centros de salud y en otros
locales a veces impensados, por lo general nunca falta una imagen católica u
otras formas de amuletos acompañadas de varios elementos con cuyo concurso se
asegura una constante protección. Son pocos los individuos que no se aten al
cuello o que no guarden un elemento protector. En realidad, lo de la protección
y el aseguramiento llega a confundirse con el deseo de atraer la buena suerte,
la buena ventura. Una rápida señal de la cruz indica que el vendedor ha hecho
su primera venta del día, y muchas acciones diarias, sobre todo la de riesgo o
virtual peligro, son siempre precedidas por aquella signación o de una
invocación apresurada. Los edificios de importancia cívica y, por supuesto, los
religiosos, son acompañados desde su inicio por la bendición de la primera
piedra. Cuando enchufamos algo solemos invocar el nombre de Dios. Y no se diga
de la cantidad de advocaciones de la Virgen y de otros santos, mártires, etc., que
la creencia popular invoca al momento de un evento nefasto o para dar gracias
por un favor recibido. La lista, por supuesto, es larga y lo es más en la
medida en que ignoremos cómo funcionan las cosas, inclusive el peligro, lo inesperado…
Ahora bien, ¿qué es lo que nos quieren decir
esta rápida muestra y las aseveraciones que hemos hecho a la luz del tema que
nos propusimos presentar? En primer lugar, nos hablan de la importancia que
tiene para el individuo y la comunidad el hecho de evitar la influencia
maligna. Se evidencia con ello la certeza de que individuo y comunidad, al
evitar lo maligno, lo que persiguen es el aseguramiento de lo benigno. Esto
representa una constante social que se refleja tanto en manifestaciones particulares
como comunitarias. Una caracterización de las estructuras de lo maligno y lo
benigno creo que puede ser el camino idóneo para extraer el pensamiento
abstracto de individuo y comunidad, rural o abstracto, antiguo y del presente. Así,
el estudio de los ritos de aseguramiento tiene la capacidad de acoger, como lo
sugeríamos, toda manifestación religiosa puesto que todas y cada una de ellas
no persiguen otro objetivo que el de proteger y protegerse contra el mal, es
decir, asegurar el bien. Visto desde esta dimensión, el análisis del
aseguramiento se convierte en una metodología válida por medio de la cual puede
abordarse la apariencia y la esencia de la estructura religiosa de una
comunidad. Es absolutamente necesario contar con una forma objetiva, si es que
ello es posible, de acercamiento y de penetración a las interpretaciones y uso
de lo sobrenatural; y creo que el presente trabajo puedo considerarlo un primer
paso en cuanto a esta preocupación personal que he manifestado.