jueves, 5 de enero de 2017

Historia de Venezuela en Imágenes, fascículos 1 y 2, por Rafael Antonio Strauss K.

Historia de Venezuela en Imágenes, fascículos 1 y 2, por Rafael A. Strauss K.

“El país en 8 capítulos. Capítulo I. Primeros habitantes hasta 1498. Corresponde al historiador Rafael Strauss adentrarnos en los remotos tiempos en que esta parte del continente estaba poblada por numerosos pueblos y naciones ajenas a lo que ocurría en el resto del planeta. Los fascículos que componen este capítulo examinan el origen, proceso de poblamiento, modos de vida, cultura y organización de la Venezuela prehispánica.” (Juan Antonio González. “1.600 imágenes cuentan la historia venezolana”, El Nacional, Caracas, domingo 23.4.2000, C-Cultura. Historia de Venezuela en Imágenes Trabajo conjunto de la Fundación Polar y El Nacional, publicado por fascículos.

Hay en nuestro presente como patria más de treinta comunidades indígenas, cuyos miembros son descendientes de los pobladores originarios. La mezquindad con la que la historia de Venezuela los ha presentado ha contribuido, entre otras cosas, a que se los haya discriminado y discrimine desalojándolos de los segmentos más nobles de nuestros imaginarios colectivo e individual o ubicándolos. Esta actitud generalizada ha sido fortalecida con la idea de que como nuestras culturas indígenas del pasado no exhiben en su historia la grandilocuencia que muestran las llamadas altas culturas indígenas americanas, no son importantes. La antropología y otras ciencias sociales han demostrado, teóricamente y con hechos, que tal visión, además de equivocada, propicia y produce una evaluación equivocada que, entre otras cosas, desprecia lo más importante que caracteriza a estas gentes de nuestro pasado: el hecho de que primero que todo fueron, y son, seres humanos…
Los descendientes de los primeros pobladores han saltado en nuestros días por sobre más de quinientos años de desprecio, con la intención de hacerse presentes en el proceso constituyente de lo que se perfila como una patria más justa, al pelear un espacio en la asamblea nacional que dotará a la patria de una nueva Constitución.

  Los tres primeros fascículos de esta serie pretenden reconstruir la historia de la cultura más antigua de nuestro territorio, cuyas primeras expresiones se deben a las gentes que comenzaron a hacer su vida en nuestro territorio hace aproximadamente poco más de 12 años. Nuestra historia, entonces, comienza con estos primeros habitantes de Venezuela, cuyos descendientes aún pueblan el mapa de la patria, dueños de una herencia ancestral de creatividad y de una extraordinaria adaptación a los diferentes ambientes en los que vivieron y viven. 

Poblamiento de América

El poblamiento de lo que actualmente conocemos como territorio venezolano guarda estrecha relación con el poblamiento de América. Para explicar este punto se han planteado, por lo menos, cinco teorías: la del origen autóctono, la del origen africano -actualmente indefendibles- la del origen único, que expone como elemento esencial la presencia de un importante núcleo proveniente de Asia, del que se formaría una sola raza con diferencias sub-raciales; una cuarta teoría, conocida como del origen oceánico, que atribuye al elemento polinesio el factor esencial del poblamiento americano y un quinto planteamiento, conocido como teoría del origen múltiple, que sustenta la tesis difusionista de un poblamiento a través de cuatro oleadas: australiana, malayo-polinesia, esquimal y asiática. Sin embargo, y a pesar de que las consideraciones sobre el poblamiento de América continúan teniendo carácter provisional, parece evidente que los pobladores del continente americano son de origen asiático y es posible asegurar, por ejemplo, que los elementos predominantes proceden de la Siberia oriental y que el poblamiento de América se produjo mediante pequeñas oleadas que cruzando por el estrecho de Bering llegan hasta Alaska, se dirigen hacia las llanuras centrales norteamericanas para luego seguir hacia los actuales territorios de México, Centroamérica y Sudamérica.

  Una base de esta consideración es que hace aproximadamente 70.000-60.000 años, vastos territorios del centro y este de Asia se convirtieron en zonas áridas por transformaciones climáticas profundas, lo que obligó a que grandes manadas de bisontes gigantes, mamuts y otras especies se dirigieran hacia el oriente en busca de nuevos pastizales, seguidas por bandas de cazadores que dependían de esta megafauna. Las características geográficas y las circunstancias climáticas que presentó en varios momentos parecen haber aliviado lo que debemos imaginar como viajes sumamente difíciles. En efecto, durante el Pleistoceno, o primera fase del Cuaternario y hacia el período final de la última glaciación  -alteración de la superficie sólida de la tierra por la erosión y sedimentación producidas por el hielo- el nivel de los océanos era mucho menor al actual, de tal forma que entre Asia y América, hoy separadas por el estrecho de Bering, pudo haberse formado una franja de tierra -calculada en unos 1000 km- que permitiría el paso de animales y seres humanos hacia América. El estrecho de Bering tiene hoy 92 km de ancho mínimo, unos 200 km de extensión, una profundidad máxima de 90 m y dos islas, las Diomede, situadas más o menos hacia su centro.

