sábado, 15 de octubre de 2016

Las navidades que me habitan©, por Rafael Antonio Strauss K.

Las navidades que me habitan©. Entre la alegría y la nostalgia: recuerdos de Navidad, por Rafael Antonio Strauss K. Publicado en Navidades en Venezuela. Devociones, Tradiciones y Recuerdos. Marialenea Mestas y Horacio Biord, editores. Fundación Empresas Polar, Caracas, 2010, pp. 179-190.
           
         La conmemoración del nacimiento de Dios en la tierra es una de las sensaciones más hermosas para quienes tenemos a Jesucristo como amigo y creemos en Dios. En Venezuela, la Navidad, que es la fiesta con la que recordamos ese evento, es quizá la que mejor demuestra el sincretismo cultural característico de lo que entendemos por cultura venezolana, porque cualquiera de sus expresiones, desde la gastronomía y la música, hasta las manifestaciones folklóricas y litúrgicas, dan cuenta de una variedad de elementos que conviven en armonía, desde rituales que nos vienen de la antigüedad clásica hasta las más contemporáneas formas de expresión de culturas foráneas. Yo viví esa fiesta en su universalidad y en su regionalidad, y de ello dan cuenta las tantas navidades que por mi edad biológica llevo ya celebradas en Guama, en Barquisimeto, en Caracas, en México…
En Guama, estado Yaracuy, fueron una diez las que recuerdo haber vivido, en consonancia hermosa y placentera –según me lo reportan exquisitos recuerdos– con mi familia, con el mundo maravilloso de la escuela primaria en el Grupo Escolar José Tomás González y la ristra de amistades adultas que sumaban las tradiciones a sus vidas y nos las daban enteritas. Era en Navidad cuando todos vibrábamos de contento porque una particular sensibilidad se apoderaba de los espacios privados y públicos, que es lo que suele ocurrir en esta especial conmemoración del nacimiento en la tierra del hijo de Dios. Señoras de Guama hacían el pesebre en la iglesia, un nacimiento grande, y los muchachos ayudábamos a pintar papeles resistentes y las plantas parásitas de los árboles de la Plaza Bolívar continuaban creciendo en el pesebre y el musgo que traían no sé de dónde se transformaba en comida de ovejas y otros animales, en menuda vegetación de las laderas de los cerros que parecían de verdad y en el montecito siempre verde que crecía a las orillas del río, que lucía zigzagueante, transparente e inmóvil. Desde la sacristía venían en procesión de los adultos las figuras que el padre Salas trataba como si fueran hostias consagradas, y las señoras las iban colocando según la tradición del pesebre. Yo lo miraba todo con una fascinación que aún me dura.
            A las 5 de la mañana eran las Misas de Aguinaldo, después del tercer toque de campanas, que desde el primero, mi casa de llenaba de revuelos y me iba a la iglesia para sumarme al conjunto de aguinaldos y el padre Salas nos daba para masticar pedacitos de vela para aclarar nuestras gargantas recién amanecidas. Novena de Navidad, esas misas habitaban las madrugadas decembrinas de mi querida Guama. Son los años cincuenta.
            En el Grupo Escolar cada salón hacía un nacimiento –conservo una foto del 5º B– y después del intercambio de regalos, nos sumábamos al alboroto navideño donde exhibíamos el obsequio recibido y paseábamos nuestra amistad por los pasillos, tomando la exquisita e inolvidable tizana que brindaba en vasitos Dixie el director Lucio Paiva. En una ocasión me vistieron de San Nicolás y fui entregando los regalos que en intercambio se daban los maestros.
            Luego de la fiesta escolar, que era el 14, cada quien buscaba la navidad por su cuenta hasta que nos encontrábamos de nuevo al día siguiente en las madrugadas de misas de aguinaldo, en los patines de cuatro ruedas, Winchester, para uno o dos pies con los que patinábamos en la Plaza Bolívar y en las calles del pueblo, que después de la misa se llenaban de nosotros muchachos y muchachas, de nosotros adultos, de nosotros ancianos que desayunábamos en colectivo empanadas de todo y un dulce y calientico chocolate que vendían en algunas casas de mi querido Guama.
