El proceso de la hispanidad en Venezuela, por Rafael A. Strauss K.© – Escuela de Historia –UCV. Ponencia presentada en la Primera Jornada sobre Los Procesos Culturales en Venezuela. Caracas, miércoles 19 de julio de 1989. Ateneo de Caracas.
1. Una introducción necesaria
Debo confesar dos sorpresas. La primera, ver mi nombre en una lista de posibles ponentes en el área que esta Jornada identifica como el Proceso de la Hispanidad en Venezuela. Pero esta sorpresa se me hizo mayor, cuando me vi aceptado como ponente, lo que implicaba, entre otras cosas, escribir mis reflexiones, acto que cada vez realizamos menos, quizá por la desmotivación que para el trabajo, en general, y para el trabajo intelectual, en particular, nos acosa hasta limitarnos cada vez más en Venezuela. De tal manera que quisiera agradecer al Movimiento Cultural Autónomo Oriwaca esta invitación de la que he sido objeto, que me permite expresar algunas de mis reflexiones en torno a un problema que a muchos de nosotros atrae y preocupa como es el de establecer el proceso cultural de Venezuela, no los procesos culturales –tema central de esta jornada– y particularizar las características de los elementos en él involucrados. Es posible que este encuentro sea una especie de nutritivo alto en este agite cada vez menos fructífero en el que una cosa que a falta de otro nombre han dado en llamar democracia, nos impulsa a una vida de permanente angustia por conseguir más barato un rollo de papel sanitario, por decir lo menos, que por reflexionar sobre nosotros mismos, en pasado, presente y hasta en futuro. Ojalá y este encuentro nos permita ese alto que necesita la angustia para tranquilizarse y se propicie un autoconocimiento tanto individual como colectivo.
Jornadas parecidas a esta, ciclos de conferencias, polémicas en publicaciones periódicas y algunas investigaciones de especial trascendencia, ya han tenido lugar en Venezuela. Abusando de la atención de este auditorio voy a recordar algunos de aquellos eventos porque considero que esa información puede ser una contribución a este nuevo encuentro para lo mismo y, particularmente, para la proposición que haremos en su momento. Debo señalar que esta información la estamos procesando en un proyecto que hemos titulado Repertorio de Etnohistoria, Cultura Popular e Historia Regional venezolanas, cuyos resultados conformarán una próxima edición.
Una somera información de los eventos a que nos hemos referido podría contener lo siguiente. En 1940 el Ateneo de Caracas lleva a cabo un ciclo que tituló Conferencias Venezolanistas. A 1943 corresponden dos eventos de cierta importancia: el Cursillo de Cultura Venezolana dictado por José Fabián Ruiz y que reseña la revista Ideas Venezolanas. Esta misma revista recoge los trabajos que en forma de serie de artículos escribieron Luis Esteban Rey, Pedro Emilio Coll, Rafael Clemente Arráiz y Miguel A. Villarroel que, respectivamente, tienen los siguientes títulos: “En los Estados Unidos no nos conocen”, “!Por qué nos desconocen!”, “Where is Venezuela?” y “¿Nos ignoran en el exterior?” En 1951 la Comisión Indigenista Nacional, el Museo de Ciencias Naturales y la Universidad Central de Venezuela organizan un ciclo que se dicta en el Salón de Conferencias de dicha universidad con el título: ¿Qué debe Venezuela a sus Indios? En él participaron: Antonio Requena, Pascual Venegas Filardo, José Antonio Calcaño, Humberto García Arocha, Walter Dupouy, Eduardo Fleury Cuello, Joaquín Gabaldón Márquez, Miguel Acosta Saignes, Francisco Tamayo y Ángel Rosenblat. El 4 de marzo de 1952 la Casa del Escritor, Caracas, organiza el encuentro titulado La Nacionalidad y sus símbolos, a propósito de una polémica sobre Guaicaipuro. En él participaron Miguel Acosta Saignes, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas, Jesús R. Zambrano y Ramón Losada Aldana.
