Rafael Antonio Strauss K. Deidades prehispánicas de Venezuela. Otros dioses más viejos. Deidades, espíritus y héroes culturales de Venezuela prehispánica.© Caracas, Historiadores Sociedad Civil (Historia para todos, 1), Caracas, 1993. Edición auspiciada por el Consejo Nacional de la Cultura, Conac. 44 p., ISBN: 9803250507. Véase al final la Información en Internet.
El tiempo prehispánico de lo que actualmente es Venezuela estuvo también habitado por dioses... Las gentes que los crearon vincularon divinidades, espíritus y héroes culturales al diario acontecer de sus faenas, a sus actividades de caza, pesca, recolección, agricultura, guerras, quedando plasmados como bienes culturales en la fuerza de las historias de aquellas gentes. Sin muchas diferencias esenciales con la religión contemporánea, encargaron a especialistas mohanes, boratios, shamanes, piaches, sacerdotes, curanderos... la responsabilidad de intermediar ante los dioses la atracción de bondades y el alejamiento de maldades. La deística creada está esencialmente acorde con los distintos niveles alcanzados por la organización de su producción y de su sociedad, de tal manera que se percibe una relación entre la divinidad, su concepto y atributos con las características socioeconómicas del grupo que las creó. Las sociedades indígenas de Venezuela que para el momento del contacto con la cultura europea habían alcanzado el nivel agrícola, por ejemplo, reflejan la complejidad socio-política que esto implica en la aparente sencillez de su panteón y elementos culturales a él vinculados, hasta la existencia, en algunos casos, de templos y lugares específicos dedicados a las deidades.
Aparente sencillez, decimos, pues las fuentes con las que se cuenta para conocer, con la posibilidad de reconstruirlo, el panteón religioso de la Venezuela prehispánica propiamente dicha, fueron escritas por gentes de otras cultura, con otro dios y otras creencias, y con la misión de implantar en América el cristianismo como religión de la conquista y del conquistados. La mayoría de quienes durante la colonia escribieron sobre nuestro pasado
indígena lo hicieron con el etnocentrismo y prejuicios propios de quien impone una nueva cultura y escribe y narra desde su propia óptica.
Es cierto que muchos elementos del modo de vida indígena pasaron a formar parte de la cultura que comenzó a gestarse a raíz del encuentro mutuo con lo nuevo, pero las deidades y los héroes culturales no se contaron entre los aportes más significativos. Quedaron, sí, en las crónicas y en los reportes de cronistas y funcionarios y en la documentación de procesos inquisitoriales de despojo, más como obra del demonio –que el cristianismo impositor debía atacar, desmembrar, reducir al olvido– que como creación y necesidad de aquellos cazadores, recolectores, pescadores, agricultores que se crearon sus dioses y sus héroes culturales y para explicarse el mundo y el paso del tiempo y el significado de sus vidas y la suerte de sus muertos y la maldad y bondad de los seres humanos…, apaciguando la eterna ignorancia de los hombres, que creen tranquilizarla y hasta controlarla ubicándola por sobre su cultura, su realidad, su naturaleza, para no tener que explicar lo inexplicable.
Muchas de las deidades de nuestra antigua historia han quedado en lad culturas que ahora desarrollan los descendientes de las gentes de nuestro tiempo prehispánico, cuya fe en las deidades heredadas se ha sobrepuesto heroicamente a la fe que han querido seguir implantándoles los misioneros descendientes de aquellos evangelizadores que con la cruz y un dios al que llamaban verdadero y único, arrasaron las culturas de nuestra historia anterior al coloniaje; un dios contra cuyo manejo bélico en manos del conquistador sediento de riqueza y ansioso de estrenar un prestigio y apresurado por ganarse un espacio en el cielo, no pudieron luchar nuestras deidades…
A pesar de la guerra contra los dioses anteriores, contra los dioses más viejos de estas partes, algunos de quienes los ejecutaron nos informan de ellos para conocerlos y poder extirparlos o utilizarlos, particularmente en los casos en donde el fraile misionero cree ver similitudes con la religión que deben imponer. Así, interpretarán como demonio lo que los los indígenas conceptualizaban como el mal o referirán un cielo y un infierno, siempre en ligereza interpretativa como forma igualmente ligera, pero efectiva, de vincular conceptos y traducir ideas que facilitasen sus labores de imposición de una nueva religión.
Otros sitios donde seguramente viven nuestros dioses anteriores están en algunos de los diseños indígenas de la cerámica estudiada por la arqueología como testimonios imprescindibles de nuestra historia antigua. También en las figurinas, representaciones de seres ancestrales que todavía transmiten su esencialidad conceptual de fertiliad de la tierra, de la hembra; sus expectativas de bonanzas del mar, de ríos, de lagunas, de la lluvia o concebidas como amuletos protectores y donadores de vida ante la imprudente enfermedad, ante la calamidad de los elementos, que acosan y desesperan y mortifican y limitan el crecimiento individual y colectivo… Quizá también nuestro primeros dioses estén en los trazos de muchos de los petroglifos o grabados en piedras que viven como presencias milenarias a lo largo y ancho de nuestro actual país, y más allá… y quizá en ellos y en aquellas figuras y en aquellas vasijas y sus decoraciones estén presentes estén presentes además de deidades los héroes culturales y jefes locales de nuestro tiempo prehispánico…
Lo religioso, lo mítico, lo legendario, como temas de estudio, suelen prestarse a lo especulativo. Hemos procurado no caer en esa tentación, prefiriendo más que un análisis o algún intento de comparación, un ordenamiento de la información que hemos localizado acerca del tema. En este breve ensayo entendemos la deidad como esencia abstracta de la divinidad y cuya noción elemental se ve caracterizada, esencialmente, por la inmortalidad, la infinitud, la ubicuidad, la omnipotencia y la creatividad generaliza, primordial y originaria. Asimismo, hemos creído útil enmarcar nuestro ensayo dentro del concepto filosófico de hipóstasis, que permite visualizar y designar realidades divinas jerarquizadas. Con esta suerte de nómina deística, trascendida hasta el presente en nuestras comunidades indígenas, quizá se incentiven estudios comparativos de lo religioso entre las antiguas áreas culturales de Venezuela, del que las deidades, espíritus, héroes culturales son sólo una parte. Un camino posible puede establecerse planteando comparaciones entre la deística y religiosidad de las culturas de la Venezuela de ahora en las que sin duda reposa la esencia de nuestros dioses anteriores. Los intentos que en aquel sentido han realizado algunos antropólogos son positivos y esperanzadoramente fructíferos. Y en este orden de ideas será necesario que más pronto que tarde se haga un asedio a la documentación que se encuentra en nuestros archivos y en algunos del exterior, en la que seguramente podrá precisarse mejor el proceso generalizado de devastación de la parte más sensible de nuestras sociedades prehispánicas, lo religioso, las creencias, su filosofía de la vida y de la muerte, los rituales, atavíos y atributos de las deidades, espíritus y otras fuerzas… y también, qué hizo realmente nuestro indígena con toda una herencia religiosa ante las implantaciones culturales de la época colonial de Venezuela.
En las fuentes consultadas, tanto las coloniales como los estudios de carácter etnográfico, mucha de la deística que mencionamos aparece vinculada a complejos religiosos más amplios que lo que lo mostramos en este breve ensayo. Por nuestra intención originarias y por las características de este Cuaderno, hemos obviado, en lo posible, tales vinculaciones, y por lo segundo, hemos reducido al mínimo las referencias a las fuentes utilizadas.
Con base en lo que se ha podido reconstruir de la historia misma de las comunidades indígenas de Venezuela, muchos de cuyos descendientes aún perviven, hemos organizado el presente ensayo atendiendo a la división en áreas culturales para el período prehispánico y para lo que hemos llamado el momento del contacto mutuo con lo nuevo. Esto significa, esencialmente, una organización que atienda a la región del lago marabino, los arawacos occidentales, los Andes venezolanos, el área otomaca, la costa Caribe, los Llanos y Guayana. Como era de esperarse, los datos para este período provienen esencialmente de las fuentes coloniales. El otro tipo de información está referido a las sociedades indígenas de la Venezuela de nuestros días y la información que resumimos proviene principalmente de estudios de carácter etnográfico, que incluyen como una de sus partes la materia religiosa, y de estudios específicos sobre deidades y creencias religiosas.
Los hombres, siempre, dejan huellas de su tránsito por la historia, en un afán, quizá inconsciente, de que se los recuerde, de que los recordemos, y la interpretación-reinterpretación de esas huellas puede hacer que los recordemos mejor y de manera más completa y objetiva. Es posible que con estos datos para una reconstrucción histórica, uno pueda pensar en lo que dice Gilij: “los indios, muertos sus ancianos, es decir, aquellos que hacen las veces de los libros, se habían quedado privados de muchos conocimientos útiles.”
De los Andes venezolanos
De esta zona geográfica, actuales estados Mérida, Trujillo y Táchira y sus deidades prehispánicas, sobresale Icaque, diosa de los cuicas, y cuyo santuario, en Escuque, y su sacerdote Toy son descritos principalmente por Juan de Castellanos. Se trataba de una imagen de bulto, a las que al parecer fueron afectos los pueblos del área y que hacían con hilo de algodón, tierra cocida y palos.
El santuario que describe Castellanos consistía entres espaciosas naves que podían alojar gran cantidad de indígenas para la celebración de numerosos rituales y sacrificios. Y dice Castellanos que a Icaque “hacíasele fiesta generosa / (a tiempos y por días) señalada”, y no sin cierta admiración escribe este cronista que “Las casas de grandeza tan pujante, / tantas y por tal orden y concierto, / que no se vido cosa semejante / en cuanto por allí se ha descubierto”.
Acompañando a Icaque había otras figuras. Las de carácter femenino, seguramente vinculadas a las concepciones de fertilidad, tenían los senos hechos con hilo de algodón y en su interior piedritas de colores. Estas figuras, a las que los españoles dieron el nombre de tunjas, eran puestas, además, en bohíos especialmente dedicados a ellas, de seguro bajo en cuidado de mohanes o mojanes y, hasta donde podemos afirmarlo, esta costumbre se daba entre los cuicas y los chamas.
Otra figura andina de relevancia religiosa la constituye Ches o Chen –deidad principal de los mucus–, cuyo recuerdo pervive en nuestros días como una fiesta denominada Bajada del Ches. Algunos de los rituales que se practican hoy en zonas de los Andes recuerdan las del tiempo prehispánico, cuyo objeto principal era obtener de aquella deidad, por boca del mohán, el pronóstico de si sería o no favorable la estación a los cultivos. Caso de no serlo se ofrecían sacrificios para lograr que Ches tornara favorables los acontecimientos futuros; si los augurios no lo eran se celebraba entonces lo que ha sido descrito como una gran fiesta. A Ches se le presenta como dador del bien y del castigo y como habitante de las alturas parameras y de las lagunas solitarias. Seguramente, Ches presidía el importante panteón que debió haber caracterizado a la deística prehispánica andina venezolana.
De importancia en los Andes fueron, y son, también, los Dioses-Culebras o Cuat y los espíritus asociados a las lagunas y el arcoíris. Algunos estudiosos han planteado interesantes relaciones entre el denominativo cuat y el de algunos dioses centroamericanos del agua como el nicaragüense Acuato y el mexicano Quetzalcoatl, uno de cuyos significados es serpiente –coatl, en náhuatl– emplumada. Estas culebras o Madres de Agua tienen algunos equivalentes actuales en nuestros Andes, como la culebra llamada tatacua, utilizada, con otros ingredientes, para obtener un ungüento curativo.
En cuanto a las lagunas y el arcoíris, estudios más recientes han comprobado su vigencia en nuestros días y la configuración de un importante complejo deístico constituido por esos dos elementos. La Laguna de Urao, en Lagunillas de Mérida y otras lagunas se presentan como espacios sacralizados y Arco y Arca como deidades de origen acuático a las que se asocian algunas aves como el tistire y el airón. Arco es tanto dios creador como dios destructor; da y quita; cura pero también se lo responsabiliza por las enfermedades y así como da la vida puede igualmente producir la muerte. Se ha pensado que Ches puso haber sido el nombre antiguo de Arco e Icaque el de la diosa Arca. Una posible base parece establecerla el vocablo che-che, águila que es identificada con los páramos y que se vincula al arcoíris. Estudios realizados hasta el momento acerca de las deidades prehispánicas andinas muestran estrechas relaciones entre éstas y las de los chibchas, a los que nuestras culturas andinas están estrechamente vinculadas. Así, se encuentran similitudes entre Chía y Cuchabiba, la luna y el arcoíris chibchas respectivamente. Entre los timotes se considera a la Luna, Chía, y a Zuhé, el sol, como padres de la hermosa Caribay, quien viaje por sobre las altas cumbres parameras y en cuyo silencio llega a sentir la presencia de Ches.
Para los timotes y, en general, para todos los pueblos andinos de Venezuela, Ches se asocia a una compleja estructura religiosa que incluye tanto la cólera como las bonanzas de la deidad. Ambos extremos pueden apreciarse en la historia de una gobernante timote, cuyo nombre desconocemos, hija del sol, su enfermedad y un pequeño águila de oro macizo concedido por Ches como amuleto a la casta de la gobernante y sobre el cual reposa su poder y el de su familia. La princesa, enferma, decide ofrecer a Ches el amuleto heredado de su padre y pide a Mistajá que sea su oferente y mensajera ante el lugar sagrado de la deidad, en las alturas montañosas de los Andes. Allí debe enterrar la figura de oro, invocar a Ches y esparcir los cabellos de la princesa gobernante. Estos se convierten en Díctamo, hierba milagrosa que la enferma consume y por la cual se cura.
