sábado, 8 de octubre de 2016

El Quijote: “Morir cuerdo y vivir loco”©, por Rafael Antonio Strauss K.


“Morir cuerdo y vivir loco”, publicado en El Quijote en Tierra de Gracia. 18 lecturas venezolanas. Gerardo Vivas Pineda, Francisco Javier Pérez, Rafael Arráiz Lucca, compiladores. Fundación para la Cultura Urbana, Nº 38, Caracas, 2005, pp. 41 (Nota Biográfica sobre Rafael A. Strauss K.) y 43-49.

Varias voces me rondan desde la maravilla de mi bachillerato en el Mario Briceño Iragorry, de Barquisimeto. Una de ellas, la de Pastor Cortés, mi profesor de literatura, cuyas clases transcurrían en medio de muchísimos libros de todos los tamaños, de todos los grosores, de todas las edades, de todos los colores, que inmediatamente después de hablarnos de algún autor comenzaban sus dedos a buscar las sorpresas que como un mago hacía saltar desde el baúl de páginas… Se acomoda sus lentes, el libro forma ahora parte de sus manosatril y Nezahualcóyotl, Jorge Manrique, Cervantes, Andrés Eloy, Darío, Sor Juana, Miguel Otero, Homero… iban en cada clase como entrando al salón del primer año de Humanidades… “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar / que es el morir / allí van los señoríos / derechos a se acabar / e consumir”…, o aquella cuarteta de Santillana: “Moza tan fermosa / non vi en la frontera, / como una vaquera / de la Finojosa”; o esa maravilla de la poesía azteca, que años después me palpitaría en Mi México: “Sólo venimos a dormir, / sólo venimos a soñar. / Cual cada primavera de la hierba, así es nuestra hechura, / ¡no es verdad, no es verdad que venimos a vivir en la tierra!”…

Era este curso, una especie de paridor de siendos, así, en un plural magnífico que me habita y que seguramente habitó a tantos de mis compañeras y compañeros de estudio que para el año siguiente habíamos constituido un grupo de discusión, de estudio, de reflexión para asediar conocimientos… Y es indudable que esta experiencia tuvo que ver con la construcción de nuestro periódico mural llamado Rebelión… De la mano de estos oasis de la literatura, de la historia, de la filosofía anduvimos un buen tiempo los nosotros José Manuel Machado, Yoli, Berna Ledezma, Ricardo Antequera, Flor Medina, Armando Valero, Wilma Valbuena, Edgard Rivero…, en nuestras medias lenguas humanísticas… y de la mano, muchas veces, de nuestra amada profesora Lolita -Dolores Vaccari San Miguel… Y rodeándome de manera fabulosa y encantadora hubo otros círculos de crecimiento intelectual, en uno de los cuales supe de las andanzas del Cid, llevado de la mano de Armando Gota que había participado en la película de la que por entonces se hablaba… Y el Grupo Tonel, con el “Pelón” Torrealba haciendo teatro y ganándose un premio, con Servideo López, Esteban Castillo y otros, que pintaban, con el maestro Trino Orozco que revisaba con su mirada profunda y esperanzadora lo que dibujábamos y pintábamos en la escuela de artes plásticas…

Y las cosas del Cid me condujeron al Quijote…, tránsito no difícil, pues mi padre tenía entre sus libros al Ingenioso Hidalgo… Pero no lo leí, quizá porque en la avidez de leer que me habitaba, el libro me parecía grueso y el español en que está escrito me parecía confuso… Lo dejé como asignatura pendiente, como algo maravilloso para disfrutarlo después, como una obligación impostergable. Sabía, en todo caso, que debía leerlo, y comencé por hacerlo viajar desde la biblioteca de mi padre a la que estaba conformando en mi cuarto, de tal manera que El Quijote fue el primer libro que decidí robarme… Y creo que le gustó que lo robara pues apenas entró se convirtió en el soporte de otros libros más jóvenes a los que apoyó sin aspavientos de utilidad.