En 1953, el Ateneo de Caracas y la revista Tierra Firme, celebran el Ciclo de Mesas Redondas sobre El Ser del Venezolano, a propósito de una encuesta que sobre ese aspecto había organizado dicha revista. Las mesas de discusión, siete en total, estuvieron constituidas por Mariano Picón Salas, Miguel Acosta Saignes, Luis Beltrán Guerrero, Arturo Uslar Pietri, Pedro Pablo Bartola, Ángel Rosenblat, Orlando Araujo, Bartolomé Olivier, Manuel Granell, José Ortega Durán, Domingo Casanova, Eduardo Arroyo Lameda, José Moncada Moreno, Miguel Otero Silva, Eduardo Lira Espejo, José Antonio Rial, Walter Dupouy, Pascual Venegas Filardo, Pablo J. Anduve, Eduardo Fleury Cuello y Rafael Rodríguez Delgado.
En 1955, con la colaboración de la Facultad de Humanidades y Educación, la Universidad Central de Venezuela organiza el ciclo La Historia de la Cultura en Venezuela, que se celebró en el Instituto Anatomopatológico de la Ciudad Universitaria. Participaron: Miguel Acosta Saignes, Isaac Pardo, Juan David garcía Bacca, Ernesto Mayz Vallenilla, Pedro Grases, José Antonio Calcaño, Lorenzo Luzuriaga, Mariano Picón Salas, Manuel Granell, J. L. Salcedo Bastardo, Arturo Uslar Pietri, Domingo Casanova, Ángel Rosenblat y Edoardo Crema.
En 1967, Jorge Armand, Esteban Emilio Mosonyi, Miguel Addler, Fray Cesáreo de Armellada y Pedro Krisólogo, entre otros, constituyen el Centro de Estudios Americanistas, cuyas labores se inician con un ciclo de conferencias en la Biblioteca Nacional, sobre temas indígenas e indigenistas. En 1976, del 15 de noviembre al 10 de diciembre, el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos organiza el Curso de Extensión África en América, que se dictó en la Sala Rajatabla, del Ateneo de Caracas. Participaron, entre otros, Federico Brito Figueroa, Miguel Acosta Saignes, Walter Dupouy, Roberto Esquenazi Mayo, Oswaldo Vigas, Michaelle Ascencio, Alfredo Chacón y, como invitado especial, el profesor René Durand, de la Universidad de Dakar, en Senegal. En 1989, del 19 al 23 de junio, la Facultad de Humanidades y Educación-UCV, la Academia Nacional de la Historia, el Ateneo de Caracas y el Consejo Nacional de la Cultura, entre otros, auspician el Seminario Internacional Contribución de África a la Formación Sociohistórica y Cultural de América. Finalmente diremos que en algunos pueblos y ciudades del interior se han celebrado eventos semejantes, que no mencionaremos, y que por su importancia estamos también procesando para próxima publicación.
La otra sorpresa se produjo al momento de recibir el programa de esta jornada. Sobre él debo decir dos cosas. Primero: noto una ausencia de la concepción histórica en cuanto al planteamiento de los asuntos a ser debatidos en este evento. Mi preocupante apreciación se agiganta –y esto es lo segundo– cuando veo que no es un especialista historiador y/o etnohistoriador a quien se ha responsabilizado por la conferencia de instalación de esta jornada, lo que presupone, por lo menos para mí, caer en lo que muchos de los aquí presentes hemos estado combatiendo: entender el proceso de la cultura venezolana sólo desde el punto de vista del aspecto folklórico. No aprecio en lo programado la consideración de macroaspectos tan importantes como la creación de la Capitanía General de Venezuela, los momentos independentista y post-independentista, con toda su esencia antropológica y sociológica; influencia en Venezuela de la Revolución Francesa y de otros acontecimientos foráneos; influencia en el proceso cultural venezolano de la Guerra Federal, la influencia del petróleo en nuestra vida nacional, regional e individual, la situación de país dependiente que caracteriza a Venezuela y la presencia de otras etnias que ya forman parte de nuestra historia. La mayoría de estos aspectos se tomó en cuenta en los eventos que reseñamos antes, por lo que sus resultados son dignos de tenerse en cuenta y de difundirse. Esta es nuestra primera proposición. Y es que como escribe Lebon: “Todo fenómeno histórico es invariablemente el resultado de una larga serie de fenómenos anteriores y el presente es hijo del pasado y lleva en su seno el germen del porvenir.”
