Desde su nacimiento como fiesta y a lo largo del tiempo Los Palmeros se han convertido en una respetabilísima tradición, constituyendo el aporte popular a la universal liturgia de la Semana Santa en los predios del Municipio Chacao. Una afortunada combinación de elementos y la conciencia del pueblo por lo bueno, tanto a nivel individual como colectivo, hicieron emerger la fiesta de Los Palmeros desde el ámbito mismo de la necesidad de contrarrestar con paliativos de promesas una peste u otros males allá por los tiempos coloniales. La convicción popular de que lo prometido es deuda, ha inyectado siempre del mejor ánimo a grupos de personas que descubrieron formas idóneas, conservacionistas, magníficas de comunicarse y de entenderse con la historia y con la divinidad heredada por procesos transculturadores. Tan afortunada combinación incluye tanto los sentimientos de organizadores y seguidores de la fiesta, como un cuido casi místico por El Ávila... y Chacao, como espacio urbano que acoge y caracteriza a Los Palmeros, ha recibido hasta ahora los más caros cuidados de un grupo que ha deseado fortalecer la dinámica de la identidad local pedregalense para ofrecerla sin medidas.
Es tradición que ha venido arraigándose de manera significativa en la propia historia de El Pedregal y sus moradores y en la Semana Santa caraqueña. A pesar de que su objetivo inmediato es dotar de palmas la liturgia del Domingo de Ramos, se han generado otras actividades que ya forman parte esencial de dicha fiesta: hace veinticuatro años una inmensa cruz que Los Palmeros fueron a sembrar en El Ávila, en el Pico Oriental, a más de dos mil seiscientos metros de altura, testimonia de manera permanente, grandiosa y elocuente la presencia gigante para siempre de esos dioses que a cada instante renuevan su existencia en la historia; y además de esta cruz que desde allá los cuida, Los Palmeros han desarrollado toda una labor, que es ya tradicional, de cuidar esta montaña, que se parece a un reino donde ellos son y se comportan y se conciben como dioses.
Mediando la semana anterior a la Semana Santa, a una hora que la tradición, la costumbre y la responsabilidad han ido fijando, se van formando en El Pedregal pequeños grupos de Palmeros. Horas después se encontrarán en El Ávila y se organiza la gran cuadrilla que cortará las palmas en La Cueva de Los Palmeros. El camino que lleva hacia ella sólo se utiliza en esta ocasión, que es especial como la faena misma. Y al llegar a esa Cueva los espera un altar, sólo habitado por recuerdos, sobre el cual se encenderá el velón que comienza a iluminar la tradición, que ha vuelto a renovarse, con luces de formas que van entremetiéndose por los riscos húmedos y repletos de liquen, y por entre las esperanzas de Los Palmeros. Pasan las horas y al mismo ritmo que la sudoración y la satisfacción aumentan, se va creando un jardín de palmas acostadas que va siendo parido después de una gestación de doce meses.
Y cada quien agarra a su criatura... Se distribuyen las palmas según las manos disponibles y comienza el descenso hacia El Dormidero, lugar donde pasarán la noche del viernes. Antes han pasado, con ese noble peso de la tradición y de las palmas, por El Lajal, Los Reventones, La Gua 1, La Cueva de Manuel Conejo, La Gua 2 y La Gua 3, trayecto áspero, intrincado, de difícil acceso... pero están como protegidos por sus sentimientos y prestancia de dioses... y la euforia que los acompaña encuentra salida después de la espera de un año, durante la cual suben también en cuadrillas a proteger a El Ávila de los incendios de circunstancia, de los males que le hacen manos enemigas de lo bello... y a ver qué cantidad de viento, de nubes y de mar ha hecho nido en la imponente Cruz de Los Palmeros y entonces demuestran que también son dioses que conservan la madre de sus palmas, cuidándole la piel vegetal con flores y plantas que a lo largo de muchos años han venido sembrándole... en un cultivo abonado no sólo por sudores de amor y de cansancio sino también por música que va saliendo como desde esa caja mágica que tienen en la garganta y en las manos y en esa creatividad de Los Palmeros que han inventado un himno para agruparse y guiarse en las alturas...
