lunes, 26 de diciembre de 2016

Evangelización en Venezuela, el escenario inicial, por Rafael Antonio Strauss K.


El escenario inicial de la evangelización en Venezuela. Las culturas del momento del contacto, por Rafael A. Strauss K. Escuela de Historia-UCV. Ponencia presentada el 9.3.1998 en el Simposio 500 Años de Evangelización, 9-13 de marzo de 1998, Homenaje al R. P. Hermann González, Instituto Universitario Seminario Interdiocesano Santa Rosa de Lima, La Pastora, Caracas, y publicada en Montalbán. Estudios reunidos en homenaje a Hermann González Oropeza, S. J., N° 32 (1999), Caracas, Publicaciones UCAB, 425 p., pp. 79-91.


Me corresponde la tarea de hacer que ustedes se imaginen cómo era el mundo de lo que hoy es Venezuela para el momento del contacto. Quizá con la intención de pasarle de lado al problema ya permanente en la historia de América sobre quiénes descubrieron a quiénes, hemos descrito ese acontecimiento como un encuentro mutuo con lo nuevo… Porque en efecto, hay que suponer una situación que en la medida en que se fue perfilando, se fue diseñando un conocimiento mutuo de los protagonistas de aquel particular encuentro. Es inevitable apuntar, sin embargo, que ese encuentro se produce en una situación que la teoría antropológica ha identificado como de cultura de conquista o cultura del contacto, categoría analítica de la que George Foster ha dicho que "puede, quizá, considerarse mejor como la totalidad de influencias donadoras, cualquiera que sea su origen, que se ejercen sobre una cultura receptora, canal por el cual las normas dominantes, los valores y las actitudes del grupo más fuerte se transmiten al más débil".[1]
Esta bipolaridad es necesario tenerla en cuenta cuando nos referimos al espacio inicial de la evangelización -en América, en general, y en lo que entendemos por Venezuela, en particular- pues es a través de uno de los protagonistas del encuentro, el misionero español, que nos llega una valiosa información acerca de la cultura de otro de los protagonistas, el indígena. Y esta información transita primero por el filtro que representó una evidente actitud etnocéntrica cuando el misionero escrutó la cultura del misionado. De tal manera que esta bipolaridad del encuentro es asunto medular. Como producto inicial, primario, inaugurador del encuentro tenemos un polo que domina y un polo que es dominado… y no es posible soslayar esta situación. Es lo que ha ocurrido en cualquier situación de conquista y colonización, cuya naturaleza exige que exista la bipolaridad, el dominante vs. el dominado, el fuerte sobre el débil. Hacia el final de nuestra ponencia tendremos que volver a estas consideraciones de carácter teórico.
Para el momento de aquel encuentro el territorio que ahora es Venezuela estaba prácticamente ocupado en su totalidad, si hacemos caso de las informaciones que acerca de nuestras culturas indígenas deja el mismo conquistador. Para momentos inmediatamente anteriores la situación parece no haber sido diferente, según las conclusiones a las que se han llegado por nuestras investigaciones arqueológicas. Las zonas que consideraríamos inaccesibles seguramente que se fueron poblando por los aborígenes que huían ante el avance de las huestes colonizadoras. Las sociedades indígenas del contacto y sus culturas son el producto de milenios de conocimiento y adaptación a sus entornos geográficos, en los que se fueron realizando como seres humanos. Este desarrollo ha sido enmarcado por nuestra arqueología dentro de una secuencia de cuatro etapas, que han recibido los nombres de Paleo-Indio, Meso-Indio, Neo-Indio e Indo-Hispano. Todo comienza en el 20.000 antes de nuestra era y el cuarto corte cronológico correspondería al 1500 después de Cristo, fecha con la que se ha redondeado la consideración fundamental de la presencia de las nuevas gentes que vinieron a estas partes y se quedaron en ellas en plan de conquista, poblamiento, evangelización…
Respondiendo al desarrollo de cada cultura, para el momento del contacto había en nuestro actual territorio una convivencia de varios modos de producción que perfilan la vida de aquellos indígenas entre la subsistencia basada en la recolección y la que se basó en la agricultura. Además de que en este panorama se exhibe una situación que no es extraordinaria, según ha sido apuntado para toda la humanidad por la historia, la arqueología, la antropología, el abanico de posibilidades dentro del cual se movieron para entonces los aborígenes de estas partes, responde ni más ni menos a una perfecta adaptación a sus entornos naturales. Parecería risible, por ejemplo, calificar como atrasados a aquellos pueblos cuya vida se caracteriza por la recolección, la caza, la pesca, cuando su entorno les ofrece todo cuanto necesitan. La agricultura, que propicia sedentarismo y el desarrollo de otros aspectos de la cultura, resultaría inapropiada en entornos ricos en ofertas para la subsistencia. La no posesión o el no uso de la agricultura, no significa, sin embargo, que las sociedades incursas en esta etapa de una concepción unilineal del desarrollo de la humanidad no resolvieran por otras vías y con otros elementos las cosas que se resuelven por el hecho de practicar la agricultura. Y esto es tan cierto que a pesar de la transculturación generalizada en la que nuestro territorio se vio involucrado desde el momento del contacto y durante todos los períodos posteriores, aún perviven en Venezuela grupos indígenas que, como los Warao en el delta del Orinoco, por ejemplo, continúan anclados a un modo de vida que les ha servido desde que de ellos se tiene noticia. Y así mismo otros grupos.
