lunes, 26 de diciembre de 2016

Venezuela antes de 1498©, por Rafael Antonio Strauss K.

Venezuela antes de 1498©, por Rafael A. Strauss K.  Escuela de Historia-UCV. Ponencia publicada con el título de “Venezuela pre-hispánica”, en Repaso de la historia de Venezuela, Fundación V Centenario, Comisión Presidencial V Centenario de Venezuela, Caracas, 1998, pp. 25-37, con el título de “Venezuela antes de 1498”, en Quinto Día, Caracas, 4-11 septiembre 1998, pp. 15-17, Especial 500 años de historia de Venezuela.

 “Para crear lo nuevo, para crear el porvenir, hay que representárselo primero en su diferencia con el presente. Y para eso, el único material que poseemos son nuestros recuerdos del pasado”.[1]

¿Cómo era lo que hoy es Venezuela antes de aquel agosto de 1498?. Nuestro tiempo prehispánico -período largo y complejo que por razones de tiempo debo sintetizar- ha sido estructurado en una secuencia de cuatro etapas. Hacia el 15.000 a.C., que corresponde al Paleo-Indio (20.000 a 5.000 a.C.), los hombres que habían entrado por Bering, procedentes de Siberia, ya están en Muaco, Falcón, cazando animales de gran tamaño con técnicas absolutamente adaptadas al entorno y a las características de las piezas que cazan.
Para el siguiente período, el Meso-Indio (5.000-1.000 a.C.), esos grandes animales se habían extinguido y nuevamente la cacería se adapta a las nuevas especies. En algunos lugares comienzan a aparecer otras fuentes de alimentación y las formas de subsistencia se van diversificando. En casi toda la costa, por ejemplo, fue intensa la pesca de peces y moluscos, lo que permitió un desarrollo de las habilidades marítimas e importantes contingentes de mesoindios comienzan a colonizar las islas cercanas. En las zonas donde no se contó con alimentos marinos se desarrolla la recolección de frutas y vegetales silvestres, lo que acercó a algunas de estas gentes al cultivo.
En el período siguiente, el Neo-Indio (1.000 a.C-1.500 d.C.), existe agricultura en aquellos lugares donde hubo necesidad de ella; donde no fue necesaria, continuaron la caza, pesca y recolección. Existió una estabilización significativa de asientos humanos y una clara diferenciación en la cerámica.[2]
El Neo-Indio parece ser el producto del desarrollo cultural en tres centros: en el oriente, con su núcleo en la cuenca del Orinoco, predomina la yuca como alimento básico. Las figurinas y el utillaje ceremonial son poco significativos. Estos y otros elementos parecen vincular a este centro con las Antillas Menores, las Guayanas y la Amazonia. El eje occidental abarcaría los Andes y la Cuenca de Maracaibo. Hay un marcado énfasis en lo religioso, sugerido por las figurinas, incensarios y amuletos; algunas cuevas apartadas de son empleadas como tumbas o mintoyes, que se caracterizan por su interior "forrado" con piedras. El maíz como alimento básico se ha inferido por los metates, manos de moler, mayor proporción de ollas y otros recipientes con respecto al oriente. Estos elementos permiten vincular a este eje con Centroamérica y los Andes Centrales. En el patrón andino, aún en estudio, la subsistencia dependió del cultivo de tubérculos -papa, ruba, cuiba, oca, ulluco- en las zonas altas; cerámica simple, una arquitectura incipiente en terrazas y mintoyes utilizados como tumbas o silos para almacenar productos perecederos. Desde estos centros culturales se producirían migraciones cíclicas o esporádicas que propiciaron contactos en la zona central, donde se combinaron rasgos de estos ejes.
