jueves, 6 de octubre de 2016

Ritos de aseguramiento: bendición y vida doméstica, por Rafael Antonio Strauss K.




Strauss K., Rafael A. (Instituto Nacional de Antropología e Historia) “Ritos de aseguramiento. El concepto de bendición asociado con la vida doméstica”. XII Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología, Religión en Mesoamérica, Sobretiro, México, 1972, pp. 543-546 (Ponencia Nº 77)

Una de las intenciones del presente trabajo es tratar de dilucidar qué contenido cultural puede entenderse como rito de aseguramiento. Por lo general, la etnología ha seleccionado bajo este rubro una serie de prácticas caracterizadas por el sólo hecho de la bendición. Pienso que en este sentido el concepto de bendición o rito de aseguramiento ha quedado limitado convirtiéndose por ello en un mero apartado del estudio antropológico de la religión. Un rito de aseguramiento es mucho más que lo abarcado hasta ahora; el hecho de la bendición significa para el individuo la oportunidad cultural de aplacar y neutralizar la influencia de fuerzas malignas estableciéndose así una alianza renovable entre las fuerzas benignas y él mismo y su ámbito sociocultural.

Comprendiendo y aprehendiendo esta esencia del hecho de bendecir creo que es la forma más idónea de penetrar al mundo religioso de cualquier ámbito sociocultural. Así también, se ampliaría para el investigador la explicación de un mundo místico en el que tales prácticas no son otra cosa que actos aseguratorios: por medio de las prácticas juratorias, por ejemplo, el individuo no pretende otra cosa que asegurar su salud física y no física, entre otras metas.

Pero, ¿cómo es esto posible? Veámoslo en forma un tanto natural. Todo individuo pone en práctica la contradicción bueno/malo. Ella se refleja en la realización de toda su vida personal y cultural y una de las vías por la que se manifiesta es a través de sus creencias y prácticas religiosas. Sin pretender una exhaustiva exposición de lo que pienso al respecto, puedo ofrecer un enunciado pertinente y que en cierta forma resume mis propósitos: el grado de dependencia material y no material que experimentan un individuo y una comunidad es asunto importante en la delimitación de nuestro concepto. Veo tal dependencia básicamente en dos niveles, expuestos aquí en forma bastante resumida. En uno, el individuo se enfrenta con una estructura de dependencia económica en un claro seccionamiento por castas o clases sociales; en el otro, se trata de una dependencia que con reservas denominaré síquica, en el que las creencias y prácticas religiosas ocupan buena parte de la preocupación individual y colectiva por llevar a cabo su vida; de una y otra forma el individuo y la comunidad participan de la milenaria religiosidad occidental y no menos de la autóctona. Tal participación se ve disminuida a medida que su bagaje cultural se va enriqueciendo de técnicas, lo que se presenta más claramente en estructuras urbanas que no en rurales, donde la tradicionalidad de las instituciones es evidente. Aun así, la urbe no escapa, como es fácil comprobarlo, de un sentimiento religioso de protección. Mientras que en el ámbito rural las manifestaciones aseguratorias son practicadas como un patrón de conducta más bien comunitaria, en el urbano pertenecen más bien a pequeñas facciones y pueden estudiarse incluso como manifestaciones particulares. 

Este generalísimo cuadro permite varios discernimientos. Uno de ellos es la aseveración de que nadie escapa a una manifestación de protección sobrenatural, lo cual es practicado muchas veces a niveles inconscientes, sobre todo en el ámbito urbano. Pero cabe preguntar, ¿contra qué se protegen los individuos y la comunidad? Aunque una rápida muestra contestaría en parte a la pregunta, daré algunas consideraciones generales. La protec [pasa a la p. 544] ción primaria es contra la ignorancia. En este sentido quedan abarcados todos los sujetos puesto que nadie, absolutamente nadie, deja nunca de ignorar algo y de manifestar un temor ante lo desconocido. Frente a la ignorancia la religión juega un importante papel sustitutivo. En una situación de dependencia económica conspicua, el individuo explotado procura asegurar su protección y la de quienes le atañen más directamente, contra aquella dependencia; y este aseguramiento puede adquirir variadas y complejas modalidades cuyo cuadro debe ser digno de un acucioso estudio. La religión, en tal situación, se convierte en poderosa aliada del oprimido, máxime cuando una tradicional catequización de nuestros pueblos exhibe y ha exhibido siempre una inducción a la resignación. Sin embargo, es importante tener en cuenta lo siguiente: lo que en primera instancia ve el etnólogo es un aseguramiento contra fuerzas malignas. Pero es necesario entender que detrás de esa apariencia se esconde otra estructura contra la que también se protege el individuo. Es decir, la situación se presenta como un arreglo dual en el que una de las facetas es la que generalmente se muestra en primera instancia. Si el etnólogo sólo trabajara con esta primera faceta es obvio que su observación, análisis y conclusión no rebasarían una mera forma descriptiva de estudio. Es indispensable, creo, conocer la existencia de aquel arreglo dual en el cual lo aparente es sólo una cara del problema.

