El
diablo en Venezuela, certezas, comentarios, preguntas©, por Rafael A. Strauss K. Fundación Bigott, Bigotteca
(Serie Orígenes), Caracas, 2004, 525 p., ©Rafael A. Strauss K, 2004, Fundación Bigott.
Introducción –pp 5-36–, cuyas partes son las siguientes: De los objetivos, la justificación y el
marco teórico + De representaciones, imaginario y mentalidades + De la
imaginación y la fantasía + ¿Existe el diablo? + De las partes del presente
trabajo + De las fuentes + Bibliografía de la Introducción + Contenido + Notas.
Introducción
De los objetivos, la
justificación y el marco teórico
Tantas cosas previstas para asumir al
Diablo como tema, tantas ideas iniciales, tanta imaginación por todas partes,
tantos libros, tantos interrogantes, comentarios, decires, como si fuese un
tema novedoso…, que no lo es, por cierto, pues el diablo y su ristra de afines
sigue siendo materia sobre la que se ha tejido tanta trama y urdimbre desde el
inicio de los tiempos del Hombre, que apenas resulta un tema novedoso… Pero sí
atractivo, quizá porque acerca del mal se ha seguido escribiendo y
reflexionando y publicando, desde prácticamente todas las ópticas del
conocimiento, como si lo que se sabe hasta el momento no hubiera satisfecho las
ansias de conocer esa área dramática, terrible, angustiante que es el mal, tan
presente siempre y tan fuerte y con tanto escenario últimamente… Asegurado el
bien, confiando en la bondad de los dioses que pueblan y han poblado el
universo de las gentes del mundo, pareciera que se desplegaran inusitados afectos
por ensayar con las cosas del mal, como que el bien puede ser asegurado por la
naturaleza del buen dios o de los buenos dioses… Y quizá en demasía se ha
escrito sobre el mal y sus derivaciones, porque tanto se le teme que es bueno
conocerlo, identificarlo, para luchar contra él, porque en última instancia el
ser humano está hecho para el bien o, en todo caso, no está hecho para el mal,
ese extraño y ancestral sufrimiento que atosiga al Hombre…
El presente trabajo pretende ser un
ensayo sobre el diablo en Venezuela, con la menor erudición posible que pudiera
poner en peligro la sencillez de un discurso que hemos concebido dentro de una
tríada de sustantivos –certezas, comentarios, preguntas– con la que pretendemos
indicar al lector tres de los caminos esenciales que como guías hemos seguido.
Al fin y al cabo, un ensayo de cualquier naturaleza está signado por las
certezas que sobre un tema tienen el escritor y otros; por los comentarios que
acerca de aquéllas se permite el autor y por las preguntas a las que a cada
momento somete el escritor lo conocido, lo sugerido y lo que está por conocer,
en un diálogo con la experiencia propia y las ajenas, con la materia central
del discurso y con los espacios que el autor va dejando para que el lector
elabore sus propias certezas, sus comentarios, sus preguntas…
El contenido revela los aspectos en
los que suponemos se aprecia de manera conspicua al diablo en Venezuela, que
distribuimos en cuatro partes. La suposición a la que aludimos creemos que se
expresa en los imaginarios colectivo e individual que se yerguen sobre los
parámetros que identifican históricamente al diablo, sus atributos, sus afines,
sus expresiones y que apoyan esa iconografía mental que grupo e individuo
construyeron y construyen sobre alguien o sobre algo… La imagen constituida, o
que se va constituyendo, entra o va entrando sin mayores tropiezos en el caudal
de la tradición y termina no sólo alimentándose de ella y alimentándola, sino
dotando al grupo y al individuo tanto de un léxico para idearla, pensarla,
decirla…, como de características que hacen específico lo que se nombra…
Vale la pena que insista en este
punto, principalmente por la importancia que las representaciones tienen para
comprender la cultura, y lo hacemos no en la plenitud de las consideraciones
que ha generado, sino más bien en lo que podría tenerse como sus puntos
nodales.
De representaciones,
imaginario y mentalidades
Quizá el primer punto a destacar sea
la semejanza que suele plantearse, y las dudas que suelen surgir, entre
representaciones colectivas y representaciones sociales. Las primeras se las
debemos a E. Durkheim, para quien se trata –decía en 1898– de reglas de
conducta que encuentran su escenario en el medio social que, “después de todo no es nada más que un sistema
de ideas en el alma del grupo.” (M. Harris, p. 413; M. S. Pérez S., cap. 2)
En Las formas elementales de la vida
religiosa (1915), expone una idea, que Harris destaca y que nos parece
interesante: las conclusiones fundamentales a que llega Durkheim son que “todos los conceptos básicos asociados a la
religión, conceptos tales como los de Dios, alma, espíritu y tótem, se originan
en la experiencia recurrente por la que los seres humanos sienten la fuerza y
la majestad del grupo social.” Y lo más sugerente, quizá, que “Los hombres inventan colectivamente las
categorías básicas de la religión para explicar la fuerza, que no han visto
pero sí sienten, de la conciencia colectiva.” (M. Harris, p. 414)
Independientemente de las consideraciones que años después hará la psicología
social, no deja de ser importante que Durkheim complementa su afirmación con la
idea de que “una vez que se ha demostrado
que el tótem o el rito mágico es funcionalmente compatible con, o ilustrativo
de, ciertas ‘estructuras’ colectivas ‘elementales’ y universales, la búsqueda
de una explicación se da por terminada.” (M. Harris, p. 414)
Esto es cierto, pero sólo
parcialmente, y nuestro trabajo es quizá una prueba de que a pesar de la
‘demostración’ de algunas o de una ‘estructura colectiva universal’ –el diablo,
en nuestro caso–, sí es posible buscar ‘otras explicaciones’ según variables de
tipo histórico, geográfico, psicológico y hasta ambiental, en alusión a los
‘componentes’ de los que se deriva la cultura según la propuesta antropológica.
(M. Herskovits, pp. 680-683) Pareciera que la terminación a la que alude
Durkheim se da porque ya estaría ‘elaborada’ la representación colectiva
respectiva, lo que dota al concepto de un carácter estático… En este sentido,
Marcel Mauss, el gran discípulo de Durkheim, se referirá a las
‘representaciones colectivas’ arquetípicas, que deben ser identificadas como
que son “explicaciones de amplios
dominios de los fenómenos socioculturales”… (M. Harris, p. 417)
Hacia 1961, Serge Moscovici comienza
una suerte de reformulación del concepto de Durkheim, en los predios de la
psicología social, de la que toma el concepto de representación social y lo
dota de otras características… La que más destaca, quizá, es que a diferencia
del carácter estático de las representaciones colectivas, las representaciones
sociales son más dinámicas, entre otras razones, porque no determinan de manera
inexorable, digamos, las representaciones individuales, lo que podría
traducirse como que lo que grupo e individuo tienen como dictum con respecto a
lo que idean sobre sí mismos, sobre el grupo y sobre cuanta elaboración que
llamo culturomental se haga presente, puede cambiar, pero siempre según un
sustrato que no cambia, puesto que de ser de otra manera la elaboración
mentifáctica no podría ser identificada históricamente… Y es que las cosas de
los seres humanos se identifican tanto en su movilidad como en su inamovilidad…
Pero no pretendemos hacer filosofía de la historia.
Para 1984 Moscovici ha establecido la
diferencia y plantea que en tanto las representaciones colectivas son
mecanismos explicativos de una clase general de ideas y creencias, las
representaciones sociales son fenómenos que necesitan ser descritos y
explicados… Moscovici no hace sino ratificar lo que planteara en 1981 en cuanto
a que las representaciones sociales son “un
conjunto de conceptos, declaraciones y explicaciones originadas en la vida
cotidiana, en el curso de las comunicaciones interindividuales” que
equivalen en nuestra sociedad, afirma, a los mitos y sistemas de creencias de
las sociedades tradicionales”… (J. L. Álvaro, “Representaciones Sociales”,
versión electrónica.)
Demás está decir que estas formas de
pensar, crear y sentir la realidad están constituidas por símbolos y que son y
están dotadas, en consecuencia, de un carácter simbólico. Creemos que el léxico
con el que se nombra cada uno de los símbolos adquiere, cuando para ello se los
usa, carácter simbólico también, en un proceso de tono psicolingüístico que no
necesita mayores explicaciones, puesto que todo símbolo o representación
sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian
con ésta por una convención socialmente aceptada (DRAE) es síntesis de lo que
simboliza o de lo que se cree que simboliza… Porque si decimos Diablo, Lucifer,
Satanás, mal, maldad…, grupo e individuo ya saben a qué nos estamos refiriendo…
Es por esta razón –aprovechamos de decirlo– que en este ensayo apenas abordamos
la teoría del mal, pues según la esencia de los mecanismos de las representaciones
damos por sabido, por cierto, que el diablo es cosa del mal y viceversa, a
pesar de la ristra de matices con los que varias disciplinas y no menos autores
perciben y presentan este asunto.
Para ampliar la utilidad de la
categoría representaciones, debemos señalar un punto que no es menos
importante, particularmente porque acerca o ubica el asunto a y en el campo de
la Antropología, que entendemos aquí como la “ciencia que se ocupa del estudio de los grupos humanos y de sus
creaciones o cultura” tanto en el pasado como en el presente (J. Alcina
Franch); o bien como la “ciencia que
trata de las afinidades y diferencias humanas.” (C. Kluckhohn, pp. 11-26) o
como “la ciencia comparativa del hombre
como ser físico y cultural”, según afirma Ashley Montagu (J. Lorite Mena,
cap. 1) En este sentido, el hecho de darle nombre a las cosas, personas o
eventos simbolizados, es una manera de convertir entidades abstractas en
concretas. Al fin y al cabo, la cultura no es otra cosa que un sistema de
símbolos… Así, lo abstracto que se objetiva, se hace o se puede hacer propio
porque a pesar del escenario abstracto en el que se mueve el símbolo que
simboliza, que representa o re-presenta, se conoce, se hace realidad, se
realiza en una suerte de decisión de carácter cultural o social… Es lo que D.