Pero de ningún modo, estos comentarios y apreciaciones quieren invalidar la buena idea que es esta jornada que, por otra parte, ocurre en un momento en el que Venezuela necesita, entre otras cosas, revisarse; sólo que toda revisión debe hacerse tomando en cuenta la diacronía. Parece que no estábamos equivocados cuando en las asignaturas que hemos dictado y dictamos en la Universidad Central hemos aseverado con insistencia de tarea urgente, lo importante que es para un país y para todo individuo hacer altos en su proceso para someterlo y someternos a las más duras críticas y revisar honesta y conscientemente qué se desecha y qué puede quedarse, siempre dentro de esa propuesta dialéctica de que la cultura es a la vez dinámica y estática.
2. Entrando en el tema
Para exponer mis reflexiones sobre el proceso de la hispanidad en Venezuela, no voy a extenderme en una materia cuyo puesto y resultados en el proceso cultural venezolano, no han dejado nunca de ser esenciales y significativos. Y cuando digo esenciales estoy utilizando aquella vieja y útil definición aristotélica de que esencia es lo que hace que una cosa sea eso y no otra cosa. Quiero decir con esto que querámoslo o no, que nos guste o no, somos producto de quien nos conquistó y colonizó. La práctica histórica, inclusive, ha puesto en el decir de muchas generaciones la expresión Madre Patria, con la que consciente o inconscientemente nos hemos confesado o se ha hecho que nos confesemos hijos de la España.
En nuestra historia no son desconocidas aquellas posturas contrapuestas que terminaron por conformar lo que se llamó Leyenda Negra y Leyenda Dorada, para juzgar como negativa o como positiva, respectivamente, la acción de aquella madre colonizadora. Siempre hemos apreciado esta dependencia con un sentimiento fatalista; lógico, por demás, cuando constatamos en nuestro propio proceso cultural que España, como cultura que por conquista se hizo dominante, va a diseñarnos la prefiguración con la que entraremos en la historiografía, con la que nos caracterizamos a pesar de otras influencias transculturadoras. España vino a América a cumplir su destino y para ello se aferró a la espada y a la cruz, dos instrumentos que aún tenemos incrustados en nuestro colectivo, en nuestra individualidad, en nuestra historia. Aun los congresos, estudios y eventos afines que han tenido como objetivo la reflexión en torno a las otras componentes o matrices básicas de la cultura venezolana, es decir, la indígena y la africana, tienen como esquema primordial la bipolaridad en el que uno de los polos obligados es la presencia decisiva de España y su cultura. Es decir, África estuvo en Venezuela porque en Venezuela estaba España. Esta verdad obliga a nuestros afrovenezolanistas a enfocar una parte significativa de sus estudios en función de aquella presencia y actividad de España. A pesar de los aportes del negro africano a eso que hemos llamado cultura venezolana, la comprensión de su presencia y el consecuente estudio siempre se harán en función de la cultura de España. Independientemente de la búsqueda de los orígenes de las expresiones del África negra en Venezuela, la información sólo cobra sentido dentro de eso que llamamos cultura venezolana, pues fuera de ese contexto aquélla se convierte en una simple información sobre orígenes, y nada más.