En el Neo-Indio hubo una especie de regionalización cultural, expresada de la siguiente forma: 1) Orinoco Medio y Bajo: grandes casas comunales en forma circular que albergaron a unas 500 personas, generalmente emparentadas, y viviendas palafíticas en el Delta; 2) Costa Centro-Occidental: poblada por comunidades esencialmente nómadas, como caribes, cumanagotos, palenques, caracas y guayqueríes. En zonas aledañas al lago de Valencia, importantes núcleos de población, con viviendas y tumbas protegidas de las inundaciones por un sistema de montículos artificiales. Algunos poblados, al parecer, fueron cercados hasta por triples palizadas, de lo que se infiere una intensa actividad guerrera. Otras evidencias sugieren la existencia de agricultura extensiva, canales de irrigación, silos y la agrupación de varios poblados gobernados por un cacique. Otras actividades fueron la caza, pesca lacustre, cestería y alfarería; 3) Area del Noroeste -hoy estados Falcón, Lara, Yaracuy, parte del Zulia y Portuguesa: poblada por caquetíos, jirajaras, gayones y achaguas, de economía autosuficiente y poblados protegidos también por palizadas; 4) región andina: desde la tierra caliente hasta los páramos, con cultivos de maíz y otras plantas, en andenes, y canales y estanques como parte de un sistema de riego. Las evidencias de silos -subterráneos en las tierras frías y de caneyes en las zonas templadas- indican la existencia de excedentes, utilizados para el comercio y para satisfacer necesidades en épocas de escasez. Esta estructura supone un sistema de gobierno y funcionarios que controlaran la distribución del excedente, uso del agua y de la tierra y el mantenimiento en general. Las casas, al parecer, eran unifamiliares, construidas con piedras unidas con una mezcla de barro y paja cortada. Hay evidencias de protección de los poblados con palizadas y fosos. Otras actividades fueron la explotación de la sal de urao, tejeduría en algodón, cestería y alfarería; 5) Area del piedemonte occidental de los Andes y costa sur del lago de Maracaibo, con sembradíos cerca de las comunidades y aldeas palafíticas en la zona lacustre. Hay evidencias de posibles casas comunales. Otras actividades fueron la artesanía y la confección de tejidos; 6) Area de la Guajira, con grupos de cultivadores al sur y de pescadores y cazadores al norte.
                  El comercio incluyó una especialización de lo que se intercambiaba y por la difusión de algunos productos, hay que suponer importantes movilizaciones: los andinos intercambiaban productos agrícolas, sal de urao y tejidos por el pescado de grupos caribes del sur del lago marabino; desde las costas falconianas hubo, al parecer, intercambio de sal hacia el interior del territorio. Se ha planteado la existencia de una red de comercio entre los llanos occidentales y la zona andina, la costa caribe y la cuenca del Orinoco y la de un mercado de pescado en el Orinoco Medio, de curare en el Alto Orinoco y un punto de intercambio en las playas de tortugas del río Guaviare. Asimismo, se tienen noticias de la utilización de caracoles de agua dulce como moneda, que llamaban quiripa.
                  En cuanto al arte rupestre se han cuantificado hasta el momento unos 320 lugares con petroglifos, 28 con pinturas, 6 estaciones de conjuntos megalíticos y otras expresiones como los geoglifos. La ubicación de los petroglifos, las técnicas empleadas, las figuras y la asociación de estos sitios con material arqueológico, permiten suponer que en su gran mayoría son prehispánicos y que fueron recolectores avanzados quienes los hicieron,[3] quizá para delimitar territorios.
                  Las formas teatrales en el Neo-Indio suponen representaciones de actividades de subsistencia –quizá como aprendizaje-, imitación de animales con máscaras –como entre los Caracas-, de personas o de eventos extraordinarios, con la utilización, seguramente, de instrumentos musicales, guaruras y tambores cuyos sonidos servían, además, para la comunicación a distancia. Como posible recurso educativo sobresalen las narraciones de acontecimientos, que pasarían a formar parte del patrimonio oral de cada sociedad y, posteriormente, al saber popular de Venezuela. Un caso interesante, por ejemplo, es el mirray de los achaguas, que el padre Juan Rivero definió como una “oración retórica, compuesta en estilo elevado, que estudian desde niños y la enseñan con mucho cuidado los padres […]; para esto la aprenden con gran desvelo, como los niños cristianos el catecismo”.[4] Otras fiestas de origen prehispánico, aún vigentes, son la Bajada de Ches -ceremonia dramático-religiosa del área andina-; las Turas -ritual de carácter agrícola dedicado al dios Huracán y celebrado actualmente en la zona limítrofe Lara-Falcón- el Maremare, representado, entre otros, por los otomacos -y hoy muy popular en el oriente del país- consistía en que dentro de un círculo un indio fingía defenderse de un tigre, mientras un coro cantaba y bailaba.[5] En nuestros días todas las comunidades indígenas celebran fiestas y realizan bailes de evidente origen y contenidos prehispánicos.[6]
El deporte tuvo también expresión en la Venezuela prehispánica y uno de los juegos más conocidos fue el de pelota. Los achaguas lo practicaron con sentido mítico-religioso y elaboraban la pelota con latex, sustancia lechosa de un árbol parecido al del caucho. Los guajiros la fabricaban con cuero de venado y la rellenaban con algodón. En la zona suroriental se practicaba inflando una vejiga de pereza, araguato o báquiro a la que daban golpes suaves para mantenerla en el aire el mayor tiempo posible. Pero quizá donde más se desarrolló el juego de pelota fue entre los otomacos, quienes organizaban dos equipos con doce jugadores cada uno, y por los cuales se apostaba. La pelota, que sólo podía ser tocada con el hombro derecho, era grande y fabricada con latex. Las mujeres podían incorporarse, una vez terminadas sus labores, y para golpear la pelota usaban unas palas redondas de madera. En el nororiente y suroriente se practicaban juegos de corro y en áreas de la Guayana lo que se conoció como la caza del arco, en el que equipos de cazadores intentaban atravesar con flechas un arco fabricado con bejuco.