Las sociedades prehispánicas nuestras que tuvieron en la agricultura su forma básica de sustento, lo hicieron en aquellos lugares desprovistos esencialmente de llamativas ofertas para la subsistencia. Retaron a una naturaleza seguramente pródiga en posibilidades, que grupos aborígenes como los que se ubicaron en nuestros Andes aprovecharon. Quienes vivieron en zonas semidesérticas como las de los actuales estados Lara y Falcón, desarrollaron lo que por los reportes que nos brinda la arqueología podemos interpretar como señales de agricultura de regadío, un riego posiblemente incipiente, que parece encontrar desarrollo significativo en las construcciones de camellones hacia el área llanera de Barinas, para la protección de inundaciones a posibles poblados, cierto control de la abundancia de agua y seguramente también para la agricultura. Y aquellas sociedades indígenas que hicieron su vida en entornos lacustres o fluviales diseñan sus viviendas sembrando troncos de maderas cuyas virtudes eran definitivamente conocidas, que soportan la vida en palafitos, para referirnos a los pueblos ribereños del lago de Maracaibo, o construyen casas temporales en árboles para el tiempo del exceso de agua, en el caso de los Warao deltanos.
Pero el mundo de estas gentes no se agota en su adaptación a la diversidad de ambientes por medio de una tecnología que consideramos acertadamente aplicada. También tuvieron, como humanos que eran, soluciones para las eternas preguntas de los hombres, sobre su origen, su permanencia, su destino… y, al igual que otros hombres, crearon dioses para sentirse acompañados; para explicar y explicarse el ciclo diario, que se les fue haciendo eterno, de dos astros que alimentan la vida pero sobre los cuales no se tiene dominio, a menos que se inventen formas para creer tenerlo… Se fue diseñando una variedad metafísica, cosmogónica, en la que cada sociedad aborigen de nuestro tiempo prehispánico ubicó sus dudas, depositó a sus muertos, visualizó la vida, diseñó formas de comulgar con los guerreros muertos en batalla, consumiendo en la osamenta limpia y debidamente tratada un valor local, étnico, y una valentía que no debían perderse… Un acto pura y justificadamente simbólico que se fue transformando en noticia de canibalismo, particularmente entre aquellos españoles que por cobrar beneficios a la Corona aumentaban las cantidades de indios que deben defender lo que les ha costado o los conciben como seres poderosos, dragonescos, diabólicos…, que debían ser vencidos con espadas y cruces…
Esta fe al consumir en comunión la valentía y altura social del guerrero, gobernante o personaje considerado esencial por el grupo, llega a constituir lo que podría denominarse una concepción de carácter histórico tanto individual como colectiva en nuestro tiempo prehispánico. Si hacemos caso a las informaciones que al respecto produjeron los mismos misioneros, podemos decir que estamos ante una expresión de la convicción de pasar a formar parte de la historia del grupo, así como de contenidos de corte histórico -generalmente personales- que fueron sin duda manifestaciones de lo que podría interpretarse como un registro oral, transmitido de generación en generación. En casi todos los grupos humanos de nuestro tiempo prehispánico fue costumbre que gentes de edad considerable, mientras preparaban el cuerpo de quien moría cantaran sus hazañas o contaran su vida…
