Lo popular y la carga ideologizante, por Rafael Antonio Strauss K.© Entrevista publicada por Patricia Guzmán en Verbigracia, Nº 25, Año IV, en su 3er aniversario, El Universal, Caracas, Sábado 24.3.2001. Al final, reproduzco el texto introductorio a Posiciones y perspectivas ante el Proyecto de Ley Orgánica de la Cultura - En pos de la discusión.
Antropología y cultura
Referirse al término cultura significa referirse también a las derivaciones del vocablo y, por lo tanto, a los varios significados que suelen dársele a éste. A pesar de los aportes conceptuales de la Antropología -ciencia del hombre y la cultura-, el término no se ha desprendido de la carga ideologizante -por llamarla de alguna manera- de la que se nutre cuando cultura se usa en su acepción discriminatoria, vale decir, etnocéntrica… Persona culta, acto cultural, pueblo culto, revolución cultural… y tantas otras formas, esconden, entre otras cosas, las imprecisiones que la Antropología ha querido que se eviten cuando se usa la palabra cultura… Al fin y al cabo, es bueno recordar que “Para el científico social una ‘persona culta’ […] no domina sino un fragmento especializado de nuestra cultura, de la que es partícipe, en mucho mayor grado de lo que sospecha, con el hacendado, el albañil, el ingeniero, el cavador, el profesional.” (Herskovits, 20)
Recientemente en Venezuela, a raíz de lo que se ha denominado "revolución cultural", ha salido a relucir el carácter polisémico del término cultura, sólo que se ha usado como argumentación central la asociación menos afortunada del vocablo: cultura como sinónimo de culto… Se ha llegado al peligroso extremo, por ejemplo, de afirmar cosas tan peregrinas como que tal museo cambiará su nombre por el de algún cultor popular, o que alguno de éstos presidirá tal instituto, o que tal pieza musical será sustituida por alguna composición de carácter popular…, descalificando, de paso, la obra de quienes pueden ser tan importantes como cualquier artista considerado clásico, sin que el término clásico no deje de tener una fuerte carga relativa en su significado…
Cultura, en todo caso, es más que arte, es más que bellas artes –¿existen, entonces, las feas artes?–, es más que el denigrante término de culto… La Antropología ha establecido que cultura es todo cuanto crea el hombre, cualquiera hayan sido y sean su espacio y su tiempo… Así, "La economía más ruda, el más frenético rito religioso, un simple cuento popular, son todos igualmente parte de una cultura" (M. Herskovits, 30).
Cultura y culturas
Se afirma, no sin cierta verdad, que la cultura es una sola. Igual podría decirse de la medicina, la arquitectura, por ejemplo. Y en efecto: la cultura, como atributo exclusivamente humano, es una sola, si el asunto se plantea en términos antropológicos. Es decir, que la cultura sería, en primera instancia, lo que distingue al hombre del resto de los otros animales sociales… Pero la cultura no sólo es una, sino que, además, es de carácter universal. Esto, sin embargo, no supone la inexistencia de particularidades dentro de esa universalidad, lo que ha hecho que de manera atinada Ralph Linton –en Estudio del hombre– considere la cultura como la herencia social íntegra de la humanidad, pero que se expresa de manera objetiva en modalidades particulares. Dicha herencia social es, en todo caso, una abstracción, una categoría que permite entender los aspectos de la cultura; es decir, la tecnología y el uso de los recursos naturales, la economía y la satisfacción de las necesidades, la organización social, la educación, los sistemas políticos, la religión, el lenguaje, lo estético… (Herskovits, 255-498). Estos universales de la cultura, que se han presentado, se presentan y se presentarán en todos los grupos humanos, adoptan en la realidad modalidades que los particularizan, entre otras razones porque toda cultura se deriva de las componentes biológicas, ambientales, psicológicas e históricas de la existencia humana. (Herskovits, 677-695) Es evidente, entonces, que a la afirmación de que la cultura es una sola, se deba considerar el hecho de que hay, hubo y habrá una infinita variedad de culturas. Tal evidencia ha obligado, por ejemplo, a que una de las definiciones de Antropología es que se trata de la ciencia de la unidad y la variedad humana, biológica y culturalmente hablando.