            El 23, mi madre, Ivonne, hacía las hallacas, y la ayudaban Alesia, Inés y Ana, y yo miraba fascinado las hojas de plátano, magníficas, que mi padre, Ángel Rafael, asaba en la tentadora fogata del patio, y mientras el molino Corona tritura el maíz sancochado y blanquito y amasan la molienda, mamá destapa los frascos de aceituna, alcaparra, encurtido, las cajas de pasitas y aquella mañana prodigiosa se llenaba de nuevas presencias olfativas, visuales, que no se han ido de mis recuerdos más preciados, que tengo como incrustadas en mi esta piel de siempre, que mis hermanos y yo nos paseábamos por la mesa magnífica que en sí misma era una hallaca abierta, grande, tentadora… Mi madre se pone al frente de una palangana de peltre anaranjado, con el guiso, y a la derecha, la masa onotada de la que con una cucharilla humedecida en caldo de gallina va tomando porciones que extiende como una sábana sobre la cama verde de la hoja tierna y olorosa y adorna el milagro que se va produciendo con rodajas de papa, tiras de pimentón, anillos de cebolla, aceitunas y lluvia de pasitas que mi madre colocaba sobre el guiso y bautizaba aquella gloria con media cucharadita de aceite onotado y después de envolver el mestizaje, papá lo ataba con el pabilo y sus manos expertas unían el bojotico a otra hallaca para armar pares y ponerlos a hervir. Luego venían los bollos, que era picar los adornos restantes y unirlos a la masa y el guiso para hacer una mezcla de la que en una hoja mamá servía raciones discretas del nuevo preparado y que papá amarraba… Iban saliendo de las ollas los bollos, las hallacas, que mi padre ponía a escurrir en bateas medianas de madera y un aroma distinto y más sabroso nos inunda de más ganas la Navidad. Y esa noche, bollos y hallacas duermen sobre una mesa, arropados con un mantel de flores y al día siguiente, las manos generosas de mi madre apartan las hallacas que llevará a Barquisimeto para la Nochebuena, las que daría a cada una de sus ayudantes y las que obsequiaría, regalos de circunstancia que mamá identificaba con tarjeticas deNavidad, y que yo o ella misma distribuíamos a las amistades de la casa.
            El Pan de Jamón, que es lo que más me gusta de nuestra gastronomía navideña, lo adquiría papá en San Felipe. Después del mediodía del 24 nos íbamos a casa de mis abuelos maternos, Titi y Yiti, en Barquisimeto. Lo primero que veía era el pequeño pesebre que hacía mi abuela al lado del nicho de madera que con santos y estampas había traído del Líbano, desde donde emigrara con mi abuelo, mi tío y mamá en 1921. Como a las nueve, iban llegando los otros familiares con dulces y comidas árabes y criollos y la prometedora bolsa con regalos que después de cenar se iba vaciando de carritos, aviones, muñecas de todo tipo, balones, juegos de cocina, guantes, pelotas, bates, dados de madera con números y letras, helicópteros, camisas, vestidos, rompecabezas, zarandas, billeteras, perfumes, talco, velos, rosarios, adornos…, y desde algún cuarto sacaban un velocípedo o unapatineta… Esto era emocionante y la espera nos hacía felices.
            Al día siguiente, antes de regresar a Guama, visitábamos la casa de las tías, lo cual era motivo para ver el hermoso arbolito, el pesebre precioso, los juguetes que el Niño Jesús le había traído a los primos y primas y para comer las delicias que había en una mesa repleta de nueces, avellanas, dátiles e higos secos, galletas, manzanas, peras, uvas… Como a las cinco de la tarde nos despedíamos de los abuelos y regresábamos a Guama. Cierta inquietud se apoderaba de mis hermanos y de mí por saber qué nos había traído El Niño. Llegábamos a Guama emocionados y cuando entrábamos, casi por un acto de magia, el árbol navideño –que mamá fabricaba con una rama seca que bañaba con una pasta de jabón en escamas y agua, para imitar la nieve–, se iluminaba y alrededor del pesebre, cajas de regalo que nos iban entregando. El árbol navideño que mamá fabricaba lucía espléndido con la luz de las bombillitas de colores en forma de ajicitos y unas luces que eran unos cilindros de vidrio de colores, con agua adentro y la base en forma de zaranda con una pequeña pinza, que cuando se calentaban creaban un juego mágico de burbujas que subían. Recuerdo que estas luces, sobre todo las azules, se reflejaban en lo blanco del árbol y la sensación era maravillosa. Sin embargo, era el pesebre lo que más me atraía, porque las figuras, pequeñas y muy bien hechas, estaban pintadas de colores muy vivos. Años después sabría que este nacimiento se lo había pedido mamá a El Niño por ahí por 1934. Aún lo conservo.