Otra forma que adoptó el registro histórico, dentro de lo que uno vincularía con una tradición oral reglamentada -como en muchos otros pueblos donde la oralidad tuvo y tiene el valor de auténticas crónicas históricas- fue lo que gracias al padre Juan Rivero conocemos con el nombre de mirray, que al parecer significa parlamentos o saludos de bienvenida. Se hacían en el daury, o recinto exclusivo de los solteros achaguas, en los llanos occidentales. "En esta casa grande -dice Rivero- se hizo el recibimiento a los huéspedes, según estilo y usanza de la nación; mas como no hemos dicho todavía sino de paso aquellas especiales ceremonias y mirrayes que usan en ocasiones semejantes, será bueno parar aquí, como quien descansa del viaje, para decir algo... Ya estaban prevenidos los asientos y algunas sillas de respaldo, que las fabrican muy curiosas y las aforran de pieles de leones, tigres o de lobos de agua; fuéronse sentando por su turno los huéspedes, muy callados y graves, con sus armas en la mano; hizo señas entonces el cacique a los suyos para que saludasen a los primos, que así se llaman en tales casos aunque nunca lo sean; vinieron muy en orden, puestos en filas, con sus macanas embrazadas, uno después de otro como quien va en procesión, y muy serio; el que guiaba a los demás hizo la venia al primer huésped, diciéndole en voz baja y tierna mude, que significa primo; luego pasó él al siguiente..., y así los fue recorriendo a todos hasta llegar al último... La correspondencia de los huéspedes fue con el mismo tono de voz, sin responderles otra cosa de por sí cada uno que esta palabra, cha, con gran ternura, la cual significa pues..., luego se siguió la bebida, como lo principal de todo; empezó desde el primero a recorrer la totuma, luego pasó al segundo, y así prosiguieron corriendo multitud de vasijas... Acabada la función de la bebida... -continúa narrando el padre Rivero- empezó lo más solemne como punto muy sustancial de su política, y es lo que se llama mirray. Derívase esta palabra del verbo numerraidary, que significa perorar, con que es este mirray cierta oración retórica, compuesta en estilo elevado, que estudian desde niños y la enseñan con mucho cuidado los padres, y ésta es su cortesía con los huéspedes, como lo dicen ellos; para esto la aprenden con gran desvelo, como los niños cristianos el catecismo; enséñanles el tono de la voz y el modo de poner la cabeza y las manos..., que no basta cualquier estilo y tono para el efecto. Siéntase, pues, el orador en un asiento bajo o en cuclillas; pone sobre las rodillas los codos y en la mano izquierda las armas; la derecha ha de estar ociosa totalmente, o puesta sobre la mejilla si le parece mejor; ha de estar cabizbajo... y con los ojos en el suelo. Empieza luego su mirray en tono de oración de ciego, medio entre dientes y con velocidad suma, como cosa estudiada. Así se está recitando largo tiempo, callando todos hasta concluir la primera parte..., que tiene muchas. Al acabarse ésta remata con tono de lamentación, o como se acaba de cantar una epístola, levantando un poco la voz y dejándola caer de golpe; apenas acaba éste cuando responde el que hace cabeza, a quien se dedica el mirray, y habla de la misma suerte por largo tiempo, rematando del mismo modo. Luego prosigue sus puntos el primero, y así se están sermoneando cerca de hora y media y ya uno, ya otro, como si rezaran a coros, quedándose después muy serenos, sin otros parabienes al predicador ni más aplausos que levantarse cada uno de su asiento...". En estos mirray, según Rivero, "Lo que tratan... es darle la bienvenida a los forasteros, diciendo que se alegran mucho que hayan llegado con felicidad a sus tierras, el mucho gusto que tienen de verlos y otras cosas semejantes..."[2].
Surge la duda, sin embargo, si el contenido de estos parlamentos no iba mucho más allá de lo que confiesa el cronista, en torno a cuyo informe surge también la pregunta de hasta qué punto conocía la lengua y cultura achaguas como para entender a plenitud lo que se decía. Creemos, como en otros casos cuando el cronista evalúa la cultura indígena, que se trata de contenidos mucho más ricos y menos circunstanciales que lo que el cronista confiesa y que la forma del contrapunteo llanero, que combina música y relato, podría tener en estos mirray, un significativo antecedente.