Esta migración obligada, a pie y/o por mar con embarcaciones rudimentarias, supone grupos humanos que para enfrentar principalmente las variaciones climáticas existentes, ya utilizaban el fuego, poseían destrezas en el manejo de armas de piedra, una mínima indumentaria de pieles de animales y cierta fortaleza física, complementada por el consumo de carnes y de grasas animales. Es posible que en épocas menos frías y tomando varias rutas dentro ya del continente americano, estos grupos humanos -ahora más numerosos y mejor organizados- emprendieran migraciones hacia otros paisajes en los que continuaron especializando su vida cultural. Esto ocurriría hace 35.000 años aproximadamente.
Poblamiento de Venezuela
El poblamiento prehispánico de Venezuela es consecuencia del de América, según el perfil general que ha sido delineado. Los estudios realizados hasta ahora proporcionan evidencias arqueológicas, lingüísticas y etnohistóricas que permiten caracterizar el poblamiento inicial de Venezuela como el resultado de múltiples influencias culturales de distintas procedencias que se fusionaron en nuestro actual territorio.
Según evidencias arqueológicas, la presencia humana en Venezuela se ubicaría hacia los 15.000 años a.C. y su poblamiento parece ser el resultado de por lo menos tres migraciones -cazadores, recolectores y agricultores- que fueron perfilando los inicios de nuestra vida cultural. Para comprender mejor el antiguo poblamiento es ilustrativo revisar lo más prominente de lo que se conoce como Teoría de la H, planteamiento que da base científica al poblamiento originario de nuestro territorio.
Esta teoría parte de la idea de que existieron dos grandes ejes migratorios norte-sur: uno al occidente y otro al oriente. A través del primero habrían ingresado influencias culturales de Centroamérica y del oeste suramericano; a través del segundo lo habrían hecho influencias provenientes  del este y del noreste de Sudamérica. En el centro de lo que actualmente es Venezuela, y por influencia de migraciones, habría ocurrido un intercambio de elementos. Gráficamente hablando, el eje occidental correspondería al trazo izquierdo de la H, en tanto que el oriental correspondería a su trazo derecho. En cuanto al centro, no se trataría, en realidad, de una rígida barra horizontal sino más bien de una serie de líneas para representar las diversas migraciones, vías de difusión e intercambio cultural internos.[1]
Esta teoría ha permitido a algunos estudiosos la formulación de lo que se conoce como dicotomía cultural de Venezuela, aunque los trabajos de Erika Wagner en los Andes han dado pie para que se hable más bien de una tricotomía cultural.[2] La base de aquella dicotomía radica en la consideración del maíz y la yuca como los dos importantes productos agrícolas del occidente y del oriente de Venezuela, respectivamente, a los cuales se agregaría el cultivo de la papa en nuestros Andes. Según Cruxent, "el cultivo del maíz es occidental, el de la yuca oriental y sureño y el de la papa de las alturas de los Andes..."[3]
La formulación de la teoría de la H para explicar el poblamiento antiguo de Venezuela, ha ido más allá del establecimiento de importantes rutas y del comportamiento de elementos culturales y gentes asociados a las movilizaciones. Rouse, Howard y Cruxent, por ejemplo, han observado interrelaciones entre las culturas precolombinas de las Antillas y nuestro país. Asimismo, se han sugerido nexos culturales antiguos entre Brasil, Venezuela y las Antillas y, en el caso de Cruxent, la posibilidad de que Venezuela estuviese conectada con algún centro clásico del Perú (pre-incaico), por una o más de las siguientes rutas: a) descenso del Amazonas, subiendo luego el Río Negro y descendiendo al Orinoco; b) más directamente, desde el norte del Perú a través del Ecuador y Colombia, para penetrar en Venezuela por el occidente y, c) descenso por el Amazonas hasta sus bocas y luego moviéndose hacia el norte por la costa hasta el oriente de Venezuela. La primera ruta, según dicho autor, conduciría a Barrancas y la segunda a La Cabrera, en el Lago de Valencia "pues el material arqueológico de estas dos estaciones, por su antigüedad y alta calidad, sugiere su posible derivación del Perú, extendiéndose finalmente hacia el norte a través de la cadena de islas antillanas, en un movimiento lento, que originó grandes transformaciones en el proceso."[4]
Esta procedencia externa e interacción de influencias y elementos culturales ha sido matizada con la idea de un poblamiento protagonizado por oleadas migratorias que al parecer formaron dos significativos núcleos de población, y cuyas especificidades se referirían a un tronco occidental, "caracterizado principalmente por movimientos de grupos humanos provenientes del O de Suramérica y América Central que habrían originado culturas como la Timoto-Cuica, la Achagua; y otro oriental, cuyo origen estaría localizado en la cuenca amazónica."[5] Estas oleadas pobladoras, a su vez, han sido identificadas como pertenecientes a dos grandes familias lingüísticas suramericanas, la arawak y la caribei, originarias, según los lingüistas, de la región central de Sudamérica. "En general -apuntan Sanoja y Vargas, entre otros- se ha considerado que los grupos sedentarios más antiguos que se asentaron en el actual territorio venezolano, eran de filiación lingüística arawak y a ellos se les atribuye la introducción y desarrollo de la agricultura."[6] A estas poblaciones de filiación arawak se las considera como las conformadoras de lo que ha sido denominado "estrato étnico básico" cuya fragmentación se habría producido por la irrupción de una significativa oleada migratoria caribe por el oriente, también extendida hacia lugares tan lejanos como la actual República de Colombia. El itinerario e influencias de esta oleada parece poder inferirse por la presencia de topónimos entre las regiones del Orinoco y el área central de Venezuela y más seguramente por la existencia de pueblos de filiación caribe concretamente en el Lago de Maracaibo y Sierra de Perijá.
Un perfil de esta dicotomía lingüística básica, que ya existía a la llegada de los españoles a Venezuela, nos lo aporta Miguel Acosta Saignes, quien dice de los caribes que se "resistían a los invasores, peleaban, se negaban a veces a entrar en contacto con ellos, aprendían rápidamente el manejo de los elementos culturales aportados por los navegantes europeos, hasta utilizarlos contra estos mismos para defenderse; eran guerreros tradicionales y defendían su suelo con decisión y fiereza. Los arawacos, en cambio, sobreponían las relaciones comerciales a la violencia necesaria, eran amigos de largos parlamentos y esperas, de negociaciones, de intercambios de todas clases."[7] 
Este perfil étnico se visualiza claramente en la Venezuela del siglo XVI, e incluso la define, en la conquista del oriente caribe -desde Paria hasta Borburata- y del occidente arawaco.. Estos modos étnicos de ser, ya visualizados y descritos por los cronistas, parecen tener en los caribes, guajiros y otros grupos, expresiones de sus gentilicios característicos en las de ana kariná roteamucon apororo itoto nanton -nosotros somos la gente, los demás son esclavos- y entre los guajiros actuales, quienes se consideran descendientes de los caribes y lo expresan a través de su gentilicio wayú, que significa hombres cabales, verdaderos.
La arqueología y la etnohistoria, principalmente, han aportado la idea, además, de que el poblamiento antiguo de Venezuela no se reduciría al protagonismo de arawacos y caribes, sino que hubo también corrientes migratorias menores que igualmente dejaron sus huellas. Es el caso, por ejemplo, de lo que aprecia Miguel Acosta Saignes como rasgos mesoamericanos -México, principalmente- entre los guamonteyes, otomacos y guamos del área del Orinoco y entre los caribes, a propósito del juego de pelota, del autosacrificio de sangre y el uso de la barba, entre los primeros, y otras formas de sacrificio de víctimas humanas entre los segundos.
Las cuatro etapas de la Venezuela prehispánica
Con el objeto de organizar el conocimiento sobre nuestro pasado cultural más remoto y sus momentos más significativos, la historia prehispánica de Venezuela ha sido dividida en cuatro grandes períodos: Paleo-Indio (20.000-5000 a.C.), Meso-Indio (5000-1.000 a.C.), Neo-Indio (1000 a.C.-1500 d.C.) e Indo-Hispano (1500 d.C. hasta el presente).
Esta división no alude a períodos que se comportan temporo-espacialmente de manera rígida; es decir, que la terminación de uno no significó necesariamente el inicio del período siguiente. No se trata, en definitiva, de un comportamiento evolutivo unilineal, lo que permitiría apuntar que lo que se percibe como desarrollo en la Venezuela prehispánica se caracteriza más bien por la multilinealidad. Un elemento que puede servir de base a esta afirmación es la situación de por lo menos dos grandes modos de vida diferentes -arawaco y caribe-, situación demostrada por la arqueología, la etnohistoria, la lingüística histórica, entre otras disciplinas.
Los cuatro períodos permiten explicar la diversidad de grados de desarrollo de las sociedades indígenas de Venezuela para el momento del contacto, en el que se reportan grupos recolectores y grupos agricultores, como dos situaciones significativas de la multilinealidad del desarrollo en el tiempo prehispánico venezolano. Aquella división no traduce sino el resultado de milenios de adaptación de las diferentes sociedades a su medio ambiente natural y social, lo que permitiría visualizar y utilizar cualquier clasificación cronológica no como compartimientos estancos, al decir de K. Tarble, sino como una forma de "destacar los factores que incidieron en los cambios que ocurrieron a través del tiempo, ya sean de índole ambiental como de carácter netamente social."[8] La somera revisión de estos factores es lo que muestra este fascículo.

Paleo-Indio (20.000-5.000 a. C)

Los primeros pobladores de Venezuela proceden del norte de América, y son descendientes, a su vez, de las oleadas provenientes del continente asiático, constituidas por cazadores de grandes mamíferos y poseedores de utensilios de piedra. Durante mucho tiempo estos grupos convivieron con una megafauna compuesta principalmente por mastodontes, caballos, megaterios y gliptodontes. Hacia los 12.000 años a.C. una mayor humedad y flora más abundante permitirían la supervivencia de herbívoros. Aquellas bandas ingresan a nuestro territorio con una tecnología lítica del tipo Núcleo y Lasca, que consiste en golpear una piedra contra otra  -el núcleo-  para obtener un filo tosco y lascas. Con estos instrumentos se trabajaron, además, la madera, fibra, hueso, cuero y conchas marinas. Las lascas o trozos pequeños y delgados desprendidos de la piedra, fueron modificadas progresivamente hasta convertirlas en cuchillos y raspadores. La efectividad de este instrumental se comprueba por las señales que presentan algunos huesos de grandes mamíferos, utilizados como plataformas para destazar, lo que permite inferir la práctica del descuartizamiento y la selección de "cortes" en el mismo sitio de la cacería. El consumo de la médula ósea se infiere por la presencia de "martillos" de piedra y algunos huesos triturados. Una de las técnicas de caza desarrolladas los paleoindios consistía en acosar a la presa hasta aislarla y darle muerte con palos afilados y artefactos de piedra enmangados. Hay evidencias de esta práctica en sitios arqueológicos como El Jobo (Falcón), Manzanillo (Zulia) y Tupukén (Bolívar). Otra de las tácticas empleadas consistía en asechar al animal, herirlo con tantas lanzas arrojadas desde lejos como fuera posible; seguirlo, acosarlo y, cuando se debilitaba, darle muerte interesándole un órgano vital. En algunas zonas pantanosas y en época de lluvia, seguramente se aprovechó el pantano para inutilizar en él al animal.

