jueves, 29 de diciembre de 2016

Ivonne Kazen de Strauss, un cedro de 80 años©, por Rafael Antonio Strauss K.


A Ivonne, un cedro de 80 años©, por Rafael A. Strauss K. Texto leído el 20.11.1999 en la celebración de los 80 años de edad de mamá, en la casa de la calle 13, Nº 26-56, entre carreras 26 y 27, Barquisimeto.
Hoy 20 de noviembre de 1999 estamos aquí para dar un testimonio más de que el amor existe, porque una de las virtudes del amor es juntar a la gente para siempre en cualquier circunstancia…
La de hoy es la conmemoración de un nuevo aniversario, con el que Ivonne Kazen Mergen viuda de Strauss alcanza la prodigiosa edad de ochenta años…
Ivonne la Octogenaria, podríamos decir para simplificar una existencia que comenzó en 1919; una vida que ha tenido todo lo que de bueno pueda tener un ser humano, todo lo que tiene una madre, que a esta altura de sus ochenta años exhibe para su propio orgullo y el de todos, 9 hijos, 2 yernos y, hasta el momento, 4 nueras, 17 nietos y 3 bisnietos… A lo largo de tanta vida la existencia de mamá se ha llenado de nombres y nuestras vidas se han llenado del nombre de mamá, un cedro libanés que a la edad de nueve años echó raíces a principios de este siglo en esta Venezuela prodigiosa, consecuente y magnífica… Ahle El-Khazem –nuestro abuelo Felipe, Yiti– y María Mergen –la abuela Titi–, ambos del Líbano magnífico, el uno de Zahle, y Titi, de Bait Mery– se trajeron a Ivonne hacia una tierra que era para sus padres como la bíblica tierra prometida… Y vino también Fahe, hermano de mamá, a quien sólo conocemos por el recuerdo que de él habitó en el amor de su familia… Y en la medida que la prole de Ivonne se fue multiplicando en nueve hijos, a nosotros se nos multiplicaban las tías y los tíos…, los primos y las primas…, y se fue fabricando una familia grande, extendida, inmensa… como para construir un frondoso árbol genealógico de siempre amor.
Hoy quiero convocar a este acto de alegría el recuerdo tierno y eterno que tenemos de Titi y Yiti, los padres de mamá…, y el de los tíos Fahe, Iván y José y el de las tías Yinfief e Iyiní…, abonos fallecidos, seres con un amor tan grande que hoy nos alcanza a todos para recordarlos como fuentes permanentes de vida… Y quiero convocar a Rafael –mi padre, y padre de Fanny y Rafael Alberto– y a Ángel, el segundo esposo de mamá, padre de Alfredo, William, Ángel Federico, Johann, Evelyn y Gustavo…, para que continúen admirando a la esposa que eligieron… Y convoco a los cuñados de mamá, físicamente ausentes, nuestros tíos Miguel, Pompilio y Luis para que sigan también acompañándonos… Quiero que todos ellos reciban en el cielo una sonrisa hermosa y una flor de las que hoy adornan este espacio…
Y convoco al Dios al que mi madre habla diariamente, para que nos continúe vigilando la existencia y continúe amándonos… Y convoco a la Virgen, madre de nuestras madres y de todos nosotros; pastora divinísima y precisa, amiga de mi madre, carcajada de amor, de bondad, de permanencia…
Y gracias madre, porque entre tantas cosas, usted nos regaló 81 meses de permanencia en su vientre y el alimento natural que nos dio vida… Pendiente siempre de la vida de todos, usted no ha descansado… y ha andado como si fuera un ángel o un mago omnipresente, multiplicando el escaso dinero para convertirlo en inagotable fortuna, exactamente como se acostumbró a multiplicar el amor. Y con todo el orgullo del que somos capaces, la recordamos, madre, como artesana que venció la escasez de recursos haciendo para la venta cobertores de parches y tejidos, quesillos para la universidad recién fundada y bolsos y gorros femeninos... Y a su rutina humana de magnífica madre que ya se sabe el amor de memoria, usted añade el silencio de sus rezos diarios, en un librito viejo y un rosario que ya forman parte de sus manos… y de nosotros, y que espanta las angustias iluminando con un velón eterno ese cuadro de mirada divina para llevarle a todos la paz que en él reposa.
Qué bien le calza, madre, ese verso con el que se canta a Dios: “Tú, necesitas mis manos; mi cansancio que a otros descanse”, pues en su barca, madre, que es su vida, no hay ni ha habido “oro ni espadas” sino redes y su eterno trabajo… Si la felicidad “consiste en conocer y amar lo bueno”  (Hugo de San Víctor) entonces, madre, usted ha sido feliz y ha hecho felices a todos cuantos la hemos conocido… y por eso y por todo, gracias, mamá, y que Dios la bendiga…

[Para efectos puramente cronológicos: Ivonne falleció el 29.3.2006.]


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