Y todos estos seres de nuestro tiempo prehispánico reconocieron en las formas que adoptaron su organización política y su organización social la necesidad de un orden para el funcionamiento de las relaciones entre los hombres y entre estos hombres y el mundo que les proporciona el sustento, y entre el mundo físico y los escenarios en los que se ubicó a las deidades que los protegen o los amenazan… Un conocimiento acerca de la herbolaria, que para muchos hoy parecería increíble, se hace tan importante como el de tipo tecnológico. Y a este conocimiento para cuidar la salud de todos, la tradición de cada una de nuestras sociedades prehispánicas lo entrega a hombres que se fueron haciendo especialistas en la vida y salud de los individuos y del grupo, complementando prescripciones farmacológicas con un conocimiento acerca de las cosas del entorno que pueden ser útiles para una buena alimentación…
De las formas de gobierno logradas, acordes con la complejización que fue alcanzando cada grupo étnico, sobresale la que se ejercía bajo la figura del cacicazgo. Es significativa la lista que se puede construir con los nombres de caciques que proporcionan los cronistas y, para el tiempo colonial, los que hemos encontrado en varios documentos de archivos. Los cronistas dan cuenta de gobernantes como Acaprapocón, Araguaire, Araguare, Aramaipuro, Aricabacuto, Baruta, Cachicamo, Caiccamo, Camisetano, Canauruma, Carima, Carapaica, Caravaca, Caricuao, Cayaurima, Cuauricuarian, Chacao, Chicuramay, Doaca, Gotoguaney, Guacaipuro, Guaicamacuto, Guaigoto, Guaima, Guamba, Guayamo, Kinivana, Manaure, Maturín, Mayare, Monaití, Morequito, Naiguatá, Nigale, Orocopón, Paryauta, Periamo, Perecoto, Perima, Pugduga, Querequerepe, Sorocaima, Tamanaco, Terepaima, Tiuna, Tunucutunuma, Turperamo, Yamári, Yare, Guaramental, y de las cacicas Anapuya, Cariaco, Orocomay y de una gobernante guaiquerí que bautizaron Isabel.[3]
Si atendemos a lo que nos informan varios cronistas y, para el área de Falcón, Nicolás de Federmann, llama la atención la existencia de poblados -que llegaron a sorprender a algunos conquistadores, por su buen trazo y número de gentes- y la de territorios -o provincias, como las llaman las fuentes- asociados al gobierno de los caciques. De lo primero dan fe los conceptos geográficos Airico de los Achaguas y Airico de Macaguane y los poblados que se llamaron Agualo, Cratáima, Chaigoto, Guerigueritar, Huyapari, Ivayéni, Mafilito, Maita, Maulera, Patigurato, Quilifay, Taracoare y Anoantal.
La información sobre la provincia guarina de Anoantal, donde inclusive se aplicó el sistema de tributos, es particularmente interesante. Se trataba de un territorio político, en el centro norte de nuestro actual territorio, donde gobernaba el cacique Guaramental, antes mencionado, quien según Fray Pedro Simón era "obedecido en más de veinte leguas a la redonda y muy acatado y temido de sus vasallos y aun de sus vecinos comarcanos." Juan de Castellanos escribe, por su parte, de Guaramental que "era señor de grande principado,/no sin algún tiránico cotaje,/de los demás caciques respetado,/algunos con prisión de vasallaje..."[4] El prestigio que entre los guarinos alcanzó el núcleo de poder se aprecia en elementos como el que "los altos personajes poseían cotos de caza y lagunas y ríos reservados para sus excursiones de pesquería" y hasta se disponía de la pena de muerte y confiscación de bienes para quien penetrase en estas reservas. Hay otros elementos que complejizan más este sistema: Los aposentos del jefe Guaramental eran custodiados por seiscientos guerreros, distribuidos en dos turnos. Cualquier error en esta labor era materia de una especie de juicio y si se les condenaba, sus mujeres e hijos se convertían en esclavos del cacique. La pena de muerte, según Juan de Castellanos, era esencialmente la horca y para juzgar y aplicarla había en las comunidades lo que dicho cronista llama "jueces y retores".