Jodelet ha identificado como “una
estructura de imagen” que reproducirá de manera visible una estructura
conceptual. (D. Jodelet, 2:482)
Moscovici ha dividido este proceso en
lo que denomina el anclaje y la objetivación, asunto que no analizaremos aquí,
aunque es necesario apuntar que una de las más fuertes críticas a los
planteamientos de Moscovici es su ambigüedad, a lo que ha respondido que “dicha ambigüedad supone una ventaja al dejar
abierta la posibilidad de incorporar elementos nuevos a la teoría, y a la no
elaboración sistemática de sus diferencias con respecto al concepto de
representación colectiva utilizado por Durkheim y del que el propio
Moscovici se declara deudor.” (J. L.
Álvaro, 1995) Es por esto que no hemos tomado partido por una u otra de las
posturas porque, en esencia, representaciones colectivas y representaciones
sociales explican lo que Jodelet ha sintetizado de manera muy convincente: “El acto de representación es un acto de
pensamiento por medio del cual un sujeto se relaciona con un objeto.”
Representar, dice, “es sustituir a, estar
en lugar de” y “En este sentido, la
representación es el representante mental de algo; objeto, persona,
acontecimiento, idea”…, pues “representar
es re-presentar, hacer presente en la mente, en la conciencia.” (D.
Jodelet, 2:475)
Pero las representaciones no son
sistemas realengos, por decirlo de alguna forma, sino que su uso obedece –y no
podría ser de otra manera– a leyes y a convenciones sociales… El diablo, por
ejemplo, es eso, el diablo, y no una taza o una arepa o la cruz, aunque alguien
pueda pensar en el diablo mientras toma café o hace o come arepa… Quizá las
trasposiciones del lugar que como representaciones tiene lo simbólico, sean de
extraordinaria utilidad para el discurso literario…, pero esto es otro asunto.
Ahora bien, ¿por qué surge una
determinada representación y no otra?… Lo planteamos aquí por dos razones; una,
porque es otra de las críticas que se ha hecho a este asunto de la
representaciones sociales; y la otra, porque permite, de nuevo, ubicar este
asunto en los predios de la Antropología y acercarlo a los de la Etnohistoria y
la Historia… Y es que pensamos que la psicología social no lo ubica por los
rumbos de lo histórico –uno de los componentes de la cultura–, que es lo que
proporciona el carácter determinado, y no otro, a una representación… Y es que
detrás de la palabra con que se nombra un símbolo existe toda una historia, lo
que le da un porqué, una razón de ser, tanto para su concreción como símbolo en
una cultura determinada, como para su reconocimiento por el grupo y el
individuo que se lo representa. Al fin y al cabo, el lenguaje es no sólo la
facultad humana de poder comunicar lo que se piensa, siente e imagina, sino
también un sistema de símbolos y signos que asegura a la sociedad la
conservación permanente de los productos tanto individuales como colectivos… En
este sentido, para usar la atinada expresión de Herskovits, el lenguaje es el
vehículo de la cultura…
Así, resulta de interés el carácter
social de las representaciones, pues las incorpora al escenario de lo
compartido. Domínguez Rubio plantea, por ejemplo, que el término sociales
presenta lo que define como “ubicuidad
indefinida”, pues “quizá sea este el
concepto más empleado y, a la vez, más indefinido del pensamiento social
[sic]” [el sic es del autor], y afirma que “Bajo
su ambigüedad, flexibilidad y laxitud parece que pudiera englobarse todo
aquello que tenga un origen “social”, por contraposición a aquello que tenga un
origen “individual”: la vaguedad es inabarcable”, afirma. Y se pregunta “qué quiere decir que una representación sea
social” y considera que “La respuesta
Standard parece ser que aquí social se quiere sinónimo de compartido.” (F.
Domínguez Rubio, versión electrónica) En este punto están de acuerdo autores
como Ibáñez, Jodelet y Moscovici (Ibáñez, 43; Jodelet, II:473 y U. Klick, 241)
Estas disertaciones llevan a Domínguez a preguntarse qué se comparte y cómo,
que es otro punto que deseamos destacar…
Sin pretender elucubraciones más allá
de lo que creemos estrictamente necesario, la única respuesta que se podría dar
es que lo que se comparte son las representaciones, es decir, la carga
simbolizante o simbolizadora traducida en las representaciones y que cada una o
cada bloque contienen… Domínguez afirma que bajo esta idea “parece deslizarse subrepticiamente la noción
de que las representaciones son algo, más aún, son algo ‘concreto’, en el
sentido de ser externas, de poseer algo así como un nivel ontológico propio,
una abierta autonomía que les permite ser compartidas.” Es evidente esto,
puesto que las representaciones son colectivas, sociales; no son de nadie en
particular… Y en cuanto a cómo se comparten, la pregunta quizá resulte necia
pues el carácter colectivo, social y la utilidad cultural de las
representaciones ya supondría la respuesta… Quizá valga la pena apuntalar esta
consideración recordando, y complementándolos, algunos puntos que destacábamos,
y es que las representaciones no son entes realengos o, como lo expresa
Domínguez, no se trata de “un libre
mercado […] donde cada individuo
eligiese cuál es la mejor”; no, esto sería imposible; este tipo de caos no
existe en la cultura, que tiene un orden; y no sería posible pues despojaría a
la categoría de su carácter social, cuya carga simbólica y utilidad sólo se
explica socialmente, o sólo tiene sentido en el escenario de lo social… Por
supuesto que un individuo podría inventar un algo, que sólo si tiene extensión
hacia lo social, adquiriría su carácter de representación y, por ello, su razón
de ser.
No habría que andar mucho para
vincular este asunto de las representaciones con otra categoría que puede
ofrecer algunos puntos de interés para nuestro trabajo. Nos referimos al imaginario, cuya definición menos
imprecisa, es que se trata del conjunto de imágenes, símbolos y
representaciones de una sociedad. G. Durand y Ph. Marlieu, dos de sus
estudiosos, han planteado que es gracias a este imaginario que toda sociedad
explicita su cultura y construye su identidad como grupo, lo que
metodológicamente hablando significa que esa suerte de perspectiva del mundo reúne creencias, interpretaciones,
mitos, leyendas… Pudiéramos referirnos aquí al inmenso y rico repertorio
constituido por cuanta experiencia sociohistórica “se recuerda”, “se quiera
recordar”, “sea recordada” u olvidada –y se recuerde que fue olvidada–, mala o
buena, agradable o desagradable, según sean los patrones de que disponga el
grupo para evaluar y según sea el impacto que la experiencia tenga en el grupo
o la sociedad de que se trate…
En este sentido, imaginario y
representaciones son memoria social, lo que los sujeta al escenario humano y,
por lo tanto, a las especificidades de la cultura como característica del
Hombre. Imaginario y representaciones sólo son entendibles y aprehensibles como
cultura, lo que los ubica al tiempo de los seres humanos por lo que “tienen un carácter estable y dinámico”…
(M. A. Banchs, p. 63), al igual que toda cultura que, por definición es
histórica… Es decir, que hay razones de esa naturaleza –además de componentes
biológicos, ambientales y psicológicos– que permiten el surgimiento de la
cultura, pues ésta, como el imaginario y las representaciones, no surge de la
nada, y es el carácter estable dentro del dinamismo lo que permite a la
antropología y a la historia reconocer a una cultura en el tiempo y en el
espacio… Al respecto, Herskovits afirma, por ejemplo, que “El cambio es una constante en la cultura. Debe, no obstante, estudiarse
siempre sobre el fondo de la estabilidad cultural. Hasta en el caso en que los
cambios puedan aparecer de largo alcance para los miembros de la sociedad en
que se producen, rara vez afectan a más de una parte relativamente pequeña del
cuerpo total de costumbres con las cuales vive un pueblo.” (M. Herskovits,
p. 688.)
Pero al imaginario no va a parar la
totalidad de las representaciones con las que el grupo cuenta… Quizá las
conozca, y hasta pueda disponer de ellas, pero sólo si han quedado inscritas en
la historia… Lo que interesa, en todo caso, es la mezcla que suelen hacer los
miembros de un grupo con un solo objetivo: poder rastrear en el escenario
social al que pertenece, elementos que lo orienten en su cotidianidad,
prácticamente sin importarle la proveniencia de la materia sintetizada como
representación, ni el tipo de conocimiento que produjo esos saberes, pues al
fin y al cabo todo esto sirve para que el individuo esté lo menos perdido
posible en sus circunstancias, en las de los otros y en lo cambiante de la
cultura… Esta actitud podría explicar asuntos de identidad del individuo con su
grupo, consigo mismo, pero esto no lo discutiremos aquí. Sí es destacable como
elemento útil para nuestro trabajo lo que G. Durand planteaba en 1963 –y que
ratifica en 1982– en cuanto a que el imaginario, como todo producto cultural,
es tanto esencial como ambivalente con respecto a la dinámica cultural, pues es
freno y es motor de esa dinámica. (G. Durand, 1982) Recordemos, igualmente, las
consideraciones de Herskovits al respecto… Y, en este sentido, Irene Vasilachis
ha escrito que las representaciones sociales o realidades mentales “circulan en los discursos, en las palabras,
en los mensajes que los sujetos intercambian entre sí y constituyen la base de
la comunicación social” y que como “fenómenos
contextualizados” son, por lo tanto, “resultado
de las condiciones en que surgen y operan en el imaginario social compartido”…
Se trata, en definitiva, de construcciones simbólicas, individuales o
colectivas, que sirven a los sujetos "para
interpretar el mundo, para reflexionar sobre su propia situación y la de los
demás y para determinar el alcance y la posibilidad de su acción histórica."