El instrumental característico fue evolucionando para adaptarlo a técnicas de recolección de alimentos vegetales, principalmente tubérculos, y a la caza de animales más pequeños. La disminución progresiva de los grandes animales y el aumento de la población obligaron a la invención de métodos e instrumentos más eficaces para la caza, como por ejemplo armas menos pesadas que podían ser arrojadas y que permitían perforar de manera más fácil la piel del animal. Seguidamente, y sin que desaparecieran por completo las armas y técnicas anteriores -según lo demuestran sitios arqueológicos como el de Taima-Taima (Falcón)-, comienza una evolución tecnológica hacia instrumentos que permitieron cazar a distancia por el aumento de la velocidad del proyectil, su precisión y su alcance. Dos ejemplos serían la punta de proyectil en forma de dardo y el propulsor, que actuaba como una prolongación del brazo y el antebrazo. Esta nueva tecnoligía va a tener incidencias significativas pues desde entonces se pudo cazar a distancia e individualmente y, por ello, aprovechar animales de menor tamaño y más veloces como venados y roedores. Hacia 9.000 años antes del presente el arco y la flecha facilitaron la caza de aves, peces y animales terrestres pequeños, especies escasamente explotadas antes como fuente de alimentación.

La unidad social básica de estos primeros habitantes de nuestro territorio estaría constituida por la microbanda, de 12 a 35 miembros, cuya unión formaría bandas de entre 100 y 500 miembros. Es posible la existencia de una división sexual del trabajo en la que a los hombres correspondió la cacería y la fabricación de artefactos para esta actividad, en tanto que las mujeres harían labores de recolección, crianza y confección de la indumentaria. La vida de estas bandas transcurre dentro del nomadismo, modo que por su naturaleza limitaba la producción de utensilios difíciles de transportar, además de que la mujer no debía parir sino la prole que pudiese cargar, o que se tomaran decisiones extremas en cuanto a la suerte de individuos con enfermedades o defectos que complicasen su movilización. La supervivencia dependía también de la experiencia, por lo que los ancianos, los poseedores de las artes curativas, los conocedores del medio ambiente, de las estaciones, de las especies de animales y plantas jugarían roles importantes. En estos momentos iniciales de la antigua Venezuela comienza una significativa acumulación de conocimientos que serían transmitidos oralmente en los descansos impuestos por las duras condiciones de vida o en los rituales que seguramente comienzan a nacer en este momento: los miembros de las bandas se intercambiarían experiencias sobre la caza y la recolección de vegetales; a preguntarse y a responderse por el cambio de las estaciones y sus particularidades y por el universo y por el paso del tiempo y por esas otras gentes vecinas a ellos, y entonces comenzarían a aparecer los primeros mitos; y quizá las anécdotas personales durante las gestas de caza permitieron detectar dirigentes potenciales. Quizá estas convivencias alimentaron también las inquietudes artísticas de estos primeros pobladores, que entonces comenzaron a pintarlas y a grabarlas en huesos, en piedras... Estaba en marcha el inicio de la vida social en nuestro territorio; había comenzado nuestra historia.

Meso-Indio (5000-1000 a.C)

La extinción de la megafauna característica del Paleo-Indio, debida principalmente a cambios climáticos significativos, propicia la adopción de nuevos patrones de subsistencia. No significa esto que desaparecen las antiguas prácticas -como parece demostrarlo una industria rudimentaria de piedra tallada que hacia los 4000-5000 años a.C. existió en la península de Paria- sino que habría una situación de convivencia en la que comienzan a predominar los nuevos patrones, basados, seguramente, en una aparente abundancia y estabilidad de los recursos provenientes del mar. Las evidencias arqueológicas señalen el norte de Venezuela como un área de mayor concentración de comunidades recolectoras. En las costas de Sucre y Anzoátegui y en la isla de Cubagua hay evidencias del abandono de la industria lítica y de la adopción de una economía basada en la recolección de productos marinos. Se tienen noticias, inclusive, de ciertas manifestaciones de la agricultura y de la confección de cerámica, elementos que caracterizarán el período siguiente.

De otras evidencias se infiere que los mesoindios definieron su subsistencia en base a las siguientes alternativas: explotación de productos marinos en las zonas costeras; recolección de recursos vegetales en el interior del territorio y caza de pequeños mamíferos. En las dos primeras existiría una especie de sedentarismo semipermanente que daría origen a las primeras manifestaciones de la agricultura. Los sitios de la primera alternativa se refieren a montículos generalmente de forma ovalada y superficie plana, conformados por la acumulación de desperdicios de comidas a base de mariscos, restos de pescado, tortugas, rayas y algunos huesos de animales terrestres. Podría decirse que la vida de los mesoindios dependió esencialmente del mar, si se tiene en cuenta la profusión de concheros o montículos de conchas, la ausencia casi total de utensilios para la caza y la presencia de una tecnología para la pesca y recolección de recursos marinos, como anzuelos, pesas para redes e instrumental para fabricar arpones de madera, abrir conchas y fabricar canoas con las cuales estas gentes habrían poblado, entre otros sitios, algunas islas del Caribe, lo que parece indicar un conocimiento del mar y sus posibilidades. La alimentación a base de productos marinos, parece haber sido complementada con las carnosas pencas de la cocuiza asadas al fuego, además de aprovechar otros recursos vegetales. Así se infiere por la presencia de metates y manos de moler, morteros y restos de algunas frutas.

En este modo de vida se percibe una valoración de la experiencia sedentaria que, sumada a la posible búsqueda de recursos alimenticios diferentes, propició formas primarias de agricultura, representadas esencialmente por la domesticación de tubérculos y frutos en el interior del territorio con la continuación de la explotación intensiva de productos marinos en la costa. El patrón de subsistencia en el interior necesitó seguramente de un conocimiento más preciso de los ciclos biológicos de recursos como frutas, semillas, miel, huevos de tortuga, granos, etc. y de un dominio en cuanto a ciclos de abundancia y ciclos de escasez; de conocimientos topográficos más precisos y de una organización social que pautara su comportamiento como recolectores. La organización social que estuvo presente fue seguramente el resultado del perfeccionamiento de las bandas, que se unirían durante la abundancia y se dividirían durante la escasez.

Esta situación, sin embargo, no es general en todo el territorio. Con los grupos preagrícolas convivieron pescadores-cazadores-recolectores, inclusive hasta el momento del contacto con Europa, lo cual debe interpretarse como una forma muy inteligente de no adoptar otros modos de vida -el agrícola, en este caso- ya que se tenía abundancia de recursos, tecnología, organización social idóneas y la milenaria adaptación. Lo que existe es la convivencia de varios modos de vida, con la particularidad de que se desarrolla un intercambio de cultura y de productos entre pescadores, cazadores, recolectores y agricultores obteniéndose seguramente un generalizado beneficio mutuo.

Neo-Indio (1000 a.C-1500 d.C)

Período caracterizado, esencialmente, por la agricultura, por la estabilización significativa de asentamientos humanos y por una clara diferenciación en la cerámica. El nomadismo comienza a circunscribirse a una zona más o menos extensa. Además de estos indicadores principales, los neoindios construyeron montículos de piedra y tierra, objetos ceremoniales y utensilios de piedra pulida. Es una etapa generalizada de desarrollo cultural que será interrumpido por la conquista europea.

El Neo-Indio ha sido presentado como el producto de una dicotomía constituida por dos centros de desarrollo cultural: uno al oriente y otro al occidente. En el oriente, cuyo centro de desarrollo se ubicaría en la cuenca del Orinoco, predomina la yuca como alimento básico, lo que se ha inferido por los budares de arcilla, la cerámica modelada-incisa con la técnica de la pintura blanca sobre rojo y la presencia poco significativa de figurinas y utillaje ceremonial. Estas y otras características parecen relacionar a este centro con las Antillas Menores, las Guayanas y la Amazonia. La Venezuela neoindia occidental, por su parte, abarcaría los Andes y la Cuenca de Maracaibo, con énfasis en aspectos religiosos y funerarios, especialmente en algunas cuevas de las montañas que fueron empleadas para el culto y enterramiento. Las "tumbas" se caracterizan por tener su interior "forrado" con piedras (mintoyes). La importancia de lo religioso parece evidente por las figurinas de arcilla, incensarios y objetos colgantes tallados con funciones de amuleto. El maíz como alimento básico se ha inferido por los metates y manos de moler. La cerámica aparece decorada con motivos pintados policromados rojo y negro sobre blanco y se aprecia una mayor proporción de ollas y otros recipientes con respecto al centro oriental. Estos elementos permiten suponer vínculos de esta área con Centroamérica y los Andes Centrales. Desde estos ejes o centros culturales se producirían migraciones cíclicas o esporádicas que propiciarían la existencia de un área de contacto en la zona central, en la que se combinarían rasgos orientales y occidentales.