La noche del viernes o durante la madrugada del sábado llegan a El Dormidero, un anfiteatro natural donde se harán actores. Otros Palmeros que no subieron a la matriz de las palmas los esperan aquí y algunas personas comentan que en Chacao se escucha el retumbar de esas gargantas que al llegar comienzan a cantar, y cantan las canciones que inventan y otras que aprendieron en la cotidianidad de sus vidas... Palmas y palmeros descansan sobre la amiga humedad de la vegetación que los espera y bajo un cielo de árboles frondosos cuyo cobijo tiene la dimensión de la labor cumpliéndose. Esta es ocasión propicia para chistes y comidas de campamento y para el descanso, el merecido descanso después de la jornada... Es ocasión también en la que estos dioses se humanizan, y al suave olor de la hierba y del aire nocturno y del sudor de héroes se suma el de las libaciones festivas y necesarias en una proporción que no excede las limitaciones de la experiencia, porque mañana todos Los Palmeros bajarán cargados y cansados a incorporarse al cumplimiento de la esperanza que por las palmas les espera allá abajo... Y a todo esto se añaden los olores de las comidas que se improvisan y el del fogón que donará calor y protección y ceniza y ollín con los que algunos se pintarán las caras en maquillaje que no desfigura ni da miedo porque es parte, sencillamente, de una alegría que todos los años se refuerza y sale de fiesta.
Se prepara el regreso... Dentro de un rato sus huellas comenzarán a bajar hacia el concreto... Han convertido los desperdicios en abono; han apagado la fogata y seleccionado los carbones para que quienes quieran se maquillen los rostros con negro vegetal... Ya han confeccionado los haces, largos, con las palmas, que amanecieron refrescadas por el rocío de El Ávila. Labor artesanal, que se muestra también en los tejidos de capillas, templos, estandartes, con los que adornarán los atados larguísimos, y el tejido de las primeras cruces del año que mañana domingo serán benditas en el ritual de bendición de ramos de la Semana Santa. Labores casi secretas, de sana competencia, con las que momentáneamente se alteran la concepción y práctica de un trabajo en colectivo pues quienes tejen se apartan del grupo para confeccionar su arte, y tejidos y cruces serán como trofeos individuales... También lo serán las peonías, las pepas de zamuro y los caracoles que han ido recogiendo en La Cueva de Los Palmeros, en el trayecto y en el lecho de la quebrada vecina al anfiteatro. Algunos completarán su ajuar de dioses con collares de caracoles y crucecitas clavadas en cachuchas, en sombreros o en las camisas; algunos poblarán sus bolsillos con los otros trofeos que, celosamente, serán guardados en sus casas... Los atados de Palmas son cubiertos con las cobijas en las que durmieron Los Palmeros y comienza a prepararse el descenso. Sobre ellos un sol que se cuela por entre la enramada para arrancarles a estos hombres más sudores de dioses. Entre las 10 y las 11 comienzan a formarse las filas para la procesión y alguien que ha subido desde El Pedregal a ver este ritual baja de nuevo a avisar que los dioses ya vienen... Esposas y demás familiares van a esperarlos al pie de la montaña para encargarse de los enseres que puedan entorpecerles el descenso, y este esperado contingente comienza a engrosar la procesión, cuyo volumen continuará creciendo hasta el final de la jornada.
Un cohete anuncia la salida y aquí abajo todo el mundo se apresta a recibirlos. Ya salieron; Ya vienen, son los otros ecos que se suman al de la pirotecnia y esa mezcla de palmas y dioses y mujeres y niños que los ayudan comienza a invadir desde el norte las calles de Altamira, La Castellana, El Pedregal, Chacao y el murmullo de las palmas y los gritos y algún toque de trompeta de estos actores sobre el cemento irá superponiéndose a las momentáneas protestas que expresarán con sus cornetas de ciudad algunos conductores que han sido presos por esta estructura de palmas y Palmeros.