Anoantal, sitio de residencia del cacique Guaramental llamó la atención de algunos cronistas. Fernández de Oviedo refiere la distribución de bohíos cercados y llama a Anoantal pueblo "de las tres cercas", y describe las siete "casas del señor, que es como quien dice alcázar o aposento real […]: la primera y más principal -dice- es la de su persona; la segunda es donde están sus mujeres, que sirven a él y a ellas; la cuarta [sic] casa es de las armas, y en ésta tiene muchos arcos y flechas y otras municiones para la guerra; la quinta es donde están sus hijos y crían a los que son de ellos pequeños; y la sexta casa en la de los bastimentos y despensa, de donde se provee todo lo necesario para comer, y la séptima y última es la cocina, donde se guisa de comer al señor y a todos los que están en estas cercas dentro..."[5]
En cuanto a otras construcciones Juan de Castellanos describe, en su característico estilo rimado, el templo de la diosa prehispánica Icaque en la población andina de Escuque, así como el ritual con el que la veneraban:

1. "Icaque se decía, y era diosa que de bulto tenían retractada en casa de tres naves espaciosa, de grandes y menores frecuentada; hacíasele fiesta generosa (a tiempos y por días) señalada, donde sacrificaban gentes vivas, o de sus naturales o cautivas.

2. El sacerdote destos ministerios entonces era Toy, gran hechicero, el cual interpretaba los misterios y sucesos del tiempo venidero, ansí de honras como vituperios; como más principal del falso clero aqueste procuraron los cristianos haber por todas vías a las manos.

3. Para que sus intentos ejecute, procuraron traer a su sentencia un indio principal, dicho Combute, que con Carache tiene competencia;
aqueste, sin temor que se le impute el tracte destas cosas a demencia, de buena voluntad sirvió de guía a la ciudad que Escugue se decía.

4. Las casas de grandeza tan pujante, tantas y por tal orden y concierto, que no se vido cosa semejante en cuanto por allí se ha descubierto; los indios les mostraron buen semblante, sin muestra de guerrero desconcierto y allí tuvo Combute tal cuidado, que luego vino Toy a su llamado."
Pero el momento del contacto no sólo está lleno de todos estos logros, muchos de ellos con raíces centenarias y hasta milenarias. La obtención del sustento se basa en lo que podríamos considerar una perfecta organización para el trabajo y, en general, para todos los aspectos de la vida. Es la concepción de un orden a la que aludíamos anteriormente. Lo que podemos suponer como un patrón generalizado de esta organización nos lo proporciona el padre Gumilla, uno de nuestros más prolijos informantes cronistas. El relata que al salir el sol "recurren los otomacos a las puertas de sus respectivos capitanes, y éstos señalan el número de los que en las canoas han de ir a pescar o a traer tortugas o matar jabalíes, según la estación o variedad del tiempo. Luego, si lo pide el tiempo, señala otro número competente de sus peones para la labor que se ofrece en el campo, porque cada Capitanía siembra y recoge el grano en Comunidad, y se reparte entre todos el trabajo y el fruto; lo mismo sucede con el pescado, tortugas, caimanes y lo demás que buscan para vianda."[6]. Gumilla, además, describe el final de una jornada de pesca: "El primer muchacho de los que andan traveseando junto al río, que descubre el convoy de canoas de pescadores, a brincos y saltos de alegría alborota a toda la gente; y al punto dejan el juego de pelota, que es de ordinario a las cuatro de la tarde. Los pescadores dejan las canoas, casi siempre llenas de pescado, y sin tomar uno, se van a descansar a sus casas; entonces las mujeres y muchachos, según la variedad de Capitanías, cargan el pescado y lo amontonan junto a las puertas de sus capitanes; éstos reparten la pesca en proporción, según el mayor o menor número de hijos que tienen los padres de familia."[7]
Concepción comunitaria de la vida, distribución del trabajo por sexo y por edad, sentido de la necesidad según número de miembros de la familia y del grupo, conocimiento del entorno y de las estaciones, sentido ecologista, importante participación de la mujer, consideración de prioridades, diversión…, vienen a ser otros elementos para perfilar la mentalidad de las gentes de nuestro tiempo prehispánico.