Lo popular como cultura o por qué podría hablarse de cultura popular
Las consideraciones anteriores ofrecen, definitivamente, prometedoras perspectivas, entre otras razones por la carga heurística del concepto cultura, en el sentido de que una revisión del por qué se ha establecido la expresión cultura popular obliga al estudioso a indagar las fuentes que sustentan la expresión y avalan su existencia en el plano concreto.
Está el hecho innegable, por ejemplo, de que en tanto existan sociedades divididas en clases habrá que hacer una distinción –no podría utilizarse otra palabra– entre la cultura de esas clases. Es evidente que el antagonismo interclases se refleja en la cultura de cada una de ellas, al ubicarse en el imaginario de los miembros de cada clase y que se expresa como pertenencia individual y grupal característica; “es el resultado de las experiencias particulares de la población, pasada y presente, que vive de acuerdo con ellas.” (Herskovits, 31) Pero este conocimiento debe adquirir matices más contundentes, en el sentido de que los llamados “sectores populares” tengan acceso a los patrones culturales que “definen” el “buen gusto” de la “clase culta”, y ésta lo tenga a los decodificadores de “lo popular”. Quizá esa sea una manera de borrar diferencias culturales interclases, por lo menos en lo que a los aspectos artísticos se refiere…
Esto, sin embargo, no significa superioridad de una cultura sobre otra. La distorsión que en ese sentido ha existido y existe tiene su base en la identificación etnocéntrica –muy común en los miembros de la clase con mayor poder adquisitivo– con patrones culturales que considera cultos, cerrando cualquier valoración positiva a la cultura de quienes están o se mueven o prefieren moverse fuera del entorno de la llamada clase alta.
En este sentido, la valoración etnocéntrica –juzgar y evaluar al otro sin tomar en cuenta sus propios patrones culturales– concibe y usa un perfil denigrante de las expresiones de lo popular, de sus portadores o usuarios, tanto en lo biológico como en lo social. Tal valoración pasa por fijar en el imaginario de la persona culta elementos que en nuestro caso venezolano no han hecho sino producir menosprecio a cuanto produce y usa el pueblo. Este vocablo, inclusive, y sus derivaciones, han tenido y tienen entre nosotros connotaciones descalificadoras. En 1962, Miguel Acosta Saignes ya se refería, entre otras cosas, a la "tozudez semifeudal según la cual cuanto el pueblo hace, piensa y dice, nada vale, pues no se elaboró dentro de las aulas, a las cuales naturalmente no pueden acudir los obreros y los campesinos" (Acosta Saignes, 3).
Se trata, ni más ni menos, de la pervivencia en las "castas superiores" de una actitud que ya desde nuestro pasado colonial descalificaba a los sectores indígenas, negros, pardos… (Acosta Saignes, 3-4), descalificación que encuentra terreno propicio en "las ideas de los primeros venezolanos", frase con la que Elías Pino Iturrieta refiere, entre otras cosas, la fundación de instituciones en 1830: "La sociedad creada por sus propios ancestros –escribe Pino–, no les sirve como plataforma para saltar hacia el futuro. Tampoco la parcela de aquella que dependió del aporte de los estratos inferiores: los indios y los negros. Ningún testimonio de la época hace referencia a los valores autóctonos, como posibilidad de construir el proyecto por la asimilación de lo oriundo; ni descubre la entidad de la concurrencia africana en la conformación de una personalidad común", porque “Los propietarios no pueden toparse con hallazgos de valor en la casa de los siervos, sino en la residencia del capitalismo foráneo que transformaba el mundo con sus máquinas de la revolución industrial.” (Pino Iturrieta, 31-32)
¿Cómo contrarrestar esta circunstancia originaria? ¿Cómo contraponerse a tantos años de lo mismo? …Creo que una manera es dando a conocer los valores históricamente nuestros, que por tradición se han despreciado, para deshacernos del complejo étnico que nos corroe como sociedad. Se trata de educar para el afecto, para el arraigo, para la tolerancia, para la adquisición de una autoestima sólida. En pocas palabras: educar para lo mejor, en la misma medida en que se educó para el desafecto, el desconocimiento, el desamor, la descalificación… Con la intención de contribuir a la necesaria corrección de esa postura, fue que emprendí en 1976 la investigación que la Fundación Bigott publicó como Diccionario de Cultura Popular (1999), en el que reuní lo que pudiéramos llamar los universales de la cultura popular en Venezuela, para entregar, sobre todo a quienes educan, un instrumento de trabajo que propicie y facilite aquel conocimiento.