(I. Vasilachis)
No pretendemos concluir sobre un
asunto que como las representaciones y el imaginario continúa en discusión
aunque no en lo que las esencializa, lo cual ha permitido aprovechar los
elementos que se tienen como indiscutibles. Está claro, por ejemplo, que son
categorías de especial utilidad para el marco teórico de nuestro trabajo el que
el imaginario es independiente de las voluntades individuales “para comenzar a funcionar”, pero que
necesita de ellas “para materializarse”…;
que el imaginario es particularmente útil, como vimos, “para valorar y juzgar las acciones” y, en este sentido, el
imaginario es el resultado “de una
compleja red de valoraciones que se manifiesta en lo simbólico; es decir, en el
lenguaje y los valores” pero es en la práctica social de los individuos
donde encuentra concreción; finalmente, que el imaginario se relaciona con la
memoria colectiva. (A. Uzín Olleros, versión electrónica) Vale la pena concluir
con lo que apunta B. Baczko cuando afirma que “La función unificadora de la memoria colectiva y de sus símbolos se
manifiesta notablemente en las relaciones que se establecen entre las
generaciones.” En este sentido, debería distinguirse entre la memoria corta
y la memoria larga, en donde la corta “se
organiza alrededor de una experiencia común, por lo general la de un
‘acontecimiento choque’ –afirma Baczko–, vivido por una clase determinada por la edad durante su juventud y que,
por lo tanto, define precisamente a esta clase como una generación.” El
establecimiento de la memoria larga es por medio “de todo un mecanismo social de transmisión de símbolos, mitos,
rituales, etc., propios de una comunidad definida, que se refiere a un pasado
lejano, en particular el de los ‘orígenes’, y lo reactualiza.” (B. Baczko,
pp. 186-187). Ambas memorias y la reactualización refieren tanto la estabilidad
como el dinamismo de la cultura y por ello de cuanto está contenido en todo
imaginario.
Es evidente entonces que asuntos como
la mentalidad (o mentalidades), la imaginación y la fantasía tienen que ver con
el imaginario y las representaciones y, evidentemente, con lo que entendemos
como cultura, siempre en términos antropológicos. Y es que el imaginario, como
depositario de memoria colectiva permite identificar percepciones, tanto las
que cada individuo tiene sobre sí mismo como las que los otros tienen sobre él,
sean coetáneos o sujetos históricos… Lo mismo puede afirmarse de los eventos y
otros componentes o aspectos de la cultura, a los que el ser humano como ser
social e histórico está sujeto, puesto que todo Hombre, consciente o
inconscientemente se mueve tanto en el plano sincrónico como en el diacrónico…
Tomamos aquí sincrónico como proceso o efecto que se desarrolla en
correspondencia perfecta temporal con otro proceso o causa o coincidencia de
hechos y fenómenos en el tiempo; y diacrónico como fenómenos que ocurren a lo
largo del tiempo, en oposición a los sincrónicos y como aquello que es producto
del desarrollo o sucesión de hechos a través del tiempo…
Esto es lo que universaliza las
mentalidades hasta convertirlas en una categoría analítica con la que la
Antropología y la Historia, principalmente, se han planteado hasta el momento
significativas explicaciones –y conclusiones de especial importancia– sobre la
naturaleza humana en sociedad. Significativas, decimos, porque en combinación
con la psicología social se demuestra con datos provenientes del trabajo de
campo, con información sobre el pasado y con datos que proceden del escenario
psíquico, que “es por medio del
imaginario que se pueden alcanzar las aspiraciones, los miedos y las esperanzas
de un pueblo”, según afirma Baczko, quien enriquece sus consideraciones
particularizando que en el imaginario “las
sociedades [y nosotros añadimos: el individuo] esbozan sus identidades y objetos, detectan sus enemigos [y
añadimos: sus amigos] y, aún, organizan
su pasado, presente y futuro.” Se trata, considera de Moraes, “de un lugar estratégico en que [se] expresan conflictos sociales y mecanismos de
control de la vida colectiva.” Pudiera decirse, concluimos, que como
escenario de la mentalidad, el imaginario, “además
de factor regulador y estabilizador, también es la facultad que permite que los
modos de sociabilidad existentes no sean considerados definitivos y como los
únicos posibles, y que pueden ser concebidos otros modelos y otras fórmulas.”
(B. Baczko, 1990, p. 54; B. Baczko, 1955, 5:403 y Dênis de Moraes, versión
electrónica)
De la imaginación y
la fantasía
Y la imaginación y la fantasía, ¿qué
papel juegan en la circunstancia teórico-metodológica de esta investigación? En
la literatura que existe hasta el momento sobre estos tópicos, apreciamos –palabras
más, palabras menos– coincidencia y claridad en la conceptualización
respectiva… En el caso de la imaginación, las cuatro acepciones más conocidas
no dejan de imprimir cierta polisemia en la definición… Se dice que imaginación
es tanto la facultad del alma que representa las imágenes de las cosas reales o
ideales; o la aprensión falsa o juicio de algo que no hay en realidad o no
tiene fundamento; o como la facilidad para formar nuevas ideas, nuevos
proyectos, etc. o que es la imagen formada por la fantasía (DRAE). En esta
última, imaginación y fantasía se hermanan y son presentadas como acciones
complementarias. No discerniremos esto, sin embargo, pues hemos preferido
incorporar a nuestro marco teórico dos de las tres consideraciones clásicas que
sobre la imaginación hacen las Ciencias Sociales: la imaginación como
representación y la imaginación como invención…
En el primer sentido, la imaginación
vendría a ser el soporte de la idea, puesto que “repite el acto de la percepción y no la representación directa.” A
esto ya nos hemos referido en líneas anteriores. Habría que añadir, que el
soporte al que se refiere la aseveración es lo que le proporciona a la idea la
consistencia necesaria –por decirlo de alguna manera– para que “se instale” en la conciencia, lo que a
su vez explica que “En ausencia de toda
sensación externa es la imaginación la que proporciona la ‘materia prima’ del
pensamiento.” (L. de la Rosilla Sánchez-Arjona, I:1052-1053) Pero no es un
punto que queremos destacar, excepto en la medida de su relación con el
discurso antropológico y, en este sentido, habría que recordar que el ser
humano es para la antropología una unidad bio-psico-social que siempre se
expresa en el plano de lo concreto como la interconexión de sus tres
componentes, independientemente de que a veces pareciera que uno predomina
sobre los otros…
En cuanto a la imaginación como
invención, suele homologársela con la expresión invención científica, puesto
que potencia un extraordinario elenco de recursos manipulables de manera
científica… Es en estas aguas en las que navega C. Wright
Mills, con una interesante propuesta metodológica en la que la imaginación
juega un papel de trascendencia y que denominó imaginación sociológica. Mills
la concibe como “una cualidad mental que
parece prometer de la manera más dramática la comprensión de nuestras propias
realidades íntimas en relación con las más amplias realidades sociales”, y
explica que “No es meramente una cualidad
mental más entre el margen contemporáneo de sensibilidades culturales: es la
cualidad cuyo uso más amplio y más hábil ofrece la promesa de que todas esas
sensibilidades –y de hecho la razón humana misma– llegarán a representar un papel más importante en los asuntos humanos.”
(C. Wright Mills, p. 34) Pero quizá el atractivo más conspicuo de esta
propuesta sea el propósito del autor de “definir
el significado de las ciencias sociales para las tareas culturales de nuestro
tiempo.” (p. 37)
En efecto, algunas disertaciones
recientes han enriquecido de manera significativa la imaginación sociológica
como categoría. Anne Mesny (1998), por ejemplo, plantea que “las gentes ordinarias han desarrollado una
"imaginación sociológica" alimentada de la apropiación rutinaria del
conocimiento en ciencias sociales, [y que] esta imaginación sociológica caracteriza por tanto la construcción de
identidades personales.” Para Mesny, esta imaginación es definida como “la capacidad de ‘ver lo social en lo
individual’, sosteniendo, dice, que “las gentes ordinarias han desarrollado una
imaginación sociológica.” (A. Mesny, versión electrónica) Alberto Moncada,
por su parte, ha destacado que “De la
imaginación sociológica vamos echando mano a medida que maduramos a la vida y,
aunque ésta es más sabrosa cuando no la analizamos constantemente, puede
resultar desastrosa si prescindimos de ella.” Califica esa imaginación “como el currículo invisible de nuestro
aprendizaje vital, una maduración progresiva que nos ayuda a defendernos de los
poderes más concluyentes. Porque los poderes y sus apéndices ideológicos tratan
no sólo de gobernar la realidad sino, sobre todo, de imponer su interpretación
sobre ella.” (A. Moncada, versión electrónica)
Se trata, en última instancia –y este
es un punto especialmente atractivo de la propuesta– de que “el pueblo” ha
echado mano de cuanta argumentación ha producido la ciencia, “para entender el mundo”; y un escenario
especialmente interesante es todo ese imaginario que reposa, por ejemplo, en
los refranes, catalogados, entre otras cosas, como “sabiduría popular”; o en la
novela picaresca, o en la “medicina alternativa” que promete el conocimiento de
plantas y otros productos naturales, o las mil formas que ha encontrado el
común para defenderse de las decisiones de los poderosos y de la miseria y de
la inseguridad y de tanta cosa mala, e impuesta, que nos atosiga…
Y la fantasía…, ¿qué papel puede
jugar en este marco teórico? Ha sido definida como esa facultad que tiene el
ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas, de
representar las ideales en forma sensible o de idealizar las reales y también,
como grado superior de la imaginación, en cuanto ésta inventa o produce (DRAE).
Esto significa, entre otras cosas, que imaginación y fantasía parecen moverse
dentro de fronteras un tanto frágiles y quizá sea en este sentido que Ernst
Bloch propone que en tanto la imaginación es una suerte de “imaginario alternativo a una coyuntura
insatisfactoria”, la fantasía “nos
aliena en un conjunto de ‘imágenes exóticas’ en que buscamos compensar una
insatisfacción vacante o difusa.” (Cit. por D. de Moraes) Por otro lado,
Bloch se refirió en varias ocasiones a conceptos que como creación y utopía
juegan espacio especial en su pensamiento, según algunos de sus biógrafos.