¿Hubo en ese período de nuestra historia expresiones literarias?. Sí, las hubo… y, como todos los aspectos de la cultura indígena, su literatura se imbrica con las características de cada etnia, con sus particularidades, con sus hechuras como los seres altamente creativos que fueron, y que son sus descendientes… Es en quienes heredaron aquellas expresiones, donde modernos estudios han recuperado para nuestra historia buena parte de la literatura indígena que, obviamente y a pesar de algunos "préstamos culturales" -fácilmente detectables, por lo demás- es reflejo de la expresión literaria de la Venezuela anterior al contacto. Con algunas otras excepciones, los misioneros jesuitas Gilij y Gumilla alcanzan a ver el significado que tienen para los indígenas algunas de sus leyendas sobre héroes culturales, y las recogen para incorporarlas a sus crónicas. Es el caso de Amalivacá y su hermano Vochí… Además de estas expresiones literarias orales sobre leyendas históricas, el panorama fue enriquecido con tradiciones, tabúes, consejos de los ancianos, interpretaciones de los sueños, adivinanzas, presagios, mitos, poemas y relatos de varios tipos, como los que se refieren a los conocimientos que sobre plantas, animales y otros elementos de su cultura y su entorno transmitían los ancianos y los piaches, shamanes, mohanes o manaures a los jóvenes. Como ejemplo, el siguiente canto guerrero de nuestros Andes, que ha sido conocido gracias a una traducción de Tulio Febres Cordero: "Corre veloz el viento;/corre veloz el agua,/corre veloz la piedra que cae de la montaña./Corred, guerreros;/volved en contra del enemigo;/corred veloces,/como el viento, como el agua,/como la piedra que cae de la montaña./Fuerte es el árbol que resiste el viento;/fuerte es la roca que resiste el río;/fuerte es la nieve de nuestros páramos que resiste el frío./¡Pelead, guerreros!/¡Mostraos fuertes,/como los árboles,/como las rocas,/como las nieves de la montaña!"[8]
Además de la literatura tuvieron expresión igualmente otras formas artísticas -la mayoría utilitarias- que nuestra arqueología ha logrado caracterizar y organizar. Las tipologías obtenidas hasta el momento muestran una gama verdaderamente sorprendente en cuanto a técnicas, cocción, quemado, materiales empleados, concepción y decoración de piezas cerámicas, y los estudios sobre nuestra artesanía han demostrado que muchas de las viejas técnicas reposan en el trabajo artístico de los ceramistas, tejedores y otros cultores contemporáneos descendientes de aquellas primeras gentes.
Un elemento cultural que desarrollaron más bien nuestras sociedades agrícolas andinas, se refiere a un sistema de numeración y a lo que se ha considerado como un calendario. Acerca de lo primero, Tulio Febres Cordero apunta que la numeración en estos pueblos era decimal y para contar "de once hasta diecinueve, decían tabís-carí, diez uno; tabís-jen, diez dos; tabís-hisjut, diez tres, etc. El número 20 era jem-tabís, dos dieces; 30, hisjut-tabís... El 100 lo expresaban con la voz doble tabís-tabís, diez dieces."[9] Y Julio César Salas escribía que basados en este sistema de numeración, "los Tatuyes de Mérida empleaban para sus operaciones de aritmética cuerdas anudadas muy parecidas a los quipus y para sus operaciones comerciales cierto tipo de moneda llamada 'quiripa' hecha de la cáscara de caracoles a los que abrían un pequeño hueco y luego redondeaban por medio del frote hasta convertirlos en hermosos discos."[10]
A propósito del calendario andino prehispánico la consideración hecha por Márquez Carrero no es aún concluyente y suponemos que este autor ha continuado sus investigaciones al respecto. El comenta: "En 1974 descubrí una pequeña piedra pulida de 0,9 cm. de altura por 0,7 cm. de ancho con un espesor promedio de 0,4 cm. A su alrededor lleva una ranura que debió servir para sujetarla y mantenerla colgada a la pared. En la cara anterior posee 36 pequeños círculos distribuidos en 6 hileras de 6 círculos cada una... Para mí que se trata de un calendario que en lengua Mucu debió llamarse Quibario, es decir 'Piedra para medir el Tiempo'... Márquez Carrera ha interpretado la primera línea horizontal de seis círculos como la primera semana tatuy, y así sucesivamente. "Si multiplicamos -continúa el autor- los 36 días del mes tatuy por 10 meses, nos da un año de 360 días. No tenemos pruebas de que poseyeran los otros cinco días complementarios que se dan en las otras culturas precolombinas; pero tampoco nada nos hace suponer que así no fuera." El autor concluye que el quibario estaba distribuido así: "Semana de 6 días. Mes de 6 semanas ó 36 días. Año de 10 meses ó 360 días." Márquez establece una comparación con el calendario azteca, de 18 meses y 20 días cada uno; el calendario primitivo romano, que sólo tenía diez meses; el maya, de 360 días, o el inca, de 12 meses lunares, muy semejante al de los chibchas ribereños del río Magdalena.[11]