            Un asunto del que hablábamos en Navidad era lo del Niño Jesús, que se nos hacía imposible que en tan poco tiempo y siendo tan pequeñito, entregara tantos regalos. Pero era solamente una pregunta que no salía del círculo de amigos y que ninguno trataba de responder, pero que nos quedaba danzando por ahí.
            La próxima celebración era el 31 de diciembre, fin del año, que tampoco pasábamos en Guama sino en Barquisimeto. Entre el 26 y el 31 ocurrían dos cosas que, con lo de los Reyes Magos, en enero, recuerdo también con mucha alegría y emoción. Una era que venían desde Maracay los primos y las primas a visitarnos, y a traernos noticias del abuelo paterno, que residía allá. Mi abuela Mamaela ya había fallecido. Traían también hallacas, muy semejantes a las que hacía mamá, y saludos y obsequios, y dulces alemanes navideños de los que Papaelo encargaba a su patria. Recuerdo que nos hablaban del árbol de Navidad alumbrado el 24 con velitas blancas, que después de la entrega de regalos apagaban y no encendían más, y de la pianola de rollos con música alemana que mi abuelo hacía sonar para sorpresa de quienes la escuchaban.
            Lo otro que recuerdo es la conmemoración de los Santos Inocentes, el 28, que era motivo para que sobre todo los adultos se hicieran bromas o inocentadas, como llevarle a alguien un dulce de algodón con miel y decirle que era de guanábana, o echarle ají a alguna comida o caer por inocente ante alguna noticia falsa que daban en la radio. También por esas fechas se acentuaban los pactos de aguinaldo, que con toda suerte de picardía dos o más personas se comprometían, enlazando sus meñiques, a limpiar la silla antes de sentarse, o a no contestar si te hablaban, o a tener siempre un palito en la boca, o a decir sí cuando debía decir no, y viceversa, o a hincarse donde te lo pidiera el contrincante, o a dar y no recibir…, de modo que uno decía ¡Palito en boca! y el otro tenía que mostrarlo en su lengua; o estar pendiente de si limpiaba la silla antes de sentarse o decirle ¡Híncate, Cotín! y tantas otras fórmulas amenas y jocosas de juegos de aguinaldos. Cuando no se producía el efecto deseado, uno gritaba “Dame mi aguinaldo”, lo que iba sumando puntos que, al finalizar el juego, según la fecha pautada, se sumaban y quien tuviese más cobraba el aguinaldo, que por lo general eran chucherías de las que vendían en las pulperías.
            El 31, después de mediodía, íbamos de nuevo a Barquisimeto a recibir el nuevo año. En cierta forma, se repetía la rutina de la Nochebuena, sólo que cuando faltaban diez minutos para las doce de la noche, alguien sintonizaba Radio Barquisimeto, desde la que Amílcar Segura deseaba prosperidad y paz, mientras iba descontando minutos, hasta que gritaba alborozado “Son las doce; Feliz Año Nuevo”, y la Galletera El Ávila sonaba su sirena y un mundo de triquitraques, saltapericos y cohetes se escuchaba afuera y todos en la casa nos abrazábamos y venían los vecinos de mis abuelos a intercambiar los mejores deseos para el nuevo año. Era común que encendiéramos luces de bengala y nos deleitábamos dibujando imágenes de chispitas en el aire.