Algo parecido ocurre cuando se intenta una reflexión sobre la componente indígena, con la complejidad que implica el hecho de que la cultura de las sociedades aborígenes de nuestra historia fue significativamente sustituida. La cultura de las naciones aborígenes fue tratada como un elemento más dentro del esquema y los propósitos que la España colonizadora prefiguró para sus dependencias y al igual que el segmento africano, una buena parte de su historia sólo puede entenderse por la presencia de España en Venezuela. A nivel de vocabulario, cuando decimos precolombino, precortesiano, prehispánico, sencillamente estamos aceptando como corte histórico trascendental la presencia esencial y significativa de una situación de colonización con nombre y apellido, que es con la que ingresamos en la historiografía universal. He aquí otro elemento del fatalismo al que hacíamos referencia. Además de éste, otros elementos que nos han definido como cultura es que se nos obliga a entrar en la historia de occidente con esa inmensa duda de si las gentes que aquí había eran seres humanos, dignos, por ende, de recibir la palabra, el cuerpo y la sangre de un dios cuya bondad, difundida e impuesta por la espada y la cruz, sólo conocían los misioneros, los conquistadores y los gobernantes y funcionarios españoles.
3. El tema
Parafraseando a George Foster, el proceso cultural venezolano es producto típico de una Cultura de Conquista, en la que España ejerció funciones de Cultura Donadora y las componentes indígena y africana la de Culturas Receptoras. La aparente pasividad de estas últimas no significa, por supuesto, que desde ellas no hubiese traslación de rasgos culturales hacia la cultura hispana, pero algunos trabajos han demostrado tanto la lentitud como la poca cuantía de dicha transferencia y de dichos elementos. Desde la conquista misma y en cualquier corte que para su estudio hagamos de nuestro proceso cultural, siempre encontraremos la presencia decisiva de España.
La institución de la Encomienda, que Carlos Siso considera la primera forma de organización económica venezolana, va a constituir una de las bases significativas en la prefiguración por España de eso que llamamos cultura venezolana. Esta institución fue, entre otras cosas, el espacio físico y social donde se genera todo un proceso de transculturación, tanto en el aspecto específicamente agrícola con la introducción y el cultivo de especies europeas y la adopción de especies americanas, como en el espacio social con la convivencia hispano-india. Las Misiones, otra de aquellas bases, prefigurarán la primera célula de la vida social venezolana que a través de la congregación de indígenas y misioneros en “pueblos” y de la imposición –que eufemísticamente se ha llamado enseñanza– de la doctrina y moral cristianas, particularmente a los niños indígenas, van a ir dando forma a lo que conocemos como cultura venezolana.
El funcionamiento y estructura de la Encomienda y las Misiones generarán ese sentimiento generalizado de sumisión que nos ha caracterizado como pueblo. Los sentimientos y demostraciones de desacato a las nuevas normas por parte de los Caribes y, en general, de las sociedades indígenas, serán reprimidos tanto por la espada y la cruz como por la vía de la invención de calificativos denigrantes. Así, la práctica ritual de la antropofagia –que en nada difiere de la práctica cristiana de la comunión– será interpretada y difundida simplemente como canibalismo. Se le restará la carga de permanencia del valor y la seguridad que el guerrero ofrece con su acción al grupo y de su historia en la sociedad que entonces comulgaba con sus cenizas y con su recuerdo. Asimismo, la distribución sexual del trabajo será entendida, y así lo conocerá Europa, como flojera de los indios varones; la diversidad del panteón religioso aborigen –que en nada difiere de la del panteón heredado de la iglesia occidental– será interpretada, y combatida, como politeísmo.
Esta actitud etnocéntrica, generadora inmediata del genocidio y del etnocidio como armas de represión, brindó a España una manera de esconder nuestra cultura más antigua. El método de la superposición de su cultura sobre la de la indígena y la africana negra, fue tan efectivo como eficaz y oficial. La sustitución programada fue la manera de llevar a cabo aquella superposición. Independientemente de las buenas intenciones que haya habido en algunos misioneros, la realidad es que no podemos caracterizar de otra forma la conquista y la colonización españolas.