Uno percibe que la evolución milenaria de la antigua Venezuela se basa en el conocimiento de sus entornos y en el ejercicio de un orden, y uno visualiza a las sociedades de nuestro tiempo prehispánico como grupos humanos en actitud armónica con todos los aspectos de sus culturas. Una armonía que también incluye la guerra que, como en el caso de los pueblos de filiación caribe, es elemento de su cultura que se sustenta en la necesidad de expandir territorios para la cacería o la de llevar su cultura a otras partes para imponerla…, tal y como fue costumbre institucionalizada en las llamadas altas culturas del tiempo prehispánico de América.
Algunas consideraciones finales
1. Variedad cultural de nuestro tiempo prehispánico.- Al igual que el resto de América, la Venezuela del contacto ofreció a los conquistadores una significativa variedad cultural, de la que hemos presentado una apretadísima síntesis. En nuestro caso, hasta donde sabemos, ninguno de los grupos dominaba de manera significativa sobre otro, con la excepción de que en tiempos de conflictos -especialmente en los enfrentamientos del momento del contacto- se dio lo que puede interpretarse como confederación de algunos caciques o cacicazgos. Si nos atenemos a la información de algunos cronistas parece que existieron linguas francas-especialmente en el área de los llanos y de Guayana- entre gentes de culturas distintas.
2. En relación con la evangelización.- A riesgo de tocar algunos de los contenidos que seguramente serán abordados en posteriores ponencias, es necesario que nos refiramos, brevemente, a un punto inicial de nuestra ponencia: la cultura de conquista. Además de los planteamiento de George Foster, Pedro Borges ha escrito: "la situación desfavorable en la que queda sumido todo pueblo al pasar al dominio de un extraño o, si se quiere, al establecer contacto con otro por alguna razón (militar, política, técnica, cultural) superior a él".[12] La historia de la humanidad ofrece ya demasiados ejemplos sobre esto.
Es esencia de la naturaleza del dominio la supresión de la identidad -en cualquiera de su extensión geográfica- y este es el punto clave para entender qué ocurrió en el momento del contacto. Independientemente de los procesos de intercambio cultural -por los cuales un misionero o un conquistador enfermos seguramente se vieron beneficiados por los conocimientos herbolarios de algún curandero indígena, o por soluciones gastronómicas o tecnológicas para problemas específicos- lo que predominó desde los inicios del encuentro fue una progresiva supresión de las culturas indígenas por parte de la cultura que se va haciendo dominante. Desde el punto de vista de la teoría antropológica, se trató de un claro proceso de transculturación. Ante este proceso, la mentalidad o identidad indígenas van siendo sustituidas por nuevos valores, mediante la forma, si se quiere sutil, de la endoculturación o aprendizaje de cultura. Una forma menos sutil es la que Pedro Borges califica de "más aparatosa, pero de menor repercusión desde el ángulo de la cultura" y que "consistió en la destrucción de todo cuanto tuviese carácter religioso pagano"[13]
Ambos procesos, el generalizado de la transculturación y el más específico de la extirpación de la idolatría seguirán generando polémicas, la mayoría de ellas candentes y, hasta donde uno puede visualizarlo, sin soluciones a la vista. Es evidente que en la América española se ha generado un sentimiento muy parecido a la rabia como consecuencia de aquella supresión; un sentimiento que terminó por opacar la conmemoración de los 500 años en 1992 y se constriñó más bien a escenarios oficiales. Es un problema que posiblemente se resuelva en generaciones venideras, aunque no es fácil, ciertamente. Es importante, sin embargo, tener también presente que así como el misionero, por convicción, definición y ejecución de su misión, extirpó cuanto de religión o religioso hubo en estas partes, no es menos cierto que, pasado un tiempo, se preocupó por recoger lo poco que quedaba en ese aspecto de las culturas indígenas, aunque fuese para tranquilizar su conciencia -particularmente cuando entendió más a esas culturas- y cuando por su práctica misional descubrió formas menos agresivas de evangelización.