Otras figuras andinas con espacios en su deística y de las que se tienen pocas noticias, incluyen al murciélago –posiblemente procedente del área que actualmente ocupa el estado Lara– cuyas representaciones en nefrita –las alas de murciélago– eran colocadas debajo de la cabeza del difunto, además de ser utilizadas como adornos corporales. El murciélago era una especie de divinidad de la muerte y se la considera mensajera de los dioses, papel que también se le adjudica al zamuro. Como dios de la guerra los andinos prehispánicos tenían al venado y como símbolo de jerarquía al paují.
De la región del Lago de Maracaibo. Yukpa, Guajiros, Barí y Paraujanos
En el actual estado Zulia subsisten los descendientes de un paisaje humano que debió haber sido mucho más complejo de lo que en nuestros días se presenta. Los yukpa, de filiación lingüística caribe, conciben la existencia de dos soles alternos, pues cuando uno se va el otro regresa. Kopeco, la mujer-rana, redujo a uno de ellos llevándolo al centro del pozo con brasas y aunque estaba acostumbrado al calor, se tornó blanco y perdió parte de su brillo convirtiéndose en la luna. Atopoinsha es un héroe invisible de las guerras y habita en los ríos Yasa y Negro, en la Laguna de la Muerte y en Santa Ana. A él se asocia Moteru, padre de los barí. Dicen los yukpa que el primer ser fue Tamoryayo, dios creador y transformador que vivía encima de las nubes, desde donde bajó a cambiar de sitio el firmamento para colocarlo donde ahora está, luego de haber flechado por dos veces al sol. Después de esto creó al primer yukpa, pero viéndolo tan solo y sin que pudiera compartir con nadie lo que cosechaba, a través del pájaro carpintero le preguntó si deseaba compañía. El yukpa respondió afirmativamente y emprendió entonces un largo viaje en busca del árbol Manüracha o Caricai. Que al ser cortado sangraría. Pájaro Carpintero lo picoteó y el árbol se quejó. De él, yukpa cortó dos troncos que, ya en su casa, se transformaron en dos mujeres. Tomó a una de ellas, le hizo cosquillas y con la risa de la mujer le entró el alma en el cuerpo. Hizo lo mismo con el otro tronco y después de flexionarles los brazos, las piernas y el cuello, les puso el nombre de yoripa. Seguidamente, las preñó y entonces comenzaron a nacer los yukpa.
Osemma u Oséema es para ellos el dios de la agricultura, actividad que los yukpa desconocían hasta que esta deidad se las enseñó. Era Osemma de cabellera muy larga, toda llena de flores y de granos de maíz, pero como no hablaba la lengua de los yukpa se valía de una ardilla, su compañera, como intérprete. Por medio de ella supo que los yukpa sólo recolectaban frutas y semillas y era cuanto comían. Fue esto lo que le ofrecieron como alimento durante una visita a una de las casas, pero Osemma lo despreció diciendo que eso no era comida para él. Por la noche se levantó en silencio y por donde quiera que pisaba iban naciendo plantas de todo tipo y al día siguiente, ante la sorpresa de todos, les fue diciendo el nombre de las nuevas plantas: yuca, quinchoncho, maíz, ocumo, batata… Osemma permaneció con ellos durante muchos años y fue enseñándoles a sembrar, a cuidar y a cosechar las plantas y el día que se iba le dijo a los yukpa que asimismo enseñaran a sus hijos y les pidió, además, que los primeros frutos de cada cosecha los ofrecieran en su honor. Dicen los yukpa que Osemma se fue haciendo chiquito hasta que la tierra se lo tragó; entonces ocurrió el primer temblor. Creen también en un diluvio de grandes proporciones durante el cual la Montaña Tütare o de Las Tres Tetas, en Colombia, fue lo único que no se inundó. En ella se refugiaron sus antepasados y bajaron de allí gracias a las diligencias del cangrejo, el cachicamo, el zamuro y la paloma, que fueron propiciando la merma de las aguas y revisando las condiciones del espacio inundado hasta que la tierra fue habitable de nuevo.
En el actual estado Zulia subsisten los descendientes de un paisaje humano que debió haber sido mucho más complejo de lo que en nuestros días se presenta. Los yukpa, de filiación lingüística caribe, conciben la existencia de dos soles alternos, pues cuando uno se va el otro regresa. Kopeco, la mujer-rana, redujo a uno de ellos llevándolo al centro del pozo con brasas y aunque estaba acostumbrado al calor, se tornó blanco y perdió parte de su brillo convirtiéndose en la luna. Atopoinsha es un héroe invisible de las guerras y habita en los ríos Yasa y Negro, en la Laguna de la Muerte y en Santa Ana. A él se asocia Moteru, padre de los barí. Dicen los yukpa que el primer ser fue Tamoryayo, dios creador y transformador que vivía encima de las nubes, desde donde bajó a cambiar de sitio el firmamento para colocarlo donde ahora está, luego de haber flechado por dos veces al sol. Después de esto creó al primer yukpa, pero viéndolo tan solo y sin que pudiera compartir con nadie lo que cosechaba, a través del pájaro carpintero le preguntó si deseaba compañía. El yukpa respondió afirmativamente y emprendió entonces un largo viaje en busca del árbol Manüracha o Caricai. Que al ser cortado sangraría. Pájaro Carpintero lo picoteó y el árbol se quejó. De él, yukpa cortó dos troncos que, ya en su casa, se transformaron en dos mujeres. Tomó a una de ellas, le hizo cosquillas y con la risa de la mujer le entró el alma en el cuerpo. Hizo lo mismo con el otro tronco y después de flexionarles los brazos, las piernas y el cuello, les puso el nombre de yoripa. Seguidamente, las preñó y entonces comenzaron a nacer los yukpa.
Osemma u Oséema es para ellos el dios de la agricultura, actividad que los yukpa desconocían hasta que esta deidad se las enseñó. Era Osemma de cabellera muy larga, toda llena de flores y de granos de maíz, pero como no hablaba la lengua de los yukpa se valía de una ardilla, su compañera, como intérprete. Por medio de ella supo que los yukpa sólo recolectaban frutas y semillas y era cuanto comían. Fue esto lo que le ofrecieron como alimento durante una visita a una de las casas, pero Osemma lo despreció diciendo que eso no era comida para él. Por la noche se levantó en silencio y por donde quiera que pisaba iban naciendo plantas de todo tipo y al día siguiente, ante la sorpresa de todos, les fue diciendo el nombre de las nuevas plantas: yuca, quinchoncho, maíz, ocumo, batata… Osemma permaneció con ellos durante muchos años y fue enseñándoles a sembrar, a cuidar y a cosechar las plantas y el día que se iba le dijo a los yukpa que asimismo enseñaran a sus hijos y les pidió, además, que los primeros frutos de cada cosecha los ofrecieran en su honor. Dicen los yukpa que Osemma se fue haciendo chiquito hasta que la tierra se lo tragó; entonces ocurrió el primer temblor. Creen también en un diluvio de grandes proporciones durante el cual la Montaña Tütare o de Las Tres Tetas, en Colombia, fue lo único que no se inundó. En ella se refugiaron sus antepasados y bajaron de allí gracias a las diligencias del cangrejo, el cachicamo, el zamuro y la paloma, que fueron propiciando la merma de las aguas y revisando las condiciones del espacio inundado hasta que la tierra fue habitable de nuevo.
Korototo u hormigas rojas eran hombres guerreros que continuamente atacaban a los yukpa; entonces el valiente Yipirupshi, jefe yukpa, praparó las armas pero comenzaron a llegar muchas hormigas que, de pronto, se convirtieron en muchos con armas y flechas en sus manos. Yipirupshi se defendió son palabras ven en las cabeceras de los rhumo de los colores del arcoionvirtieron en muchos con armas y flechas en sus manos. óó pero él y los yukpa fueron todos muertos.
Entre los yukpa, como en otras comunidades, el arcoíris tiene connotaciones de divinidad. Lo asocian al curioso Potaikü, que no respetaba lo ajeno. Al intentar comerse unos bollitos de maíz que no eran suyos, sintió que su cuerpo se quemaba, envuelto con el humo de colores del arcoíris al que conciben como hombres de cabelleras muy largas, antropófagos y zoófagos y que viven en las cabeceras de los ríos.
Tayaya o Tüyüyü son palabras que entre los yukpa no se deben decir. Con ellas se identifica a una rueda muy grande que está en un lugar en donde llueve mucho y que comienza a girar cuando se le acerca un ser humano. Se trata, al parecer, de un lugar de castigo a donde van las gentes malas después de muertas.
El panteón deísticoi yukpa está formado, además, por el colibrí, el alacrán, el caracol –asociado con la mujer Yimikshi y el poder de adivinar u ovay pacoru–; el rey zamuro, vinculado a Okoshyi, mujer que enfermó de sentimiento y que al morir nacieron los pájaros yovakasa. Asimismo, los peces, el cachicamo, el rey mono, la serpiente de agua u okorare, la tijereta, el mono cara blanca y las avispas tünombra. El sol y la luna aparecen asociados a Amushayaka (venado), cazador a quien el sol, que cazaba guacamayas, encontró en sus predios y como condición para llevarlo hasta su casa, le prohibió al venado que le viera el trasero, que es luminoso. En la casa del sol, su hijo Shiku, estrella, le ofreció chicha de tabaco y el yukpa la rechazó. Shiku, entonces, fue a la casa de la luna a advertirle que esa noche el sol se comería a aquel hombre, a quien Shiku ayudó a escapar, conjuntamente con la luna, quien lo escondió en unas ollas donde estaban, también escondidas por la luna, algunas señoritas que recién habían menstruado. El sol destapó las ollas y las jóvenes, aterradas, se deshicieron de las mantas que las cubrían y estas cayeron sobre la luna. Así ocurrió el primer eclipse.
Los espíritus yukpa de la muerte se llaman Okatu; Imanta es el espíritu de la lluvia. Ikáno Mánponot, Tayito y Yukáva, que residen en los troncos de ciertos árboles, son los espíritus del mal, y la benevolencia de la tierra radica en el espíritu Ikantirátay.
Entre los guajiros o wayú sobresale Mareiwa o Maleiwa, hijo del trueno, fuerza que preñó a su madre. Es el poseedor del fuego que guardaba celosamente en una cueva a la que los hombres no tenían fácil acceso. Junuunay, joven valiente, pudo entrar, robó dos brasas, las puso dentro de un morralito y salió huyendo. Entregó una braza a Kenaa, joven cazador a quien Maleiwa había convertido en pequeño cocuyo; la otra brasa la entregó a Dimut, el cigarrón, quien fue extendiendo el fuego por toda la tierra. Los hombres fueron consiguióndolo por intermedio de Serumaa, un niño a quien Maleiwa había convertido en el pájaro que salta de rama en rama. Mareiwa es el héroe cultural de los wayú pues además de darles el fuego, les suministró los medios de subsistencia y les enseñó cómo utilizarlos cómo utilizarlos. Juya, masculino, y Pulowi, femenino, son los conceptos deísticos más importantes de los guajiros. Juya es la lluvia y vive por encima del sol. Como concepto masculino es el seductor por excelencia, además de andariego, guerrero y cazador. Pulowi es su esposa y tiene la virtud de ser múltiple y de poseer muchas riquezas como peces, tortugas y piedras preciosas… Es también peligrosa y ello se manifiesta en los lugares donde vive, que son muchos: habita tanto en el mar como debajo de la tierra, y las serpientes, enemigas de su esposo, anuncian las presencias de Pulowi. En ella reposa, además, la concepción wayú de la dualidad: es la muerte pero también es la vida.
Jepirra es una montaña que para los wayú es la tierra de los muertos y allí conservan el rango social que tuvieron en vida, sólo que allá son yoluja, sombra u otra imagen del alma de los hombres. Jepirra está en la Guajira colombiana y se llega a ella a través de lo que sería la Vía Láctea.
Wanülü es término con los wayú conciben con varios significados. Uno de ellos es el del nombre del hermano y en su parte andariega más directa, lo masculino.
Para los barí, de filiación lingüística chibcha, sus muertos o Basunchima viven en el cielo y se desplazan a voluntad por todas partes. Una de ellas es la tierra barí, a la que bajan para consolarlos por las continuas agresiones de los criollos.
Finalmente, los paraujanos o añú creen en un ser que vive con su mujer en un mundo ubicado por encima de la tierra; lo conciben como el héroe cultural que convocó a los hombres para darles todos los beneficios, pero como los añú llegaron tarde sólo recibieron sobras.
De los Caquetíos, Achaguas, Betoyes, Jirajaras y Ayamanes
La información colonial acerca de las deidades prehispánicas del área cultural conocida como de los arawacos occidentales –que se ubicaron principalmente en lo que hoy son los estados Falcón, Lara y Yaracuy– es realmente escasa.
De los caquetíos, que vivieron desde las orillas del Lago de Maracaibo hasta poco más al este de la desembocadura del río Yaracuy, es decir, lo que actualmente sería el Distrito Miranda del estado Zulia y gran parte de Falcón, incluyendo la Península de Paraguaná, nos quedó el término Capu, palabra con la que conceptualizaron la idea de mal y mismo nombre con el que llamaron a los conquistadores europeos. Por las informaciones de algunos cronistas sabemos que los caquetíos tuvieron adoratorios públicos y que cada familia –y posiblemente cada ‘parcialidad’– contaba con ‘ídolos’ propios. Consideraban al sol y la luna como sus dioses principales y solían ofrecerles sacrificios de niñas –que compraban a la madre– para atraer las bondades de la lluvia.