Interpretando sus apreciaciones, se sabe que para él lo esencial de la creación
es el abordaje de lo que aún no nos es familiar o lo es muy poco, refiriéndose
a lo que todavía no se ha materializado o que no ha sido claramente percibido
por los contemporáneos. Quizá podamos ver aquí una relación metodológica bastante
directa con lo que se ha propuesto como imaginación sociológica. Y en cuanto a
la utopía, vuelve sobre su concepción sobre la fantasía cuando afirma que
aquélla nace de la crisis de la verdad, del desfase entre verdad y realidad, es
decir, que ser y verdad no coinciden, y que el ‘objeto utópico’ se manifiesta
en imágenes anticipadoras en las que la fantasía es un elemento fundamental,
suerte de proceso en el que la utopía sería principio regulador de lo real, de
lo otro, órgano metódico para lo nuevo.
¿Existe el diablo?
Creemos, empero, que faltaría algo a
estas consideraciones de carácter teórico y es la pregunta de si existe el
diablo…, que así, de sopetón, casi sin previo aviso, me hicieron varias
personas cuando les hablaba del presente trabajo. Yo mismo me la hice, tanto a
propósito de esta investigación, como hace muchos años, cuando en tiempos de
nuestra adolescencia algo que no era Dios nos amenazaba desde las páginas del
catecismo… Podría afirmar, inclusive, que a esa edad corresponderían las
primeras inquietudes sobre el diablo y el mal, porque una de las primeras ideas
que a uno le hacen asociar con el mal es la imagen del diablo.
Muchas vueltas se le podrían dar a
este asunto, tal y como lo hace la cantidad de material que existe hasta el momento…
Infinidad de caminos, atajos, vericuetos han sido recorridos y abordados para
afirmar que no, para afirmar que sí y, sin embargo, no tenemos testimonios de
que realmente exista, lo que daría la razón a quienes piensan lo contrario…
Pero no es tan sencillo, como ha sido demostrado, pensar este asunto en esos
términos, a no ser que se quiera ignorar la sarta de matices que se deben
convocar cuando se habla del diablo, del mal y sus afines…
Pero comencemos por el principio…
Etimológicamente, existir proviene de exsistere,
que significa tener una cosa ser real y verdadero, términos estos dos demasiado
relativos, ciertamente, según se colige de las disquisiciones que al respecto
ha expuesto la filosofía desde sus más tempranas consideraciones. Real, en efecto,
refiere aquello que tiene existencia verdadera y efectiva, en tanto que
verdadero, en dos de sus acepciones, es aquello que contiene verdad y que es
real y efectivo… Pero, ¿qué tanto dice esto? Se acepta, en todo caso, que
existir es la acción que ejerce un sujeto de hallarse, de ser, vivir, estar,
haber; de encontrarse una cosa en otra…
Del discurso filosófico, que asume el
término existencia, nos parece aprovechable la conclusión a que llega Ferrater
Mora, cuando se pregunta “si hay algún significado común en el uso actual del
vocablo existencia”, y responde: “Creemos
que lo hay: es el que se deriva de concebir la existencia como un modo de ser,
que no es nunca dado, pero que tampoco es puesto […]; un modo de ser que constituye su propio ser, que se hace a sí mismo. La
existencia es entonces –dice– lo que forja su propia esencia, lo que crea su
propia inteligibilidad y hasta la del mundo en la cual se halla sumida.”
(J. Ferrater Mora, II:1170) Ese mundo, por supuesto, no es otro que el humano,
y que dispone, entre otros mecanismos menos sutiles, si se quiere, de las
palabras, que son mecanismos para nombrar las cosas, materiales o no.
En este sentido, el asunto de la
existencia involucra tantas áreas del conocimiento humano como haya que o por
conocer, en su pasado y en su presente, de tal manera que explicar la
existencia o inexistencia del diablo, se vuelve materia antropológica,
sociológica, psicológica, histórica…, pero no en una estructura de
compartimientos estancos, sino en la combinación interdisciplinaria de sus
especificidades… Pero el punto de partida, necesariamente lo proporciona el
discurso psicológico pues es la psique el escenario a donde va a parar todo
cuanto elabora el ser humano acerca de sí mismo, de los demás, de sus historias
como individuos, de su historia como grupo y como especie, de sus creaciones o
cultura tanto del pasado como del presente; de sus deseos, oclusiones,
aspiraciones, aciertos, fracasos, sensibilidades, en fin, de las
representaciones o imaginario… Toda esta experiencia sociohistórica se
verbaliza, en primer lugar, y es lo que socializa a la palabra haciendo del
lenguaje el vehículo por excelencia de la cultura… Idea y verbo se vuelven
catarata imparable para pensar y decir, traduciendo el flujo a un flujo de sentimientos
que revelan sensibilidades que a su vez revelan mentalidades, que terminan,
como el imaginario, por supraorganizar y suprafuncionar por sobre el ser humano
(valga la redundancia)
El diablo –y cualquiera de sus
encarnaciones–, aun visto en el resumen de este escenario bio-psico-social –especie,
mente y sociedad, trinidad profana de las ciencias del Hombre– existe,
entonces, porque el ser humano cree que existe…, y existe, inclusive, tanto en
el interior como en el exterior del Hombre… En él, porque el mal es parte de la
naturaleza humana, según podemos colegirlo de la ya larga experiencia humana,
en la que lo que se tiene como malo ha dejado una estela deslumbrante y
repetitiva hasta nuestros días…; y fuera del Hombre, porque para espantar al diablo
y prevenir sus acciones y protegerse de ellas y curarse de sus influjos, el
Hombre tuvo que inventar a Dios, es decir, el bien por excelencia… No otra cosa
explica que a pesar de la variedad cultural que ha caracterizado a la
humanidad, la manipulación del bien para vencer el mal sea prácticamente
universal, presente, por ello, en todas las sociedades humanas, aun por sobre
creencias y convicciones individuales o grupales de lo contrario…
Así, la existencia del diablo se
institucionaliza, o luce como tal o, en todo caso, como algo establecido o
fundado, con principios o elementos que sustentan su existencia. Podría decirse
que el diablo ha creado su propia inteligibilidad y ha forjado, por ello, su
propia esencia y la del mundo y circunstancias al que se cree pertenece. Así,
el diablo no tiene por qué mirarse, ni considerarse siquiera, como una entidad
con significación lógica, que ni tiene ni necesita pues se presenta en el
imaginario con fuerza propia, cuyo núcleo inicial fue recargándose con ella desde
su nacimiento o, mejor dicho, desde que se comenzó a creer que existía…
Como parte de las fuerzas metafísicas
con las que el humano tuvo que vérselas desde los inicios de la vida social,
está el hecho del problema del Hombre en el universo y el dominio de éste,
según lo revelan las antiquísimas tradiciones que desde todo el globo terráqueo
han llegado hasta nuestros días. Cada tradición y todas juntas dicen algo –sencillo,
complejo– acerca de lo religioso en el ser humano. Y no hablemos del tejido que
los hombres de todas las épocas han logrado confeccionar con términos, rasgos,
elementos, culto, sensibilidades hacia lo desconocido, en tanto que ese tejido
explique más cosas inclusive que las explicaciones tenidas por racionales…
Y la cuestión se enrumba hacia los
predios de la institución eclesiástica, y en el primer concilio de Braga –Portugal,
561– la Iglesia Católica toma posición acerca de la existencia del diablo,
entre otras razones, para contrarrestar las posturas de los priscilianistas y
maniqueístas, quienes creían que el demonio no había sido creado por Dios: “Si alguno dice que el diablo no fue primero
un ángel bueno hecho por Dios, y que su naturaleza no fue obra de Dios, sino
que dice que emergió de las tinieblas y que no tiene autor alguno de sí, sino
que él mismo es el principio y la sustancia del mal, como dijeron Maniqueo y
Prisciliano, sea anatema.” Se iba así contra la postura dualista que ve en
Dios el principio del bien y en el diablo “el
principio y la sustancia del mal.” Asimismo, “Si alguno cree que el diablo ha hecho en el mundo algunas criaturas y
que por su propia autoridad sigue produciendo los truenos, los rayos, las
tormentas y las sequías, como dijo Prisciliano, sea anatema”, y también que
“Si alguno dice que la creación de la
carne toda no es obra de Dios, sino de los ángeles malignos, como dijo
Prisciliano, sea anatema.” El cuarto concilio de Letrán (1215) reafirma de
manera solemne y precisa: “Porque el
diablo y demás demonios, por Dios ciertamente fueron creados buenos por
naturaleza; mas ellos, por sí mismos, se hicieron malos. El hombre, empero,
pecó por sugestión del diablo.” La primera idea había sido ya planteada por
el Papa Inocencio III (1198-1216) en la carta Eius exemplo al arzobispo de Tarragona, de 18 de diciembre de 1208
donde dice: “Creemos que el diablo se
hizo malo no por naturaleza, sino por albedrío.” (E. Denzinger, versión
electrónica) A propósito del albedrío, San Agustín de Hipona (354-430) había
escrito que “La muerte de Cristo y Su
resurrección han encadenado al demonio. Todo aquel que es mordido por un perro
encadenado, no puede culpar a nadie más sino a sí mismo por haberse acercado a
él.”[1]
A lo largo de su historia, la Iglesia
Católica no ha hecho sino afirmar su fe en la existencia del diablo como parte
nodal de su magisterio… Silverio Zedda sostiene, por ejemplo, que “la tradición viva de la Iglesia es quizá el
argumento más fuerte a favor de la doctrina sobre el diablo, los diablos y los
ángeles”, que es el contexto en el que trabaja el exegeta bíblico. (J.
Navone, versión electrónica). Ambas consideraciones son importantes porque esta
institucionalización de la existencia del diablo ha nutrido buena parte de
nuestro imaginario judeo-cristiano, proporcionando insumos para la elaboración
de nuestras representaciones sobre el mal y el bien… Y es interesante que esta
fe de la Iglesia en la existencia del diablo es más pronunciada en el Nuevo
Testamento.