No siempre hay un escenario propicio para reflexionar acerca de la suerte del segmento indígena de nuestra historia y de nuestra cultura, como parecen constituirlo este simposio y este sitio. Si revisamos críticamente la política indigenista aplicada en América y en Venezuela creo que el resultado, en ultima instancia, es negativo, entre otras razones porque muy pocas veces el indígena mismo ha participado en el diseño de su propio destino. En los últimos años, sin embargo, ha habido aires de cambio: muchos indígenas venezolanos han asumido las bondades de la historia y de la antropología; muchos misioneros y grupos de religiosos han tendido a echar bases que van a permitir un mayor respeto a las culturas indígenas contemporáneas y muchos antropólogos, historiadores y funcionarios del Estado han venido entendiendo la necesidad de trabajar conjuntamente, para revisar y aplicar políticas indigenista. Cada vez se aprehende mejor el mensaje del antropólogo español Jean Mari Auzías, de que "La Antropología quiere ser la ciencia de las culturas de la humanidad entera"; que "podemos considerar que todos los hombres no piensan de la misma manera [y que] veremos en realidad que no piensan en las mismas cosas". Son cada vez más claras, asimismo, las palabras de un editorial de la revista Sic, de 1980, que recordaban que "Un pueblo civilizado es el que sabe hacer su vida y la hace…"[14]





[1] George M. Foster; Cultura y conquista: la herencia española de América. Universidad Veracruzana, Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras, 14, Xalapa, México, 1962, p. 36.
[2] Juan de Rivero. Historia de las Misiones del Casanare y los ríos Orinoco y Meta. Madrid, 1973.
[3] Para noticias más detalladas puede verse Rafael A. Strauss K., El tiempo prehispánico de Venezuela. Edición de la Fundación Eugenio Mendoza en su 40º Aniversario, Caracas, 1992.
[4] Juan de Castellanos; Elegías de varones ilustres de Indias. 2ª edición. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia (Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 57), Caracas, 1987.
[5] Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés; "Historia general y natural de las Indias, islas y Tierra-Firme del Mar Océano". En: Venezuela en los cronistas generales de Indias. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia (Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 58), Caracas, 1962.
[6] José Gumilla; El Orinoco ilustrado y defendido. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia (Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 68), Caracas, 1963, p. 146.
[7] Ibídem, p. 149.
[8] Tulio Febres Cordero; "Canto guerrero de los aborígenes de Mérida". Anales de la Universidad Central de Venezuela, Año XXII, t. XXII, Nº 2, julio-diciembe 1934, Caracas, pp. 305-309. [Algunas bibliografías citan como fuente de este trabajo, los Anales de la Universidad de Santiago de Chile, Vol. XII (1934). pp. 305/309]
[9] Cit. por Miguel Acosta Saignes, en Historia de Venezuela. Epoca prehispánica. Editorial Mediterráneo, España, [1967], pp. 128-129.
[10] Documento inédito citado por Andrés Márquez Carrero, en La cultura indígena tatuy del Estado Mérida, Venezuela. ¿Una raza más allá de los albores de la prehistoria?. Edición Grupo Culturas "Puertas Abiertas" [Publicaciones Tatuy], Mérida [Venezuela], 1974, pp. 59-61.
[11] Andrés Márquez Carrero; Op. Cit., pp. 92-93.
[12] Pedro Borges, "La Iglesia americana y los problemas del indio". En: Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas. Biblioteca de Autores Cristianos, Estudio Teológico de San Ildefonso de Toledo, Quinto Centenario (España), 2 tomos, Madrid, 1992, tomo I, p.  648.
[13] Ibídem, t. I, p. 671.
[14] "Nuestras contradicciones y los indios". Editorial. SIC, Nº 422, febrero de 1980, Caracas, p. 54.

No hay comentarios:

Publicar un comentario