Las últimas investigaciones arqueológicas han añadido a esta hipótesis la consideración de un tercer centro de desarrollo cultural tipificado por el Patrón Andino, con relaciones culturales con el altiplano colombiano y los Andes centrales, que se caracterizaría por la existencia de una cerámica simple, arquitectura incipiente y un patrón de subsistencia basado en el cultivo de tubérculos como papa, ruba, cuiba, oca y ulluco. La arquitectura consiste en construcciones como terrazas agrícolas y bóvedas alineadas por piedras (mintoyes) utilizadas como tumbas y/o silos para el almacenamiento de productos agrícolas. En los llanos occidentales hay evidencias de construcciones artificiales asociadas a la agricultura, que consisten en terraplenes, campos elevados, camellones o calzadas que funcionaban como muros de contención de las aguas en zonas anegadizas y que permitían, entre otras cosas, atravesarlas a pie.

Hay también indicios de canales de riego en las riberas de los ríos Turbio, Tocuyo, Yaracuy, Gueque... y de agricultura de regadío entre los caquetíos, de quienes se conoce su práctica prehispánica de la represa, o buco, de la que sacaban acequias principalmente para el riego con aguas de la sierra de San Luis (Falcón). También hay indicios de canales en las márgenes del río Mamo y en la zona del río Orinoco.

El comercio, el arte rupestre, formas de representación teatral, expresiones literarias, deporte, diversiones…, son otros elementos significativos del Neo-Indio.

El intercambio generalizado de productos incluyó tanto formas primarias como una especialización en lo que se intercambiaba. Se han reportado productos naturales y artesanales en varios lugares, cuya presencia sólo se explicaría por el intercambio, viajes, movilizaciones humanas y búsqueda de nuevos parajes, lo que seguramente fue base de actividades bélicas organizadas. Para la costa venezolana se reportan, por ejemplo, datos de piezas metálicas de procedencia colombiana. Hay evidencias también de que los timoto-cuica (Andes) intercambiaban productos agrícolas, sal de urao y tejidos de algodón por el pescado de los grupos caribes del sur del lago de Maracaibo. Desde las costas falconianas, al parecer, hubo un intercambio de sal hacia el interior del territorio. Este comercio explicaría, entre otras cosas, la presencia de topónimos en sitios bastante alejados de sus lugares de origen. La arqueología y la etnohistoria han comprobado estrechas e intensas relaciones entre las distintas sociedades de la Venezuela prehispánica y la existencia de una especie de red del comercio en la que los llanos de Barinas, Portuguesa, Cojedes y Apure serían un área significativa de vínculos con la zona andina, la costa caribe y la cuenca del Orinoco. Asimismo, se tienen noticias de la utilización de caracoles de agua dulce como moneda y de la existencia de algunos puntos de intercambio comercial como el mercado de pescado del Orinoco Medio, el de curare del Alto Orinoco o las playas de tortugas del río Guaviare.

En cuanto al arte rupestre se han reportado hasta el momento 320 lugares con gran número de petroglifos (rocas con grabados), 28 con pinturas rupestres, 6 estaciones de conjuntos megalíticos compuestos por menhires (rocas verticales en fila, algunas con grabados) y otras expresiones artísticas rupestres diseminadas por casi toda nuestra geografía. Su ubicación, las técnicas de confección utilizadas, la tipología de las figuras y su vinculación con material arqueológico, permiten suponer que en su gran mayoría son de manufactura prehispánica y que sus autores seguramente fueron recolectores avanzados y/o agricultores. 

Sobre formas teatrales en la Venezuela prehispánica los datos permiten suponer la existencia de representaciones pantomímicas que quizá reproducían actividades de subsistencia -recolección, caza, pesca- o la imitación de animales, de personas, de fenómenos naturales y de escenas cotidianas o extraordinarias, para lo que seguramente se utilizaron instrumentos musicales como la elegante maraca del curandero adornada con bellísimas plumas, o guaruras y tambores cuyos sonidos sirvieron, además, para la comunicación a distancia. Estas representaciones quizá hayan sido un recurso educativo, como seguramente lo fueron las narraciones de acontecimientos que con el tiempo constituyeron el patrimonio histórico oral indígena. La Bajada de Ches y Las Turas, son dos fiestas indígenas con antecedentes prehispánicos. La primera, es una ceremonia dramático-religiosa del área andina, celebrada actualmente en algunos pueblos merideños. Las Turas, proveniente de los arauacos, ayamanes y gayones, es una fiesta ritual agrícola, dedicada en la época prehispánica al dios Huracán, y celebrada en nuestros días en la zona limítrofe Lara-Falcón. Una versión del Maremare, baile indígena hoy popularizado en el oriente del país, era representada, entre otros, por los otomacos y consistía en que dentro de un círculo un indio fingía defenderse de un tigre mientras ocho o diez indios cantaban y danzaban a su alrededor.

Anualmente, estas y otras expresiones del arte prehispánico de Venezuela son rejuvenecidas por el tesón de la tradición. Asimismo los mitos, a través de los cuales, y de otros géneros literarios, los aborígenes se explicaban, y nos explican hoy, desde los remotos predios de nuestra historia primigenia, sus versiones de la vida, las creaciones culturales, la humanización de las plantas, la presencia y acciones de héroes anteriores a los de las estatuas y dioses anteriores a los del catecismo. Héroes y dioses indígenas creadores del mundo y los seres humanos; héroes filósofos, maestros, artesanos..., representados en expresiones teatrales, o grabados en petroglifos, o insinuados en pinturas rupestres o cantados y contados como historia en canciones y mitos... Como el Amalivacá de los tamanaco, caribes del área orinoquense, el dador de los elementos necesarios para la vida, con cuyo hermano Vochí creó el mundo y los seres humanos…; o como Urrumadua, que entre los achaguas fue venerada como diosa creadora, junto a Ibarrutua y Jumenirro, nombre de algunas estrellas.

En cuanto al deporte es posible que algunas de las actividades como la caza, la pesca, la navegación, la transmisión de mensajes a pie… hayan tenido en algún momento cierto sentido competitivo y/o de entretenimiento. Entre los achaguas el juego de pelota fue practicado con fines religiosos, y elaboraban la pelota con látex, sustancia lechosa de un árbol parecido al del caucho. Los guajiros (Zulia) la fabricaban con cuero de venado y la rellenaban con algodón. En la zona suroriental se inflaba una vejiga de pereza, araguato o báquiro, a la que golpeaban suavemente para mantenerla en el aire el mayor tiempo posible. Quizá donde más se desarrolló este juego fue entre los otomacos (Apure), quienes organizaban dos equipos de doce jugadores cada uno. La pelota era grande, de látex y sólo podía ser tocada con el hombro derecho. Las mujeres otomacas, una vez terminadas sus labores, podían participar en el juego y usaban unas palas redondas de madera. Otros juegos de los que se tienen noticias son los de corro, que se practicaban en el nororiente y suroriente de Venezuela, a los que daban el nombre del animal cuyos movimientos imitaban. Esta costumbre se ha mantenido hasta nuestros días. En áreas de Guayana se jugaba a "la caza del arco", que consistía en que por equipos, principalmente de cazadores, se intentaba atravesar con flechas un arco fabricado con bejucos.

En el Neo-Indio las formas colectivas para la organización del trabajo caracterizan el área del Orinoco, los llanos, la costa centro-occidental y buena parte de la cuenca de Maracaibo. En estas zonas la forma de producción de alimentos se basó en un sistema balanceado de horticultura de la yuca, caza terrestre y fluvial y recolección de productos de ríos, lagos y del mar, y dependió del cultivo de tala y quema. En los Andes y, en general, en los núcleos del noroeste de Venezuela, la organización social habría sido más compleja y el uso de la tierra más eficiente pues se contó con el manejo de recursos y técnicas hidráulicos y un control político de la población. La manera deferencial en algunos cementerios sugiere la existencia de una compleja vida ceremonial y, en otros casos, una estratificación social con una estructura de poder central. Esta forma de organización política y social ha sido interpretada como modo de vida aldeano cacical.