¿Hubo literatura en nuestro tiempo prehispánico?. Podría decirse que sí, según la definición de literatura de Alfonso Reyes, por ejemplo, quien la define como “un arte oral […] conceptualmente anterior al signo que la recoge, sea jeroglífico, ideograma o letra.”[7] Esas formas de nuestra literatura inicial se imbrican con las características de cada etnia, con sus hechuras como los seres altamente creativos que fueron… Es en quienes heredaron aquellas expresiones donde modernos estudios han recuperado para nuestra historia buena parte de la literatura indígena que a pesar de algunos "préstamos culturales" -fácilmente detectables- es reflejo de la expresión literaria de la Venezuela anterior al contacto. Del área andina Tulio Febres Cordero recogió cantos guerreros[8] que fortalecen la idea de una forma militarista de gobierno en el área. Además de estas expresiones, el panorama lo completaban, y completan, adivinanzas, consejos de los ancianos, interpretaciones de los sueños, presagios, poemas, relatos sobre plantas, animales, otros elementos de su cultura y su entorno, conocimientos medicinales, leyendas y mitos.
Gilij y Gumilla, por ejemplo, alcanzan a ver el significado histórico que tuvieron las leyendas sobre héroes culturales y las incorporan a sus crónicas. Es el caso del Amalivacá de los tamanaco, con cuyo hermano Vochí creó el mundo y los seres humanos. A Amalivacá, el dador de los elementos esenciales para la vida, se le asocia, entre otros, con el Quetzalcoatl mesoamericano, el Viracocha peruano y el Bochica colombiano, en una suerte de elemento cultural que vinculó a buena parte de América. Y es que a través de los mitos y otros géneros literarios los aborígenes se explicaron y nos explican, desde los remotos predios de nuestra historia primigenia y en nuestros días, su filosofía y el papel de sus dioses y de sus héroes culturales. Héroes anteriores a los de las estatuas y dioses anteriores a los del catecismo; héroes y dioses creadores; héroes indígenas representados seguramente en expresiones teatrales, o grabados en petroglifos, o insinuados en pinturas rupestres y decoraciones de la cerámica, o cantados y contados como historia...
De este acervo seguramente se extraviaron relatos sobre caciques, manaures, jefes o guerreros.[9] Sus linajes prehispánicos tampoco aparecen en las crónicas coloniales. Quizá los que encontramos al inicio de la colonia defendiendo sus tierras y su cultura, sean descendientes de aquellos dirigentes, de cuya resistencia conoce nuestra historiografía, como el caso de Guacaipuro en la zona centronorte, quien convoca a un levantamiento de las sociedades gobernadas por Baruta -su hijo mayor-, de otros once dirigentes,[10] o el caso de Conopoima y Acaprapocon, quienes comandan la lucha después de muerto Guacaipuro. Para nororiente se menciona al cacique cumanagoto Cayaurima y sus alianzas con otros gobernantes de la zona cumanesa contra los conquistadores.[11]
En el área agrícola andina algunas sociedades desarrollaron un sistema de numeración decimal,[12] y los tatuyes merideños, el uso de cuerdas anudadas al estilo de los quipus. Para las operaciones comerciales utilizaron como moneda la quiripa.[13] En esta zona comenzó a desarrollarse lo que Márquez Carrero ha interpretado como un calendario andino prehispánico, que en lengua mucu debió llamarse quibario o 'piedra para medir el tiempo'..., con un año de 10 meses de 36 días cada uno; es decir, de 360 días.[14]
El período Indo-Hispano o del contacto, último de la secuencia, se inicia en el 1500 d.C. La cerámica se torna más sencilla por la pérdida, progresiva o violenta, de estilos decorativos tradicionales y de técnicas de manufactura. El europeo, más por razones prácticas, adoptó algunas piezas de la alfarería aborigen. La mayor o menor concentración de hollín en tiestos indohispanos revela, por ejemplo, dos concepciones sobre la cocción de alimentos: en tanto el aborigen los calentaba a las brasas o envueltos en hojas, a fuego lento, la dieta europea, abundante en granos y carne, exigía un mayor tiempo de cocción y, por lo tanto, una mayor exposición del recipiente al fuego. Otro elemento del contacto lo sugiere la planta física de Nueva Cádiz, donde hay espacios vacíos en los que seguramente hubo chozas de techos de paja y paredes de bahareque -materiales perecederos- en convivencia con casas españolas.[15]
En general, las evidencias arqueológicas indohispanas muestran una disminución de lo indígena: en los Castillos de Guayana (Delta Amacuro), por ejemplo, además de loza de grés holandesa y alemana, candados ingleses y otros artefactos de hierro, se encontraron instrumentos para la caza y pesca y el cultivo de la yuca.[16] Un aspecto asociado con este período es la presencia de culturas africanas llegadas con los esclavos. A pesar de su importancia en la cultura venezolana, no se han realizado estudios arqueológicos, aunque hay ya una base documental y consideraciones de interés como para emprenderlos en viejas haciendas y en pueblos fundados por esclavos.
