lunes, 21 de noviembre de 2016

Algunas consideraciones antropológicas sobre la familia a la luz del relativismo cultural, por Rafael Antonio Strauss K.©

Algunas consideraciones antropológicas sobre la familia a la luz del relativismo cultural, por Rafael A. Strauss K.© Conferencia solicitada por sus directivos y que dicté en el Instituto Superior Salesiano de Filosofía y Educación, con motivo de la apertura del año académico 1993-1994, el 4 de octubre de 1993. Publicada en Anthropos, Instituto Superior Salesiano de Filosofía y Educación, ISSFE, Año XIV, Nº 2-1993, Librería Editorial Salesiana, Caracas-Los Teques, pp. 99-106.
A estas alturas de un siglo a punto de concluir pareciera como si una conferencia sobre la familia fuese uno de esos temas repetitivos y con escasas posibilidades de obtener consideraciones que no hayan sido ya expuestas. En pocas palabras: pareciera ser un tema sin ninguna trascendencia. Pensamos, sin embargo, que nunca estará de más revisar una institución fundamental para toda sociedad cualquiera sea o haya sido su organización social y su organización política; cualquiera sea o haya sido su cultura.
En este sentido, lo primero que podríamos decir de esta conferencia, es que su contenido hemos querido enmarcarlo dentro de lo que entendemos como antropológico. Por razones del tiempo disponible en esta ocasión, no es posible una revisión exhaustiva de dicha institución en las sociedades del pasado y en las del presente. Sin embargo, parece útil ofrecer una breve historia de la familia, principalmente en lo que a occidente se refiere.
Ya desde el siglo XVIII es estudiada como institución social, particularmente a través de intentos por trazar su evolución histórica. Es Bachofen, en 1861, quien en su obra El derecho materno[1], se adentra en interesantes consideraciones que precisan una fase inicial de promiscuidad, en un régimen familiar basado en la autoridad materna y vinculado con un modo de vida que se caracteriza por la actividad agrícola. A este régimen matrilineal seguiría uno de tipo patrilineal, apoyado en el modo de vida pastoril.
Estas ideas del suizo Bachofen son enriquecidas por el norteamericano Lewis Morgan, quien en 1877 edita su obra La sociedad antigua[2], en la que distingue seis estadios por los que habría transitado la institución familia: uno inicial y, como en el caso de Bachofen, supuesto, que sería de promiscuidad; uno segundo o de la familia consanguínea, en el que se habría prohibido la unión sexual entre padres e hijos. En el tercer estadio o de la familia punalúa, dos grupos de hermanos y hermanas, no emparentados, se unían de manera promiscua. Un cuarto momento estaría caracterizado por la familia sindiásmica matriarcal y sería el inicio del matrimonio individual, aun cuando el perfil predominante es el poligámico. Al quinto estadio correspondería la familia sindiásmica patriarcal y al sexto, la moderna familia monógama occidental.
Esta propuesta de Morgan tuvo amplia difusión, particularmente en manos de Carlos Marx y Federico Engels quienes la adoptaron para considerarla dentro de la teoría general del materialismo histórico[3]. Sin embargo, la propuesta de Morgan ha sido progresivamente rechazada, entre otras razones, por la dificultad de comprobar los estadios que  propone[4] y por el carácter unilineal que la sustenta. A estas alturas de nuestros conocimientos sobre el hombre, sabemos que en su desarrollo ni la humanidad, ni la sociedad, ni la cultura se han movido en una sola línea.
Propuestas antropológicas más modernas prefieren vincular a la familia con los tipos de culturas conocidos y establecidos hasta el momento. En este sentido, se ha planteado una relación entre la familia y las fuentes de subsistencia de que dispuso o dispone el grupo de que se trate, destacando la idea general de un varón dedicado, primero, a labores de recolección y, posteriormente, a la caza, la pesca y el pastoreo; en cuanto a la mujer, se la vincula con la recolección y luego con la agricultura.
Algunas particularidades de la familia, entonces, podrían establecerse señalando que en las primeras sociedades humanas varón y hembra son iguales por no existir una significativa diferenciación en las labores de subsistencia; el matrimonio es monogámico y las relaciones extramatrimoniales no son características. En las culturas totémicas de cazadores superiores, la estirpe es colocada por encima de la familia pues se requiere de un importante culto de reconocimiento al tótem y de una vida en común de niños y jóvenes en casas especiales, en tanto que la condición de la mujer es de subordinación. En las sociedades agrícolas la mujer recobra, por así decirlo, su importancia social; la estirpe es desplazada por la familia y la filiación se establece por vía matriarcal. El jefe de la familia no es el padre biológico de la prole sino el hermano de la madre; desaparecen la importancia del culto totémico y hasta las ceremonias de iniciación masculina y se produce una especie de asociación de los varones contra el predominio femenino.