Muchos nombres y otros atributos
ofrece la Biblia sobre la encarnación del mal… Abaddón (en hebreo) y Apolión
(en griego) o Destrucción (Ap 9, 11), ángel del abismo (Ap 9, 11), ángel de luz
(2 Cor 11, 14), malo demonio Asmodeo (Tob 3, 16), Baalzebud, príncipe de los
demonios/dios de Acarón (2 Rey 1, 3; Mt 9, 34), Belcebú (Mt 10, 25; 12, 24 y
27; Mr 3, 22; Lc 11, 15, 18 y 19) Belial (Satanás) (2 Cor 6, 15), Demonio (Jdt
9; Hech 10, 38), dios de este mundo (2 Cor 4, 4; Ef 2, 2), Aquel Jefe del reino
de los espíritus (Ef 2, 2) tropiezo (Mt 16, 23), no piensas [Satanás] (Mc 8,
33), como un rayo (Lc 10, 18), se disfraza (2 Cor 11, 14), Monstruo, (Ap
12-13), enorme Monstruo (Ap 12, 9) hijo de la aurora (Isa 14), Legión (Lc 8),
el Maligno (Mt 13; I Jn 5, 19; I Jn 2, 3 y 5; 2 Jn 5, 19; 2 Tes 3; Ef 6; Ap 13,
1-8), príncipe (Dan 10), príncipe de la potestad del aire (Ef 2), príncipe de
este mundo (Jn 12, 31; 14, 30; 16, 11), Satán (Job 1, 6 y 2, 7); I Cro 21, 1;
Zac 3), fuerzas del Engaño (2 Tes 2, 11-12) Satanás (Mt 4, 1-11 y 16; Mc 1, 4 y
8; Jn 13; Lc 10, 11, 13 y 22; Rom 16; 1 Cor 5; 2 Cor 11 y 12; 1 Tim 1; 1 Tes 2;
2 Tes 2, 9; Ap 3, 12 y 20; Job 1 y 2; He 5 y 26), serpiente antigua (Ap 20, 2 y
9), el que está en el mundo (1 Jn 4), adivinador (He 16), de cobardía (2 Tim
1), el acusador (Zac 3; Ap 12), ciego y mudo (Mt 12), de disputa (Stgo 3), el
enemigo (Mt 13), de envidia (Fil 1), de error (1 Jn 4), el espíritu que obra en
todos los hijos de la incredulidad (Efe 2), el espíritu secular de este mundo
(Efe 2), demonio de la muerte (Heb 2, 14), vuestro enemigo (1 Pe 5, 8), como
león rugiente (1 Pe 5, 8), de fornicación (Os 4 y 5), homicida (Jn 8), el
Inicuo (2 Tes 2), el rebelde, el Rebelde (2 Tes 2, 4), peca en principio (1 Jn
3, 8), espíritu de mentira (2 Rey 22, 21-23), mudo (Lc 11, 14; Mt 9, 33; Mc 9,
17-18), mentiroso y padre de toda mentira (Jn 8, 44; Ap 2, 9; 3, 9), de
rivalidad (Fil 2, 3), seductor (1 Tim 4, 2), de venganza (Ez 25, 15), seductor
del mundo entero (Ap 12, 9), el tentador (Gén 3; 2 Cor 11, 3; 1 Cor 11, 3; Ap
2, 10; 1 Tim 2, 14; Mt 4, 1-2), enemigo de toda justicia (Ef 4, 27), Diablo o
Satanás (Ap 12, 9), asesino de hombres (Jn 8, 44), Diablo (Ap 2, 12 y 20; Mt 4,
13 y 25; He 10, 38 y 13, 10; Jn 6, 8 y 13; Lc 4 y 8; 1 Jn 3; 1 Tim 3; Sab 2,
24; 1 Pe 5; Stgo 4; Heb 2, 14; Ef 4 y 6; 2 Tim 2), serpiente que engaña (Gén
3); descarriador (1 Tim 5, 15), astuto (2 Cor 2, 11), ángeles malos (Mt 24, 41;
Lc 11, 18), lobo con piel de oveja (Mt 7, 15), enfermedad (como influjo
diabólico) (Lc 13, 16; 2 Cor 12, 7)…[2]
Los llamados Padres y Doctores de la
Iglesia desarrollaron, por supuesto, gruesas líneas para trazar una amplia
doctrina sobre el demonio, pero que no trataremos aquí… Destacamos, sí, las
convicciones demonológicas que en el período monástico desarrollaron personajes
como Evagrio Póntico (Tratado sobre la
plegaria; Tratado práctico) y
Casiano el Romano (Instituciones
cenobíticas; Colaciones espirituales).
Tal es la convicción en la existencia del diablo que un número significativo de
monjes huían del mundo hacia el desierto –monacato primitivo, 251 (otros: 271)
al 530–, para combatir al demonio, como lo hizo Cristo, en su propio terreno…
(C. García M., pp. 228-278)
Póntico y Casiano afirman que los
demonios, en efecto, son ángeles caídos, que atacan a los hombres en sus
niveles más vulnerables –cuerpo, sentidos, fantasía– pero que la voluntad del
ser humano es la mejor arma contra tal ataque… Particularizan su afirmación
diciendo que los demonios se sirven para su permanente asedio, sobre todo de
los logismoi, es decir, de las
pasiones y los pensamientos y, sobre todo, de los impulsos desordenados y persistentes
u ocho espíritus malvados: gula –que llama, gastrimargía, literalmente
"locura del vientre"–, fornicación o lujuria, avaricia, tristeza,
cólera o ira, vanagloria, orgullo o soberbia y acedía, en sus acepciones de
pereza, flojedad y tristeza, angustia. (E. Póntico, versión electrónica) En su
importante obra para la vida monástica, además, describe las pasiones y cómo
luchar contra ellas, dentro de lo que destaca que sin una profunda y sincera
humildad no se puede vencer ninguna pasión, y que la perfección y la pureza
sólo se alcanzan con la verdadera humildad… A San Juan Escalerista, por otro
lado, no se le escapan advertencias como que la risa fuera de ocasión, a veces
nace del demonio y en San Jerónimo el catolicismo encuentra especial apoyo por
la particular alianza que debe tener el cristiano con el poder salvador de
Cristo. Dice el santo, que “Jesús mismo,
nuestro jefe, tiene una espada, y avanza siempre delante de nosotros, y vence a
los adversarios. Él es nuestro jefe: luchando Él, vencemos nosotros.”
(Corpus Christianorum Latinorum, CCL, 78, 63) Y es famosa su frase: “Trabaja en algo, para que el diablo te
encuentre siempre ocupado”.
El siglo XX ha sido particularmente
vigilado por varios pontífices, hasta el punto de que algunos no dudan en
hablar de un claro “lado oscuro” en
dicha centuria que atribuyen “al influjo
diabólico”. Pío X, por ejemplo, se plantea la monumental tarea de “instaurarlo todo en Cristo” porque “Nuestro mundo sufre un mal: la lejanía de
Dios. Los hombres se han alejado de Dios, han prescindido de Él en el
ordenamiento político y social. Todo lo demás son claras consecuencias de esa
postura” y parafraseando a San Pablo –2 Tes 2, 3– afirma que “Ya habita en este mundo el hijo de la
perdición” (Supremi apostolatus cathedra. 1903, AAS 36, 1903, pp. 131-132)[3] Y Pío XI, en franca condenación
al comunismo, afirma: “Por primera vez en
la historia, asistimos a una lucha fríamente calculadora y arteramente
preparada por el hombre contra todo lo que es divino.” (Divini Redemptoris,
1937, 19-III, p. 22) Pío XII, por su parte, ratificaba en 1950: “Este espíritu del mal pretende separar al
hombre de Cristo, el verdadero, el único Salvador, para arrojarlo a la
corriente del ateísmo y del materialismo.” (Nous vous adressons, 1950,
3-VI)
El Concilio Ecuménico Vaticano II
(1962-1965) –concebido por Juan XXIII como "agiornamento" o puesta al
día de la Iglesia (renovación de los elementos que necesitaren de ello y una
revisión del fondo y la forma de todas sus actividades)– es contundente cuando
afirma que la esencia de la obra de la Iglesia es arrancar a los hombres de la
servidumbre del error, es decir, del diablo, y recuerda que Cristo tiene poder
sobre el demonio (Lumen gentium, 21.11.1964, pp. 17 y 5), amén de que el nuevo
rito del bautismo conserva el exorcismo al bautizado, practicado desde antiguo.
Importante es también la declaración
de Pablo VI, cuando en la Audiencia General del 15.11.1972 reafirmó la fe
cristiana en la existencia del diablo “o
espíritu del mal personal”… Aclaraba el Papa que no hablaba metafóricamente
al afirmar que “el mal no es solamente
una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y
pervertidor. Terrible realidad –decía–. Misteriosa
y pavorosa.” Presentaba al diablo como “el
enemigo número uno”, como “el
tentador por excelencia”, y recordaba que gracias a la Biblia “Sabemos […], que este ser oscuro y perturbador existe de verdad, y que con astucia
alevosa sigue obrando”, y que “es el
enemigo oculto que siembra errores y desventuras en la historia humana.”
Pero Pablo VI fue más allá al
precisar –seguramente para referirse a uno de los signos de estos tiempos– que
cuantos desdeñan reconocer la existencia del diablo “se salen del cuadro de las enseñanzas bíblicas y eclesiásticas”, y
afirma que “Podemos suponer su acción
siniestra allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda,
donde la mentira se afirma hipócrita y poderosa contra la verdad evidente,
donde el amor es extinguido por un egoísmo frío y cruel, donde el nombre de
Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde, donde el espíritu del
evangelio es alterado y desmentido, donde la desesperación se afirma como la
última palabra.” El 29 de julio de 1972 Pablo VI pronunciaba una frase que
no dejó de conmover al mundo, en general, y al católico, en particular, cuando
afirmó: “Se diría que a través de alguna
grieta, ha entrado el humo de Satanás en el Templo de Dios… ¿Cómo ha ocurrido
todo esto? Ha habido un poder, un poder perverso: el demonio.”