Las deidades del panteón achagua, cultura que se extendió desde muy cerca de Barinas hasta San Juan de los Llanos y desde allí hasta Popayán, fueron Jurrunaminarí, deidad de las labranzas; Baraca o Varaca, de las riquezas; Culsabirri, del fuego; Prubisana, el causador de los temblores; Achacató, de los truenos; Ibarrutua, madre de del lucero de la tarde o Jumenirro, e hija de Urrumadua. Además de estas deidades, estaba Amaribaca Ureca o Dios Tonto. La pareja creadora fue Urrumadua, fuerza femenina, y Guaygerri, fuerza masculina, y cuyo significado es El que todo lo sabe. Los Achaguas hablaban, asimismo, de un diluvio universal o catana, del que sólo se salvó una pareja con su prole, subiéndose a un monte muy alto. Hubo entre los Achaguas, al parecer, un importante culto a la luna y al sol al que aún durante el período colonial se ofrecían sacrificios en petición de lluvias.
De los jirajaras, queestaban ubicados cerca de Barquisimeto, en la parte montañosa de Falcón y en la zona limítrofe Lara-Zulia, nos ha quedado información acerca de una deidad maligna, Memelú, a la que atribuían las enfermedades de los niños. Confesaban la existencia de dos dioses hermanos, uno mayor que el otro, y que el hermano mayor lo creó todo de la nada pero que decisión destruir su creación por medio de un gran diluvio. Después de la catástrofe, el dios-hermano menor bajó desde los cielos a propagar por la tierra el linaje humano y que no regresó. Al movimiento de sus brazos atribuían los temblores de tierra, en tanto que la malignidad la representaban las Achaguas a través de Tanasimi.
Betoyes y Jirajaras practicaron lo que al parecer fueron importantes rituales de resguardo a la luna, que se revelaban y expresaban de manera particular durante los eclipses. Estos se consideraban la muerte de la luna y, con ella, la de la comunidad. Sin embargo, desconocemos la deística asociada con aquel astro, aunque sabemos, sí, que consideraban al sol como su dios. Creían en una pareja creadora, que al mover sus brazos producía terremotos y temblores y que las lluvias resultaban de la chicha vertida por aquella pareja cuando se emborrachaba. Un aspecto de la cultura betoye que al parecer estuvo muy desarrollado, fue la astronomía, pues el cronista Gilij apunta que una noche le mostraron y nombraron una por una las estrellas, y describiendo sus varios giros. Para los betoye y jirajara la fuerza maligna, interpretada por las crónicas coloniales como demonio, residía como entre los Achaguas en Memelú.
Sobre el panteón religioso de los Ayamanes o Ayomanes, que se ubicaban en la actual región limítrofe Lara-Falcón, las noticias son igualmente escasas, excepto las que puedan inferirse de una de sus fiestas, Las Turas, que pasó por sobre rodos los obstáculos de la época colonial contra las culturas indígenas y ha llegado, modificada, hasta nuestros días.
Las Turas fue un ritual de carácter agrícola, dedicado, posiblemente, al dios Hurakán, deidad esencialmente caribeña y cuyo ritual prehispánico en el área ayamán se sucedía para calmar los vientos, principalmente los del sur, que echaban por tierra las plantas cultivadas del maíz. Como ritual agrícola Las Turas estuvo vinculada con la fertilidad, y ello se aprecia en el particular tratamiento del que es objeto el grano del maíz, cuyas mazorcas atadas en pares o tríos, ofrecidas de manera especial en los espacios rituales de lo que se conoce como el palacio y el árbol de la vida, son designadas con los nombres de niño o niña, persogos o marido y mujer y padre, madre e hijo; es decir, los elementos de la organización prehispánica nuclear de la familia ayamán.
De los Caracas y Chaimas
En el área cultural prehispánica que se conoce como de la Costa Caribe, los caracas, una de sus parcialidades, parece que tuvieron deidades del agua, del maís y de las enfermedades y de lo que al parecer era una importante fiesta llamada Itanera, muy vinculada a la iniciación de los futuros piaches. No se tienen más datos acerca de esta fiesta, excepto un topónimo que recientemente encontramos en un documento del siglo XVIII, Sitio de Itanera, en el área de Antímano, La Vega y Caricuao. Destaca entre los caracas, además, la costumbre de enmascararse y de cubrir sus cuerpos con vestidos de corteza en las ocasiones en que se celebraban danzas y durante las cuales cada quien llevaba figuras que representaban animales. Los chaimas, otra de las parcialidades prehispánicas del área, consideraba a su deidad Amanaroca el creador del mundo y contaban en sus historias las hazañas de dos hermanos a quienes como héroes culturales atribuían cuento disfrutaban de esencial en sus vidas.
De los Llanos y la Guayana
En buena parte de esta amplia zona existe un elemento natural –la palma de moriche– sobre el que se sustentó buena parte de la vida de los pueblos que allí habitaron y habitan. Dicho elemento pudo haber tenido significación deística y algunas comunidades, por ejemplo, se consideraban varu-múcuro o Hijos del Moriche. Los tamanacos afirmaron a los cronistas ser descendientes de gentes creadas con la fruta de aquella palmácea. Este árbol se vincula actualmente con el concepto de Árbol de la Vida, muy extendido como historia de orígenes y héroes culturales en casi toda el área, donde se reconoce como deidad superior al héroe cultural Yaperi-Kuli y, entre los arakac y con la misma condición, a Haburi. Entre los caribes del área Bunia es el ave que enseñó a los indígenas el uso de las plantas cultivadas y otros elementos de su cultura, y los galibis o caribes del Guarapiche a Quiyumocón o Nuestro Padre Grande.
Tamanacos
Para los tamanacos, pueblo de filiación caribe que en tiempos prehispánicos se extendía desde el Manapiare hasta Cuchivero, Amalivacá fue el creador del mundo y de los hombres. Otra deidad creadora fue Amanené, que según Gilij derivaría del verbo yamanerí, crear. El nombre de Amalivacá, con variantes, es uno de los más extendidos del panteón indígena y la historia que relata su vida y obras es quizá la que de manera más completa nos legaron las crónicas coloniales, especialmente Gilij, quien informa, además, que los pareca lo llamaban Amaruacá y los caribe Amarivacá.
Dicen que Amalivacá y su hermano Vochí fabricaron la tierra y que para la formación del río Orinoco hubo entre ambos una larga consulta y a fin de que los tamanacos se cansaran menos, pensaron hacerlo de tal forma que su navegación no se hiciera nunca contra la corriente. Amalivacá estuvo mucho tiempo entre los tamanacos, en la gruta llamada Amalivacá-yeutitpe, que está en el sitio llamado Maita, y cerca de allí está su tambor, el Amalivacá-chamburai, que es un gran peñasco. Esta deidad, antes de partir, había instaurado la immortalidad entre sus criaturas, pero por las dudad que manifestara una vieja, los tamanacos se volvieron mortales.
Yolokiamo puede ser para este grupo el alma de los hombres, en una concepción más amplia que la de Nande, aunque en algunos contextos lo asemejan a la idea del mal. Mavári, en cambio, es el espíritu maligno al que atribuyen las enfermedades, que son como flechazos de Mavári o su veneno. Vive en varios lugares, pero parece preferir Uara-yotta, lugar vecino a La Encaramada y cuyo cañaveral y guaduas le pertenecen. Eno es el concepto tamanaco de la parte de arriba y se le asocia también con el trueno.
Otomacos
A un ser superior los otomacos lo denominaban Jivi-Uranga El que está en lo Alto, y se consideran descendientes de los dos peñascos de Barraguan: uno que es su abuelo y el otro su abuela. Los amaibas y los taparitas creían en una deidad a la que denominaban Yuiulla y los otomacos conceptualizaban el mal a través de Tigitígi.
Sálivas
Para ellos, Puru o Punu fue la deidad que hizo todo lo bueno y vive en el cielo. Su hijo fue quien mató a la gran serpiente que tenía acosada y destruía a la humanidad, y de cuyas entrañas salieron espantosos gusanos que luego se convirtieron en los caribes. Otra deidad era Paidoji y la malignidad residía en Omoidi u Omaindi. A la luna la identificaban como Besho, Vexio, Veho o Vejo, y al sol, su esposo, con el nombre de Mumesque coco. Eran los padres de las estrellas.
Yaruros
Los yaruro o pumé, recolectores y pescadores del área de los ríos Apure y Capanaparo, se consideran descendientes de las estrellas. Kuma es la Diosa Madre y siempre espera a los pumé en la Tierra de Kuma. Creó a los hombres con la ayuda de sus dos hermanos: Ictia, el jaguar, y Puaná o Poaná, la serpiente anaconda, animales totémicos de los clanes exogámicos yaruros. Hatchawa hijo y al mismo tiempo nieto de Kuma, fue el héroe cultural de los pumé pues compadeciéndose de los hombres que habían sido creados, le dio el fuego, el arco, la flecha y muchas otras cosas, además de salvarlos con su cuerda de la gran inundación que hubo en tiempos pasados. Se dice también que Hatchawa es hijo de Kuma y de Poana. Kiberih, espíritu maligno, se asocia a veces con la creadora Kuma. Otras figuras de la deística yarura son: Andi-canoné o deidad del cielo; Dabú-canoné, de la tierra; Yuri-canoné, de las selvas; Chari-canoné, de los prados y Ui-canoné, de las aguas, principalmente de los ríos. Hay entre los yaruro un desarrollado sentido de íntima relación con los astros y los animales, en la que las estrellas son mensajeras de Kuma, quien representa al oeste, en tanto que Hatchawa es el representante del este. Yuané aparece en algunas fuentes coloniales como la fuerza yarura del mal.
Hiwi
Habitan en nuestros llanos occidentales y este de Colombia. Se les ha dividido en guajibo, chiricoa, cuiva y sikuani. Según ellos el mundo y los hiwi fueron creados por Kúwai el cual se valió del agua y cielo primordiales y de sus pensamientos. Primeramente, creo figuras humanas de barro, pero la lluvia las deshizo; en el segundo intento utilizó cera de abejas para hacer las figuras pero el sol las derritió y, por último, construyó hizo figuras de madera, que se reprodujeron porque un ratón logró que sus sexos se diferenciaran y unas tuviesen pene y otras vagina. Kúwai, como espíritu transformador y héroe cultural que es, dio el fuego a los hombres. Los que no son hiwi fueron creados por Purunáminali o Purrúnaminári, que en las fuentes aparece como deidad maipure y cuyo significado según Gilij podría ser El Señor y Amo de Todo, que tuvo con Tapaniumarru, mujer inmortal, a un hijo de nombre Sísiri. También para los maipure Gilij informa de Vasúri, espíritu maligno en el cual también creían los tamanacos y para los guajibos la fuerza del mal está representada por Duati.
Una especie de panteón deístico jerarquizado hiwi ubica de seguidas a los héroes culturales Iwani, quien enseñó a los hombres a construir sus casas y refugios; Tsámini, quien les reveló los secretos del cultivo y le dio las principales plantas alimenticias. El arco y la flecha les fueron dados por Matsúludani; y Madúa, quien dio sus lenguas a los hombres y les enseñó a fabricar las curiaras.
Yamáxa es el creador de las serpientes, dueño del trueno y tiene poderes para destruir lo creado, como Dówati o Duati, que es capaz de comerse el alma de los hombres. Otros seres y espíritus considerados malignos son Kuliwakúa, asociado a la luna y ladrón de cadáveres y Masifefére, anunciador de la muerte. Málike es un espíritu que auxilia al shamán y Mánu, comunidad de espíritus protectores de especie animales y que reside en las fuentes de los ríos. Finalmente, Mátakabi huámeto, nombre del sol, Mérawi huámeto, el del la luna. Las estrellas habrían estado en la tierra antes que los seres humanos.
Para los cuiva Namonä (Nakwone) era varón y se creó a sí mismo pues antes no había nada sino sólo sabana. Vivía en Kauyimene, cerca del río Capanaparo, y creó a los hombres o jiwi, quienes poblaron la tierra y las orillas de los ríos. Primero creo a Jota, su hermano, y después vinieron Jätsoro, Sabojoto, Mauto, Jakeya y Wapejäto y los creo bajándose el guayuco y dejando que salieran por su ano. Después creó la tierra, los animales, los ríos con sus peces y otras variedades de seres vivos. Pero Elmio, su primo hermano, y Jätsoro mataron a Namonä para que no siguiera creando jiwis. Por este tiempo los hombres comñían crudos la carne y el pescado hasta que Jätsoro descubrió el fuego y como sólo lo quería para él Sabojoto se lo robó después de matar a Jätsoro, quien se convirtió entonces en pájaro. Al terminar su vida en la tierra, Sabojoto y Wepejäto igualmente se convirtieron en pájaros; Mauto en paloma y Jayeka el morrocoy. La primera yuca –amarga y dulce– la hizo Ofäbe, hermano de Jayeka, pero como los jiwi continuaban teniendo hambre se convirtió en lapa, pintándose con la pintura timowato y comenzó entonces la cacería entre jiwi. Vinieron otros hombres, como Kotöra, sobrino de Zaki, creados también por Namonä, pero Zaki comenzó a enamorarse y a cortejar a Ermia, mujer de Kotöra y que tenía la piel blanca. Después de la pelea qie hubo Zaki y Kotöra murieron y Ermia se quedó sola.