En las sociedades de condición pastoril la familia es patriarcal. La mujer está sujeta a su entorno masculino. De esta estructura pastoril nómada derivaron importantes núcleos humanos como los arios, los semitas y los mongoles y en ellos la posición del padre es predominante. La poligamia continúa presente, la mujer sigue estando subordinada y se implanta la costumbre del repudio de la esposa por el esposo. Esta etapa, de hecho, combinaría costumbres anteriores con las nuevas, y se toma en cuenta el papel de los orígenes totémicos, la residencia familiar y las líneas de parentesco materno y paterno, produciéndose, entonces, complicadas redes y reglas matrimoniales.
Esta propuesta, que sigue a la de Morgan, no ha escapado tampoco a serias críticas, que han revelado la existencia, en el fondo, de una evolución unilineal, a la que se habría agregado un criterio moral que hace suyas las normas de inspiración cristiana idealmente vigentes en la moderna sociedad occidental.
Otras apreciaciones sobre la familia, también de interés, las encontramos en Adam Ferguson quien alude a los cambios fundamentales tanto en la familia como en las relaciones de parentesco, una vez que las llamadas sociedades primitivas transitan hacia sistemas sociales organizados en Estado. Esto era en 1767[5]. En 1771 el escosés John Millar da importancia a las funciones económicas y educacionales de la familia, vinculándolas con las relaciones de carácter sexual, formas de matrimonio y de los sistemas políticos[6]. H. S. Maine, refiriéndose a la sociedad primitiva, sugería en 1875 que el parentesco era básico en la organización de las primeras sociedades y expresaba que "la unidad de una sociedad antigua es la familia; la de una sociedad moderna, el individuo"[7]. A principios del presente siglo, B. Malinowski, cuyo primer trabajo publicado se refiere a la familia en Australia, defiende la idea de E. Westermarck de la universalidad de la familia nuclear, entendiéndola y difiniéndola "por sus funciones sociales"[8]. Boas, Beattie, Murdock, Radcliffe-Brown, Spencer, Steward, entre otros clásicos, también consideraron antropológicamente la familia y/o algunos aspectos de esta institución, relacionándola con el poder, el incesto, la propiedad, y con los sistemas y terminología del parentesco[9].
La familia, hoy
La familia que corresponde a nuestro entorno de occidente está compuesta por una pareja de varón y hembra y su prole. Padre y madre lucen ejerciendo la misma autoridad y en la medida en que la mujer se acerca más a la igualdad, la poligamia tiende cada vez más a ser repudiada. Otros elementos no menos importantes son el decrecimiento del papel de la familia en el ciclo productivo y en la educación de la prole. Esta situación ha debilitado los vínculos entre los miembros de la familia de nuestros días, amen del aumento significativo de las separaciones de los esposos, quienes terminan por constituir otras familias. El divorcio, bastante frecuente en el siglo XIX, se generaliza en el siglo XX, lo que se ve aupado y, en cierta forma, avalado, por la sanción cada vez más debilitada a la separación de los cónyuges.
Esta situación, sin embargo, no presagia la desaparición de la familia y, en este sentido, consideramos esencial la aseveración de la antropología cultural de que "Las sociedades humanas no pueden sobrevivir sin algún género de institución familiar"[10], entendiendo por familia a un grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas bajo la autoridad de una de ellas. Es por ello que se acepta a la familia como una institución que se ha presentado y se presenta como una constante en todas las sociedades humanas, independientemente de las formas que adopte dicha institución. El que la familia sea monógama o polígama depende, evidentemente, de la sociedad de que se trate. En este punto, la institución de la familia, como todas las otras que conforman lo que en antropología se conoce como universales o aspectos de la cultura, estaría íntimamente vinculada con dos puntos de especial importancia cuando de análisis y comprensión antropológica se trata: el relativismo cultural y el problema del cambio en la cultura.
Familia y relativismo cultural
En el relativismo cultural se involucra la idea del juicio que se hace de otra cultura con los parámetros de la nuestra. Este principio se apoya en una vasta acumulación de datos que ha permitido penetrar en los sistemas de valores que sirven de base a sociedades de costumbres diversas[11]. Es aquí, entonces, donde se ubicaría un problema trascendental en lo que se refiere al cambio en las culturas, particularmente al cambio que se produce, no por la dinámica natural tanto de la propia sociedad como de una cultura en particular, sino también por la imposición de otros rasgos y complejos culturales.
Por definición, todo proceso de imposición irrespeta las características de la sociedad receptora, transformando entonces su esencia misma. Se producen, así, procesos de deculturación y, en general, de transculturación[12]. Es claro, por ejemplo, el caso de las sociedades indígenas de América para el momento que hemos llamado del contacto mútuo con lo nuevo, así como también las diferentes situaciones de cambio que se produjeron y producen a raíz de procesos colonizadores protagonizados por países imperialistas.