Juan Pablo II, por su parte, ha
exhortado en varias ocasiones a protegerse de la presencia preocupante del mal.
En el primer domingo de cuaresma –17.2.1002– se refirió a la vigilancia “para reaccionar con prontitud a todo ataque
de la tentación.” Recordaba que el cristiano tiene en la oración, los
sacramentos, la penitencia, la meditación de la palabra de Dios, la vigilancia
y el ayuno, armas poderosísimas “para
afrontar el diario combate contra las sugerencias del mal”… pues “el demonio, príncipe de este mundo, continúa
todavía hoy con su acción falaz.”
Al trasluz de esta urdimbre parecen
despejarse dos brillos que nos involucran sensiblemente como cultura: la
estructuración y funcionamiento históricos del demonio, construcción que fue
creciendo según la dinámica del asentamiento del cristianismo y el hecho de que
no podría haber, entonces, una imagen permanente del demonio –que, en
definitiva, es una idea–, lo que se traduce en las sensibilidades de cada quien
y de cada cultura… De las andanzas del diablo, fisonomías, muestras, rostros,
peculiaridades en Venezuela es de lo que trata este ensayo.
De las partes del
presente trabajo
Las circunstancias de carácter
teórico en las que hemos enmarcado este trabajo son el resultado de las que
como antropólogo y etnohistoriador hemos visto a lo largo de varios años en el
oficio acerca de cómo los seres humanos han manipulado y manipulan sus
creaciones o culturas… Y en el caso que nos ocupa ahora, las posibilidades que
para detectarlo ofrece el bloque de consideraciones que vemos constituido por
las representaciones y el imaginario, principalmente, nos parecen escenario
idóneo para desplegar este ensayo, de corte etnohistórico, sobre el diablo en
Venezuela. De corte etnohistórico, decimos, porque hemos procurado equilibrar
principalmente las metodologías antropológica e histórica, sin pretender agotar
las enormes posibilidades que ofrece la etnohistoria cuando se trata de
reconstruir culturas o alguno de sus aspectos.
Los resultados los vertemos aquí
distribuidos en cuatro partes. Las dos primeras tienen como contornos
particulares el tiempo colonial y el republicano, respectivamente, no con el
ánimo de historiar al diablo en Venezuela, lineamiento en el que este trabajo
estaría incompleto, sino que utilizamos aquellos períodos por los perfiles
bastante definidos que “adquiere” y muestra el diablo, como idea traída por
España, sembrada y perseguido por ella como aspecto indisoluble de la
cristianización… Esto explica porqué no aparece aquí el tiempo prehispánico, en
el que por razones obvias no está presente el diablo, aunque sí, por supuesto,
el concepto de mal. (R. Strauss)
En la primera parte referimos los peninos del diablo en nuestra historia
y cómo, desde distintos escenarios, fue instalándose en nuestro imaginario…
Comienza a manifestarse en las acciones mismas de los conquistadores, que
parecieron tan evidentes al fraile Montesinos que intentó espantarlas del
Caribe y de aquellas primeras huestes endiabladas… Conquistar y evangelizar,
espada y cruz, fueron dos formas de convocar al diablo, porque no hay salvación
sin Satanás, sin demonio, sin Lucifer… y no hay conquista de un pueblo por
otro, ni imposición de cultura, ni coloniaje, ni el etnocentrismo y sus
implicaciones, sin que el mal se revele con sus olores putrefactos. Y algo de
diabólico tuvo la duda teológica de si el indio era humano, que será subsanada
con la Sublimis Deus o los indios son
gente… Y entonces, como tales, debían ser cristianizados, adoctrinados en las
nuevas ideas, y la Iglesia Católica echa mano de su menú de prohibiciones para
imponer su norte suprimiendo y extirpando cuanto oliera a demonio, que fue
todo, menos la mano de obra que espada y cruz explotarían hasta más allá de la
saciedad…
Fue guía indispensable el catecismo y
cuanto escrito permitido distrajera del pecado e incitara a la derechura. Había
que vigilar, sin embargo, y se prohíben fiestas de albedrío pagano, mientras se
exaltan las de corte sagrado, las fiestas de guardar, en tanto que lo
reinterpretado por “el otro” echa también a andar en una suerte de paralelismo
que parece mantener y recobrar la libertad humana para la creatividad y que la
doctrina y la vigilancia eclesiástica califican de libertinaje… Lo que
estábamos creando, lo que empezó a surgir como auténtico nuestro americano, fue
bautizado de nuevo por la tinta sagrada como cosa del diablo, aunque el demonio
no estaba, en realidad, en ninguna parte, pero sí que parecía residir de lo más
cómodo en el doble discurso moral de prácticamente todos, que entonces comenzó
a convertirse en respuesta para la convivencia y para la conveniencia humana.
Lo vemos, por ejemplo, en las Visitas de obispos a su grey, en las que
encontraron todo lo prohibido y muy poco de la devoción implantada…
Otras tensiones atosigan desde
temprano los campamentos del coloniaje… Se piensa afuera en cosas distintas a
las intenciones y al discurso eclesiásticos; se registran en libros y la
vigilancia inquisitorial los convierte en demonios de papel y tinta… El Santo
Tribunal encontró entonces demasiados demonios. Y los proscritos –asesinos de
Cristo, les recuerdan–, andan por estas partes aumentando sus bienes materiales
mientras siguen esperando al Mesías y embochinchan al mundo junto con los
masones, y la parte más tosca, su peor parte, la levantisca, la que se viste con
atuendo anticlerical y actúa contra el rey, puede manchar y empequeñecer la
estirpe peninsular y es tenido Tirano –demonio, por más señas–, execrado al
olvido, quizá para esconder atrocidades de otros, y el común, como para no
castigarlo tantas veces, trueca al Aguirre en fuego fatuo y parece que lo
desglosa en luces de libertad primaria… Y el mar inmenso –que luce pequeño
porque sólo las ambiciones ibéricas quieren caber en él– tiembla desde las
fauces del pirata, investido de infierno, fumigador de azufre, por lo tanto,
pues se sienten con iguales derechos de asediar con sus ganas el Dorado…
¿Tal es la angustia, el diablo, que
se viven aquí que se trastoca la imagen intercesora de la Virgen María por una
María Madre que saca a las almas del infierno? ¿Y si el diablo la engaña y la
Virgen lo saca del averno pintado? Quiere la iglesia luchar contra el engaño y
manda a que repinten la pintura y la Señora de la Luz se quedó sin infierno, y
las almas caídas en la desgracia de las llamas al óleo se quedaron sin madre…
Pero como con tantos otros mandatos y prohibiciones de la Iglesia, el común
ensordeció ante la gritería de quien infunde miedo, como si el Dios que
trajeron fuera malo, y apela a la creatividad con la que afortunadamente la
Inquisición y el doble discurso y la hipocresía no pudieron…
Y al negro esclavo se lo llamó de
todo, se le hizo de todo, se le tergiversó la humanidad para tenerlo como cosa;
se le condenó sin ambages al infierno del blanco, como si el de la Iglesia no
fuera suficiente…; y por la sangre y las llagas que como a Cristo le sacaban,
por el carimbo odioso que los ratificaba como cosas movientes, por su
naturaleza humana y sus ganas de ser, se aliaron con sus dioses y ancestros –¿apenas
recordados?– y pidieron al dios prestado de las profundidades blancas ser como
casi todos, libres, y como todos, Hombres, pero se los apellidó mandingas, se
les hizo demonios, se los quiso callados y hasta se prefirió que se aliaran con
una componenda extrañísima de diablos que bailan ante Dios…
Finalizamos esta primera parte con
los registros que acerca del diablo y afines ofrece fray Juan Antonio Navarrete
en su Arca de letras y teatro universal
y con la información que acerca del purgatorio recoge en Venezuela Dauxion
Lavaisse a principios del siglo XIX de boca de Monseñor el Inquisidor y
empedernido jugador… El francés ilustrado le pregunta: “¿No cree usted, reverendo
padre, que a menudo suceda que muchos de vuestros auditores, heridos por lo
absurdo de vuestro purgatorio, terminan creyendo que toda la doctrina del
cristianismo es solamente una impostura?” Y le llama la atención sobre que
cuanto parece enseñarse no es “la moral
del evangelio” sino “prácticas
exteriores que para la mayoría de los hombres […] consiste la religión”…
1808-1936 es el marco de la segunda parte, y a pesar de que las
guerras por tantos motivos mueven tantos demonios, escogimos del cuadro los que
el imaginario que nos puebla como venezolanos ha venido teniendo como diablos.
Su paradigma, en los momentos álgidos de la revolución, es Boves, sin duda,
independientemente de que haya o no razones para ello, pero ya sabemos cómo
funcionan las representaciones y el imaginario… Esa revolución, en sus dos
bandos, produjo sus propios diablos, entre otras razones porque la guerra es uno
de los mecanismos de expresión del demonio, uno de los escenarios donde mejor
se muestra, se revela de manera contundente el demonio, pues la guerra es el
diablo, como ya estamos cansados de comprobarlo…
La evaluación de eventos y personajes
como diablos adquiere desde finales del tiempo colonial una dinámica especial…
Ha comenzado a emerger un nuevo orden, que cada vez tiene menos del diablo
medieval. Lo que va inaugurando la república va desplazando los temores al
diablo y abre cauces a ideas ilustradas, nuevas preocupaciones, diferentes
problemas vinculados más bien con la formación y el funcionamiento del nuevo
orden… Y en esto el diablo, como uno de los elementos ya incrustados en nuestro
imaginario, se va volviendo contenido de refranes, de anécdotas, de cuentos, de
leyendas; se exhibe prácticamente sin tapujos, sin pena, sin ninguna vergüenza,
y se usa para evaluar lo que cada quien ve de malo en cada quien… Podríamos
decir que las elaboraciones conceptuales sobre el mal se van haciendo menos
patrimonio de la Iglesia y pasa a ser conocimiento del ciudadano en libertad o
en su búsqueda…
Y es que si se mira bien, el diablo
jamás se apareció, jamás nadie vio el infierno, ni al diablo, amén de que el
pecado siempre era susceptible de ser perdonado. Se los vio, sí, en algunas
pinturas coloniales y se los escuchó en sermones y en los confesionarios y en
los relatos que inventaba todo el mundo para transgredir sin culpas las normas
del catecismo y las exigencias de la Iglesia… El blanco que procura a la negra,
y viceversa, inventaron, seguramente, apariciones para que otros no fueran a
procurar los goces carnales, quizá conseguidos por amor y a pesar de las
normas…; y el negro que para descansar y por necesidad de afecto huía de la
hacienda por las noches a picotear en jardines vetados, a recordar a sus dioses
y a sus ancestros en rituales de amor, tuvo que inventar diablos que
protegieran su osadía…, y así toda una trama de quehaceres prohibidos por
quienes menos derecho tenían de prohibir.