Dicen los jiwi que existen dos soles, uno grande y otro pequeño, que se crearon a sí mismos. El primero alumbra por la mañana y el más pequeño lo hace por la tarde; e igualmente que existen dos lunas que alumbran una por la noche y la otra por la madrugada. Cuando soles y lunas terminan de alumbrar es porque se van a una cueva que como está tan lejos es imposible verla. La luna que alumbra por la noche, Jumeto, un día se pudo muy enferma por un embrujo de la gente Jumuruwa pero Jayeka, el morrocoy, sopló muy fuerte sobre ella y Jumeto sanó. Sólo vuelve a enfermarse cuando una muchacha menstrua por vez primera.
La gente Jumuruwa –parientes lejanos de los jiwi y que a veces aparecen en forma de murciélagos– vive por los lados de Urukuachuco y algunos a lo largo del río Meta. El primero se ellos se llamaba Masawadi y se formó a sí mismo. Tambe, Wapiwe, Aitopiwe son también gente jumuruwa. Masiwadi a veces transporta a los hombres hacia el cielo o itöboko y todos los jumuruwa utilizan una maraca roja, la peratobüre, que es invisible. Está repleta de las piedras Metsibe, Techibüjü, Mara y Jamauto, que encuentran en el cielo y la piedrita Metsibe, también de color rojo, es la más poderosa. Una de ellas, que fue al cielo a robar piedritas, fue muerta por Döinowaje, que fue quien mandó la primera lluvia que duró mucho tiempo, tanto, que los jiwi comenzaron a ahogarse; pero Namonä pudo salvar a cuatro hombres y a cuatro mujeres con un largo y grueso mecate que había amarrado al cielo.
Los jumuruwa eran comidos por los kauri o kaurico, gigantes poderosos a quienes Namonä mismo tenía miedo. Kauri, sin embargo, fue quien construyo la primera balsa, con los troncos que cortó con sus hachitas. En uno de sus viajes por el río Meta la balsa se voleteó y todos los kaurico se ahogaron pero siguen allí. Jaulikal entonces perfeccionó la obra de Kauri y construyó la primera canoa, fuerte y bonita, y desde entonces así construyen sus canoas los jiwi.
Cumanagotos
La fuerza del mal para los antiguos cumanagotos era llamada Iboroquiamo, de iboroco, el zorro, y se le consideraba culpable de todos los males e infortunios. Según Civrieux, Iboroquiamo es una variante del kari’ña Ioroka o Ioroska, Señor de la Noche, la Tierra y el alma de los muertos. Otras variantes del nombre del espíritu de la tierra parecen ser Orosha, entre los ye’kuana y Yoroko entre los coaca. La noche cumanagota también aparece poblada de espíritus llamados genéricamente Cozpayon –los oscuros, los invisibles–, vocablo proveniente de cozpay, la oscuridad, lo sagrado, lo poderoso. Otro nombre cumanagoto para la fuerza del mal era Amoco, o Amaco, el dueño del rayo y nombre de un guerrero (de 1680) y que es un espíritu auxiliar del curandero. El espíritu guardián o dueño de la lluvia era Yecem o Zezen, aparentemente reflejado en el sapo.
Waraos
Los guaraúnos o waraos, pueblo del delta orinoquense, atribuyen la creación de los seres humanos a dos deidades: una, cuyo nombre prehispánico desconocemos, creó el género femenino en tanto que el masculino fue creado por Konoremana o Korroremana, héroe cultural que además era presentado como dueño de la luna que, para los warao, es de género masculino y que fue un ser humano en el principio de los tiempos. Para este pueblo Kokou, héroe cultural, les arrojó desde arriba –donde los zamuros tienen su conuco– semillas para sembrar yuca, ñame y otros frutos. Abore, por su parte, se considera el padre de todos los inventos.
Barekuamana era el zamuro blanco que gobernaba a todos por lo que cuanto pescan y recogen lo entregan al gran espíritu Kuai-mare, cuyo significado es El feliz que habita arriba- Kuai.mare es blanco, de cabellos largos, suaves y de ojos muy grandes. Tiene las orejas tan largas, que una llega al poniente y la otra al oriente y los zarcillos que de cada una de ellas cuelga brillan como el oro y la plata, y su oído es tan sensible que puede escuchar todos los murmullos del mundo y lo que dicen los hombres. Además del guayuco warao Kui-mare viste una túnica finísima, que flota y cruje con el aire produciendo la brisa que agita el agua de los caños. Sus pies y manos son largos y fuertes y es por ello que cuando camina se producen movimientos en la tierra. Kuai-mare, sin embargo, ha creado las cosas que tienen los warao y es su dueño tal y es el que controla todo sobre la tierra. Ha creado también a los espíritus buenos y a los malos; a Betere, el dueño de los terremotos y huracanes, que tapa su cara con sus manos para que no se le escapen los aires que lo habitan: y a Juluna o espíritu de los ataques, y a Inaliko, que controla las moscas, los tábanos y otros insectos, y al pájaro Masisikire, cuyo canto es anunciador de la muerte, y a Boracire, sólo visible por los moribundos, y a Nabarao, espíritu maligno de las aguas, y a Karibe, terrible espíritu que a veces es mujer y a veces hombre y que de tiempo en tiempo invade con su presencia y su hambre de pescado fresco el Orinoco y que puede robar a los niños warao.
Kuai-mare creo también a los Mejocoji o sombras de los muertos. Que suelen aparecer en sueños pero que habitan en todas partes. Otros de sus nombres son Ka-Noso o Nuestro Abuelo; Aidamo o Señor; Hebu o Jebu, espíritu, en general, y Güisidatu-Arotu. Vive arriba con su padre Jololi, con sumadre Yajuma, con sus dos mujeres, Korata y Koratori, y muchísimos hijos. Uno de ellos, Kuai-nasi, tiene la cabeza tan pequeñita y reluciente que es como las cuentas para collares con los que se adornar los warao.
El creador warao por excelencia parece ser Jaburi, que se hizo a sí mismo, y cuyo nombre significa El que tiene mucha familia. Bajó a la tierra a comprobar las bondades de su creación y estuvo bajo las sombras de los árboles y se bañó en las aguas y vio las flores y los ríos y sus peces y comió la exquisita miel de las montañas… Jaburi bajó acompañado de su hijo, un niño que había nacido de él pero sin madre. Como no veía a nadie y ya estaba fatigado de tanto caminar decidió buscarle una madre a su pequeño hijo y en lo profundo de la selva encontró a una mujer, dormida y rodeada de comida: era Guauta, que había sido una garza blanca y que ahora vivía sola en la selva. Jaburi comió hasta saciarse y durante el descanso que siguió propuso a Guauta que se casaran. A partir de entonces, y con la ayuda de Guauta, Jaburi comenzó a crear muchas cosas de pequeños objetos. Una de las que hizo fue una hermosa curiara, en la que se embarcaron pero dejando al niño, solitario en la casa y aconsejado por Jaburi para que procreara a los seres humanos. Su hijo, entonces, buscó la manera de hacerlo pero no encontró a nadie, hasta que talló en madera una imagen muy semejante a él y la llamó su hijo. Pero este no respondía a nada, hasta que se convirtió en una niña con la que el hijo de Jaburi tuvo muchos hijos que se extendieron por el mundo. Ellos son los warao. Después de muchas lunas, Guaniku, Jaburi regresó de donde estaba y contempló la obra de su hijo y encontró a los habitantes distribuidos en tribus, con sus conucos y sebucanes: a los Guarina-arao, las gentes de Guarina; a los Sakobana-arao, de Sacupana; a los Guayo-arao, de Guayo; a los Guakujanarotu, del Caño de los Morrocoyes; a los Joanaraos o moradores de los caños sombríos; a los Damarao o habitantes de la selva; a los Toromorokoarao o comeloros; a los Najaromo o comedores de manatíes y a los Nasirokotuma o usadores de Collares. Y dijo Jaburi: todos ellos son mis hijos.
La información colonial acerca de las deidades prehispánicas del área cultural conocida como de los arawacos occidentales –que se ubicaron principalmente en lo que hoy son los estados Falcón, Lara y Yaracuy– es realmente escasa.
De los caquetíos, que vivieron desde las orillas del Lago de Maracaibo hasta poco más al este de la desembocadura del río Yaracuy, es decir, lo que actualmente sería el Distrito Miranda del estado Zulia y gran parte de Falcón, incluyendo la Península de Paraguaná, nos quedó el término Capu, palabra con la que conceptualizaron la idea de mal y mismo nombre con el que llamaron a los conquistadores europeos. Por las informaciones de algunos cronistas sabemos que los caquetíos tuvieron adoratorios públicos y que cada familia –y posiblemente cada ‘parcialidad’– contaba con ‘ídolos’ propios. Consideraban al sol y la luna como sus dioses principales y solían ofrecerles sacrificios de niñas –que compraban a la madre– para atraer las bondades de la lluvia.
Las deidades del panteón achagua, cultura que se extendió desde muy cerca de Barinas hasta San Juan de los Llanos y desde allí hasta Popayán, fueron Jurrunaminarí, deidad de las labranzas; Baraca o Varaca, de las riquezas; Culsabirri, del fuego; Prubisana, el causador de los temblores; Achacató, de los truenos; Ibarrutua, madre de del lucero de la tarde o Jumenirro, e hija de Urrumadua. Además de estas deidades, estaba Amaribaca Ureca o Dios Tonto. La pareja creadora fue Urrumadua, fuerza femenina, y Guaygerri, fuerza masculina, y cuyo significado es El que todo lo sabe. Los Achaguas hablaban, asimismo, de un diluvio universal o catana, del que sólo se salvó una pareja con su prole, subiéndose a un monte muy alto. Hubo entre los Achaguas, al parecer, un importante culto a la luna y al sol al que aún durante el período colonial se ofrecían sacrificios en petición de lluvias.
De los jirajaras, queestaban ubicados cerca de Barquisimeto, en la parte montañosa de Falcón y en la zona limítrofe Lara-Zulia, nos ha quedado información acerca de una deidad maligna, Memelú, a la que atribuían las enfermedades de los niños. Confesaban la existencia de dos dioses hermanos, uno mayor que el otro, y que el hermano mayor lo creó todo de la nada pero que decisión destruir su creación por medio de un gran diluvio. Después de la catástrofe, el dios-hermano menor bajó desde los cielos a propagar por la tierra el linaje humano y que no regresó. Al movimiento de sus brazos atribuían los temblores de tierra, en tanto que la malignidad la representaban las Achaguas a través de Tanasimi.
Betoyes y Jirajaras practicaron lo que al parecer fueron importantes rituales de resguardo a la luna, que se revelaban y expresaban de manera particular durante los eclipses. Estos se consideraban la muerte de la luna y, con ella, la de la comunidad. Sin embargo, desconocemos la deística asociada con aquel astro, aunque sabemos, sí, que consideraban al sol como su dios. Creían en una pareja creadora, que al mover sus brazos producía terremotos y temblores y que las lluvias resultaban de la chicha vertida por aquella pareja cuando se emborrachaba. Un aspecto de la cultura betoye que al parecer estuvo muy desarrollado, fue la astronomía, pues el cronista Gilij apunta que una noche le mostraron y nombraron una por una las estrellas, y describiendo sus varios giros. Para los betoye y jirajara la fuerza maligna, interpretada por las crónicas coloniales como demonio, residía como entre los Achaguas en Memelú.
Sobre el panteón religioso de los Ayamanes o Ayomanes, que se ubicaban en la actual región limítrofe Lara-Falcón, las noticias son igualmente escasas, excepto las que puedan inferirse de una de sus fiestas, Las Turas, que pasó por sobre rodos los obstáculos de la época colonial contra las culturas indígenas y ha llegado, modificada, hasta nuestros días.
Las Turas fue un ritual de carácter agrícola, dedicado, posiblemente, al dios Hurakán, deidad esencialmente caribeña y cuyo ritual prehispánico en el área ayamán se sucedía para calmar los vientos, principalmente los del sur, que echaban por tierra las plantas cultivadas del maíz. Como ritual agrícola Las Turas estuvo vinculada con la fertilidad, y ello se aprecia en el particular tratamiento del que es objeto el grano del maíz, cuyas mazorcas atadas en pares o tríos, ofrecidas de manera especial en los espacios rituales de lo que se conoce como el palacio y el árbol de la vida, son designadas con los nombres de niño o niña, persogos o marido y mujer y padre, madre e hijo; es decir, los elementos de la organización prehispánica nuclear de la familia ayamán.
De los Caracas y Chaimas
En el área cultural prehispánica que se conoce como de la Costa Caribe, los caracas, una de sus parcialidades, parece que tuvieron deidades del agua, del maís y de las enfermedades y de lo que al parecer era una importante fiesta llamada Itanera, muy vinculada a la iniciación de los futuros piaches. No se tienen más datos acerca de esta fiesta, excepto un topónimo que recientemente encontramos en un documento del siglo XVIII, Sitio de Itanera, en el área de Antímano, La Vega y Caricuao. Destaca entre los caracas, además, la costumbre de enmascararse y de cubrir sus cuerpos con vestidos de corteza en las ocasiones en que se celebraban danzas y durante las cuales cada quien llevaba figuras que representaban animales. Los chaimas, otra de las parcialidades prehispánicas del área, consideraba a su deidad Amanaroca el creador del mundo y contaban en sus historias las hazañas de dos hermanos a quienes como héroes culturales atribuían cuento disfrutaban de esencial en sus vidas.