La lengua, la religión, ciertas formas de la organización social y de la organización política, así como ciertas concepciones de la estructuración y funcionamiento de la familia y otros rasgos y complejos culturales de las sociedades objeto de la imposición, sucumben ante ella. Este proceso también se visualiza de manera clara en el caso de la familia indígena prehispánica de América, predominantemente poligámica, y que por la moral religiosa que se implanta por vía de la cristianización, va reduciéndose a monogámica, porque es lo que dicta y pauta el precepto doctrinario. La imposición de nuevas formas culturales y, dentro de ellas, las referidas a la organización y funcionamiento de la familia, ha continuado en nuestras comunidades indígenas y en muchas otras del resto del continente americano, sobre todo en aquellos países donde los aportes antropológicos de la teoría y la práctica del relativismo cultural no se han hecho sentir.
En la medida en que avanza la cristianización de las sociedades indígenas americanas colonizadas, y de las sociedades traídas desde el Africa, la poligamia se convierte en delito, trastocándose así la esencia de una importante institución social como lo es la familia.
Importante institución, decimos, no sólo por la trascendencia que en sí misma conlleva la familia, sino porque en su forma poligámica también es una estructura de unión, de parentesco y de gobierno perfectamente adaptada a la realidad de las sociedades que la utilizaron y utilizan. La poligamia es uno de los productos del desarrollo propio de las sociedades o culturas que la detentan, en tanto que la monogamia fue -y es- un elemento intrusivo cuya penetración contribuyó a dar al traste con la evolución natural de aquellas sociedades.
Extrapolando el problema a nuestros días, encontramos la ambivalencia de una poligamia no aceptada pero permitida, situación que en muchos países llega a connotar posición de prestigio. Esto se vincula, por ejemplo, con el machismo y, más sutilmente, con la idea de tener lo que hemos llamado una "prole de reserva" con la que principalmente el hombre cuenta para asegurar las inconveniencias de una vejez socialmente desasistida. Las instancias religiosas, tradicionalmente ductoras de la moral de la sociedad moderna, lucen débiles para controlar esta situación que, por otro lado, no tendría por que ser controlada.
Esta aseveración nos lleva a otra idea esencial para entender antropológicamente la institución familia: se trata de su vinculación con el matrimonio. Su función primordial es la procreación; el apareamiento que para la preservación de la especie debe producirse en cualquier sociedad. Es tal el papel de esta función que en muchas sociedades, un casamiento no se considera concluido hasta que la hembra ha dado a luz una criatura; "porque pocas sociedades olvidan el hecho de que la función primera del matrimonio es la procreación."[13]. Aquí, el matrimonio supone estabilidad y sería sinónimo de permanencia de la familia, cualquiera sea la forma que por tradición adopte esta institución.
Para efectos del escenario occidental esta idea es clara y en las sagradas escrituras aparece como una suerte de plan  diseñado doctrinariamente. Heredamos, por ejemplo, lo que San Pablo ha escrito: "quiero que sepáis -dice- que la cabeza de todo varón es Cristo, y la cabeza de la mujer, el varón, y la cabeza de Cristo, Dios". Con mayor precisión San Pablo escribe que "Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer"[14]. El Concilio de Trento,  en su sesión del 11 de noviembre de 1563, establecía el matrimonio como uno de los siete sacramentos instituidos por Cristo "y no una invención humana en el seno de la Iglesia", además de prohibir "a los cristianos, por ley de Dios, tener varias esposas a la vez"[15]
  Estas y otras pautas apenas son modificadas por otros concilios, reuniones conciliares provinciales, sínodos y contenidos doctrinarios. El Concilio Ecuménico Vaticano II, por ejemplo, se refiere ampliamente a la espiritualidad del matrimonio, "concebido como una realización del amor comunitario, amor que se orienta a la perpetuación de la humanidad". Sin embargo, este mismo Concilio evitó zanjar "precipitadamente las cuestiones que plantea la situación angustiosa de los cristianos de hoy, acosados por las exigencias de la moral tradicional y por la coyuntura sociológica que hace a menudo heroica su observancia"[16], lo que hace ya treinta años significó para la Iglesia de Roma un problema totalmente nuevo, y que hoy luce más agudizado.
Esta situación arrima a la familia a contextos en los que el relativismo cultural continúa siendo principio esencial a ser tomado en cuenta. La agudización a la que se alude en líneas anteriores tiende a hacerse más notoria, por lo menos a niveles doctrinarios dentro de la misma Iglesia Católica Romana, con la más reciente encíclica Veritas splendor, documento en el que pareciera dejarse de lado las consideraciones antropológicas del mencionado relativismo y la orientación y significado del cambio cultural[17].