Una posible ejemplificación podría basarse en la existencia de importantes dirigentes que entran en nuestra historia como defensores, en su gran mayoría, de sus tierras y sus culturas frente a las apetencias de los conquistadores. Se los llamó jefes, guerreros o caciques y por lo menos uno de ellos -Manaure- dirigía un importante cacicazgo en el área del actual estado Falcón durante las primeras décadas del siglo XVI. Conocemos nombres y hazañas de muchos de estos dirigentes para el momento de la conquista, pero desconocemos sus ascendencias; es válido suponer, entonces, que éstas se remontan a fechas anteriores, como parece revelarlo el plan de ataque de Guacaipuro y la resistencia indígena que encabeza en la zona centronorte de Venezuela hacia la segunda mitad del siglo XVI. Guacaipuro convoca a un levantamiento de las sociedades gobernadas por Baruta -su hijo mayor- Naiguatá, Aricabacuto, Guaicamacuto, Aramaipuro, Chacao, Paramaconi, Chicuramay, Caruao, Araguare o Araguaire y el guerrero taramaima Caracaipa, entre otros. Del área nororiental se menciona a Cayaurima, cacique de los cumanagotos, y sus alianzas con otros caciques de la zona de Cumaná para enfrentar a los conquistadres, y a otros como Doaca, con quien se identificó la actual zona larense de Duaca; a Nigale, jefe zapara, en el Zulia; a Huyapari con cuyo nombre los españoles identificaron al río Orinoco y su área en 1531 y a muchos otros jefes, caciques, guerreros, como Acaprapocón y Conopoima -quienes comandan la lucha una vez muerto Guacaipuro-, Caricuao, Cuairicuarian, la cacica guaiquerí Isabel, el cacique oriental bautizado Maturín; Morequito, Paryauta, Parnamacay, Pitijay, Sorocaima, Tiuna, Tamanaco, Terepaima... La institución indígena del cacicazgo sobrevive, deformada, durante varios años del período siguiente, hasta desaparecer en sus elementos fundamentales, al igual que otros aspectos de la cultura aborigen.

En el Neo-Indio se visualiza una "regionalización" cultural generalizada en la Venezuela prehispánica que expresa la consolidación de modos característicos de vida cuyos elementos definitorios habían venido apareciendo en los períodos anteriores. La siguiente proposición de seis áreas y sus características permite apreciarlo:

1) Área del Orinoco Medio y Bajo: grandes casas comunales en forma circular que albergaron a unas 500 personas, generalmente emparentadas, y viviendas palafíticas en el Delta. 2) Área de la costa centro-occidental, poblada, entre otros, por caribes, cumanagotos, palenques, caracas y guaiqueríes, comunidades nómadas y semipermanentes. En zonas ribereñas al lago de Valencia hubo importantes núcleos cuyas viviendas y tumbas fueron protegidas de las inundaciones por un sistema de montículos artificiales. Algunos poblados fueron cercados hasta por triples palizadas, lo que permite inferir una intensa actividad guerrera. Otras evidencias aluden a una agricultura extensiva, canales de irrigación (río Mamo), silos incipientes y la agrupación de varios poblados gobernados por un cacique. Otras actividades fueron la caza, pesca lacustre y la cestería y alfarería como actividades artesanales. 3) Área del Noroeste -hoy estados Falcón, Lara, Yaracuy, parte del Zulia y Portuguesa- poblada por caquetíos, jirajaras, gayones y achaguas, de economía autosuficiente. Las casas formaban poblados que también fueron protegidos por palizadas. 4) Área de la Región Andina, desde la tierra caliente hasta los páramos, habitada por timoto-cuicas, con cultivos de maíz y otras plantas, en andenes, con sistemas de riego (canales y estanques). Las evidencias de silos  -subterráneos en las tierras frías y caneyes como silos en las zonas templadas- indican la existencia de excedentes, utilizados para el comercio y para satisfacer necesidades en épocas de escasez. Estas construcciones suponen un gobierno y funcionarios que controlaban su ejecución, la distribución del excedente agrícola, uso del agua y el mantenimiento. Las casas eran al parecer unifamiliares y fueron construidas con piedras unidas con una mezcla de barro y paja cortada. Hay evidencias de protección de los poblados con palizadas y fosos. Otras actividades serían la explotación de la sal de urao, confección de tejidos (algodón), cestería y alfarería. 5) Área del piedemonte occidental de los Andes y costa sur del lago de Maracaibo, con sembradíos cercanos a las comunidades, y con aldeas palafíticas en la zona lacustre. Hay evidencias de posibles casas comunales. Otras actividades fueron la artesanía y la confección de tejidos. 6) Área de la Guajira, con grupos de cultivadores al sur y de pescadores y cazadores al norte.

El arribo de los conquistadores españoles a nuestro territorio cambió radicalmente el perfil del tiempo prehispánico de Venezuela. Lo que se visualiza como un desarrollo cultural sostenido desde el poblamiento, será violentamente interrumpido y sus habitantes relegados a la categoría de miembros de una cultura de conquista, esencialmente receptora de las nuevas formas de vida que implanta con la espada y la cruz el europeo. La transformación puede apreciarse en algunas de las características del período Indo-Hispano, desde cuyos inicios se visualiza el desplazamiento de las antiguas formas aborígenes por la nueva tecnología del conquistador español, su mentalidad, su concepción individualista de la vida, la nueva religión… La segunda parte del fascículo habla de los descendientes de aquellos aborígenes, hoy igualmente marginados de nuestra historiografía, en algunos de los aspectos que caracterizan la variedad cultural del segmento indígena de nuestro presente. Para resaltar este punto se ha escogido la mención de la gama de aportes indígenas a la cultura criolla.

Indo-Hispano (1500 d.C. hasta el presente)