El diablo –¿fue siempre así?– comenzó
a tenerse como una fuerza dominable por la razón, lo cual explicaría las
libertades que a sabiendas del “poder del diablo colonial”, el Tirano hiciera
lo que hizo, y Boves y Antoñanzas y Suazola; y el Diablo Briceño actuara como
actuó y en nuestra Barcelona se retara el poder divino del papado y Rafael
Diego Mérida hablara como hablaba y se despotricara contra el clero porque el
clero, que se volvió engañoso, amenazará a los venezolanos con presencias de
diablo e infierno, sólo avistados por el fanatismo religioso, como siempre, en
realidad… Boves será demonio para los patriotas, como Bolívar lo será para los
realistas; y Briceño lo será para ambos; y aquel brote de galicanismo en
oriente será para la Iglesia en Venezuela muestra irrebatible del diablo
independentista… Y hasta 1936, y aún ahora, el diablo parece acosado porque
todos lo usan para todo, pero ya despojado de los miedos iniciales de cuando se
lo trajo… Todo cuanto acontece a los venezolanos que se salga del cuadro de lo
considerado bueno –salud, buen gobierno, buenos legisladores, cero guerra,
administración, distribución equitativa de la riqueza, Estado útil al
ciudadano…–, será considerado malo, cosa de Satanás, cosa del diablo…, siempre
desde los intereses, la visión y la sensibilidad según la clase social desde
los que se mire y según los intereses que de ello se deriven o se manejen… Una
interesante muestra, quizá, de este relativismo es que hasta los nombres de
Lucifer y El Diablo se le dan a dos medios de comunicación social.
La Iglesia Católica, poseedora
natural del demonio, tuvo que deshacerle las amarras para que el diablo se
llevara al infierno a cuanto bicho y bicha se opusieron y se opusieran al
sagrado discurso de sumisión al rey y de ovejas de un Dios que terminó siendo
mejor que el Dios manipulado por la cruz y la espada, entre otras cosas porque
era capaz de aceptar la libertad, de hacer ciudadanos a los súbditos y de
destruir al demonio socarrón, inauténtico y posible con el que la doctrina
eclesiástica amenazó durante tanto tiempo… “Al
cambiar de alguna manera aquel régimen, fue necesario que cambiase la parte
reservada al diablo y, puesto que continúa la mutación, el diablo debe
desaparecer. Una religión más tosca, una moral más rigurosa y la ignorancia introdujeron
al diablo e hicieron de él el monstruo que hemos visto; una religión más culta,
una moral más madura y la ciencia lo despojan poco a poco de las horribles
cualidades y del espantoso poder, lo abruman por todas partes, lo echan de la
conciencia, de la vida, del mundo.” (A. Graf, p. 259)
Una religión más culta, una moral más
madura y difusión de los resultados de las investigaciones científicas, deben
ser, sin duda “materia prima” del nuevo imaginario del ser humano que se
relaciona con la tosquedad de la religión que entre nosotros predomina, con los
rigores sin explicación satisfactoria de la moral que se nos inculcó, y con la
ignorancia, materiales de representaciones e imaginario en vías de superación…
La razón ciudadana ha puesto a andar sus intereses y cada vez da más
demostraciones del poder que le aguarda… Como colectivo universal, globalizado,
hemos entrado, sin duda, en otra etapa de las relaciones con el diablo…, al
que, para empezar, ya no se le “teme”, como en aquel momento en que la Iglesia
pudo haberse atenido solamente a la propia fuerza de la doctrina evangélica,
actitud suficiente para que el Reino de Dios luciera con su luz, pues la
bondad, el bien, la luz…, tienen, por definición, sus propios atractivos… Pero
no es tan simple el asunto, ciertamente, porque no hay que olvidar el rol que
en las cosas de la cultura juega la naturaleza humana, creando cuentos de
horror, encuentros con el rabudo, cachudo, azufroso, el del imaginario medieval
en despedida… Pero hoy andamos buscando ángeles y conmocionando las entrañas y
los sentimientos de todos maltratando de nuevo a Jesucristo, no sabemos si para
vendernos el paraíso, el premio, el cielo…
En la tercera parte –otros escenarios diablogenésicos– el diablo es más
versión popular, más expresión de aquella imaginación sociológica que esbozamos
en lo que denominamos marco teórico… Una lluvia –una cascada, más bien– de
relatos, oraciones, fórmulas, filtros, preparados y escenarios de todo tipo,
provenientes de diferentes fuentes, han sido convocados para que el lector se
pasee por cuanta muestra parece haber dado el demonio en Venezuela, incluidas
las que arrojaron en su momento las fantasías que fueron a parar como pecado en
la mentalidad del Santo Tribunal de la Inquisición… El asunto, por supuesto, es
más rico de lo que aquí lo presentamos…, lo que revela, por un lado, que sobre
un mismo asunto hay, y las encontramos, varias versiones –locales, regionales–;
y por el otro, es obvio que un pueblo que a fin de cuentas no anduvo de pipí
cogido –como se dice en México– con la Iglesia, tuvo más libertad para imaginar
y crear cuantas fantasías le viniera en gana, con lo que le suministraba, entre
otras experiencias, la misma institución y su doctrina y, sumado a ello, el
clásico proceso generalizado de intercambio y transformación culturales. Uno de
los resultados de las reinterpretaciones a que esto dio lugar es lo que se
ofrece en esta parte del trabajo. Porque el diablo se fue haciendo mito y
leyendas y memoria para explicar sobresaltos, angustias, trapisondas,
escapadas, placeres, escondrijos de algo apetecible, fracturas de las normas,
transgresiones, doctrina apenas, o no, entendida y un etcétera que podría ser
larguísimo… Algo de todo esto comenzó por ser, seguramente, anécdota, invento
personal, pero lo que se creó fue, quizá, tan útil, que el común, por
referirnos sólo a uno de los actores, no tuvo mayores problemas para
incorporarlos al imaginario y hoy nos acompañan aún, quizá sin la intención
explicativa que tuvieron, pero sí como contenidos que siempre llamarán la
atención al ser humano…, y más si los miramos también como expresiones de
sensibilidades individuales y colectivas…
En cuanto a la cuarta parte –El diablo en el discurso literario- lo que quizá
resulte más novedoso es la vinculación entre discurso literario e imaginación
sociológica… Así, partiendo de la apropiación que el común hace de los
postulados del conocimiento y de la reinterpretación de la que lo hace objeto,
estamos de acuerdo con Wright Mills en que los novelistas poseen aquel tipo de
imaginación pues sus disertaciones encarnan “las definiciones más difundidas de la realidad humana”… Las
distintas sensibilidades de cualquier sociedad suelen ser captadas, en efecto,
por los literatos, de una manera especial. Especial, sin duda, porque se trata
de producciones del entendimiento humano que se hacen con la palabra, ese
hermoso e imprescindible instrumento de expresión con el que el Hombre ha
sustentado desde el principio su capacidad para la vida social… Andamos por
predios de la semiótica, ciertamente, que Ferdinand de Saussure planteaba “como disciplina general que estudiaría los
signos en la vida social, y que abarcaría la lingüística, porque el lenguaje,
para él, era el más complejo de los sistemas de signos.” (O. Castro García
y C. Posada Giraldo, p. 145) Para la semiótica, dirá en 1974 Cesare Segre, “todo comportamiento humano comunica y es,
por tanto, significativo.” (O. Castro García y C. Posada Giraldo, p. 145)
Esto querría decir, entre otras cosas, que leer es decodificar un texto,
recrear sus significados, proceso y dinámica en los que “El texto se plantea como un acto comunicativo entre el autor como
productor y el lector como decodificador del mismo.” Es decir, que un texto
no tiene un único significado, entre otras razones, porque se mutilarían
intenciones, creatividad, imaginación, fantasía, un prometedor cuadro de
certezas, comentarios, preguntas…, o, lo que Roland Barthes ha llamado “lo plural del texto” (O. Castro García y
C. Posada Giraldo, p. 147) Esta convicción nos ha guiado para seleccionar
algunos cuentos, novelas, refranes de nuestra literatura, que no agotan, como
es fácil demostrarlo, la cantidad de guiños y “muestras del diablo” –para usar la atinada expresión de Pedro Gómez
Valderrama– que quedarían por cosechar en nuestro sembradío literario.
Iniciamos el recorrido en nuestro
tiempo colonial, con textos que van desde 1561 hasta 1806; comentamos el
corrido de Gil Parpacén sobre Guardajumo, el personaje que vivió entre
1780-1802 y seguimos con Zárate –cuya acción se ubica hacia 1825–, con Peonía,
Peregrina, En este país…, Doña Bárbara, Cantaclaro, Canaima, Pobre Negro,
Cubagua, Cumboto, Mene, prefiriendo más una inspiración temática que una
ubicación cronológica. El mismo criterio hemos seguido para estructurar el
aparte Breves reseñas de otras piezas de nuestra literatura, en el que
destacamos a Salvador Garmendia y el libro La tentación de la carne, de E.