Por entonces –tenía en mi haber dieciocho o diecinueve años– andaba concibiendo escribir una novela –¡imagínese usted!–, y me sentía como si fuera de vidrio: tanto por hacer, tanto por leer, tanto por conocer, por vivir, me decía, y andaba como si estuviera a punto de romperme porque además me flagelaban urgencias de la adolescencia magnífica que vivía y que me atraían como una premonición de mago pueblerino.. Y pude dibujar el argumento del deseo novelado, que cuando lo escribiera debía suceder que un joven como de diecisiete años cayera sobre la orilla de un lago azul profundo donde otro muchacho pescaba sin percatarse del milagro, todo esto en la Grecia que me había imaginado desde mis clases de historia universal del segundo año, cuando el maestro nos hacía recorrer un mundo que no se parecía a nada y se parecía a todo porque se trataba de Grecia, de mi Grecia magnífica, que fue lo que más me gustó del programa de clases.

Desde entonces, siempre consulto a alguien acerca de lo que escribo… No recuerdo a quién le pregunté sobre este argumento –es probable que haya sido a mi tía Yinfief, la ávida lectora de la familia–, pero lo cierto es que me hablaron de El Quijote, de que leyera esa novela porque en ella podía ver cómo un hombre se proponía un particular recorrido por la vida, y otros detalles que reinterpreté en mis ansias de que me fuera útil para mi ego griego caminando por Grecia.

Pero no me sirvió; abandoné el librote y me puse a leer sobre mi Grecia, de la que apenas sabía algo, excepto que la amaba… Consumí, entonces, buena parte de mis tardes larenses en trazar con palabras el recorrido de los quijotes griegos…, pero algo del español se me quedó sonando en la nostalgia de no haberlo leído y entre pesquisas sobre la geografía y la historia de Grecia, las tareas de física y de química, los primeros llamados de mi paleta de colores, los primeros escritos, las tantas maravillas de aquel mundo de entonces en el que mi tránsito precoz hacia la soledad era mi mejor compañero, quise saber muchas más cosas del Don Quijote de La Mancha…

Y fue como premonitorio lo que entonces pasó, pues en El Quijote que vivía en mi cuarto mi padre había anotado algunas cosas, que tomé como pistas (¿será ésta la palabra adecuada?): signos de admiración, interrogantes, esas pequeñas ves que se usan para aprobar un contenido… y comencé a seguir esas pisadas en El Quijote de mi padre que como un lazarillo me comenzó a llevar, me alimentó de tiempo, de posibilidades… De la novela, sólo pude escribir dos cuartillas y media, que conservo, con más borraduras que escritura, pero aún las recuerdo, del principio al final, y me arrepiento de no haber leído entonces todo El Quijote, pues estoy seguro de que si lo hubiera hecho habría podido escribir aquella imaginación de la novela…, como supe después, varios años después, que leer El Quijote me ha servido no sólo para vivirlo con todo el abecedario de amor que lo conforma y para confiar en la imaginación, para pasar de largo por los imprevistos engaños de este mundo y, sobre todo, para saber convivir con los molinos de viento…

Lo he estado releyendo, saltando por capítulos y párrafos como esos sapos de los cuentos de hadas que saltan sobre las hojas de la imaginación…, que uno puede saltar sobre sus páginas como si Miguel de Cervantes nos hubiera montado sobre el bailar de un trompo o sobre el temblor ronroneador de un papagayo rugidor en tus manos que si la cuerda se revienta va la cometa a viajar hacia otras partes o se queda en los cables de luz o en las aspas de un molino literario y magnífico.

Hay tierra en la novela aunque el Hidalgo se la pase en el aire como para que respiremos el ingenio. Sancho me increpa, advertidor y convencido, todavía, desde sus consonancias con el ser de las cosas por qué, por qué, no escribí la novela, me dice que la escriba y es una suerte de deuda que tengo no sé si con Cervantes, no sé si con Quijote o con Sancho, que me alborotaron con ruidos de posibilidades el Rocinante de mi bachillerato…

Aquí lo tengo todavía, como si la insepulta flacura del rocín y su jinete caballero me guiaran como las pistas que mi padre dibujara sobre el quijotesco alfabeto de mis segundos días en la vida; como si Rocinante, Sancho y Don Quijote se me hicieran fermento en mi genealogía y el mundo me continuara creciendo con Ulises y Odiseo en el hacerdeshacer de mi hermosa Penélope.