También llamado del contacto, se inicia con el encuentro de las culturas europeas y americanas. A pesar de su utilidad, las fuentes escritas por quienes con la espada y la cruz invadieron y colonizaron estas tierras, están repletas más bien de lo realizado por los europeos y ofrecen pocos datos objetivos o veraces del modo de vida indígena del momento o, salvo contadísimos casos, de los efectos que aquel encuentro devastador y cruento llegó a tener sobre las sociedades autóctonas y sus culturas. La arqueología, la etnohistoria y la lingüística histórica han venido realizando esta tarea de reconstrucción.
En este período la cerámica indígena se torna más sencilla por la pérdida progresiva, y en algunos casos violenta, de estilos decorativos tradicionales y de técnicas de manufactura, a pesar de que los españoles, por cuestiones prácticas, adoptaron técnicas indígenas. Este proceso puede apreciarse en algunas piezas arqueológicas que reportan cerámica con la técnica indígena del enrollado -superposición o desenvolvimiento de anillos o de un rollo de barro para luego unirlos con las manos- pero con decoración y otros elementos europeos. La mayor o menor concentración de hollín en tiestos indohispanos revela, por ejemplo, dos concepciones de la cocción de alimentos: en tanto el indígena los calentaba a las brasas o envueltos en hojas y a fuego lento, la dieta europea, abundante en granos y carne, obligaba a un mayor tiempo de cocción y, por lo tanto, a una mayor exposición del recipiente al fuego. Otro elemento del contacto lo exhibe la planta física de Nueva Cádiz (Nueva Esparta), cuyas excavaciones revelaron, entre otras cosas, espacios vacíos en los que posiblemente hubo chozas indígenas de techos de paja y paredes de bahareque -materiales que no resistieron el paso del tiempo- en convivencia con casas españolas.
En general, el material arqueológico indohispano tiende a mostrar una disminución de la influencia indígena, no sólo respecto de la española -que es lo más generalizado- sino también de otras culturas europeas. Es el caso, por mencionar sólo uno, de los Castillos de Guayana (Delta Amacuro) en donde además de loza y pipas de gres holandesas, loza de gres de origen alemán, candados ingleses y otros artefactos de hierro, se encontraron instrumentos indígenas asociados con el cultivo de la yuca y con actividades de caza y pesca, elementos prehispánicos que sobrevivieron por un tiempo a la imposición de técnicas y estilos europeos. Otro aspecto vinculado con este período son las culturas africanas esclavizadas en Venezuela, de lo que aún no tenemos estudios arqueológicos, que podrían emprenderse en las viejas haciendas y en pueblos fundados por esclavos negros que huían hacia la libertad.
En este período Venezuela comienza a dejar de ser prehispánica. Sus culturas desarrolladas durante siglos en la diversidad de paisajes han comenzado a ser sustituidos por otras gentes, otros paisajes, otros dioses, otra economía, otras lenguas... y, sin embargo, mucho de lo prehispánico traspasó las barreras de la imposición y aún permanece en la Venezuela de ahora, formando parte de la cultura criolla o en las sociedades indígenas que aún la pueblan. La última visión de la Venezuela prehispánica podemos verla a través de un esbozo que a modo de resumen conteste a la pregunta acerca de quiénes eran y dónde estaban nuestros habitantes prehispánicos.
La Venezuela del contacto estaba poblada en su mayor parte por grupos caribes y arawaks. Los caribes en las zonas costaneras entre Paria y Borburata, en los alrededores del lago de Maracaibo, en las márgenes del río Orinoco y sus afluentes y en las islas norteñas de la de Trinidad. Los arawaks, en el golfo de Paria y en un área que corre desde el sur del Orinoco hasta la desembocadura del Amazonas. En el oriente de Venezuela estuvieron los sálivas, entre los ríos Sinaruco y Guaviare, o área del Orinoco Medio; los guamos, los maipures, los otomacos, en los alrededores de Cabruta; los guahibos y los yaruros, en las márgenes del río Meta y los guaraúnos en las de los caños del delta orinoquense.
En el área del lago de Maracaibo los llamados motilones, localizados en los valles de Machiques, en zonas del río Catatumbo y en la sierra de Perijá; los guajiros, en un área que comprendía desde Bahía Honda y El Portete, hasta el Cabo de la Vela y río de La Hacha. Habitando las riberas del lago de Maracaibo, los onotos y bubure o bobures y, vecinos de éstos, los zaparo o zaparas, aliles, ambaes, toas y kirikires. Otros grupos del área fueron los pemenos y los buredes. Los caquetíos habitaban en la zona costera entre Coro y el lago de Maracaibo y, fuera de Venezuela, en Curazao, Aruba y Bonaire. De la zona andina, los chamas y los giros, principalmente en Mérida, y los timotes y los cuicas, que predominaban en Trujillo. En los actuales estados Lara, Yaracuy y parte de Falcón, los jirajaras y ayamanes, los achaguas, betoyes  y gayones.
El tiempo prehispánico de Venezuela hoy
¿Cuál ha sido el destino del complejo mundo que caracteriza a Venezuela antes de la llegada del conquistador europeo? A pesar de la política generalizada de destrucción por parte de España, la Venezuela de nuestros días muestra importantes huellas de quienes fueron sus habitantes originarios, en la presencia de sus descendientes, en los nombres indígenas que pueblan nuestra geografía, en la gastronomía, en fiestas y en innumerables creencias. Un legado ciertamente trascendental que nos habla en presente de una parte significativa de nuestro pasado cultural más remoto.
Influyen en este destino las características mismas de nuestras comunidades prehispánicas, cuyas culturas, estructuradas esencialmente para la supervivencia, fueron más susceptibles a la asimilación por la cultura española, a pesar de que de los aproximadamente 100.000 españoles llegados a las colonias sudamericanas, Venezuela alcanzó poco menos de 15.000. De esta cifra, habría que descontar el número de sacerdotes y religiosos, lo que obliga a la conclusión de que el aporte genético español fue mínimo, al decir de Francisco Herrera Luque.[9] La preeminencia de lo español en nuestra vida se explicaría por el hecho de que España, como cultura dominante-donadora, detentó el control político y económico durante los siglos en que se conforma nuestra cultura esencial, que no es ni española, ni indígena, ni africana. Miguel Acosta Saignes ha comentado, por ejemplo, que la historia de la formación de la cultura venezolana "es, en parte, la historia de la indigenización y de la africanización del español en nuestra tierra"[10], pero, en definitiva, la historia de la cultura venezolana, es la españolización de los indígenas que aquí estaban, de los negros africanos que aquí llegaron en calidad de esclavos y de la cultura que la conjunción de estas tres matrias fue conformando. A pesar de algunas actitudes de resistencia por parte de algunas de nuestras comunidades prehispánicas y de algunos esclavos, la cultura española terminó diseñando el substrato básico de la cultura de Venezuela.
En este largo e intrincado proceso ¿dónde está lo indígena prehispánico en Venezuela?. Bastaría un somero inventario para detectarlo, sin olvidar que este problema de carácter histórico permitiría detectar no elementos aislados, muertos, estáticos, sino rasgos que pasaron a la cultura venezolana y a los cuales la etnohistoria asigna el carácter de fuentes históricas. Los aportes indígenas a nuestra cultura, en todo caso, fueron sometidos a una gradiente cuyos extremos estuvieron dados por las características culturales mismas de nuestras comunidades prehispánicas, lo que explicaría el que aquellos aportes hayan sido distintos si provenían de sociedades de recolectores-cazadores-pescadores o si lo hacían desde áreas con un desarrollo cultural más complejo. Sumando esto a la presencia africana, podríamos asumir como síntesis lo que planteaba Miguel Acosta Saignes cuando afirmaba que las culturas indígenas influirían mayormente en el occidente, el oriente y el sur, en tanto que el influjo de los negros fue mayor en la costa, y especialmente en los estados centrales.[11]
La geohistoria venezolana, por ejemplo, está llena de nombres indígenas asentados en el mapa que dibuja nuestra patria o inscritos sutilmente en el recuerdo de nuestras gentes, expresado en ese mundo extraordinario de la literatura oral de nuestro pueblo. En esa nomenclatura concurren tanto la pureza del topónimo indígena -Cumarebo, Paraguaná, Curimagua, Cumaná, Aragua, Píritu, Maracay...- como la mezcla indohispana que se percibe en nombres como Nueva Segovia de Barquisimeto, Santa María de Ipire, Santiago de León de Caracas, Espíritu Santo de Guanaguanare... Los trabajos sobre toponimia e historia regional, han logrado precisar la procedencia indígena de muchos de nuestros nombres de lugares así como las transformaciones de muchos de ellos.
En la gastronomía nos han quedado hábitos alimenticios indígenas fundamentales procedentes del uso del maíz, como la arepa, la hallaca, la hallaquita, la cachapa y los derivados de la harina de maíz tostado; con base en la yuca, la costumbre de comerla sancochada y, en el caso de la yuca amarga, un complejo cultural a ella vinculado como es el del cazabe. Otros hábitos alimenticios incluyen el consumo de papa, en su variedad denominada ruba o papa criolla; frijoles y caraotas, frutas como el jobo, guanábana, piña, guayaba, merey, mamey, mamón, lechosa, icacos, cotoperiz, tuna; también el de la cura, mejor conocido como aguacate, nombre que proviene de ahuácatl, palabra náhuatl de los aztecas. Se incorporó también a nuestra cultura el hábito de consumir ocumo, mapuey, auyama y batata o chaco y la utilización del onoto y varias clases de ají como condimento. Se suma a esta dieta vegetal el consumo de venados, lapas, guacharacas, patos, iguanas, morrocoyes, palomas y diversas clases de peces como carites, sábalos, guabinas, morocotos, meros, sapuaras y muchos otros, además de moluscos, mariscos, chipichipes y jaibas.[12]
Asimismo, se incorporaron árboles y vegetales como la macanilla, chaguaramo, mapora, moriche, maguey, cocuiza, mijagua, totumo, dividive, ceiba, jabillo, guayacán, apamate, anime, bucare, urape, samán, araguaney... cuya utilidad ya había sido comprobada en tiempos prehispánicos en la construcción de viviendas, medios de transporte por agua como canoas, piraguas, cayucos y curiaras; obtención de fibras y recipientes, construcción de armas, así como también se adoptó mucho del conocimiento indígena acerca de métodos curativos y propiedades medicinales de una gran variedad de plantas.
Un segmento importante de nuestra artesanía aún fabrica piezas que reproducen en sus formas, tamaño, decoración y uso atributos de la plástica prehispánica venezolana.
En los aspectos no materiales de la cultura venezolana también se siente lo indígena. Los trabajos lingüísticos de nuestros estudiosos comprueban en el habla de Venezuela un fuerte caudal de vocablos nacidos en el tiempo prehispánico con los que se nombran los aportes culturales provenientes de aquel primer período de nuestra historia. Asimismo, creencias y costumbres, fusionadas, la mayoría de las veces, con costumbres y creencias de las otras matrices donadoras; nigua, cunaguaro, acure, araguato, báquiro, bachaco, caimán, casiragua, cocuyo, paují, arrendajo, turupial, tucuso, cotúa, aruco, arigua, caricare, oripopo, carrao, conoto, chaure, piscua, guacamaya, guanaguanare, zamuro..., son nombres indígenas de animales que conjuntamente con el de plantas, frutos y algunos instrumentos de trabajo y de recipientes constituyen un amplio espectro en el que no es difícil apreciar la influencia indígena en nuestro ahora cultural.
En el medio rural venezolano, por ejemplo, se continúa considerando la influencia de las fases lunares para efectuar siembras y labores de poda y muchas de nuestras comunidades campesinas continúan utilizando el sistema prehispánico de quema y roza. La hamaca y el chinchorro siguen siendo estupendos asientos y saludables camas, y un fuego encendido cerca de ellos, al modo indígena, es aún utilizado para espantar la plaga; y ante el monte alto y en lugares selváticos, se impone la apertura de picas tal y como lo hicieron -y lo hacen- nuestros indígenas cazadores y recolectores principalmente.
Las fiestas religiosas que pueblan nuestro calendario litúrgico popular, contienen en su música, letras, instrumentos, coreografía, vestuario y sentido elementos indígenas. Las Turas y el Maremare ofrecen tantos rasgos de claro origen prehispánico que son verdaderas fuentes etnohistóricas. Algunas músicas autóctonas merideñas, y de otras zonas criollas del país, así como la de la Bajada de los Reyes en San Miguel de Boconó, son de origen indígena, al igual que algunos elementos de muchas de nuestras danzas y bailes populares. Algunas deidades y héroes culturales prehispánicos sobreviven, transfigurados, en casi todas las expresiones danzísticas y creencias del pueblo venezolano. Tal es el caso de la fiesta del Espuntón o Parranda de los Caribes, en Caigua (Anzoátegui); el Baile del Mono, en Caicara de Maturín, (Monagas), y el Espuntón de Pueblo Nuevo (Mérida). La fiesta de San Isidro Labrador, en nuestros Andes, es celebrada en vinculación directa con las labores agrícolas, así como la Bajada de Ches, en la misma zona. La Candelaria, fin del ciclo de navidad, es celebrada en varios lugares del país y algunos de sus elementos tienen evidente connotación indígena, particularmente en lo que se refiere a la reproducción coreográfica de labores agrícolas. Igual ocurre con la fiesta de San Benito, particularmente en las regiones andinas, y algunas de Locos y Locainas, en cuyo vestuario y adornos corporales se recuerdan posibles influencias indígenas, lo que parece reafirmarse con el porte de arcos y flechas. Principalmente en el oriente del país se montan diversiones en cuyos nombres y coreografía y en algunos de sus aditamentos, es indudable el aporte indígena. Han sido consagradas como diversiones orientales El Sebucán o Baile de Cintas, El Carite, El Chiriguare, El Pájaro Guarandol, El Baile de la Culebra... En La Victoria (Aragua) el baile de La Llora, que recuerda costumbres funerarias indígenas prehispánicas. Y muchas otras de nuestras expresiones populares artísticas tradicionales contienen, en diferentes grados, la presencia indudable de contenidos prehispánicos.
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RECUADRO / Los indígenas en la Constituyente 1999 En 1999 los indígenas de Venezuela -unos 450.000- fueron convocados a participar en la Asamblea Nacional Constituyente a través de tres representantes. El hecho es novedoso si tenemos en cuenta que es la primera vez que un foro de tal magnitud y trascendencia permite que se escuche la voz de los habitantes originarios de Venezuela, en paridad de opiniones con representantes de la sociedad criolla, su tradicional discriminadora. 
RECUADRO / Origen de la Agricultura, según los Baniva: “Napiruli […] Un día los banibas le preguntaron a Napiruli: -Napiruli, ¿cómo vamos a vivir en este mundo? –Yo les haré un miuri [conuco] para que ustedes aprendan después a trabajarlo y puedan vivir de él todos mis hijos. Napiruli se internó lejos en la selva. Se había llevado consigo un rollo de chuya [guaral] en el guayuco. Para desmontar tendió la chuya desde donde vive el muruli [araguato], por una parte, hasta donde los nawaro [viudita], por otro, y de allí al sitio del amui [conoto]. Las orillas del conuco estaban donde cantan esos animales. Después se guardó su chuya y quemó durante dos días ese pedazo de montaña. En el tercero sembró. Plantó sólo tres maticas. Las tres planticas dieron todos los frutos del conuco_ ñame, yuca, ají, plátanos, entre otros. Al día siguiente entregó el conucón [sic] a una mujer para que ella lo repartiera entre todos los banibas y los demás indios.” (Fr. Cesáreo de Armellada y Carmela Bentivenga de N. Literaturas indígenas venezolanas. Monte Ávila Editores, Caracas, 1975, p.230.