De los Llanos y la Guayana
En buena parte de esta amplia zona existe un elemento natural –la palma de moriche– sobre el que se sustentó buena parte de la vida de los pueblos que allí habitaron y habitan. Dicho elemento pudo haber tenido significación deística y algunas comunidades, por ejemplo, se consideraban varu-múcuro o Hijos del Moriche. Los tamanacos afirmaron a los cronistas ser descendientes de gentes creadas con la fruta de aquella palmácea. Este árbol se vincula actualmente con el concepto de Árbol de la Vida, muy extendido como historia de orígenes y héroes culturales en casi toda el área, donde se reconoce como deidad superior al héroe cultural Yaperi-Kuli y, entre los arakac y con la misma condición, a Haburi. Entre los caribes del área Bunia es el ave que enseñó a los indígenas el uso de las plantas cultivadas y otros elementos de su cultura, y los galibis o caribes del Guarapiche a Quiyumocón o Nuestro Padre Grande.
Tamanacos
Para los tamanacos, pueblo de filiación caribe que en tiempos prehispánicos se extendía desde el Manapiare hasta Cuchivero, Amalivacá fue el creador del mundo y de los hombres. Otra deidad creadora fue Amanené, que según Gilij derivaría del verbo yamanerí, crear. El nombre de Amalivacá, con variantes, es uno de los más extendidos del panteón indígena y la historia que relata su vida y obras es quizá la que de manera más completa nos legaron las crónicas coloniales, especialmente Gilij, quien informa, además, que los pareca lo llamaban Amaruacá y los caribe Amarivacá.
Dicen que Amalivacá y su hermano Vochí fabricaron la tierra y que para la formación del río Orinoco hubo entre ambos una larga consulta y a fin de que los tamanacos se cansaran menos, pensaron hacerlo de tal forma que su navegación no se hiciera nunca contra la corriente. Amalivacá estuvo mucho tiempo entre los tamanacos, en la gruta llamada Amalivacá-yeutitpe, que está en el sitio llamado Maita, y cerca de allí está su tambor, el Amalivacá-chamburai, que es un gran peñasco. Esta deidad, antes de partir, había instaurado la immortalidad entre sus criaturas, pero por las dudad que manifestara una vieja, los tamanacos se volvieron mortales.
Yolokiamo puede ser para este grupo el alma de los hombres, en una concepción más amplia que la de Nande, aunque en algunos contextos lo asemejan a la idea del mal. Mavári, en cambio, es el espíritu maligno al que atribuyen las enfermedades, que son como flechazos de Mavári o su veneno. Vive en varios lugares, pero parece preferir Uara-yotta, lugar vecino a La Encaramada y cuyo cañaveral y guaduas le pertenecen. Eno es el concepto tamanaco de la parte de arriba y se le asocia también con el trueno.
Otomacos
A un ser superior los otomacos lo denominaban Jivi-Uranga El que está en lo Alto, y se consideran descendientes de los dos peñascos de Barraguan: uno que es su abuelo y el otro su abuela. Los amaibas y los taparitas creían en una deidad a la que denominaban Yuiulla y los otomacos conceptualizaban el mal a través de Tigitígi.
Sálivas
Para ellos, Puru o Punu fue la deidad que hizo todo lo bueno y vive en el cielo. Su hijo fue quien mató a la gran serpiente que tenía acosada y destruía a la humanidad, y de cuyas entrañas salieron espantosos gusanos que luego se convirtieron en los caribes. Otra deidad era Paidoji y la malignidad residía en Omoidi u Omaindi. A la luna la identificaban como Besho, Vexio, Veho o Vejo, y al sol, su esposo, con el nombre de Mumesque coco. Eran los padres de las estrellas.
Yaruros
Los yaruro o pumé, recolectores y pescadores del área de los ríos Apure y Capanaparo, se consideran descendientes de las estrellas. Kuma es la Diosa Madre y siempre espera a los pumé en la Tierra de Kuma. Creó a los hombres con la ayuda de sus dos hermanos: Ictia, el jaguar, y Puaná o Poaná, la serpiente anaconda, animales totémicos de los clanes exogámicos yaruros. Hatchawa hijo y al mismo tiempo nieto de Kuma, fue el héroe cultural de los pumé pues compadeciéndose de los hombres que habían sido creados, le dio el fuego, el arco, la flecha y muchas otras cosas, además de salvarlos con su cuerda de la gran inundación que hubo en tiempos pasados. Se dice también que Hatchawa es hijo de Kuma y de Poana. Kiberih, espíritu maligno, se asocia a veces con la creadora Kuma. Otras figuras de la deística yarura son: Andi-canoné o deidad del cielo; Dabú-canoné, de la tierra; Yuri-canoné, de las selvas; Chari-canoné, de los prados y Ui-canoné, de las aguas, principalmente de los ríos. Hay entre los yaruro un desarrollado sentido de íntima relación con los astros y los animales, en la que las estrellas son mensajeras de Kuma, quien representa al oeste, en tanto que Hatchawa es el representante del este. Yuané aparece en algunas fuentes coloniales como la fuerza yarura del mal.
Hiwi
Habitan en nuestros llanos occidentales y este de Colombia. Se les ha dividido en guajibo, chiricoa, cuiva y sikuani. Según ellos el mundo y los hiwi fueron creados por Kúwai el cual se valió del agua y cielo primordiales y de sus pensamientos. Primeramente, creo figuras humanas de barro, pero la lluvia las deshizo; en el segundo intento utilizó cera de abejas para hacer las figuras pero el sol las derritió y, por último, construyó hizo figuras de madera, que se reprodujeron porque un ratón logró que sus sexos se diferenciaran y unas tuviesen pene y otras vagina. Kúwai, como espíritu transformador y héroe cultural que es, dio el fuego a los hombres. Los que no son hiwi fueron creados por Purunáminali o Purrúnaminári, que en las fuentes aparece como deidad maipure y cuyo significado según Gilij podría ser El Señor y Amo de Todo, que tuvo con Tapaniumarru, mujer inmortal, a un hijo de nombre Sísiri. También para los maipure Gilij informa de Vasúri, espíritu maligno en el cual también creían los tamanacos y para los guajibos la fuerza del mal está representada por Duati.
Una especie de panteón deístico jerarquizado hiwi ubica de seguidas a los héroes culturales Iwani, quien enseñó a los hombres a construir sus casas y refugios; Tsámini, quien les reveló los secretos del cultivo y le dio las principales plantas alimenticias. El arco y la flecha les fueron dados por Matsúludani; y Madúa, quien dio sus lenguas a los hombres y les enseñó a fabricar las curiaras.
Yamáxa es el creador de las serpientes, dueño del trueno y tiene poderes para destruir lo creado, como Dówati o Duati, que es capaz de comerse el alma de los hombres. Otros seres y espíritus considerados malignos son Kuliwakúa, asociado a la luna y ladrón de cadáveres y Masifefére, anunciador de la muerte. Málike es un espíritu que auxilia al shamán y Mánu, comunidad de espíritus protectores de especie animales y que reside en las fuentes de los ríos. Finalmente, Mátakabi huámeto, nombre del sol, Mérawi huámeto, el del la luna. Las estrellas habrían estado en la tierra antes que los seres humanos.
Para los cuiva Namonä (Nakwone) era varón y se creó a sí mismo pues antes no había nada sino sólo sabana. Vivía en Kauyimene, cerca del río Capanaparo, y creó a los hombres o jiwi, quienes poblaron la tierra y las orillas de los ríos. Primero creo a Jota, su hermano, y después vinieron Jätsoro, Sabojoto, Mauto, Jakeya y Wapejäto y los creo bajándose el guayuco y dejando que salieran por su ano. Después creó la tierra, los animales, los ríos con sus peces y otras variedades de seres vivos. Pero Elmio, su primo hermano, y Jätsoro mataron a Namonä para que no siguiera creando jiwis. Por este tiempo los hombres comñían crudos la carne y el pescado hasta que Jätsoro descubrió el fuego y como sólo lo quería para él Sabojoto se lo robó después de matar a Jätsoro, quien se convirtió entonces en pájaro. Al terminar su vida en la tierra, Sabojoto y Wepejäto igualmente se convirtieron en pájaros; Mauto en paloma y Jayeka el morrocoy. La primera yuca –amarga y dulce– la hizo Ofäbe, hermano de Jayeka, pero como los jiwi continuaban teniendo hambre se convirtió en lapa, pintándose con la pintura timowato y comenzó entonces la cacería entre jiwi. Vinieron otros hombres, como Kotöra, sobrino de Zaki, creados también por Namonä, pero Zaki comenzó a enamorarse y a cortejar a Ermia, mujer de Kotöra y que tenía la piel blanca. Después de la pelea qie hubo Zaki y Kotöra murieron y Ermia se quedó sola.
Dicen los jiwi que existen dos soles, uno grande y otro pequeño, que se crearon a sí mismos. El primero alumbra por la mañana y el más pequeño lo hace por la tarde; e igualmente que existen dos lunas que alumbran una por la noche y la otra por la madrugada. Cuando soles y lunas terminan de alumbrar es porque se van a una cueva que como está tan lejos es imposible verla. La luna que alumbra por la noche, Jumeto, un día se pudo muy enferma por un embrujo de la gente Jumuruwa pero Jayeka, el morrocoy, sopló muy fuerte sobre ella y Jumeto sanó. Sólo vuelve a enfermarse cuando una muchacha menstrua por vez primera.
La gente Jumuruwa –parientes lejanos de los jiwi y que a veces aparecen en forma de murciélagos– vive por los lados de Urukuachuco y algunos a lo largo del río Meta. El primero se ellos se llamaba Masawadi y se formó a sí mismo. Tambe, Wapiwe, Aitopiwe son también gente jumuruwa. Masiwadi a veces transporta a los hombres hacia el cielo o itöboko y todos los jumuruwa utilizan una maraca roja, la peratobüre, que es invisible. Está repleta de las piedras Metsibe, Techibüjü, Mara y Jamauto, que encuentran en el cielo y la piedrita Metsibe, también de color rojo, es la más poderosa. Una de ellas, que fue al cielo a robar piedritas, fue muerta por Döinowaje, que fue quien mandó la primera lluvia que duró mucho tiempo, tanto, que los jiwi comenzaron a ahogarse; pero Namonä pudo salvar a cuatro hombres y a cuatro mujeres con un largo y grueso mecate que había amarrado al cielo.
Los jumuruwa eran comidos por los kauri o kaurico, gigantes poderosos a quienes Namonä mismo tenía miedo. Kauri, sin embargo, fue quien construyo la primera balsa, con los troncos que cortó con sus hachitas. En uno de sus viajes por el río Meta la balsa se voleteó y todos los kaurico se ahogaron pero siguen allí. Jaulikal entonces perfeccionó la obra de Kauri y construyó la primera canoa, fuerte y bonita, y desde entonces así construyen sus canoas los jiwi.
Cumanagotos
La fuerza del mal para los antiguos cumanagotos era llamada Iboroquiamo, de iboroco, el zorro, y se le consideraba culpable de todos los males e infortunios. Según Civrieux, Iboroquiamo es una variante del kari’ña Ioroka o Ioroska, Señor de la Noche, la Tierra y el alma de los muertos. Otras variantes del nombre del espíritu de la tierra parecen ser Orosha, entre los ye’kuana y Yoroko entre los coaca. La noche cumanagota también aparece poblada de espíritus llamados genéricamente Cozpayon –los oscuros, los invisibles–, vocablo proveniente de cozpay, la oscuridad, lo sagrado, lo poderoso. Otro nombre cumanagoto para la fuerza del mal era Amoco, o Amaco, el dueño del rayo y nombre de un guerrero (de 1680) y que es un espíritu auxiliar del curandero. El espíritu guardián o dueño de la lluvia era Yecem o Zezen, aparentemente reflejado en el sapo.
Waraos
Los guaraúnos o waraos, pueblo del delta orinoquense, atribuyen la creación de los seres humanos a dos deidades: una, cuyo nombre prehispánico desconocemos, creó el género femenino en tanto que el masculino fue creado por Konoremana o Korroremana, héroe cultural que además era presentado como dueño de la luna que, para los warao, es de género masculino y que fue un ser humano en el principio de los tiempos. Para este pueblo Kokou, héroe cultural, les arrojó desde arriba –donde los zamuros tienen su conuco– semillas para sembrar yuca, ñame y otros frutos. Abore, por su parte, se considera el padre de todos los inventos.
Barekuamana era el zamuro blanco que gobernaba a todos por lo que cuanto pescan y recogen lo entregan al gran espíritu Kuai-mare, cuyo significado es El feliz que habita arriba- Kuai.mare es blanco, de cabellos largos, suaves y de ojos muy grandes. Tiene las orejas tan largas, que una llega al poniente y la otra al oriente y los zarcillos que de cada una de ellas cuelga brillan como el oro y la plata, y su oído es tan sensible que puede escuchar todos los murmullos del mundo y lo que dicen los hombres. Además del guayuco warao Kui-mare viste una túnica finísima, que flota y cruje con el aire produciendo la brisa que agita el agua de los caños. Sus pies y manos son largos y fuertes y es por ello que cuando camina se producen movimientos en la tierra. Kuai-mare, sin embargo, ha creado las cosas que tienen los warao y es su dueño tal y es el que controla todo sobre la tierra. Ha creado también a los espíritus buenos y a los malos; a Betere, el dueño de los terremotos y huracanes, que tapa su cara con sus manos para que no se le escapen los aires que lo habitan: y a Juluna o espíritu de los ataques, y a Inaliko, que controla las moscas, los tábanos y otros insectos, y al pájaro Masisikire, cuyo canto es anunciador de la muerte, y a Boracire, sólo visible por los moribundos, y a Nabarao, espíritu maligno de las aguas, y a Karibe, terrible espíritu que a veces es mujer y a veces hombre y que de tiempo en tiempo invade con su presencia y su hambre de pescado fresco el Orinoco y que puede robar a los niños warao.