…Y van entrando por las solariegas viejas calles del Chacao de la historia a la que ya pertenecen Los Palmeros. De nuevo se humanizan ante el pailón de papelón con limón que desde siempre les ha preparado misia Elena Blanco de Delgado, y parece que las palmas también toman porque cuando las depositen en la iglesia lucirán tan frescas como cuando las cortaron. Y un pequeño descanso, por supuesto, antes de bajar hacia la Avenida Francisco de Miranda, donde el contraste entre palmas, tradición y ciudad se hará más evidente... Continúan los cantos, los gritos, la alegría, la fiesta... y allá arribita se divisa la plaza con su iglesia y la gente... Cohetes y campanas se disputan un espacio mayor en las escalas más altas del sonido... El campanero no disimula su apremio por tañer su instrumento al ver desde la torre del templo la procesión que sube, y expresa entonces su envidiable condición de privilegiado.
Comienzan a llegar y una vez más esta tradición está a punto de cumplirse. Los Palmeros se agrupan frente al templo y se inicia el minuto de silencio de todos los años que terminará cuando depositen las palmas en la Casa Parroquial de Chacao. No entregan ni los tejidos ni las cruces artesanados allá arriba que, como trofeos, serán guardados junto con estos nuevos recuerdos, testimonios silenciosos que servirán para contar la historia.
Mediando la semana anterior a la Semana Santa, a una hora que la tradición, la costumbre y la responsabilidad han ido fijando, se van formando en El Pedregal pequeños grupos de Palmeros. Horas después se encontrarán en El Ávila y se organiza la gran cuadrilla que cortará las palmas en La Cueva de Los Palmeros. El camino que lleva hacia ella sólo se utiliza en esta ocasión, que es especial como la faena misma. Y al llegar a esa Cueva los espera un altar, sólo habitado por recuerdos, sobre el cual se encenderá el velón que comienza a iluminar la tradición, que ha vuelto a renovarse, con luces de formas que van entremetiéndose por los riscos húmedos y repletos de liquen, y por entre las esperanzas de Los Palmeros. Pasan las horas y al mismo ritmo que la sudoración y la satisfacción aumentan, se va creando un jardín de palmas acostadas que va siendo parido después de una gestación de doce meses.
Y cada quien agarra a su criatura... Se distribuyen las palmas según las manos disponibles y comienza el descenso hacia El Dormidero, lugar donde pasarán la noche del viernes. Antes han pasado, con ese noble peso de la tradición y de las palmas, por El Lajal, Los Reventones, La Gua 1, La Cueva de Manuel Conejo, La Gua 2 y La Gua 3, trayecto áspero, intrincado, de difícil acceso... pero están como protegidos por sus sentimientos y prestancia de dioses... y la euforia que los acompaña encuentra salida después de la espera de un año, durante la cual suben también en cuadrillas a proteger a El Ávila de los incendios de circunstancia, de los males que le hacen manos enemigas de lo bello... y a ver qué cantidad de viento, de nubes y de mar ha hecho nido en la imponente Cruz de Los Palmeros y entonces demuestran que también son dioses que conservan la madre de sus palmas, cuidándole la piel vegetal con flores y plantas que a lo largo de muchos años han venido sembrándole... en un cultivo abonado no sólo por sudores de amor y de cansancio sino también por música que va saliendo como desde esa caja mágica que tienen en la garganta y en las manos y en esa creatividad de Los Palmeros que han inventado un himno para agruparse y guiarse en las alturas...
La noche del viernes o durante la madrugada del sábado llegan a El Dormidero, un anfiteatro natural donde se harán actores. Otros Palmeros que no subieron a la matriz de las palmas los esperan aquí y algunas personas comentan que en Chacao se escucha el retumbar de esas gargantas que al llegar comienzan a cantar, y cantan las canciones que inventan y otras que aprendieron en la cotidianidad de sus vidas... Palmas y palmeros descansan sobre la amiga humedad de la vegetación que los espera y bajo un cielo de árboles frondosos cuyo cobijo tiene la dimensión de la labor cumpliéndose. Esta es ocasión propicia para chistes y comidas de campamento y para el descanso, el merecido descanso después de la jornada... Es ocasión también en la que estos dioses se humanizan, y al suave olor de la hierba y del aire nocturno y del sudor de héroes se suma el de las libaciones festivas y necesarias en una proporción que no excede las limitaciones de la experiencia, porque mañana todos Los Palmeros bajarán cargados y cansados a incorporarse al cumplimiento de la esperanza que por las palmas les espera allá abajo... Y a todo esto se añaden los olores de las comidas que se improvisan y el del fogón que donará calor y protección y ceniza y ollín con los que algunos se pintarán las caras en maquillaje que no desfigura ni da miedo porque es parte, sencillamente, de una alegría que todos los años se refuerza y sale de fiesta.