RECUADRO / Guacaipuro. Cacique de los indios Teques y Caracas. Acaudilló la resistencia a la penetración europea en la zona norcentral de Venezuela durante la década de 1560. La sede de su gobierno estaba en Suruapay o Suruapo, situado cerca del actual San José de Los Altos (Miranda). Baruta era el nombre de su hijo mayor, y Tiaora y Caycape el de dos hermanas suyas. Los documentos anotan, además, seis hermanos que vivían con él, así como también Pariamanaco y Quetemne, hijo e hija de Tiaora. Entre las acciones guerreras que emprendiera contra los españoles Guacaipuro está el levantamiento que impulsó de todas las tribus y los caciques Naiguatá, Guaicamacuto, Aramaipuro, Chacao, Baruta, Paramaconi y Chicuramay, que reconocieron a Guacaipuro como su jefe supremo. Hacia 1568, después de varias acciones, los españoles vieron la imposibilidad de rendir al máximo dirigente. Resuleven entonces quemar el gran bohío donde se guarecía, cuyo techo de paja ardió velozmente por las teas lanzadas. Viéndose en trance de perecer, Guacaipuro saltó fuera, dando estocadas a diestra y siniestra contra los asaltantes, pero todo fue en vano porque las espadas le dan muerte así como a sus acompañantes. Se comenta que en su agonía Guacaipuro gritó: “Vengan extranjeros; acérquense sin temor a ver como muere el último hombre libre de estas tierras”.
RECUADRO / Icaque, la diosa prehispánica andina, así como su templo y el ritual con el que la veneraban, fueron descritos por Juan de Castellanos en los siguientes términos:

"Icaque se decía, y era diosa
que de bulto tenían retractada
en casa de tres naves espaciosa,
de grandes y menores frecuentada;
hacíasele fiesta generosa
(a tiempos y por días) señalada,
donde sacrificaban gentes vivas,
o de sus naturales o cautivas.

El sacerdote destos ministerios
entonces era Toy, gran hechicero,
el cual interpretaba los misterios
y sucesos del tiempo venidero,
ansí de honras como vituperios;
como más principal del falso clero
aqueste procuraron los cristianos
haber por todas vías a las manos.

Para que sus intentos ejecute,
procuraron traer a su sentencia
un indio principal, dicho Combute,
que con Carache tiene competencia;
aqueste, sin temor que se le impute
el tracte destas cosas a demencia,
de buena voluntad sirvió de guía
a la ciudad que Escugue se decía.

Las casas de grandeza tan pujante,
tantas y por tal orden y concierto,
que no se vido cosa semejante
en cuanto por allí se ha descubierto;
los indios les mostraron buen semblante,
sin muestra de guerrero desconcierto'
y allí tuvo Combute tal cuidado,
que luego vino Toy a su llamado."

RECUADRO/ Quibario, ¿calendario  andino  prehispánico? Reproducción del quibario (ver Strauss, El tiempo prehispánico…)

La consideración hecha por Márquez Carrero no es aún concluyente. "En 1974 descubrí una pequeña piedra pulida de 0,9 cm. de altura por 0,7 cm. de ancho con un espesor promedio de 0,4 cm. A su alrededor lleva una ranura que debió servir para sujetarla y mantenerla colgada a la pared. En la cara anterior posee 36 pequeños círculos distribuidos en 6 hileras de 6 círculos cada una... Para mí que se trata de un calendario que en lengua Mucu debió llamarse Quibario, es decir 'Piedra para medir el Tiempo'... Márquez Carrera interpreta la primera línea horizontal de seis círculos como la primera semana tatuy, y así sucesivamente. "Si multiplicamos los 36 días del mes tatuy por 10 meses, nos da un año de 360 días. No tenemos pruebas de que poseyeran los otros cinco días complementarios que se dan en las otras culturas precolombinas; pero tampoco nada nos hace suponer que así no fuera." El autor concluye que el quibario estaba distribuido así: "Semana de 6 días. Mes de 6 semanas ó 36 días. Año de 10 meses ó 360 días." Márquez establece una comparación con el calendario azteca, de 18 meses y 20 días cada uno; el calendario primitivo romano, que sólo tenía diez meses; el maya, de 360 días, o el inca, de 12 meses lunares, muy semejante al de los chibchas ribereños del río Magdalena. A. Márquez Carrero, La cultura indígena tatuy, pp. 92-93.