Kuai-mare creo también a los Mejocoji o sombras de los muertos. Que suelen aparecer en sueños pero que habitan en todas partes. Otros de sus nombres son Ka-Noso o Nuestro Abuelo; Aidamo o Señor; Hebu o Jebu, espíritu, en general, y Güisidatu-Arotu. Vive arriba con su padre Jololi, con sumadre Yajuma, con sus dos mujeres, Korata y Koratori, y muchísimos hijos. Uno de ellos, Kuai-nasi, tiene la cabeza tan pequeñita y reluciente que es como las cuentas para collares con los que se adornar los warao.
El creador warao por excelencia parece ser Jaburi, que se hizo a sí mismo, y cuyo nombre significa El que tiene mucha familia. Bajó a la tierra a comprobar las bondades de su creación y estuvo bajo las sombras de los árboles y se bañó en las aguas y vio las flores y los ríos y sus peces y comió la exquisita miel de las montañas… Jaburi bajó acompañado de su hijo, un niño que había nacido de él pero sin madre. Como no veía a nadie y ya estaba fatigado de tanto caminar decidió buscarle una madre a su pequeño hijo y en lo profundo de la selva encontró a una mujer, dormida y rodeada de comida: era Guauta, que había sido una garza blanca y que ahora vivía sola en la selva. Jaburi comió hasta saciarse y durante el descanso que siguió propuso a Guauta que se casaran. A partir de entonces, y con la ayuda de Guauta, Jaburi comenzó a crear muchas cosas de pequeños objetos. Una de las que hizo fue una hermosa curiara, en la que se embarcaron pero dejando al niño, solitario en la casa y aconsejado por Jaburi para que procreara a los seres humanos. Su hijo, entonces, buscó la manera de hacerlo pero no encontró a nadie, hasta que talló en madera una imagen muy semejante a él y la llamó su hijo. Pero este no respondía a nada, hasta que se convirtió en una niña con la que el hijo de Jaburi tuvo muchos hijos que se extendieron por el mundo. Ellos son los warao. Después de muchas lunas, Guaniku, Jaburi regresó de donde estaba y contempló la obra de su hijo y encontró a los habitantes distribuidos en tribus, con sus conucos y sebucanes: a los Guarina-arao, las gentes de Guarina; a los Sakobana-arao, de Sacupana; a los Guayo-arao, de Guayo; a los Guakujanarotu, del Caño de los Morrocoyes; a los Joanaraos o moradores de los caños sombríos; a los Damarao o habitantes de la selva; a los Toromorokoarao o comeloros; a los Najaromo o comedores de manatíes y a los Nasirokotuma o usadores de Collares. Y dijo Jaburi: todos ellos son mis hijos.
A Nabarao, espíritu maligno warao de las aguas, obedecen los caimanes, serpientes, chigüires, morrocoyes y otros seres y animales de las aguas del Delta, cuya forma adopta para aparecérsele a las gentes. Nabarao engaña, sobre todo, a las mujeres, convirtiéndose en un warao viril, de ronca voz, y se coloca entre aquéllas y sus maridos para preñarlas y hacerlas parir seres acuáticos de dura piel y con muchas escamas.
Otras creencias warao contemplan el encierro de Ya, el sol. La hija mayor de un warao es enviada hacia el oriente de averiguar con el dueño del sol por qué el astro ya no alumbraba, pero es violada y despedida. El warao envió entonces a su segunda hija, quien también es violada pero logró enfrentarse con coraje al dueño del sol. El astro permanecía encerrado en una bolsa, que la muchacha descubre y destroza. Apareció entonces el luminoso rostro de Ya, traspasando con su brillo y luz todas las cosas, hasta llegar inclusive a la región de los espíritus, debajo del agua. El dueño del sol empujó a la muchacha hacia el oriente y envió la bolsa, con un poco de luz, hacia el poniente, dejándola así convertida en luna, Guaniku. Que siempre sigue la ruta de Ya, y el sol no se apresura demasiado pues Guaku, el morrocoy, le fue atado a su cola.
Imanaida es la oscuridad, encerrada por un warao durante mucho tiempo. Un niño muy pequeño y otros waraos la liberan. Cuando lo hicieron una gran sombra se extendió por el mundo envolviendo a las gentes de tal forma que no lograban verse unos a otros. El niñito salió corriendo, sumamente asustado y se convirtió en el pájaro llamado Tobeisa. El warao que había encerrado a Imanaida sintió también la ausencia de Ya, decidió hablar con su dueño y llevarle a Usidumani, una hermosa mujer cuya figura había tallado en un pedazo de madera. Pero Usidumani era rígida y no tenía sentimientos y buscó entonces al pájaro carpintero, quien picando y picando le talló todos los órganos de los sentidos y cuando le tallaba el sexo brotó de él un gran chorro de sangre que pinto de rojo la cabeza del ave carpintera. Usidumani, que es la luna, se fue debilitando y alternativamente comenzó a sucederse con Ya.
Munisa, el Ojo de la Luna o Sacaojos, es un espíritu al que algunos warao de Guakujanarotu robaron su comida del pie de un gran árbol. Antes de que ello ocurriera Ya, el sol, se había ido y cuando Munisa bajo fue como si Guaniku, la luna, lo alumbrara todo. Pero vio que su comida ya no estaba y quitándose la luz de su cara y haciéndose invisible, sorbió los ojos a los cuatro warao que le habían robado su manteca y sus plátanos. Esos cuatro warao se convirtieron en peces morocotos y con mucho silencio y respeto estos peces son atrapados por los warao cuando pescan. Para el tiempo prehispánico propiamente dicho el cronista Gumilla informa para los guaraúnos la existencia de una fuerza del mal a la que daban el nombre de Jivo.
Wanai
Los mapoyo o wanai, ubicados en la sabana que existe entre los ríos Caripo y Villacoa, cuentan que en pasado existía una culebra de agua llamada Yukhawá’bë, sólo visible por el shamán bajo los efectos de alucinógenos.
Pemón
Los pemón, grupo de habla caribe que habita la porción sureste del estado Bolkívar, las áreas vecinas de Guayana y Brasil, creen en Mawari, conjunto de espíritus de los muertos. También existe Ulkuima, el padre de los animales, que es la Serpiente Arcoríris. Kanaima es una especie de espíritu del mal, ubicuo, semihumano y es una noción muy extendida tanto entre los pemón como entre sus vecinos ye’kuana y macushi. Para atacar y matar suele disfrazarse con la piel de algún animal, preferiblemente la de un tigre.
Los pemón conciben su propia vida mediante dos momentos opuestos. El primero –‘en aquellos tiempos’, ‘antiguamente’– se asocia con la felicidad; el segundo, sereware o actualidad, está asociado con la tristeza. Sobresale entre los pemón la historia de Siororó pachi, en la que encuentran lugar especial los héroes culturales y creadores de los animales, las aguas, los caracoles, los colores de las aves, los majestuosos cerros o tepuyes… La esencia de la historia pemón reposa en los hermanos Pia y Makunaima. Los Piaimá, que viven en la selva, se consideran seres poco amigables.
Sapé y Uruak
Los sapé, en la cuenca del río Paragua, estado Bolívar, dicen que Kaëlen creo a los hombres, además de la tierra, y que los cerros están habitados por espíritus buenos o Imawari.
Los uruak o arutani, cerca de la desembocadura y en la margen derecha del río Puarémurán, creen que desde su inicio el mundo ha estado habitado por espíritus malos y por espíritus buenos. Mawari es el nombre de los buenos y uno de ellos, Uti, se asocia posiblemente a la creación del mundo y de los hombres.
Panare
Los panare o e’ñepá, que viven en la zona que se extiende a la margen derecha del curso del río Orinoco, dicen deben su origen a Mariyoka, uno de los panare que salieron de la montaña, cercana al río Cuchivero, dentro de la cual vivían criollos y e’ñepá. Esta historia parece ser una versión de la que cuentan sus vecinos caribes los yawarana, entre los que sobresalen Mayowoca y Ochi. Esa montaña es ahora el lugar donde van los Koochöm o almas y es conocida con el nombre de Arewao o Arona. Los panare se conciben cercanos a las estrellas, que son sus antepasados; a Yoroö, las Pléyades y a Pejka, el Cinturón de Orión. Asimismo, denominan de manera especial, Tosempetyonmönö La del Brillo Grande o Venus– a los luceros del alba y de la tarde. Moyowoca y Ochi eran para los Yawarana dos hermanos de diferentes edades y aparecen asociados al inicio de los tiempos, cuando sólo existía una pareja sobre la faz del mundo. Mayowoka, el hermano mayor, solía transformarse en colibrí, en zamuro o en murciélago, en tanto que Ochi podía hacerlo en pez caribe. Como héroes culturales enseñaron a los hombres cómo vivir en la tierra, el cultivo de las artes y cómo comunicarse con el cielo o través de la bebida óki. Ochi y Mayowoka, además, crearon a los pájaros y a los monos.
Piaroas
Entre los piaroas o wóthuha, en el estado Amazonas, a lo largo de las márgenes del Orinoco medio, son característicos y de especial significación sus cantos, poblados de los nombres y otros atributos de sus dioses, de las enfermedades y de los animales. Así, se refieren a Ceheru, diosa de la fecundidad, de luz brillante y fresca y que es hermana de Wahari, el héroe culturas de los pemón; a Muk’a, la salvadora, y así con otros, como Anemei, cuya residencia principal está en la montaña Ñuema, el lugar de los dioses. Otras deidades piaroa son Tianawa, que brindan al shamán las palabras de los cantos; Wahari, que es diosa tianawa. Muchos de ellos bajan a la tierra y adoptan la forma de animales como Ræuda’æ, la culebra de agua; Tuwa’isa, el puma; Yubæju, el jaguar; Puhæku (¿una especie de oso?); Mærænæu, el zorro; Rureyei, la avista y Muk’a, el águila harpía. Otros tianawa de Ñuema son Phuruma, Neyawæ, Wuaikwoni, Yuriñu, Ræud’æ y Wirik’a.
Para los piaroa la deidad superior, Ohwod’æ o la danta-anaconda, creó a dos grupos de seres y que esencialmente tendrían relación con animales terrestres y con animales acuáticos, respectivamente, pero vinculados entre sí. Kuemoi, la anaconda, les dio la cultura y en especial la agricultura; Wahari, yerno de Kuemoi, era pescador y después de morir reencarnó como danta. Ambos son las figuras centrales de la deística piaroa y las historias narran sus continuas luchas por el poder: la anaconda que cual caníbal devora a la danta, benévola y protectora. Kuemoi es el señor de la noche, de la sexualidad, de la caza, las siembras y es creador de las criaturas peligrosas, venenosas y de los peces grandes; Wahari es señor del cielo, de las montañas, de la tierra y es el hacedor de los piaroa, de algunos animales terrestres y del halcón. Como grandes brujos, el primero representa al conocimiento y la brujería descontrolados; el segundo, el conocimiento y la brujería controlados.
Bale
Los bale o baré tienen a Puméyawa como la deidad fertilizadora por excelencia. Otras deidades son Yamádu o Salvaje, esencialmente maligno; Iyéhe, Inténte, Kuero e Iñátaro Imawari o raya. Purunaminári, deidad creadora a la que nos hemos referido, aparece entre los baré como figura menor y como domesticador de la naturaleza. El Wísuri o Wásuri, Vasúri maipure, es también fuerza maligna pero sin mucha transcendencia para los baré. Aparo, una rana a la que conciben como sapo, es deidad benéfica estrechamente vinculada con la fertilidad.
Yamadú, como dueño de los animales, es ayudado en sus labores por espíritus con fuerza maligna o burlona. Háwa, el águila pescadora; Buhúyari, la nutria pequeña; Iñéwi, la nutria grande; Amána, la tonina; la culebra Mayáta; Uirarrútari, la tortuga mata-mata y Chámo, el zamuro, son algunos de los animales totémicos de los baré. Las tradiciones de esta cultura refieren asimismo la existencia de gigantescos animales que habitaron, algunos, la colina Wáchika y otros en la isla Dúhu. Kambebúkuri, las Pléyades y Kasowihíari, Orión, son estrellas que entre los baré están muy vinculadas con sus celebraciones y sus héroes culturales.