En el período Indo-Hispano Venezuela comienza a dejar de ser prehispánica y se inicia la amalgama étnica que hoy somos; aquellas culturas, desarrolladas durante siglos en la diversidad de paisajes, van siendo sustituidas por otras gentes, otra economía, otros dioses, otras lenguas... y, sin embargo, mucho de lo aborigen prehispánico traspasó la debacle y permanece entre nosotros, como profunda raíz que a pesar de la decidia aún nos nutre.
La última visión sociocultural de la Venezuela prehispánica es la de un territorio poblado en su mayor parte por caribes y arawakos. Las costas entre Paria y Borburata, los alrededores del lago marabino y las márgenes del Orinoco y sus afluentes, fueron áreas caribes; los arawacos se ubicaron mayormente en el golfo de Paria y en la zona que corre desde el sur del Orinoco hasta la desembocadura del Amazonas. En el Orinoco Medio, estuvieron los sáliva; en los alrededores de Cabruta, los guamo, maipures y otomacos; en las márgenes del río Meta los guahibo y yaruro y en las de los caños del delta orinoquense, los guaraúnos.
En Machiques, río Catatumbo y sierra de Perijá, los llamados motilones; los guajiros, desde Bahía Honda y El Portete hasta el Cabo de la Vela y Río de La Hacha. En las riberas del lago de Maracaibo, los onoto y los bobures; vecinos de éstos, los zaparo o zaparas, aliles, ambaes, toas y kirikires. Otros grupos del área fueron los pemenos y los buredes. Los caquetíos, en la costa entre Coro y el lago marabino y, fuera de Venezuela, en Curazao, Aruba y Bonaire. En los Andes, los chamas y giros, principalmente en Mérida, y los timotes y cuicas, que predominaron en Trujillo; los jirajara y ayamanes, los achaguas, betoyes y gayones, en los actuales Lara, Yaracuy y parte de Falcón.
Para el momento del contacto conviven varios modos de vida como respuestas de cada sociedad a una perfecta adaptación a sus entornos naturales. No es justo, por ejemplo, calificar como atrasados a los recolectores, cazadores y pescadores, cuando su entorno les ofrecía cuanto necesitaban. Resolvieron su vida por otras vías y con otros elementos. La agricultura hubiese sido inapropiada en sitios ricos en ofertas para la subsistencia. Es probable que en esto no funcione la concepción unilineal del desarrollo de la humanidad. Las sociedades prehispánicas que tuvieron agricultura, lo hicieron en lugares desprovistos de llamativas ofertas para la subsistencia. Retaron a una naturaleza pródiga en posibilidades, que grupos aborígenes como los que se ubicaron en nuestros Andes aprovecharon. En zonas semidesérticas, como en Falcón y Lara, se había comenzado a desarrollar una agricultura de regadío.