En este sentido, el concepto de aseguramiento o bendición adquiere la proporción de un posible instrumento teórico que parece permitir la posibilidad de penetrar verdaderamente la religión y el grado de religiosidad de un individuo y de un conglomerado humano.

El aspecto práctico del presente trabajo está dado por una resumida muestra en la que se aprecia el aseguramiento de elementos domésticos. La preferencia por tales elementos obedece al hecho de que en el ámbito doméstico, por la reductibilidad espacial de que puede ser objeto, es posible aclarar gráficamente la existencia de un sentimiento aseguratorio. Por los objetivos de esta Mesa Redonda, la muestra se ocupa más bien del ámbito folk; pero por mi intención de teorizar en torno al concepto de aseguramiento, también se abarcó con los datos del ámbito urbano.

El aseguramiento de la casa es quizá el rito de bendición más practicado. Los nahuas hidalguenses de Huejutla y Tepehuacan ‘dan de comer’ a la nueva casa con el fin de evitar que quienes participaron en su construcción caigan consecuentemente enfermos. En esta ceremonia participa sólo el curandero. Para el estreno de la casa, entre los nahua de Chililico y Tepexititla, Hidalgo, se realiza una creación del fuego nuevo. En ella participan los constructores de la casa y es llevada a cabo por su propietario en presencia de familiares y amigos. Entre los otomíes de San Pablito, Sierra de Puebla, se ‘barre la casa’. Se trata de limpiarla de todo espíritu maligno. En esta ceremonia se aprecia la característica de renovabilidad que presentan los ritos de aseguramiento. La bendición tiene como objetivo principal la ‘captura’ de espíritus malévolos. En la misma región, hay la costumbre de agradecer –o pagar- a la casa por el abrigo que brinda. Esta costumbre debe realizarse durante los dos años siguientes a la construcción de la casa, lo que nos habla también de una renovación de la bendición. En Yalalag se depositan cruces de ocote y otros elementos en las zanjas mismas de la nueva construcción. Esta costumbre parece significar el pago de un tributo a la tierra, que de no realizarse la casa se caería. La nueva construcción es protegida también contra la envidia. Se cree que las personas, vivas o muertas, tienen carga maligna, contra la que también se protege la casa. Así lo indica una práctica realizada en Huejitla y Tepehuacan, en donde cuando alguien muere o vende su casa los nuevos ocupantes deben curarla para evitar así la penetración de malos hu [pasa a p. 545] mores y aires indeseables.

En áreas mestizas el estudio de las prácticas aseguratorias conlleva cierta complicación debido básicamente a un marcado sincretismo. Un buen ejemplo parece brindárnoslo el área de Xochimilco. En ella, se bendicen las casas antes de ser habitadas. La costumbre es practicada por toda la comunidad, independientemente de su procedencia socioeconómica. La estructura de clases orienta, sin embargo, algunas de las características del acto aseguratorio: quienes tienen dinero traen al cura quien bendice la casa utilizando la liturgia romana requerida; quienes no pueden costear esa gratificación se conforman con pedir agua bendita en la iglesia y con que algún miembro de la familia, de preferencia una niña, rocíe el agua con una flor natural. En realidad, la bendición de la casa comienza desde antes. Mientras va siendo edificada, su propietario manda poner una estampa del santo de su devoción, en los cimientos, paredes o lozas. Cuando las casas eran de tejamanil se colocaba una cruz al momento de techar. En realidad, esta es una costumbre aún practicada tanto en medios rurales como en medios urbanos. En Xochimilco ha continuado más bien en los estratos socioeconómicos bajos. Todo este complejo se presenta en Xochimilco como una forma de establecer compadrazgos. Así, encontramos Compadres de Cruz, Compadres de Casa y Compadres de Estampa. La selección de este personaje, por parte del propietario, conlleva generalmente un interés de tipo económico y el establecimiento de una alianza de virtual cooperación y ayuda. Esto es evidente si contamos con el hecho de que muchas veces es el compadre quien costea los gastos ocasionales y quien incluso extiende la remuneración al cura. Este hecho, no siendo ahora tan estricto, sí parece haberlo sido en tiempos remotos. Puede apreciarse entonces cómo por medio de ritos de aseguramiento doméstico la actual sociedad xochimilca crea y afianza parentescos culturales y alianzas de cooperación efectivos. Sin embargo, es también un posible medio de fortalecimiento de la clase privilegiada, cuyo dominio se manifestaría a través de tales compadrazgos. 

Para los mixtecos, los temascales tienen su espíritu guardián, lo que los hace benéficos. Pero tal beneficio puede ser contrario a quien use el baño con la mente maleada. Es por eso que resulta necesario limpiarse el espíritu para poder bañarse. Tal limpieza no se logra si no se pide el auxilio de la sobrenatural anciana protectora del temascal. Los nahuas de San Francisco Tecospa colocan una moneda de un peso en la parte superior del centro del temascal. En el piso, entierran cuatro perritos cuyas almas protegen de la humedad del sitio a los recién nacidos. 