Algunos parámetros de la cultura popular
Es evidente, entonces, que como modalidad particular de la herencia social íntegra que es la cultura, la popular presenta regularidades que permiten su análisis por medio de métodos científicos. Uno de éstos, la comparación, permite ver las diferencias y afinidades que existen entre las modalidades particulares en el plano de lo concreto.
En Venezuela la cultura popular ha pasado por momentos ciertamente significativos, como la creación del Servicio de Investigaciones Folklóricas Nacionales (30.10.1946), la fundación de la agrupación Un Solo Pueblo (3.5.1976), la participación de la Fundación Bigott en esa área (1981), por mencionar algunos. Por razones de espacio, no nos ocuparemos de ellos, pero vale la pena traer a colación lo que puede tenerse como el primer perfil para abordar el estudio de la cultura popular, según lo expresa el primer artículo de creación del Servicio: "estudiar, recopilar y difundir las diversas expresiones del arte y literatura populares constituidas por leyendas, narraciones, episodios, mitos, tradiciones, refranes, creencias, poesías, anécdotas, rondas, danzas, canciones, alegorías, música, etcétera, de carácter venezolano". (Strauss, II:691-694), cuadro de elementos que se ha venido enriqueciendo con grupos musicales de proyección, publicaciones, talleres de enseñanza de música tradicional y de construcción de instrumentos musicales y otros aportes no menos significativos.
Consideraciones finales
Parece evidente, entonces, que la gama de expresiones que caracterizan la cultura popular demuestra que aun cuando, en efecto, la cultura es una, las creaciones y creatividad del y en el segmento popular ocupan el sitial que la teoría de la cultura le asigna como modalidad particular de la herencia social íntegra de la humanidad. Continúa vigente el dictum de que "En toda sociedad estratificada resulta ficticia cualquier afirmación sobre la cultura global" (Acosta Saignes, 4).
Podríamos afirmar que de la utopía de verse recuperada, la cultura popular de Venezuela ocupa en nuestros días el espacio que históricamente le pertenece. Jamás pensamos, por ejemplo, que Un Solo Pueblo sería designado por el Congreso Nacional (1996) Patrimonio Cultural del país; lejos también estaba, seguramente, la Fundación Bigott cuando decidió asumir la difusión de nuestra cultura popular tradicional, que es hoy materia de estudio, asunto importante de universidades, de estudiosos serios… Lejos estábamos, asimismo, de que una Constitución decidiese la protección de las modalidades populares de nuestra cultura al considerarlas como "constitutivas de la venezolanidad gozan de atención especial, reconociéndosele y respetándose la interculturalidad bajo el principio de igualdad de las culturas. La ley establecerá incentivos y estímulos para las personas, instituciones y comunidades que promuevan, apoyen, desarrollen o financien planes, programas y actividades culturales en el país, así como la cultura venezolana en el exterior. El Estado garantizará a los trabajadores y trabajadoras culturales su incorporación al sistema de seguridad social que les permita una vida digna, reconociendo las particularidades del quehacer cultural, de conformidad con la ley". (Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, 1999, Art. 100). Y esto es bueno para toda sociedad.