Pero la vida de estas gentes no se agota en su adaptación a los diversos paisajes. También fueron dando respuestas a las eternas preguntas de los hombres sobre su origen, su permanencia, su destino… y, al igual que otros hombres, crearon dioses para sentirse acompañados; para explicar y explicarse la eternidad de dos astros que alimentan la vida pero sobre los cuales no se tiene dominio, a menos que se inventen formas para creer tenerlo… Se fueron concibiendo cosmogonías en las que cada sociedad ubicó sus dudas, celebró sus aciertos, se percató de sus fracasos, depositó a sus difuntos, visualizó la vida, ideó formas de comulgar con los guerreros muertos, consumiendo el valor personal, local, étnico y una valentía que no debían perderse… Un acto simbólico que se fue transformando en noticia de canibalismo, particularmente entre aquellos españoles que por ampliar beneficios inflaron las cantidades de indios -que defendían lo que les había costado- o los concibieron como seres diabólicos, que debían ser vencidos con espadas y cruces… Es probable que esta comunión con la valentía y la importancia social pueda entenderse como concepción de carácter histórico, tanto individual como colectiva, hipótesis que podría complementarse con la idea de que en casi todos los grupos de nuestro tiempo prehispánico fue costumbre que gentes de edad, mientras preparaban el cuerpo de quien moría, cantaran y contaran su vida y sus sus hazañas… Asimismo el mirray achagua, que hemos mencionado.
Y todos estos seres de nuestro tiempo prehispánico reconocieron en las formas que adoptaron su organización política y social, la necesidad de un orden que rigiera las relaciones entre los hombres, entre los hombres y su entorno, entre el mundo físico y las deidades… Es significativa, por ejemplo, la lista que se puede construir con los nombres de caciques que proporcionan los cronistas.[17] y, para el tiempo colonial, los que hemos encontrado en varios documentos de archivos, que estamos analizando. Algunos poblados llegaron a sorprender a varios conquistadores por su buen trazo y número de gentes.[18] Existió lo que se puede entender como conceptos geográficos en los casos del Airico de los Achaguas y Airico de Macaguane. En la provincia guarina de Anoantal se aplicó lo que al parecer fue un férreo sistema de tributos, y su cacique Guaramental sorprendió a los españoles, entre otras cosas, por la exquisita residencia que detentaba, sus cotos de caza y lagunas y ríos reservados para sus excursiones de pesca y una guardia personal de seiscientos guerreros.[19] Se tienen noticias que sugieren la existencia de varios centros políticos de importancia, como el Anoantal guarino, en el centro norte; Escuque, en la zona andina; el de Manaure, en el área falconiana; el de Cayaurima, en oriente y el de Guacaipuro en la zona de Los Teques, todos ellos con importantes conexiones con gobiernos locales.
¿Qué ocurrió con esta Venezuela que hemos tratado ustedes se imaginen?. Pedro Borges se ha referido a "la situación desfavorable en la que queda sumido todo pueblo al pasar al dominio de un extraño”…[20] Aquel encuentro en 1498 se produce en una situación que la teoría antropológica identifica como de cultura de conquista, categoría que, según George Foster, "puede, quizá, considerarse […] como la totalidad de influencias donadoras, cualquiera […] sea su origen, que se ejercen sobre una cultura receptora, canal por el cual las normas dominantes, los valores y las actitudes del grupo más fuerte se transmiten al más débil".[21] Independientemente del escaso intercambio cultural, lo que predominó desde los inicios del encuentro fue una progresiva supresión de las culturas aborígenes por parte del segmento que se va haciendo dominante. Las mentalidades o identidades indígenas van siendo sustituidas por nuevos valores, mediante la endoculturación, la imposición de cultura, y una forma si se quiere menos sutil, que Pedro Borges califica de "más aparatosa” y que "consistió en la destrucción de todo cuanto tuviese carácter religioso pagano"[22]
Pensando esta temática en términos contemporáneos, quiero concluir con las siguientes consideraciones:
1) Lo indígena es uno de los contenidos de nuestra historia, cuyo pasado y presente aún tienen validez, entre otras razones, porque muchos de sus descendientes conviven con nosotros y son seres humanos. Creo que en la marcada ausencia de lo indígena -y de lo negro- en nuestra interioridad venezolana, ha terminado por subyacer una de las convicciones que se tuvo para la fundación del nuevo Estado, entre 1830 y 1847, y de la que Pino Iturrieta, en un aparte que titula “La mirada hacia afuera”, escribe: “Ningún testimonio de la época hace referencia a los valores autóctonos, como posibilidad de construir el proyecto por asimilación de lo oriundo; ni descubre la entidad de la concurrencia africana en la conformación de una personalidad común”.[23]
2) Quizá sea en la comprensión científica de la permanencia de lo indígena en los períodos siguientes de nuestra historia, donde se descubran aspectos que la arqueología y los cronistas no han podido decirnos. Un análisis en esta línea significa no sólo un acto de justicia, sino corregir una falla de nuestra historiografía. Hemos comprobado hasta el momento que la documentación de archivo y la revisión con otras lentes de la información de los cronistas ofrecen serias posibilidades en este sentido.