Se prepara el regreso... Dentro de un rato sus huellas comenzarán a bajar hacia el concreto... Han convertido los desperdicios en abono; han apagado la fogata y seleccionado los carbones para que quienes quieran se maquillen los rostros con negro vegetal... Ya han confeccionado los haces, largos, con las palmas, que amanecieron refrescadas por el rocío de El Ávila. Labor artesanal, que se muestra también en los tejidos de capillas, templos, estandartes, con los que adornarán los atados larguísimos, y el tejido de las primeras cruces del año que mañana domingo serán benditas en el ritual de bendición de ramos de la Semana Santa. Labores casi secretas, de sana competencia, con las que momentáneamente se alteran la concepción y práctica de un trabajo en colectivo pues quienes tejen se apartan del grupo para confeccionar su arte, y tejidos y cruces serán como trofeos individuales... También lo serán las peonías, las pepas de zamuro y los caracoles que han ido recogiendo en La Cueva de Los Palmeros, en el trayecto y en el lecho de la quebrada vecina al anfiteatro. Algunos completarán su ajuar de dioses con collares de caracoles y crucecitas clavadas en cachuchas, en sombreros o en las camisas; algunos poblarán sus bolsillos con los otros trofeos que, celosamente, serán guardados en sus casas... Los atados de Palmas son cubiertos con las cobijas en las que durmieron Los Palmeros y comienza a prepararse el descenso. Sobre ellos un sol que se cuela por entre la enramada para arrancarles a estos hombres más sudores de dioses. Entre las 10 y las 11 comienzan a formarse las filas para la procesión y alguien que ha subido desde El Pedregal a ver este ritual baja de nuevo a avisar que los dioses ya vienen... Esposas y demás familiares van a esperarlos al pie de la montaña para encargarse de los enseres que puedan entorpecerles el descenso, y este esperado contingente comienza a engrosar la procesión, cuyo volumen continuará creciendo hasta el final de la jornada.
Un cohete anuncia la salida y aquí abajo todo el mundo se apresta a recibirlos. Ya salieron; Ya vienen, son los otros ecos que se suman al de la pirotecnia y esa mezcla de palmas y dioses y mujeres y niños que los ayudan comienza a invadir desde el norte las calles de Altamira, La Castellana, El Pedregal, Chacao y el murmullo de las palmas y los gritos y algún toque de trompeta de estos actores sobre el cemento irá superponiéndose a las momentáneas protestas que expresarán con sus cornetas de ciudad algunos conductores que han sido presos por esta estructura de palmas y Palmeros.
…Y van entrando por las solariegas viejas calles del Chacao de la historia a la que ya pertenecen Los Palmeros. De nuevo se humanizan ante el pailón de papelón con limón que desde siempre les ha preparado misia Elena Blanco de Delgado, y parece que las palmas también toman porque cuando las depositen en la iglesia lucirán tan frescas como cuando las cortaron. Y un pequeño descanso, por supuesto, antes de bajar hacia la Avenida Francisco de Miranda, donde el contraste entre palmas, tradición y ciudad se hará más evidente... Continúan los cantos, los gritos, la alegría, la fiesta... y allá arribita se divisa la plaza con su iglesia y la gente... Cohetes y campanas se disputan un espacio mayor en las escalas más altas del sonido... El campanero no disimula su apremio por tañer su instrumento al ver desde la torre del templo la procesión que sube, y expresa entonces su envidiable condición de privilegiado.
Comienzan a llegar y una vez más esta tradición está a punto de cumplirse. Los Palmeros se agrupan frente al templo y se inicia el minuto de silencio de todos los años que terminará cuando depositen las palmas en la Casa Parroquial de Chacao. No entregan ni los tejidos ni las cruces artesanados allá arriba que, como trofeos, serán guardados junto con estos nuevos recuerdos, testimonios silenciosos que servirán para contar la historia.
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