Cejota en Rondalera, por Rafael
Antonio Strauss K. Caracas, noviembre, 1984
Cerca de nosotros el color
resonando. Casi se percibe el crujir de esas telas y el estirón del papagayo
que se eleva y el choque reluciente de esas metras ahí y de faldas en bailes y
un zapateo de fiesta…
Nada de lo pintado se encuentra en
cautiverio porque lo que Cejota pinta es vivencia de pueblo y Cejota con ella,
transformado en incidencia certera de líneas y colores y en dibujo magnífico y
en espacios que simplemente suenan apenas nos percatamos de su arte, que se le
queda a uno en las pupilas y uno quiere palparlo y es casi obligatorio
comprobar que nada nos engaña, que nuestros sentidos están en su puesto y que
si no vibran, como de ellos se espera, es por tanta telaraña apresándolos,
encarcelándonos… El arte de Cejota la rompe; nos insinúa en su pintura otro
camino del arte y en sus tallas otra forma de martillar cinceles y pintar
volúmenes vegetales.
Pasa que en el arte de Cejota
estamos todos, acariciándonos la textura de la vida, recordando la inminencia
de la muerte, haciendo de las penas y de la alegría momentos de reflexión para
mirarnos dentro.
Las propias reflexiones del artista
son plasmadas por su inquietud villacurana y por su dimensión venezolana, y se
convierten en un arte de siempre, de cada momento, porque Cejota es como un
historiador que ha venido pintandotallando nuestra interioridad de seres
historiados e historiables.
A través de su práctica social y
como ser humano que palpita en la vida con todos y con todo, Cejota se ha
nutrido de símbolos. Apreciamos sonidos, relaciones humanas, amor y odio
transformados en opinión en protesta en denuncia; lo místico de su arte nos
seduce y es hermoso aprovechar este instante para la reflexión. La carga social
de su arte nos aprehende como visionarios, con el artista, de aconteceres que
han comenzado a darse.
De alguna manera que no le ha sido
fácil, Cejota ha logrado combinar la permanencia en sí mismo de su Villa de
Cura y la universalidad en la que he venido ingresando. Su arte le ha servido
no sólo para entregarse como creador, sino para concientizar el tesoro que para
el mundo representa su matria villacurana.
No le ha sido fácil, tampoco,
protegerse de las apetencias mercantiles de esos coleados dentro de la cultura
popular, que compran al artista, al artesano y le imponen un ritmo de trabajo,
lo inducen a un estilo, lo acorralan…
Con esta exposición, el Instituto Rondalera
comienza a abrir sus puertas a quienes quieran mostrar su creación. Este campo
es muy amplio; también lo es Rondalera. Entre sus objetivos, salvaguardar la
creatividad venezolana, crecerse como mundo donde todo es posible, porque
Rondalera es infancia y adolescencia y educación que busca; actividad que
inventa e imagina; convicción permanente de que un mundo habitable, capaz y
transitable todavía es posible; certeza amplísima de poder sustituir gestiones
de fracaso, que pesan tanto y que entristecen tanto y un ser humano triste es
cosa tan absurda y un ser aletargado, enajenado, es la cosa más triste… y hemos
visto, con nuestros propios ojos, la esperanza…
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