3) Si revisamos críticamente la política indigenista venezolana creo que el resultado es negativo, entre otras razones porque muy pocas veces el indígena mismo ha participado en el diseño de su propio destino. En los últimos años, sin embargo, ha habido aires de cambio significativo: varios indígenas venezolanos han tenido oportunidad de asumir las bondades de la historia y de la antropología como disciplinas; muchos misioneros y otras agrupaciones han echado bases como para propiciar respeto a las culturas indígenas contemporáneas y muchos antropólogos, historiadores y funcionarios del Estado han venido entendiendo la necesidad de trabajar conjuntamente, para aplicar una política indigenista humanizada. Cada vez son más verdad las palabras de Jean Mari Auzías de que "podemos considerar que todos los hombres no piensan de la misma manera [y que] veremos en realidad que no piensan en las mismas cosas"; o aquel mensaje de la revista Sic, en 1980, de que "Un pueblo civilizado es el que sabe hacer su vida y la hace…"[24]
Información en Internet
Citado: Enrique Alí González Ordosgoitti, en “Lo Indígena Nuestro de cada día, en Revista Familia Cristiana Digital, Año 29, Nº 19, Octubre.edu.2010. www.familiacristiana.org.ve y http://ciscuve.org/?p=157  Strauss K. Rafael (1998). “Venezuela Pre-Hispánica”, en: Fundación V Centenario. Repaso de la Historia de Venezuela. Caracas. Comisión Presidencial V Centenario de Venezuela. Pags: 25-38.
Citado, con mi nombre cambiado: Velázquez, Nelly cita “Venezuela prehispánica”, en Repaso de la historia de Venezuela, Caracas, Venezuela: Comisión Presidencial V Centenario de Venezuela, en su trabajo “Población indígena y etnohistoria en el extremo oriental de Venezuela”, que está en Liminar. Estudios Sociales y Humanísticos, vol. VIII, Nº 2, diciembre, 2010, pp. 89-105, Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, San Cristóbal de las Casas, México. 
Repaso de la historia de Venezuela. En varias páginas webs escriben Reposa de la Historia de Venezuela: Fundacion y Centenario ... www.abebooks.com/Reposa-Historia.../bd ... Comision Presidencial Centenario de Venezuela; Caracas; Large softcover/rustica in Spanish/Espanol. Corner creasing, pages neat and bright. With Indice/Index and contributions from (Este Edicion Contiene Ponencias de: Pedro Cunill Grau, Rafael Strauss, Aristides Medina Rubio, Guillermo Moron, Fabricio Vivas, Pedro Manuel Arcaya, Manuel Rafael Rivero, Jose Luis Salcedo Bastardo, Hector Bencomo Barrios, Graciela Soriano de Garcia-Pelayo, Tomas Polanco Alcantara, Eleonora Gabaldon, Elias Pino Iturrieta, Carlos Enrique Quintero Gamboa, Manuel Caballero, Maria Elena Gonzalez De Lucca, Lucas Guillermo Castillo Lara, Rafael Fernandez Heres, Ramon J. Velasquez, Jesus Sanoja Hernandez, Manuel Rodriguez Campos, Sanoja Hernandez, Anibel R. Martinez, Simon Alberto Consalvi y Ramon Guillermo Aveledo. En http://www.abebooks.com/Reposa-Historia-Venezuela-Fundacion-Centenario/1390746324/bd Idem información en eBay www.ebay.com/itm/Repaso... -/360182514369 y también en Little, Sages Books   Boeknummer: 004828 USD 29.95   [Appr.: EURO 23.25] Catalogus: Books:Spanish





[1] Nikos Dimadis, Embajador de Grecia en Venezuela, en el Prólogo a Miranda y Grecia, de Miguel Castillo Didier, Cuadernos Lagoven, agosto 1986, Caracas, p. [5]
[2]  Sobre esta significativa variedad ofrecemos una síntesis de las Series en nuestro trabajo, El tiempo prehispánico de Venezuela. Edición de la Fundación Eugenio Mendoza en su 40º Aniversario, Caracas, 1992, pp. 71-75 y las cronologías respectivas están en pp. 76-83.