En Huejutla y Tepehuacan, a fin de evitar influencias nefastas en el trabajo del trapiche, éste debe ser ‘curado’, así como sus elementos más importantes: se les da de comer zacahuil al horno, al mismo trapiche y a los toros que lo movilizan. Este ceremonia la dirige el curandero. En dichos pueblos las prácticas aseguratorias también afectan lo referente a la cacería. En primer lugar, se curan los perros de caza con el fin de que realicen bien su trabajo y de evitar que sean atrapados por el Señor del Cerro y de los Animales. Cuando ello ocurre se solicitan los servicios del curandero. También en ceremonias aseguratorias se pide buena caza para el año siguiente valiéndose de los huesos ya limpios de la piezas cogidas.

En Yalalag se protegen las hornadas. El aseguramiento se hace en contra del enojo de la tierra, lastimada por el fuego. Los ancianos son quienes realizan la ceremonia de aseguramiento del carbón; y el de las tejas y ladrillos es realizado por los especialistas horneros mismos. En estas ceremonias puede apreciarse cierto sincretismo indio-hispano: junto al caldo de camarón y de pescados encontramos el rezo de un rosario. [para a la p. 546]

También en Yalalag se asegura ritualmente el agua. La ceremonia se realiza cuando se inaugura un pozo o cuando una fuente es reconstruida. La ceremonia se asemeja bastante, tanto en elementos como en los visos de sincretismo, al aseguramiento de las hornadas yalaltecas. El objetivo es asegurar la provisión de agua y excusarse ante la tierra por haberla herido al excavar la poza; además, se persigue proteger la misma construcción. En San Pablito también se aseguran las fuentes con el fin de protegerlas de las enfermedades que se cree provienen de las pozas. Sin embargo, más que asegurar la fuente misma, de lo que se preocupan los habitantes es de complacer al espíritu malo que ha entrado en ella y que pide su ofrenda.

Veamos ahora en forma más general aún lo que ocurre en las urbes, y pienso en urbes latinoamericanas, respecto de manifestaciones de aseguramiento. Una de las funciones que han venido quedando al sacerdote católico es la de bendecir. Católicos fervientes acostumbran asegurar todo género de sus bienes muebles e inmuebles. En la mayoría de sus casas, y esto también se ve en medios rurales, en centros de salud y en otros locales a veces impensados, por lo general nunca falta una imagen católica u otras formas de amuletos acompañadas de varios elementos con cuyo concurso se asegura una constante protección. Son pocos los individuos que no se aten al cuello o que no guarden un elemento protector. En realidad, lo de la protección y el aseguramiento llega a confundirse con el deseo de atraer la buena suerte, la buena ventura. Una rápida señal de la cruz indica que el vendedor ha hecho su primera venta del día, y muchas acciones diarias, sobre todo la de riesgo o virtual peligro, son siempre precedidas por aquella signación o de una invocación apresurada. Los edificios de importancia cívica y, por supuesto, los religiosos, son acompañados desde su inicio por la bendición de la primera piedra. Cuando enchufamos algo solemos invocar el nombre de Dios. Y no se diga de la cantidad de advocaciones de la Virgen y de otros santos, mártires, etc., que la creencia popular invoca al momento de un evento nefasto o para dar gracias por un favor recibido. La lista, por supuesto, es larga y lo es más en la medida en que ignoremos cómo funcionan las cosas, inclusive el peligro, lo inesperado…

Ahora bien, ¿qué es lo que nos quieren decir esta rápida muestra y las aseveraciones que hemos hecho a la luz del tema que nos propusimos presentar? En primer lugar, nos hablan de la importancia que tiene para el individuo y la comunidad el hecho de evitar la influencia maligna. Se evidencia con ello la certeza de que individuo y comunidad, al evitar lo maligno, lo que persiguen es el aseguramiento de lo benigno. Esto representa una constante social que se refleja tanto en manifestaciones particulares como comunitarias. Una caracterización de las estructuras de lo maligno y lo benigno creo que puede ser el camino idóneo para extraer el pensamiento abstracto de individuo y comunidad, rural o abstracto, antiguo y del presente. Así, el estudio de los ritos de aseguramiento tiene la capacidad de acoger, como lo sugeríamos, toda manifestación religiosa puesto que todas y cada una de ellas no persiguen otro objetivo que el de proteger y protegerse contra el mal, es decir, asegurar el bien. Visto desde esta dimensión, el análisis del aseguramiento se convierte en una metodología válida por medio de la cual puede abordarse la apariencia y la esencia de la estructura religiosa de una comunidad. Es absolutamente necesario contar con una forma objetiva, si es que ello es posible, de acercamiento y de penetración a las interpretaciones y uso de lo sobrenatural; y creo que el presente trabajo puedo considerarlo un primer paso en cuanto a esta preocupación personal que he manifestado.

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