Pero faltaba una sorpresa, sin embargo, que años después sabría que me estaba esperando, y no sé cuándo fue, ni cómo, como ocurre con todas las sorpresas, que actúan como la vida, que se quedan en los cables de luz, que tiritan de amor en el ritmo de un trompo, que ronronea en tus manos como el cordón de lo que has puesto a volar por encima de ti, o te cabalga en rocinante estar como cuando Chavela canta o Isadora danza o los Beatles interpretan Let it be…; faltaba una sorpresa, que fue como callando que la fotografía que Picasso le tomara a Quijote, a Sancho, a Rocinante, al sol, estaba en la página de aquel libro sobre historia del arte que Quetzalcóatl me hizo leer en México.

Más útil me es ahora El Quijote porque en aquellos aspavientos y avatares de mis adolescencias uno anda trepado en tantos mares, tomando todo para que nada se escapara, por lo menos a mí que aún gozo con la idea de seguir aprendiendo porque apenas sé algo, porque una de las eternidades de esta obra está en reconocer que sabes poco porque el equipo que dibuja Cervantes es quien lo sabe todo; que la vida está ahí y te da la mentira como escenario propicio para que viva tu verdad, para que tus verdades se hagan ficción y este mundo y el de antes y el de después no nos resulten inhumanos porque por donde se mire este ingenio de Cervantes, El Quijote, es amor que hasta en la turbiedad de algunas ocasiones prefiere arremeter contra molinos, que no sangran.

Todo cuanto se ha escrito hasta el momento tiene adentro un Quijote y el libro del cervantino hidalgo contiene al mundo griego porque lo habitan la estirpe inmaculada de Ulises, el ágora terrenal de Odiseo…, para mí.

Gracias te doy, Señor, porque el Hidalgo no fue a parar a las llamas de tus equivocados seguidores…; gracias te doy porque me permitiste violar un mandamiento cuando metí en mi cuarto al Ingenioso Hidalgo Don Quijote; gracias porque sostuvo con su fuerza a las otras deidades bibliográficas que habitaban por entonces mi cuarto adolescente…

No importa si el enclenque rocín no aguante las carreras de apuesta, que hipódromos y apuestas nunca me interesaron ante la humilde humildad de Rocinante grandioso desvalido de fuertes fuerzas que terminan por agotarse, que se acaban, no duran, que se mueren, como se me murió desde hace tiempo toda ansia de figurar. Me gusta Sancho, el labriego, con él me identifico, con su cautela, con su sensibilidad ante los alborotos de su señor, que me ofrece seguridad para abortar las pompas y asumir las garantías de los entretelones. Sancho es la voz que calla cuando debe, y es la que habla cuando advierte; es la responsabilidad de ir por lo necesario, en última instancia, y conquistarlo; es la voz que no se amedrenta ante lo inútil porque una vida con inutilidades, pesa…

No importa que Don Quijote sea un loco porque para entender la vida y, sobre todo, para vivir en sociedad, hacen falta unos huesos que estén en su lugar pero que crujan y un corazón que lata y un cerebro que viva más allá de la normalidad que se supone debe contener la existencia, y no es loco quien enfrenta gigantes –hay tantos molinos engañosos–, ni quien se imagina caballero, ni quien conquista el mundo con un gordo panzón, un débil y descalabrado caballo, una fuerza nombrada Dulcinea…, sino el que empuña la guerra como arma y se vuelve asesino o quien genocidiza, o quien mata de hambre, quien no ama…

Una de las mejores cosas que le ha pasado al mundo es que Don Quijote haya nacido para cabalgar por dentro de toda su estructura y por sobre todas las eventualidades, como si se anduviera por detrás del alfabeto de los pueblos y que el hidalgo haya conjugado el amor en el relato eterno de Cervantes, porque por este libro uno puede morirse inmaculado, sin falsas glorias, con la magnífica dignidad construida en el trabajo que es el dador de vida…

Exaltador del ser humano es Don Quijote porque recrea al hombre como si fuera Dios, porque Cervantes agarra el mundo defectuoso de siempre y lo pone al alcance de nuestra imaginación. La trinidad que Cervantes diseña está como la otra, amalgamada con el amor en todas sus variedades, pero también es bisagra la tierra que pisa la trinidad de hidalgo caballero, de Sancho siempre en ristre, de Rocinante aguantador de una humanidad que no le pertenece pero con la que es consecuente. Y una virgen, como madre de las andanzas de los seres humanos hacia la gloria terrenal de tres dioses que se unen para salvar al Hombre.