[3] De la abundante información acerca de nuestros petroglifos, pueden verse los trabajos de Bartolomé Tavera Acosta, Los petroglifos de Venezuela. Prólogo, Miguel Acosta Saignes, Introducción a un análisis de los petroglifos venezolanos.  UCV, Facultad de Humanidades y Educación, Instituto de Antropología e Historia. Caracas, 1956. 105 p. El Prólogo se reproduce en su Estudios en antropología..., 1980, pp. 21-39; Jeannine Sujo V., El estudio del arte rupestre en Venezuela: su literatura, su problemática y una nueva propuesta metodológica. UCAB, Instituto de Investigaciones Históricas, Centro de Lenguas Indígenas (Serie Lenguas Indígenas de Venezuela). Caracas, 1975. 228 p.; Rafael Delgado, Los petroglifos venezolanos. Prólogo, Walter Dupouy. Monte Avila Editores (Colección Estudios). Caracas, 1976. 476 p. Véase mi reseña a este libro, en  Zona Franca, IIIª Ep., Nº 4:67-68, noviembre-diciembre 1977. Caracas; Ruby de Valencia; Jeannine Sujo V.; Rafael Lairet y Patrick Almiñana, El diseño de los petroglifos venezolanos. Fundación Pampero. Cromotip. Caracas, 1987. xvii + 389 p.; Manuel Pérez Vila, "Un persistente enigma: los petroglifos". Venezuela Misionera, Año XXXIV, Nº 393:30-31, enero 1972. Caracas. Sobre zonas vecinas a nuestro país, puede verse C.N. Dubelaar, The petroglyphs in the Guianas and adjacent areas of Brazil and Venezuela: An inventary with a comprehensive bibliography of South American and Antillean petroglyph. Institute of Archeology. Monumenta Archeologica 12, University of California at Los Angeles, UCLA. Los Angeles, 1986. 327 p. 260 dibujos y fotografías.
[4] Juan de Rivero. Historia de las Misiones del Casanare y los ríos Orinoco y Meta. Madrid, 1973.
[5] Sobre el Maremare puede verse el trabajo de M. Acosta Saignes, "El Maremare: baile del jaguar y la luna", [1967] en su Estudios en Antropología, Sociología, Historia y Folclor, 1980, pp. 283-299, donde recoge las descripciones y comentarios de J. Liscano-Ch. Seeger, L. Oramas, M. Cardona, M. de Civrieux, L. Alvarado, F. Carreño-A. Vallmitjana, F. Vera Izquierdo, R. Olivares F. S. de Lima, J. C. Salas, G. Simpson, A. Turrado Moreno, A. Rosenblat, F.S. Gilij y las versiones literarias de R. Gallegos y M. Otero Silva.
[6] Otros bailes indígenas, aún vigentes en la Venezuela de nuestros días, incluyen el yonna de los guajiros -mal llamado chicha maya-, los bailes banivas como el yapururo, el del pilón, el del carrizo y el curumare; los pemón como el tukuy, parichará, warepán, amanawica, aiyán, chochimán, chimitín y el muruá; el tonjé de los yaruro, el pijiguao de los guaica, el nahananuu, el habi-sanuka o baile de las maracas pequeñas; el jubakaiamoni, el najakara, de los guarao. Detalles sobre estos bailes pueden verse en Luis A. Domínguez y A. Salazar Quijada, Fiestas y danzas folklóricas de Venezuela, 1969, pp. 247-317 y en las monografías etnográficas acerca de las sociedades indígenas de Venezuela.
[7] Alfonso Reyes; “Lo oral y lo escrito”, Al yunque, 1960, citado por Alberto Rodríguez Carucci, en “El mito de Analivacá: recepción y transtextualidad”. Voz y Escritura. Revista de Estudios Literarios, Vol. 2, Año IV, Nº 4-5, Mérida 1993-1994, pp. 59-78.
[8] Tulio Febres Cordero; "Canto guerrero de los aborígenes de Mérida". Anales de la Universidad Central de Venezuela, Año XXII, t. XXII, Nº 2, julio-diciembe 1934, Caracas, pp. 305-309. [Algunas bibliografías citan como fuente de este trabajo, los Anales de la Universidad de Santiago de Chile, Vol. XII (1934). pp. 305/309]
[9] Acerca del Modo de Vida Aldeano Cacical, véase, principalmente, I. Vargas A., Arqueología, ciencia y sociedad, 1990.