RECUADRO / Sistema de numeración en las culturas prehispánicas de los Andes venezolanos. Escribía Tulio Febres Cordero que la numeración en estos pueblos era decimal y para contar "de once hasta diecinueve, decían tabís-carí, diez uno; tabís-jen, diez dos; tabís-hisjut, diez tres, etc. El número 20 era jem-tabís, dos dieces; 30, hisjut-tabís... El 100 lo expresaban con la voz doble tabís-tabís, diez dieces. Ignoramos si tenían palabra especial para el 1.000, pero siguiendo el plan regular establecido, es probable que dijeran tabís-tabís-tabís, diez cientos."[13] Julio César Salas: "los Tatuyes de Mérida empleaban para sus operaciones de aritmética cuerdas anudadas muy parecidas a los quipus y para sus operaciones comerciales cierto tipo de moneda llamada 'quiripa' hecha de la cáscara de caracoles a los que abrían un pequeño hueco y luego redondeaban por medio del frote hasta convertirlos en hermosos discos."


RECUADRO / Para las acciones de guerra los andinos de la Venezuela prehispánica solían entonar cantos. El siguiente Canto Guerrero ha sido conocido gracias a Tulio Febres Cordero: "Corre veloz el viento;/ corre veloz el agua,/ corre veloz la piedra que cae de la montaña./ Corred, guerreros;/ volved en contra del enemigo;/ corred veloces,/ como el viento, como el agua,/ como la piedra que cae de la montaña./ Fuerte es el árbol que resiste el viento;/fuerte es la roca que resiste el río;/fuerte es la nieve de nuestros páramos que resiste el frío./¡Pelead, guerreros!/¡Mostraos fuertes,/como los árboles,/como las rocas,/como las nieves de la montaña!"

 Principal material consultado

Acosta Saignes, Miguel. Los caribes de la costa venezolana. Fondo de Cultura Económica. México, 1946. 61 p.

Acosta Saignes, Miguel. Las turas. Prólogo, Julio de Armas. UCV, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Antropología y Geografía (Serie Folklore). Tip. Vargas, S.A. Caracas, 1949. 106 p.

Acosta Saignes, Miguel. "El Área Cultural Prehispánica de los Andes Venezolanos". Archivos Venezolanos de Folklore, Año I, Nº 1:45-72, ene-jun 1952. Caracas. [Hay Separata por Imprenta Nacional. Caracas, 1952. 30 p.]

Acosta Saignes, Miguel. Estudios de etnología antigua de Venezuela. UCV, Ediciones de la Biblioteca, 3 (Colección Ciencias Sociales II). Caracas,  1961, 247 p.

Acosta Saignes, Miguel. Historia de VenezuelaÉpoca prehispánica. Editorial Mediterráneo. España, [1967]. 224 p.

Acosta Saignes, Miguel. Estudios en antropología, sociología, historia y folclor. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia (Serie: Estudios, Monografías y Ensayos, 8). Caracas, 1980. pp. 199-223. [De esta compilación utilizamos: Introducción a un análisis de los petroglifos venezolanos (Prólogo a la obra de Tavera Acosta, citada en esta bibliografía). Pueblos arborícolas de Venezuela. El sistema de parentesco y una posible filiación bilateral entre los achaguas. Los toponímicos: un problema de historia, lingüística, folklore y geografía. El Maremare: baile del jaguar y la luna]

Alvarado, Lisandro. Datos etnográficos de Venezuela. Obras Completas, Vol. IV. Ministerio de Educación, Dirección de Cultura y Bellas Artes, Comisión Editora de las Obras Completas de Lisandro Alvarado. Editorial Ragón. Caracas, 1956.

Alvarado, Lisandro. Glosario de voces indígenas de Venezuela. Obras Completas, Vol. I. Ministerio de Educación, Dirección de Cultura y Bellas Artes, Comisión Editora de las Obras Completas de Lisandro Alvarado. Tipografía La Nación. Caracas, 1953. 425 p.

Antolínez, Gilberto. "El teatro, institución de los muku y jirajara". Revista Nacional de Cultura, Año VII, Nº 56, pp. 113-129. Caracas, 1946.

Antolínez, Gilberto. Hacia el indio y su mundo. Pensamientos vivos del hombre americano, etnología, mitología, folklore... Librería y Editorial del Maestro. Caracas, 1946. 254 p.

Arellano, Fernando. Una introducción a la Venezuela prehispánica.  UCAB. Caracas, 1986.

Biord-Castillo, Horacio; Amodio, Emanuele y Morales-Méndez, Filadelfo. Historia de los kari'ñas. Período Colonial. Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas y Movimiento Laicos para América Latina, IVIC-MLAL. Caracas, 1989. 98 p.

Bosch Gimpera, Pere. La América pre-hispánica. Prólogo, Luis Pericot. Editorial Ariel, Esplugues de Llobregat. Barcelona [España], 1975. 369 p.

Bueno, Ramón. Apuntes sobre la provincia misionera de Orinoco e indígenas de su territorio, con algunas otras particularidades. Edición y prólogo, Nicolás E. Navarro. Tip. Americana. Caracas, 1933. xviii + 164 p.

Bueno, Ramón. Tratado histórico y diario de Fray Ramón Bueno, O.F.M., sobre la Provincia de Guayana. Estudio preliminar y notas, Fidel de Lejarza. Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia (Serie: Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 78). Caracas, 1965. pp. 94-187.

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[1] W. Dupouy, "La Teoría de la H. Venezuela, encrucijada en el paso de las influencias culturales pre-colombinas", 1952. C. Osgood y George D. Howard, An archaeological survey of Venezuela, 1943; Kidder Alfred, II, Archaeology of Northwestern Venezuela, 1944; José M. Cruxent, " Venezuela: Strategic center for Caribbean Archaeology", 1951.
[2] De sus abundantes trabajos puede verse: "Patrones culturales de los Andes venezolanos". En: Acta Científica Venezolana, Vol. 18:5-8. Caracas, 1967; "Problemas de arqueología y etnohistoria de los Andes Venezolanos". En: Verhandlundgen des XXXVIII Internationalen Amerikanistenkongresses. Stuttgart-München, 12-18 august, 1968. 1969. Vol. I:281-287; "Los aborígenes de los Andes Venezolanos". En: La ciencia en Venezuela. Gráfica Americana. Caracas, 1973. t. II:209-231; "Los Andes venezolanos, arqueología y ecología cultural". En: Iberoamerikanisches Archiv, Vol. 4, Nº 1:81-91. Berlin, 1978;  "Arqueología de los Andes venezolanos. Los Páramos y la Tierra Fría". En: El medio ambiente páramo. M. L. Salgado-Labouriau, ed. Ediciones CEA-IVIC, UNESCO-MAB, Cifca. Editorial Arte. Caracas, 1979. pp. 207-214.
[3] Idem.
[4] Idem.
[5] M. Sanoja O. e I. Vargas A., "Poblamiento", pp. 179-180.
[6] Ibidem, p. 180. Puede consultarse, de M. Sanoja O., Los hombres de la yuca y el maíz, 1982.
[7] M. Acosta Saignes, Epoca, p. 50.
[8] K. Tarble y E. Wagner, Ob. Cit., p. 229.
[9] F. Herrera Luque, Los viajeros de indias (Ensayo de interpretación de la sociología venezolana). 2ª edic. Monte Avila Editores C.A. (Colección Letra Viva). Caracas, 1977. 309 p. 
[10] M. Acosta Saignes, "Elementos indígenas y africanos en la formación de la cultura venezolana". En: Historia de la cultura en Venezuela. Ciclo de Conferencias organizado por la Facultad de Humanidades y Educación. UCV, Facultad de Humanidades y Educación, Instituto de Filosofía. Caracas, 1955. pp. 9-40, p. 10. Puede verse también Aportes indígenas a la cultura del pueblo venezolano, de A. Pollak-Eltz. UCAB, Instituto de Investigaciones Históricas. Caracas, 1978. 176 p.
[11] M. Acosta Saignes, "Elementos...", p. 37.
[12] Véase José Rafael Lovera, Historia de la Alimentación en Venezuela. Con textos para su estudio. Monte Avila Editores, C.A. Caracas, 1988. 307 p.
[13] Cit. por M. Acosta Saignes, Época, pp. 128-129.

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