…sólo vinimos a soñar
no es verdad que vinimos a vivir en la tierra…
nuestro cuerpo: algunas flores da y se seca…
Así
profetizaba Nezahualcóyotl, grande filósofo del México prehispánico, en
metáfora trágica y magnífica, por el deterioro de la vida azteca ante su
inminente conquista por la España colonizadora. Y aunque no se venció, quedó
para la historia y el futuro de esta América (de las venas abiertas – como
diría Galeano) la elocuente proeza de la lucha de toda la estirpe indígenas,
ampliada en los bastiones de negros obligados a renunciar a su condición de
seres humanos, y en los de criollos, todos sojuzgados, que han dado dramática
forma a este pueblo de América que es nuestro, porque estamos en él y de ella
hemos nacido y en ella hemos probado tanta derrota como capacidad para la
creación y la invención hemos probado.
Toda la
experiencia popular lo atestigua y por esta incertidumbre de futuro que
padecemos, hay que inscribir la obra de Cejota en ese libro amplísimo y difícil
–menos silencioso a medida que avanza nuestra tragedia de pueblo– que ha
logrado compaginar la ancestral experiencia popular venezolana.
Inevitablemente,
nuestros cerebro y alma pronuncian loables expresiones –agradecidos, como
siempre hemos estado– por ese oasis que nos brinda el arte de Cejota, quien se
formó en ese pueblo que perdura a pesar del olvido en que lo mantiene una
insoportable marginalidad de dolor sin aparente y descubierto alivio, de sudor
sin pañuelo, de deuda que no es suya porque cuanto ha gastado ha sido su
energía y más bien se le debe esa energía, que ha sido utilizada para abultar
egoístas sentimientos antipueblo. Pero Cejota vivifica la esperanza, y
eligiendo las intrincadas veredas del arte para mostrarla y hacérnosla sentir
en un ejercicio de reflexión, se ha convertido, como casi todos nuestros
artistas populares, en resumen de artesanos, síntesis regional de cultor
colorido en formas y colores de un reclamo por el respeto que se merece el
pueblo, que suda por su vida.
Y lo sabemos
todos: Cejota es compromiso, y las pruebas son los seguibles y consecuentes
rastros de su innúmera presencia de ser humano vinculados a ser y al hacer de
La Villa –otra de mis amadas patrias–, otro de nuestros pueblos hecho de
tradiciones. Para Carlos, definitivamente, la Villa, en su pueblo, es Venezuela
y el pueblo de Venezuela está en La Villa porque “un pueblo quiere decir no
estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra hay algo
nuestro…” como diría en La Luna y Las Fogatas Cesare Pavese. Esta sensación de
colectivo funcionando ecológicamente es esencia en la obra de este Carlos
Martínez que ha puesto sus coloresformaslíneas
y tallasvolúmenescolores en su pueblo
y en tantas otras partes fuera de él y fuera de esta Venezuela que todavía nos
duele. Por eso nos sentimos orgullosos de que su arte ande por ahí como obra
cuyo valor artístico y social lo lohra por sí misma y no por etiquetas de
museos a cuyos espacios y decisiones no ha tenido acceso el pueblo.
Con la
presente muestra, un nuevo aniversario del Club Hispánico de Villa de Cura
alimenta una tradición de veinticinco años con la tradición popular de este cejotapueblo que palpita en la vida con
todos y con todo…; de este pueblocejota
que ha venido pintandotallando
nuestra interioridad de seres historiados e historiables.
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En
http://www.cejota.com.ve/exposiciones.html
se reproduce la portada y, de manera parcial, varios de los textos que por petición expresa de
Cejota escribí para catálogos de algunas de sus exposiciones.
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