[10] Se recuerda a Naiguatá, Aricabacuto, Guaicamacuto, Aramaipuro, Chacao, Paramaconi, Chicuramay, Caruao, Araguare o Araguaire y el guerrero toromayma Caracaipa,
[11] Otros dirigentes mencionados son Doaca, con quien se identificó la actual zona larense de Duaca; a Nigale, jefe zapara, en la región zuliana; a Huyapari -con cuyo nombre los españoles asociaron al río Orinoco y su área en 1531- y a muchos otros jefes como Caricuao, Cuairicuarian, la cacica guaiquerí bautizada Isabel, el cacique oriental bautizado Maturín; Morequito, Paryauta, Parnamacay, Pitijay, Sorocaima, Tiuna, Tamanaco, Terepaima... y seguramente otros sepultados en las páginas de las fuentes históricas, en documentos de archivo, en la memoria de sus descendientes…
[12] Cit. por Miguel Acosta Saignes, en Historia de Venezuela. Epoca prehispánica. Editorial Mediterráneo, España, [1967], pp. 128-129.
[13] Documento inédito citado por Andrés Márquez Carrero, en La cultura indígena tatuy del Estado Mérida, Venezuela. ¿Una raza más allá de los albores de la prehistoria?. Edición Grupo Culturas "Puertas Abiertas" [Publicaciones Tatuy], Mérida [Venezuela], 1974, pp. 59-61.
[14] Andrés Márquez Carrero; Op. Cit., pp. 92-93.
[15] Acerca de estas excavaciones véase: a) Cultura Universitaria, Nº 20-21:143, julio-octubre1950. UCV. Caracas: "Octubre 9. III. Noticias sobre una Misión Universitaria, por el profesor Miguel Acosta Saignes" [conjuntamente con el Dr. Jesús Mata Gregorio y J.A. de Armas Chitty]; b) Cultura Universitaria, Nº 20-21:141, julio-octubre 1950. UCV. Caracas. Julio 28 de 1950. "A las 6 p.m. en el Salón de Conferencias de la Universidad Central tuvo lugar un acto en el cual presentaron, respectivamente, sus informes preliminares los ciudadanos Dr. Jesús Mata de Gregorio, J.A. de Armas Chitty y Dr. Miguel Acosta Saignes, integrantes de la misión Arqueológica de Cubagua, que visitó esa Isla en viaje de estudios. Abrió el acto el Dr. Julio de Armas, Rector de la Universidad Central"; c) Boletín Informativo, UCV, Año II, Nº 8:1, 12 diciembre 1955. Caracas. "La bandera de la Universidad Central será izada en las ruinas de Nueva Cádiz".  [Para la fecha, y costeados en su mayor parte por la UCV, dirigía los trabajos de arqueología José M. Cruxent]; d) "Viaje a Cubagua. La U.C.V. en Nueva Cádiz". Boletín Informativo, UCV, Año II, Nº 9:1,3,4-5, 18 enero 1956. Caracas; e) "Buried city in venezuelan islands comes to view". Venezuela up-to-day, Vol. VII, Nº 1:10-11, may-june 1956. Washington, D. C.
[16] Otro ejemplo de excavación en un sitio Indo-hispano, en E. Wagner, "La Ermita-El Rincón: Un yacimiento Indo-Hispano en el Estado Trujillo, Venezuela". Boletín Informativo, Departamento de Antropología, IVIC, Nº 5:11-18. Caracas, 1967.
[17] Para noticias más detalladas puede verse Rafael A. Strauss K., El tiempo prehispánico de Venezuela, ya citado.
[18] Algunos de ellos fueron: Agualo, Cratáima, Chaigoto, Guerigueritar, Huyapari, Ivayéni, Mafilito, Maita, Maulera, Patigurato, Quilifay, Taracoare y Anoantal. Para mayor información véase nuestro libro El tiempo prehispánico de Venezuela, ya citado.
[19] Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés; "Historia general y natural de las Indias, islas y Tierra-Firme del Mar Océano". En: Venezuela en los cronistas generales de Indias. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia (Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 58), Caracas, 1962. Más detalles en Rafael A. Strauss K., El tiempo prehispánico de Venezuela, ya citado.
[20] Pedro Borges, "La Iglesia americana y los problemas del indio". En: Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas. Biblioteca de Autores Cristianos, Estudio Teológico de San Indefonso de Toledo, Quinto Centenario (España), 2 tomos, Madrid, 1992, tomo I, p.  648.
[21] George M. Foster; Cultura y conquista: la herencia española de América. Universidad Veracruzana, Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, 14, Xalapa, México, 1962, p. 36.
[22] Pedro Borges , Op. Cit., t. I, p. 671.
[23] Elías Pino Iturrieta; Las ideas de los primeros venezolanos. Monte Avila Editores Latinoamericana. Caracas, 1993, pp. 31-32.
[24] "Nuestras contradicciones y los indios". Editorial. SIC, Nº 422, febrero de 1980, Caracas, p. 54.

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