No hay parentesco entre ellos, excepto el del amor y las ganas de conocer que los habitan… Será por eso que cualquier mundo puede ser nuestro pues Miguel de Cervantes minimiza las fuerzas que tradicionalmente se han impuesto como necesarias para tener las cosas… La novela lo niega, y este elemento fue para mí vital cuando la conocí. Tres bellos esperpentos se lanzan a la odisea y lo logran, y es que no importa que sobren o falten carnes o falte o sobre edad, lo que no afecta la voluntad para el logro, la paciencia, el deseo, fuerzas que sustituyen lo que falta y administran lo que sobra… Cada lector establece el parentesco no sólo con la tríada y la virgen, sino con el elenco de personajes y de acontecimientos que con sus actuaciones pueblan de posibilidades la novela…

Una gama infinita de parentescos se dinamiza desde el parto mismo del relato, desde que vio la luz por vez primera, desde que un mundo de lectores fue aprovechando y ensanchando los cientos de rincones, la variedad de espacios, la toponimia variopinta y sonora, la onomástica ancestral que nos diseña escenarios primarios de nuestra identidad, que se manifiestan de manera trashumante en el abanico de olores que refresca el relato en el aroma a tomillo y canela en tarros destapados al lado del tinajero… Casi imprevistas exhalaciones de limosa humedad, como en la vida, preñan las sequedades de inaudito verdor que huele a cítricos, y esta circunstancia parece repetirse en tanto la tríada esencial avanza en el relato como si cada sueño se hiciera realidad… Hay entrelíneas en las que recupero a trazos gruesos las esencialidades de mis adolescencias en un ir y venir de mi niñez demasiado tardía, de mi adultez demasiado temprana y de un otoño en ventiscas de rocín encorvado…

Huele a invierno El Quijote y es su lanza como lluvia de una sola gota que harta de sequedades y tinajeros, los míos, que de tanto tenerlos me los sé de memoria como el ritual de recordar el café que me bebí con calma frente al Egeo en Patras un buen día de octubre.

La rendija se me volvió postigo y el postigo, ventana y me volví balcón desde el que oteo al cervantino hidalgo pues tengo la certidumbre de que no ha muerto y que es la vida de la literatura la que lo ubica más allá de la muerte, la que lo hace memoria, la que me lo devuelve como un recuerdo diseñado con siempres. No me alcanzan las ganas para escuchar esas voces de la literatura… pues que al mundo le faltaría algo si esos locos preciosos de Cervantes no anduvieran alimentados de alfabeto, humedeciendo al quebradizo mundo con molinos, que muere como cuerdo y vive como loco…

2005. “Morir cuerdo y vivir loco”, 2005, citado por Don Francisco Javier Pérez, en “Cervantes. Un capítulo en la bibliografía sobre el hispanismo literario venezolano”, en asale.org/ASALE/pdf/AVL/FranciscoJavierPerez.pdf

2006, 17 febrero De: socratesaristo@cantv.net // Asunto: Presentación del Libro El Quijote en Tierra de Gracia // Fecha: 17 de febrero de 2006 23:08:22 GMT-04:00 El Martes 21 de Febrero estaremos presentando un nuevo título: El Quijote en Tierra de Gracia. Una compilación de dieciocho textos de escritores e investigadores venezolanos acerca de El Quijote. Este tomo fue compilado por Rafael Arráiz Lucca, Francisco Javier Pérez y Gerardo Vivas Pineda. La presentación será en la librería el Buscón en el Trasnocho Cultural a las 7:00 P.M. Te esperamos.

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