4. A manera de inconclusión
Lo peor de todo esto, sin embargo, es que desde los tiempos mismos del contacto, comenzó a gestarse lo que ahora, nosotros, como herederos y partícipes directos de este proceso, continuamos practicando: la discriminación, inclusive hacia nosotros mismos. Dos actitudes que nos caracterizan en ese escamoteo permanente que hacemos de nuestro pasado y esa actitud de estar buscando sustitutos a nuestra cultura. Escuchamos frases como “Si nos hubiesen conquistado los ingleses, seríamos distintos”, por ejemplo. Nada más incongruente, por supuesto, a pesar de que esta idea, solapadamente, está bastante generalizada. Pero este asunto podría ser objeto de un encuentro en el que se analice, por ejemplo, de manera sincera y honesta cuáles son las expectativas que tenemos de nuestra propia cultura. Dejo plateada esta idea.
La autodiscriminación a la que nos hemos referido es otra de nuestras angustias como cultura; es otra de las actitudes que dan base y fortalecen el fatalismo que creo nos caracteriza. Hemos continuado avalando, por confesión o por omisión, toda esa gama de adjetivos perversos, por etnocéntricos, con los que fuimos calificados desde que entramos, de la manera en que se hizo, a la universalidad. Labor inmediata debe ser –y esta es otra de nuestras recomendaciones– revisar el corpus y cada uno de aquellos adjetivos con los que hemos sido concebidos y calificados por la Madre Conquistadora, por la Madre Norteamericana, por muchos de nosotros mismos y por buena parte de los inmigrantes que aquí se han instalado. Leopoldo Zea, Miguel Acosta Saignes, Angelina Lemmo, entre muchos otros americanistas y venezolanistas, lo han advertido de manera clara y contundente. Se trata de revisar la universalidad tanto de esos adjetivos como de los patrones exportados por Europa para calificarnos, analizarnos y evaluarnos, desde que nos hicieron entrar a la historiografía universal por la vía colonialista española. Se trata también de repensar a América en términos de la historia y comprensión de sus ideas. La payasería que con el nombre de conmemoración de los 500 años que la España pretende montar, debería ser para América una buena oportunidad para hacer lo que se ha sugerido. Esta es otra sugerencia que hacemos.
Eso que llamamos cultura venezolana se ha llenado, pues, de todos estos sentimientos que apenas hemos esbozado. Considero que continuamos cargando con ellos y a pesar de momentos como el independentista, el de la Guerra Federal, los años sesenta, el 27 de febrero, la sumisión, la dejadez, el facilismo…, siguen siendo adjetivos que nos califican y es que parecemos estar empantanados por sentimientos fatalistas. Parece como si tuviésemos miedo de conocernos a nosotros mismos, porque al parecer tenemos un temor atávico de mirarnos en el espejo de nuestra propia historia. Entonces nos hacemos trampas: en el área de los llamados estudios de nuestro folklore, por ejemplo, sobresacamos lo bonito que nos legó la España pero lo terrible y funesto e inhumano que también nos legó y lo también terrible que el neocolonialismo nos ha legado, lo dejamos para verlo después… y seguimos haciéndolo, sabiendo, cobardemente, que el infinito no tiene límites.
Es evidente, pues, que todo eso que llamamos cultura venezolana lleva el sello indeleble de la cultura española, de esa cultura de conquista impuesta por España. Como dirigente del proceso al que fue sometido el nacimiento y desarrollo de la cultura de estas partes, España no sólo decidió los métodos para implantarla, sino que dispuso de ellos hasta configurarnos como usuarios de su propia tradición y modo de ser. Nos enseñó a comunicarnos en su idioma, a utilizar su religión y a someternos a su dios…, sólo que toda esta enseñanza se estructuró desde las primeras lecciones sobre las bases de la destrucción. Y es que España nos inventó una parte esencial de nuestro futuro.
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