Referencias
Acosta Saignes, Miguel. Introducción a Estudios de folklore venezolano. UCV, Facultad de Humanidades y Educación, Instituto de Antropología e Historia (Serie de Folklore), Caracas, 1962.
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Gaceta Oficial, Nº 5.453 Extraordinario, 24.3.2000.
Creación del Servicio de Investigaciones Folklóricas Nacionales. Decreto Nº 430. Gaceta Oficial, Año LXXV, Mes 1, Nº 22.148, Caracas, Venezuela, 30.10.1946.
Herskovits, Melville J. El hombre y sus obras. La ciencia de la antropología cultural. Fondo de Cultura Económica, México, 1968.
Pino Iturrieta, Elías. Las ideas de los primeros venezolanos. Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1993.
Strauss K., Rafael A. Diccionario de Cultura Popular. Fundación Bigott, Caracas, 1999, 2 t.
Nota: Texto Introductorio: Posiciones y perspectivas ante el Proyecto de Ley Orgánica de la Cultura - En pos de la discusión - El país ha venido asistiendo a la discusión en torno a una nueva Constitución de la República, en la que, como es sabido, se establece el derecho a la cultura y, como procede, se contempla un capítulo especial que enuncia los "derechos culturales y educativos" y consagra, entre otros principios que refiere el profesor Henrique Meier Echeverría, miembro del Consejo de Asesoría Jurídica de la Administración Cultural (Conac), aquellos de la política estatal que deben inspirar y fundamentar la redacción de un Proyecto de Ley Orgánica de la Cultura. El esbozo y desarrollo del mismo que asume como parte de sus responsabilidades el titular del despacho del Viceministerio de Cultura, Manuel Espinoza, se inspira, según declara, en la necesidad de "asumir también la cultura como una cuestión de Estado; es decir, digna de formar parte de las prioridades estratégicas concebidas a favor del bienestar general de los venezolanos". Entran entonces en juego principios éticos, normas rectoras, voluntades políticas, disquisiciones sobre el significado, la valoración y hasta lo que el historiador Rafael Strauss identifica como la carga ideologizante que se desprende de la acepción que se le otorgue a la palabra "culto". Otros temas de innegable complejidad se derivan del propósito de legislar en este campo de la actividad humana; así, lo que el poeta Gonzalo Ramírez enuncia como necesidad de la valoración social de la experiencia creadora y el balance del devenir del intercambio y de los aportes del mermado mapa fundacional al que alude el narrador Antonio López Ortega y que apuntala un Proyecto de Ley de Mecenazgo, cuyas implicaciones jurídicas traza el abogado Leonardo Palacios. A no dudar, la redacción de este Proyecto de Ley Orgánica de la Cultura despierta expectativas, y es por ello que Verbigracia asume su papel de puente de enlace entre los lectores y lo que acontece en el horizonte de las ideas y del arte, y entrega hoy un número monográfico, perfilado editorialmente en diálogo con el Conac, dentro de la nueva política de patrocinios que concibiese El Universal para conmemorar el tercer aniversario del suplemento. Contenido: La cultura como cuestión de Estado, Manuel Espinoza. Viceministro de Cultura / Presidente del CONAC // La creación: estímulo y protección social. Gonzalo Ramírez Quintero. Poeta / Asesor del Viceministro de Cultura /// Constitución y cultura. Henrique Meier Echeverría. Miembro del Consejo de Asesoría Jurídica de la Administración Cultural /// Lo popular y la carga ideologizante. Rafael Strauss. Historiador /// Estado y sector fundacional. Antonio López Ortega. Narrador y ensayista /// Incentivos fiscales y política cultural. Leonardo Palacios. Abogado
No hay comentarios:
Publicar un comentario