Yanomami
Los yanomami, ocupan de una gran zona compartida por Venezuela y Brasil, ofrecen en sus historias de los orígenes, más que del mundo y los hombres, el de las plantas y animales, el de la lluvia y el de una normativa moral. Conciben sí, un diluvio y una fuerza del mal, Õmayary –asociada al arcoíris y productos de enfermedades y epidemias– que acosa los polos oriental y occidental del horizonte. Los Amahiri o Amakuri, constituyen un pueblo subterráneo que vive en el Mundo Inferior yanomami, o pepe kë misi, el mundo de lo húmedo y de lo podrido, constituido por una gigantesca capa de agua. Õmawë perforó esta capa de motu y brotó un fuerte chorro que se depositó en el cielo. De allí provendría la lluvia. El Mundo de Arriba o hetu kë musi, se ubica en el vientre de la serpiente tragavenado. Es el lugar de las almas y está repleto de miel, báquiros y frutos silvestres. Allí vive Yëru, el trueno, amo de los aguacates y de otros frutos. Encaramado en el chinchorro de Yëru vive su yerno, el ave Feifeiyomi. Cerca de Yëru vive Hera, el amo de las serpientes, y Tahirawe, el rayo, de increíble belleza y que copula con su madre Yemirayoma y, finalmente, Watawatawë, criatura fea y repugnante que conduce las almas de los leprosos hacia rl fuego. Por encima de este mundo de arriba está la región peligrosa habitada por sol, luna y buitre, los grandes caníbales.
Pore, concepto yanomami del mal para los aparecidos, visita con frecuencia el mundo de los seres humanos, en el que vaga carente de fuego. Los Pore son los amos de las plantas domésticas y en los primeros tiempos fue encontrado por Horonami quien tuvo que robarlas. Omawë Koheki es otro ser terrible, y asociados al fuego están los Yawari, que ante sus víctimas adoptan la forma de algún pariente cercano; los Rahara, enormes reptiles acuáticos y Titirí, la fuerza maligna de la noche. Los Hekura, a los que oponen luna, sol y buitre, son los espíritus más importantes para los yanonami; son parte esencial del viento, los remolinos de agua, las colinas, algunos minerales, el bosque, las animales y algunas plantas y, esencialmente, los Hekura animales son masculinos y los vegetales, femeninos. Omao, parece conceptualizar la idea yanomami de un ser superior.
Kari’ña
El orden cosmogónico ka’riña, localizados en los actuales estados Anzoátegui, Sucre, Monagas y Bolívar, ubica en el lugar más alto, Mundo Superior, a los Kaputano, Moradores Eternos del Cielo, o Tamurí, Abuelos de todos los Abuelos, Espíritus Supremos. Kaputano Tumön’ka, las Pléyades, es el héroe cultural originario, asociado con Makunaima (Pie’tumü) y con Pia (Cinturón de Orión), héroes culturales ya olvidaos de los las ka’riña. Kaputano Tumön’ka, también conocido como Káputa, es el Chanko o Dueño del Cielo o kapu; es el Dueño de todos los Dueños, tanto en la tierra como en el cielo, lugares donde vive. Los seres terrestres, especialmente los animales, son sólo copias de los seres supremos, omnipotentes y ubicuos, originarios y esenciales. Esta es la condición del zamuro, dueño de las nubes; de las estrella, cuyo guardián es Pie’temü (Makunaima)y del espíritu del rayo o Tarara. Tarara interviene en la curación de las enfermedades graves y auxilia al shamán o Puidei, héroe mítico primordial. Kaputano proporcionó todos los bienes pero también ocasionó el diluvio como castigo por la falta de incredulidad en los ancestros. Masaraka, por su parte, es el predecesor de la iniciador de los shamanes
Debajo de lo celeste, en el Mundo Inferior, están los dominios del cerro, el agua y la tierra. Maware o Mávare es el dueño del cerro o bupui y es el más importante de esta tríada kari’ña. Es el indicador de los shamanes y de los jaguares y su importancia radica en ser el contacto entre el cielo y la tierra, situación en la que los zamuros son los mensajeros por excelencia y los sirvientes de Kaputano. El dueño del agua es Akodomu u Okodumo, Abuelo de las Serpientes y ejerce su dominio sobre todos los seres acuáticos del mundo de abajao; tiene como hija a Amanna y en ocasiones puede adoptar la forma de Padamu, el arcoíris. Ioroska o Akaton es el dueño o guardián de la tierra, espacio de la ignorancia, la oscuridad, la muerte, pero es también el guardián de la naturaleza y del alma de los seres humanos. Masaraka y Pie’tumü están vinculados con Noposkopospuompu l La Cabeza muerta de la Vieja, que es Venus, en tanto que Nuno, la luna, se relaciona con la menstruación (no’mo), la maternidad (sa’no), los genitales femeninos (no) y la tierra (nono). El sol es Vedu, y el espíritu del fuego se conoce como Vasto. Pei’cho es el viento y uno de los tantos espíritus que auxilian a los shamanes y la Vía Láctea recibe el nombre de Pororuema. Al huracán, vinculado a las almas de los muertos, llaman Shiviaru.
Makiritare
Los makiritare o ye’kuana, de filiación lingüística caribe, cuentan la historia de Wanadi 0 Vanadi, engendrado por Shi, el sol, quien sopló sobre Wiriki, un guijarro celeste. A la segunda vez que realizó el soplido nació Núna, un niño, que es para los makiritare la luna. Shi y Núna, los gemelos que descubrieron el poder mágico de los guijarros, crearon entonces la primera maráka al introducir en un pequeño calabazo unos wiríki. Con ella en la mano bajaron a la tierra y en los ríos Kunu y Metákuni comenzaron su obra creadora. Según los ye’kuana, Wanadi vino tres veces a la tierra, viaje que corresponderían a tres creaciones del mundo y es posible que las dos anteriores estén vinculadas con un enorme incendio y un diluvio de grandes consecuencias, en las que algunas historias, como la venganza de Yudike, quizá tengan algo que ver. Yureke y Armanáshaka son los gemelos.héroes culturales que conquistaron el fuego para los makiritare.
Guarekena
Del panteón guarekena, de lengua arawak, sobresale Mápiruli, deidad invisible iniciadora del mundo. Segçun la historia, portaba los petroglifos, cuyos grabados permitían que los hombres aprendieran a construir sus casas y las labores de cestería y el diseño de las curiaras y la artesanía. Mápiruli nombró a los hombres por medio de las imákanasi o apellidos.
Baniva
Para los baniva, de lengua arawak, Napiruli es el héroe cultural creador del miuri o conuco y esto lo hizo quemando la montaña durante dos días y al tercero sembró tres ‘medidas’ que luego produjeron ñanes, yucas, ajíes y otras especies vegetales comestibles. A pesar de estos dones y de aquella enseñanza de la agricultura los baniva mataron a Napiruli usando brujerías. Para los piapoco, igualmente de lengua arawak, las garzas blancas, el gabán y los pájaros carpinteros son hombres desobedientes que fueron convertidos en esos animales.
Índice de nombres
A Abore. Achacató, Aidamo, Aitopiwe, Akadomu/Okodumo, Amahiri/Amakuri, Amalivacá, Amalivacá-chamburai, Amalivacá-yeutitpe, Amanaroca, Amána, Amanené, Amanna, Amarivaca Ureca, Amarivacá, Amaruacá, Amoco/Amaco, Amushayaka, Andi-canomé, Anemei, Aparo, Arca, Arco, Arewae/Arona, Armanáshaka, Atopoinsha.
B Bahúyari, Baraca/Varaca, Basunchima, Besho, Betere, Boracire, Bunia, bupui, Burekuamana.
C Capu, Caribay, catana, Ceheru, Cozpayon, Culsabirri.
Ch Chámo, Chari.canomé, Ches o Chen, Chía.
D Dabú-canomé, Díctamo, Dimut, Dioses Culebras o Cuat, Döinowaje, Dówati/Duati, Duati.
E Elmio, Eno, Ermia.
F Feifeiyomi.
G Guaku, Guaniku, Guauta, Guaygerri, Güisidatu-Arotu.
H Haburi, Hatchawa, Háwa, Hebu/Jebu, Hekura, Hera, hetu kë musi, Horonami, Hurakán.
I Ibarrutua, Iboroquiamo, Icaque, Ictia, Ikáno Mánponot, Ikantirátay, Imanaida, Imánta, Imawari, Inaliko, Inténte, Iñataro Imawari, Iñéwi, Ioroka/Iorosca, Ioroska/Akaton, Itanera (fiesta), Iwani, Iyéhe.
J Jaburi, Jakeya, Jamauto, Jätsoro, Jaulikal, Jepirra, Jivi-Uranga, Jivo, Jololi, Jota, Juluna, Jumenirro, Jumeto, Jumuruwa, Junuunay, Jurrunaminarí, Juya.
K Ka-Noso, Kaëlen, Kambebúkuri, Kanaima, Kaputano, Kaputano Tumön’ka, kápu, Káputa, Karibe, Kasowihíari, Kauri, Kenaa, Kiberoh, Kojou, Konoremana/Korroremana, Koochöm, Kopeco, Korata, Koratori, Korototo, Kotöra, Kuaï-mare, Kuai-nasi, Kuemoi, Kuero, Kuliwaküa, Kuma, Kúwai.
L (no hay)
M Madres de Agua, Madúa, Mærænæu, Makunaima, Makunaima (Pie’tumü), Málike, Manüracha o Caricai, Mánu, Mápiruli, Mara, maráka, Mareiwa/Maleiwa, Mariyoka, Masaraka, Masifefére, Masisikire, Masiwadi, Mátakabi huámeto, Matsúludani, Mauto, Mavári, Maware/Mávare, Mawari, Mayáya, Mayowoca, Mejocoji, Memelú, Mérawi huámeto, Metsibe, Montaña Tütare, Moteru, Muka’a, Mumesque coco, Munisa.
N Nabarao, Namonä, Nande, Napiruli, Neyawæ, Noposkopospuompo, Núna, Nuno.
Ñ Ñuema
O Ochi, Ofäbe, Ohwod’æ, Okatu, okorare, Okoshyi, Omao, Omawë Koheki, Ömawë, Ömayari, Omoidi/Omaindi, Orosha, Osemma/Oséema.
P Padamu, Paodoji, Pei’cho, Pejka, Phuruna, Pia, pia-daltaí, Piaimá, Pore, Pororuema, Potaikü, Prubisana, Puaná/Poaná, Puhæku, Puidei, Pulowi, Puméyawa, Puru/Punu, Purunáminali/Purrúnaminari, Purunaminári.
Q Quiyumocón.
R Ræuda’æ, Rahara, Rureyei.
S Sabojoto, Serumaa, sereware, Shi, Shiku, Shiviaru, Siororó pachí.
T Tahirawe, Tambe, Tamoryayc, Tamuri, Tanasimi, Tapanimarru, Tarara, Tayay/Tüyüyü, Tayito, Techibüjü, Tianawa, Tigitigi, Titirí, Tobesia, Tosempetyonmönö, tovokasa, Tsámini, tünombra, Tuwa’isa.
U Uara-yotta, Ui-canomé, Uirarrútari, Ulkuima, Urrumadua, Usidumani, Uti.
V varu-múcuro, Vasto, Vasúri, Vedu, Veho, Vejo, Vexio, Vochí.
W Wahari, wiríki, Wuaikwoni, Wanadi, Wanülü, Wapejäto, Wapiwe, Watawatawë, Wirik’a, Wiríki, Wisuri/Wasúri.
X (no hay)
Y Ya, Yajuma, Yamadú/Yamádu, Yámaxa, Yaperi-Kuli, Yecem/Zezen, Yemirayoma, Yëru, Yimikshi, Yolokiamo, yoluja, yoripa, Yoroko, Yoroö, Yuané, Yubæju, Yudike, Yuiulla, Yukáva, Yukhawá’bë, Yureke, Yuri-canomé, Yuriñu, Yuwari.
Z Zaki, Zuhé.
Barceló Sifontes, Lyl. [Firmado: L.B.S.] “Literaturas indígenas”. En: Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Polar, Caracas, 1988, 3 t., t. E-O: 725-729 y la bibliografía que está en p. 730.
Los aborígenes de Venezuela. Vol. I: Etnología Antigua, Walter Coppens, ed. gral. Fundación La Salle de Ciencias Naturales, (Monografía Nº 26), Instituto Caribe de Antropología y Sociología, Caracas, 1980, 335 p. [Contenido: Los Cumanagoto y sus vecinos, de Marc de Civrieux. Los Sáliba, de Nancy C. Morey y Robert C. Morey.]
Los aborígenes de Venezuela. Vol. II: Etnología Contemporánea, (Monografía Nº 29) [Contenido: Los Añú (Paraujano), de J. Wilbert; Los Yukpa, de K. Ruddle y J. Wilbert; Los Hiwi (Guahibo), de D. J. Metzger y R. V. Morey; Los Wanai (Mapoyo), de P. Henley; Los Hoti, de W. Coppens; Los Pemón, de D. J. Thomas; Los Sapé, de W, Coppensa; Los Uruak (Arutanbi), de W, Coppens.]
Los aborígenes de Venezuela. Vol. III: Etnología Contemporánea, (Monografía Nº 35), Caracas, 1988. [Contenido: Los Wayú (Guajiro), de Benson Saler; Los Pumé (Yaruro), de Philippe Mitrani; Los E’ñepá (Panare) de Paul Henley; Los Wórthula (Piaroa), de Joanna Overing y M. R. Kaplan; Los Bale (Baré), de Antonio Pérez; Los Yanomami, de Jacques Lizot; Los Warao, de H. Dieter Heinen.]
Strauss K., Rafael A. El tiempo prehispánico de Venezuela. Prólogo, Pedro Grases. Edición de la Fundación Eugenio Mendoza en su 40º Aniversario, Ceromotip, Caracas, 1992, 280 p. [Un resumen de este trabajo, titulado La Venezuela prehispánica, puede verse en Historia mínima de Venezuela, Fundación de los Trabajadores de Lagoven, Cromotip, Caracas, (1992), pp. 15-33.