Hernández D’Jesús; a Ednodio Quintero (El combate), Israel Centeno (El rabo del
diablo y otros cuentos), Adriano González León/Daniel González
(Asfalto-Infierno y otros relatos), Eduardo Liendo (Los platos del diablo),
Román Chalbaud (Caín adolescente) y
mencionamos autores como David Alizo (Esta vida de diablo), A. Armas
Alfonso (Los lamederos del diablo), Ricardo Acosta (El asfalto de los
infiernos), Arturo Croce (Los Diablos Danzantes), Enrique Castellanos (El
infierno y el hombre) e Isaac Chocrón (El quinto infierno).
Más apegado, si se quiere, a lo
doctrinario cristiano, pero con ese toque pícaro, ingenioso, filosófico…
tomamos algunas composiciones de Luis Mariano Rivera (Juana Francisca, Mi Comai
Juana María, La Guácara, La puerca‘e ‘Ña Juana), Carlos Rojas (décimas),
Francisco Tamayo y una reseña de Nicanor Bolet Peraza a una obra de teatro (del
Maderero, 1894), para continuar con algunos relatos que van desde 1837 hasta
1910… Fermín Toro (Un romántico), Arístides Rojas (El cují de ‘Ño Casquero), N.
Bolet Peraza (El misacantano), Eduardo Blanco (El número 111. Aventuras de una
noche de ópera), Julio Calcaño (La leyenda del monje), Eugenio Méndez y Mendoza
(Divina comedia), Pedro Emilio Coll (Opoponax), L. M. Urbaneja Achelpohl (Flor
de las selvas), Manuel Díaz Rodríguez (Cuento negro), Carlos Pérez García (El
hombre de la máscara trágica), Enrique Soublette (La heroína), Ernesto Luis
Rodríguez (El alma de Pica-Pica y Romance a la rezandera) y Luis Arturo
Domínguez (El polo y sus variedades) Destacamos de seguidas la porfía
Florentino y el Diablo –Alberto Arvelo Torrealba–, para seguir con El diablo de
refrán en refrán y terminar con el aparte De los nombres del diablo en
Venezuela.
De las fuentes
No es difícil suponer que una
investigación como la que nos propusimos necesite sustentarse –en una gradiente
de importancia ciertamente variable–, en un número de fuentes que puede parecer
inusitado. De allí la cantidad de cuartillas para reportarlas… Fuentes de todo
tipo, por lo demás, y cuya distribución final hemos preferido hacer según las
partes y subpartes en que hemos dividido este trabajo.
*****
He reservado las líneas finales de
esta Introducción para destacar mi agradecimiento a quienes me acompañaron en
este trabajo… Al igual que para el Diccionario
de Cultura Popular (Caracas, Fundación Bigott, 1999, 2 v.) logré reunir para El
Diablo un equipo de universitarios, casi todos de Historia, que asumieron
con especial interés mis requerimientos para abordar la temática tan particular
de esta investigación. En la mayoría de los casos, la curiosidad y las ganas
por ir más allá de los lineamientos que les diera, adornaron de manera
silenciosa en fichaje de datos, la localización de algunos documentos, libros,
artículos y otras fuentes para buscar una palabra, una fecha “un dato”… Por
todo esto y algo más quiero agradecer de manera especial a Roiman Guzmán A.,
Julio C. González B., Miguel F. Dorta V., Carlos A. Marín M., Rosanna Álvarez,
Consuelo Andara y Thalía Ruiz. Agradezco, asimismo, a Simón A. Sánchez R.,
Ángel R. Almarza V., Yorgy A. Pérez S., Carlos García y Steward Millán. También
agradezco a Luis Ramos D., Carlos Granados, Marisela López y Daniel Terán, esos
pequeños aportes que me fueron tan útiles… Imposible terminar estas líneas sin
que agradezca a mis colegas Pedro Calzadilla P., por prestarme su paciencia
para escuchar en varias ocasiones mis consultas; a Luis Pellicer, por
comprometerme con el diablo como representación social del mal, según lo
escribiuera en el 2000 en un artículo; a José Luis Bifano M., porque delante de
él nacio El diablo, el mismo día que
me ayudó a entregar a Fundación Bigott el Diccionario
y a Francisco Javier Pérez, por avalar con justificaciones lingüísticas las
palabras que tuve que inventar para nombrar algunas cosas… Y finalmente,
agradezco a Dios, por ser mi amigo, y al diablo por no serlo…
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Contenido
I. 1498-1808
Los
rostros del maligno o cuando el Diablo tuvo forma de Dios
Los
sermones de Fray Antonio de Montesinos o cómo se intenta atemorizar al Diablo
La
Bula Sublimis Deus o los indios son
gentes
Suprimir,
extirpar, prohibir…, imponer
Catecismos
El
Tirano Aguirre
Prohibición
de fiestas…
La
imagen de Nuestra Señora de la Luz y otras iconografías
Piratas
o demonios
¿Diablos
de papel y tinta?
Judíos
Masones
Los
negros son el Diablo
Mandinga
Mandinga
en la tradición venezolana
Caplán
Diablos
que bailan ante Dios
Diablos
en un Arca de Letras
Monseñor
el Inquisidor, empedernido jugador, habla del purgatorio
II. 1808-1936
Boves
El
Diablo Briceño
Galicanismo
en Barcelona
Rafael
Diego Mérida, un hombre de lengua infernal
Después
de 1820
Máquinas
y bombas infernales
El
Diablo y Lucifer
III. Otros
escenarios diablogenésicos
Brujas,
brujos y embrujamientos: diablos que vio la Inquisición
La
Cachete, una bruja de armas tomar
Ana
Rodríguez de Villena, vuela
Juan
Castillo, adivino
Luis
Méndez, un adivino que amedrenta
Juan
Díaz, curar con yerbas es natural…
Graciano
García adivinaba el sexo del feto
Antonio
Méndez Arara, invocaba al demonio
María
de Lujo
Domingo
Congo: los doctores son mis enemigos
Francisca
Horijuela víctima de la melancolía
Los
brujos de Humocaro Bajo
El
caso de la zamba Sebastiana
Francisco,
el Santo Cristo de Quíbor
Baile
de las brujas
Cazador,
curandero y tumbador de brujas
Las
formas de curar de Miguelote
El
cigarrón del diablo
Autoembrujo
en Capiricual
Serpientes
del diablo en Birongo
Tororoima,
el genio de Catuaro
La
pavita y las brujas en Caracas
Entre
una tijera, una sortija y malas yerbas
Pactos
con Satanás y cosas semejantes
Preparados
mágicos
Oraciones
y otras fórmulas orales vinculadas con el diablo
Leyendas
y creencias relacionadas con el diablo en Venezuela
El
diablo entre Clarines y Píritu
Dos
enanos gigantescos
El
“Familiar”
La
mula, una diabla curiosa
Santa
María de la Cabeza y los poseídos por el demonio
Coromoto
y la serpiente
Demonio
violador
El
oficial mentiroso que hizo hablar a la Virgen
El
desliz casi diabólico de la madre cantarina
Como
si el diablo regresara de un baile
La
ambición es cosa del diablo
Diablos
y monjas en Santa Rosalía
El
diablo bodeguero…
El
día que el diablo se acabó
El
diablo sin uno de los suyos
Venancio,
el muchacho no bautizado
Hasta
en un perro puede meterse el diablo
Los
diablillos obreros
El
joven que alimentó el fuego del infierno
La
riqueza fácil es riqueza maldita
La
Misa de los Gavilanes
El
diablo acompañante
Diablo
y embarrialado
El
diablo Belcebú de visita en Puerto Santo…
Un
perro y un becerro endemoniados
Un
caballo funesto
El
diablo conductor de carreta
¿Las
diablas más famosas?
La
Sayona
La
Dientona
La
Chigüira
La
Llorona
Un
demonio al que nada sagrado ahuyentaba
Luces
demoníacas… e inteligentes
Humanos
que se transforman en animales
María
Lionza
Leyendas
de la época de la emancipación
La
tentación de los juegos de azar
El
espectro de Parauta
Un
espíritu que no es del demonio
Tamanaco
se enfrenta con tres diablos
Veintitrés
caciques en los palos del diablo
Diablo
por mezquino
El
diablo, un caballero negro
De
asesino a Ánima Bendita
¿El
Ánima Sola es el diablo?
Un
diablo personal
Un
espanto con hambre
El
diablo es un salvaje
Un
diablo de un solo ojo
El
diablo silba
La
piedra que era diablo
Un
esqueleto infante
¿Un
diablo silencioso?
Duendes
Cabruncos
La
Calle del Diablo, en Maracaibo
Otro
“diablo” suelto
El
diablo de Carora
El
Diablo de Cumaná, una leyenda viva
IV. El
diablo en el discurso literario
Hasta
1806
Siglo
XIX hasta nuestros días
Breves
reseñas de otras piezas de nuestra literatura
Florentino
y el Diablo
El
diablo de refrán en refrán
De
los nombres del diablo en Venezuela
Notas
[1] En sus sermones sobre el Evangelio de San Mateo… San
Agustín trata en diversas ocasiones sobre el demonio, su naturaleza y su modo
de tentar, principalmente en De civitate
Dei, contra los gentiles adoradores de los demonios, en su Líber contra maniqueos, quienes
afirmaban la malicia substantiva de Satanás y en De Libero Arbitrio, importante tratado sobre la naturaleza del mal.
[2] Hemos
confeccionado esta lista con base en la Biblia (AT y NT), información de
algunas páginas electrónicas y el libro de José Luján, Concordancias del Nuevo Testamento. Barcelona, Biblioteca Herder
(Sección de Sagrada Escritura, vol. 15), 1982.
[3] Otros
documentos relacionados con los signos modernistas son: Lamentabili sine exitu (decreto del Santo Oficio sobre los errores
del modernismo, aprobado por el Papa, 3.11.1907) y Pascendi dominici gregis, encíclica sobre las doctrinas de los
modernistas (8.8.1907)
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