Podríamos decir, para finalizar, que la revisión de cualquier institución a la luz de sus cambios siempre es útil para visualizar tanto su esencia como la idea de que a pesar de la dinámica propia de toda cultura sus instituciones básicas en el fondo no cambian. Es ley que las culturas cambian; que de tiempo en tiempo se efectúan alteraciones en la forma de toda institución y la familia, por supuesto, no es una excepción; "pero cualquiera sea la forma que pueda adoptar, tiene que seguir cumpliendo sus funciones de procreación y educativas"[18]  







[1] J. J. Bachofen, Das mutterrecht. Benno Schwave. Basilea, 1861.
[2] L. H. Morgan, Ancient society. Holt. New York, 1877. En español, La sociedad primitiva. Ayuso. Madrid, 1975. 
[3] Véase, principalmente, C. Marx y F. Engels, Ideología alemana. Grijalbo. Barcelona [España], 1965. De F. Engels, véase "El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado", en: Obras escogidas. Akal. Madrid, 1975, tomo II, pp. 177-345.
[4] Véase, R. Lowie, La sociedad primitiva. Amorrortu. Buenos Aires, 1972.
[5] A. Fergusson, Un ensayo sobre la historia de la sociedad civil. Instituto de Estudios Políticos. Madrid, 1974.
[6] J. Millar, Observations concerning the distinctions of ranks in society. J. Murray. London, 1771.
[7] H. S. Maine, Villages communities in the East and West. J. Murray. London, 1887. La cita está en M. Harris, El desarrollo de la teoría antropológica. Una historia de las teorías de la cultura. Siglo XXI España Editores S.A. Madrid, 1985, p. 166.
[8] Puede verse B. Malinowski, a) The family among the australian aborigines: a sociological study. University of London Press. London, 1913, y b) Los argonautas del Pacífico occidental. Península. Barcelona [España], 1973; y de E. Westermack, The history of the human marriage. Macmillan. New York, 1894.
[9] J. H. M. Beattie, "Reply to Schneider". En: Man, Nº 108. 1965. F. Boas, Race, language and culture. Macmillan. New York, 1948. G. Murdock, Social structure. Macmillan. New York, 1949. A. R. Radcliffe-Brown, Estructura y función en las sociedades primitivas. Península. Barcelona [España], 1968. J. Steward, "The economic and social basis of primitive bands". En: Essays in anthropology presented to A. L. Kroeber, compilados por L. Lowie. University of California Press. Berkeley, 1936.
[10] M. J. Herskovits, El hombre y sus obras. La ciencia de la antropología cultural. Fondo de Cultura Económica. México, 1968, p. 327.
[11] M. J. Herskovits, Obra citada, p. 77.
[12] Sobre estos procesos la literatura antropológica es abundante. Un trabajo que los ejemplifica de manera clara y amena es el de G. M. Foster, Cultura y conquista. La herencia española de América. Universidad Veracruzana. Xalapa [México], 1962. Otro no menos importante, e igualmente ameno, es el de Ch. Gibson, Los aztecas bajo el dominio español, 1519-1810. Siglo XXI Editores. México, 1964.
[13] M. J. Herskovits, Obra citada, p. 327.
[14] Epístola I a los Corintios, II:3 y 7
[15] L. Cristiani, Trento. En: Historia de la Iglesia, vol. XIX:280-281. Edicep. Valencia [España], 1976.
[16] Historia de la Iglesia, v. XXVIII:538, ya citado.
[17] Que sepamos, aún no tenemos en Venezuela la literatura que seguramente se ha producido ya en torno a esta polémica. Son interesantes, por ejemplo, los dos reportajes de Aliana González, "¿Y quién decide qué es pecado?", I y II, en El Nacional, Caracas, 15 y 16 de octubre de 1993, Cuerpo C.
[18] M. J. Herskovits, Obra citada, p. 327.


Strauss, Rafael A. "Algunas consideraciones Antropológicas sobre la familia a la luz del relativismo cultural". En: Anthropos. Venezuela, Caracas. Ed. Salesiana. 2-1993. Pág 57. Así citado en la “La participación de la mujer y la conformación de grupos de trabajo femeninos en programas sociales olavarrieneses”, comunicación presentada por Marina Estayno y Patricia Sánchez, Alumnas de la Carrera de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales (UNCPBA) San Martín 3060. Tel. Fax 0284-29648. C.P. 7400. Olavarria, en el V Congreso Argentino de Antropología Social Lo Local y Lo Global, la Antropología Social en un mundo en Transición, La Plata, Argentina, 29 de julio al 1 de 1997. Comisión de Trabajo: Antropología, Género y Edad. http://www.arqueologia.com.ar/congresos/contenido/laplata/LP1/9.htm

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