Importantes e indispensables crónicas han sido publicadas por la Academia Nacional de la Historia-Caracas, en la Serie Fuentes para la Historia colonial de Venezuela.
Nota: En esta edición on line no reproduzco el breve currículum ni las figuras de la edición en físico, pero cuyo índice es:
Figura 1, p. 2. Representación antropomorfa femenina, conocida como Venus de Tacarigua, Área del Lago de Valencia, 1000 d.C. – 1500 d.C.
Mapa 1: Áreas Culturales Prehispánicas, p. 6.
Mapa 2: Lenguas Indígenas de Venezuela, p. 7
Figura 2, p.11. Representación femenina. Área de los Andes. 1000 d.C. – 1500 d.C.
Figura 3, p. 15. Figura masculina sedente, Cueva de Santo Domingo, estado Trujillo, 1000 a.C. – 300 d.C.
Figura 4,p. 19. Vasija efigie, de estilo Tocuyanoide.
Figura 5, p. 23. Petroglifo. Guri, estado Bolívar.
Figura 6, p. 26. Maracas de chamán, área de los yaruro.
Figura 7, p. 30. Representación femenina. Barrancas, estado Monagas, 300 d.C. – 1000 d.C.
Strauss, Rafael. Deidades prehispánicas de Venezuela. Otros dioses más viejos. Deidades, espíritus y héroes culturales de Venezuela prehispánica. Caracas, Historiadores Sociedad Civil (Historia para todos, 1), Caracas, 1993. Edición auspiciada por el Consejo Nacional de la Cultura, Conac. 40 p. [Sobre la colección Historia para Todos, puede verse: "En marcha plan de difusión histórica". El Diario de Caracas, Caracas, viernes 31.12.1993, p. 35; "Una serie de fascículos pondrán la historia al alcance de todos. Publicada por Historiadores S. C.". El Nacional, viernes 7.1.1994; David Ruiz Chataing, “Historia para todos”, Suplemento Cultural, p. 12, Últimas Noticias, Caracas, 16.8.1998.]
Citado. “Mitos Venezolanos. Los mitos de los indígenas venezolanos son tan variados como variadas fueron las culturas de cada una de las diferentes tribus que existieron (y algunas sobreviven) en nuestro territorio. Para el mito de la creación, se escogió el mito de los Tamanacos por ser un mito muy hermoso y muy representativo de la cultura prehispánica. Los mitos que se conservan de los indígenas ha sido gracias a los trabajos que hicieron los misioneros que vinieron de España y que escribieron sus experiencias. Esta sección del Rincón hubiese quedado muy incompleta sin la valiosa ayuda de la obra: "Deidades prehispánicas de Venezuela", Conac, 1998 de Rafael Strauss. http://www.geocities.com/rincon_mitologico/fuentes.htm
Citado. Strauss, Rafael (1998). Deidades Prehispánicas de Venezuela. Historia para todos. N° 1. CONAC, Caracas, en “Excavando mujeres en y desde el sur: aproximaciones a la arqueología feminista en Latinoamérica”, por Rodrigo Navarrete, Licenciado en Antropología BF81014@binghamton.edu Venezuela. Revista Venezolana de Estudios de la Mujer - Enero/Junio 2010. Vol. 15/N° 34. pp. 75-104. [Por ejemplo, Rafael Strauss (1998), la vincula [a] representaciones de seres ancestrales [que] transmiten su esencia a la fertilidad de la tierra y de las mujeres, concebidas como amuletos protectores y donadores de vida.” p. 92] [sic por los corchetes]
Catálogo de la Biblioteca del Instituto Cervantes de Nueva York: Materias: Indians of South America-Venezuela-Religion and mythology. Venezuela-History. Indios de Venezuela-Religion i mitología. Venezuela-Historia http://nuevayork.cervantes.es/Biblioteca/Fichas/Strauss%20K.,%20Rafael_12539_27_1.shtml, citan así: Strauss K., Rafael. Otros dioses más viejos: deidades, espíritus y héroes culturales. Historiadores SC, Caracas, 40 p.
Deidades prehispánicas de Venezuela - Rafael A. Strauss K ... books.google.com › History › Latin America › South America books.google.comhttp://books.google.com/books/about/Deidades_prehisp%C3%A1nicas_de_Venezuela.html?id=J3dsAAAAMAAJ&utm_source=gb-gplus- ...
En una pweb difícil de abrir: Otros dioses más viejos: deidades, espíritus y héroes culturales de ... biblioteca.colmex.mx/.../find-doc.php?... Autor: Strauss K., Rafael A. Revista: Nota general: Título en ...
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Ojeando Libros: Deidades prehispanicas de Venezuela ojeandolibros.blogspot.com/.../deidades-prehispanicas-de-venezuela.... 20 May 2010 – Deidades prehispánicas de Venezuela Historia para todos 1. Autor: Rafael Strauss K. ISBN: 9803250507. Publicador: Historiadores SC ... Revise los libros aquí y si le gusta alguno de ellos, ¡Cómprelo! Este blog es sólo una recopilación de links para descargar libros que se encuentran publicados en Internet. Los libros son almacenados por otras personas en sitios para compartir archivos (en inglés: free file hosting sites) como rapidshare.com. Para más información, vea nuestras condiciones de uso. Descripción: El tiempo prehispánico de lo que actualmente es Venezuela estuvo también habitado por dioses... Las gentes que los crearon vincularon divinidades, espíritus y héroes culturales al diario acontecer de sus faenas, a sus actividades de caza, pesca, recolección, agricultura, guerras, quedando plasmados como bienes culturales en la fuerza de las historias de aquellas gentes. Sin muchas diferencias esenciales con la religión contemporánea, encargaron a especialistas mohanes, boratios, shamanes, piaches, sacerdotes, curanderos... la responsabilidad de intermediar ante los dioses la atracción de bondades y el alejamiento de maldades. La deística creada está esencialmente acorde con los distintos niveles alcanzados por la organización de su producción y de su sociedad, de tal manera que se percibe una relación entre la divinidad, su concepto y atributos con las características socioeconómicas del grupo que las creó. Deidades prehispánicas de Venezuela Historia para todos 1 Autor: Rafael Strauss K. ISBN: 9803250507 Publicador: Historiadores SC Pag: 44 Ojear este libro: PDF, 8MB
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General - Sala de Computación ULA Táchira - OPSU servidor-opsu.tach.ula.ve/profeso/nino_g/historiografia/bi_gen.pdf Formato de archivo: PDF/Adobe Acrobat - Vista rápida [Cota: F2320 H5 v.1 Autor'. Strauss K, Rafael A. Titulo: Deidades prehispánicas de Venezuela] Pie de imprenta: Caracas. Historiadores, Sociedad Civil 1990.] Entre Los siguientes libros, bajarlos gratis, Rafael Strauss K.: Deidades prehispánicas de Venezuela (.pdf, vínculo) Ojalá algún día cercano aprendamos a rehacer los PDFs de estos libros de más calidad y a la vez más ligeros. Si las editoriales nos crucifican, pues nos rezan. Besitos para los niños buenos. [...] feedage.com/feeds/2451491/la-antropologia-cautiva-en-babilonia
Venezuela y su historia: febrero 2010 [Es parte de una bibliografía, Universidad Bolivariana de Venezuela, Área de Historia de Venezuela] venezuelaysuhistoria.blogspot.com/2010_02_01_archive.html 28 Feb 2010 .... Rafael Strauss K.: “Deidades prehispánicas de Venezuela” 02.
Bibliografía mínima
Barceló Sifontes, Lyl. [Firmado: L.B.S.] “Literaturas indígenas”. En: Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Polar, Caracas, 1988, 3 t., t. E-O: 725-729 y la bibliografía que está en p. 730.
Los aborígenes de Venezuela. Vol. I: Etnología Antigua, Walter Coppens, ed. gral. Fundación La Salle de Ciencias Naturales, (Monografía Nº 26), Instituto Caribe de Antropología y Sociología, Caracas, 1980, 335 p. [Contenido: Los Cumanagoto y sus vecinos, de Marc de Civrieux. Los Sáliba, de Nancy C. Morey y Robert C. Morey.]
Los aborígenes de Venezuela. Vol. II: Etnología Contemporánea, (Monografía Nº 29) [Contenido: Los Añú (Paraujano), de J. Wilbert; Los Yukpa, de K. Ruddle y J. Wilbert; Los Hiwi (Guahibo), de D. J. Metzger y R. V. Morey; Los Wanai (Mapoyo), de P. Henley; Los Hoti, de W. Coppens; Los Pemón, de D. J. Thomas; Los Sapé, de W, Coppensa; Los Uruak (Arutanbi), de W, Coppens.]
Los aborígenes de Venezuela. Vol. III: Etnología Contemporánea, (Monografía Nº 35), Caracas, 1988. [Contenido: Los Wayú (Guajiro), de Benson Saler; Los Pumé (Yaruro), de Philippe Mitrani; Los E’ñepá (Panare) de Paul Henley; Los Wórthula (Piaroa), de Joanna Overing y M. R. Kaplan; Los Bale (Baré), de Antonio Pérez; Los Yanomami, de Jacques Lizot; Los Warao, de H. Dieter Heinen.]
Strauss K., Rafael A. El tiempo prehispánico de Venezuela. Prólogo, Pedro Grases. Edición de la Fundación Eugenio Mendoza en su 40º Aniversario, Ceromotip, Caracas, 1992, 280 p. [Un resumen de este trabajo, titulado La Venezuela prehispánica, puede verse en Historia mínima de Venezuela, Fundación de los Trabajadores de Lagoven, Cromotip, Caracas, (1992), pp. 15-33.
Importantes e indispensables crónicas han sido publicadas por la Academia Nacional de la Historia-Caracas, en la Serie Fuentes para la Historia colonial de Venezuela.
Nota: En esta edición on line no reproduzco el breve currículum ni las figuras de la edición en físico, pero cuyo índice es:
Figura 1, p. 2. Representación antropomorfa femenina, conocida como Venus de Tacarigua, Área del Lago de Valencia, 1000 d.C. – 1500 d.C.
Mapa 1: Áreas Culturales Prehispánicas, p. 6.
Mapa 2: Lenguas Indígenas de Venezuela, p. 7
Figura 2, p.11. Representación femenina. Área de los Andes. 1000 d.C. – 1500 d.C.
Figura 3, p. 15. Figura masculina sedente, Cueva de Santo Domingo, estado Trujillo, 1000 a.C. – 300 d.C.
Figura 4,p. 19. Vasija efigie, de estilo Tocuyanoide.
Figura 5, p. 23. Petroglifo. Guri, estado Bolívar.
Figura 6, p. 26. Maracas de chamán, área de los yaruro.
Figura 7, p. 30. Representación femenina. Barrancas, estado Monagas, 300 d.C. – 1000 d.C.
Información de interés en Internet
Strauss, Rafael. Deidades prehispánicas de Venezuela. Otros dioses más viejos. Deidades, espíritus y héroes culturales de Venezuela prehispánica. Caracas, Historiadores Sociedad Civil (Historia para todos, 1), Caracas, 1993. Edición auspiciada por el Consejo Nacional de la Cultura, Conac. 40 p. [Sobre la colección Historia para Todos, puede verse: "En marcha plan de difusión histórica". El Diario de Caracas, Caracas, viernes 31.12.1993, p. 35; "Una serie de fascículos pondrán la historia al alcance de todos. Publicada por Historiadores S. C.". El Nacional, viernes 7.1.1994; David Ruiz Chataing, “Historia para todos”, Suplemento Cultural, p. 12, Últimas Noticias, Caracas, 16.8.1998.]
Citado. “Mitos Venezolanos. Los mitos de los indígenas venezolanos son tan variados como variadas fueron las culturas de cada una de las diferentes tribus que existieron (y algunas sobreviven) en nuestro territorio. Para el mito de la creación, se escogió el mito de los Tamanacos por ser un mito muy hermoso y muy representativo de la cultura prehispánica. Los mitos que se conservan de los indígenas ha sido gracias a los trabajos que hicieron los misioneros que vinieron de España y que escribieron sus experiencias. Esta sección del Rincón hubiese quedado muy incompleta sin la valiosa ayuda de la obra: "Deidades prehispánicas de Venezuela", Conac, 1998 de Rafael Strauss. http://www.geocities.com/rincon_mitologico/fuentes.htm
Citado. Strauss, Rafael (1998). Deidades Prehispánicas de Venezuela. Historia para todos. N° 1. CONAC, Caracas, en “Excavando mujeres en y desde el sur: aproximaciones a la arqueología feminista en Latinoamérica”, por Rodrigo Navarrete, Licenciado en Antropología BF81014@binghamton.edu Venezuela. Revista Venezolana de Estudios de la Mujer - Enero/Junio 2010. Vol. 15/N° 34. pp. 75-104. [Por ejemplo, Rafael Strauss (1998), la vincula [a] representaciones de seres ancestrales [que] transmiten su esencia a la fertilidad de la tierra y de las mujeres, concebidas como amuletos protectores y donadores de vida.” p. 92] [sic por los corchetes]
Catálogo de la Biblioteca del Instituto Cervantes de Nueva York: Materias: Indians of South America-Venezuela-Religion and mythology. Venezuela-History. Indios de Venezuela-Religion i mitología. Venezuela-Historia http://nuevayork.cervantes.es/Biblioteca/Fichas/Strauss%20K.,%20Rafael_12539_27_1.shtml, citan así: Strauss K., Rafael. Otros dioses más viejos: deidades, espíritus y héroes culturales. Historiadores SC, Caracas, 40 p.
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