            En Guama, la Navidad popular proseguía con la fiesta de Reyes y la eclesiástica, el 2 de febrero, día de la Virgen de La Candelaria, con una misa especial que daba fin al ciclo navideño, que además de las cosas que he contado, parte del coro de aguinaldos de la iglesia salía a visitar las casas con los pesebres más grandes y vistosos, donde se les brindaba con chicha andina, caratos y a veces hasta hallacas. Días antes del 6 de enero prácticamente todos los muchachos del pueblo nos desplazábamos por sus calles y zonas aledañas para pedir las tradicionales colaboraciones, sobre todo en dinero. Recuerdo que todos contribuían y había, incluso, quienes en vez de plata daban huevos de gallina y bolsas con frutas y verduras de las que cosechaban, que vendíamos a quienes quisieran comprarlas. Dábamos lo colectado al padre Salas y eso se utilizaba para la indumentaria de tres adultos que en caballos vestidos con telas brillantes, de colores preciosos, recorrían las calles de Guama dejándose ver en su esplendor de reyes y repartiendo caramelos como si fuera un carnaval sagrado. Y mientras, el sonido de las campanas de la iglesia y el fervor emocionado y emocionante de la tradición, hacían que todos salieran a despedir la Navidad; y en mi casa, sobre las alpargatas al lado de la cama, el 7 aparecían bolsitas de papel con golosinas que nos traían los Reyes.
            En 1960 nos mudamos a Barquisimeto. Guama comenzó a convertirse en un grato recuerdo, más grande y fuerte, que lo es todavía. Entré al Liceo Mario Briceño Iragorri a estudiar el segundo año y allí la Navidad se sustentaba también en la fabricación de un nacimiento y un arbolito grandes. Las puertas de cada salón lucían adornos navideños comprados en las tiendas y las carteleras de cada salón y la grandota del liceo exhibían mensajes de paz, de felicidad y de bendiciones, al lado de los dibujos alusivos a esa fiesta. Y no faltaba, por supuesto, el tradicional intercambio de regalos, entre estudiantes y entre profesores, el último día de clases, el 14 de diciembre. La madrugada del 15 comenzaba la Novena de Navidad o Misas de Aguinaldo, muy distintas a las de Guama porque estábamos en una ciudad más grande, dividida en parroquias y no tenían ya aquel calor de fiesta colectiva. Por correo o personalmente seguían llegando tarjetas de Navidad, preciosas, con impresos muy bellos y mensajes de bienestar, amor y paz que enviaban personas e instituciones y la familia; tarjetas con las que se decoraba la puerta de entrada de la casa o el arbolito o que se colocaban como si fueran los pétalos de una flor en algún recipiente amplio y llano.
            Recién mudados a Barquisimeto convivíamos en la cuadra una familia alemana, una de ascendencia polaca, dos familias andinas, dos de Barquisimeto y la nuestra, con mucho de libanés y alemán. En este escenario, que parecía una Venezuela chiquita, ocurría en diciembre un intercambio de hallacas, bollos, chicha y comidas y dulces extranjeros, tarjetas de navidad y hasta regalos. Sucedía, también, que no sólo nosotros, los jóvenes, íbamos a la Avenida 20 o Calle del Comercio a comprar los “estrenos”, sino también las mamás y demás familiares, que se ponían de acuerdo para “salir de compras”. Esta costumbre del estreno, que siempre me llamó la atención, se extendía al remozamiento de la casa, los muebles, lencería, ajuar de cocina, el jardín, el patio, porque la Navidad era y es tenida como ocasión para darle a todo lozanía, desde la persona misma hasta el lugar de residencia, las tiendas y las calles. En noviembre, prácticamente las casas estaban ya pintadas, y mi madre, por ejemplo, procuraba cambiar algunas cosas y hacer lo que se conocía como una limpieza a fondo, aprovechando que con la pintada teníamos que mover muebles, descolgar cuadros, apartar matas, cambiar cortinas, y un largo etcétera.
            Palabras más, palabras menos, estos son mis recuerdos de las navidades que he disfrutado en Venezuela desde que tengo memoria. En 1967, y por siete años, las disfrutaría en México, pero esto es otra historia.
            ¿Qué tiene de especial la Navidad? Podrían, quizá, darse varias respuestas, pero es indudable que se trata de un fiesta que involucra al individuo y al colectivo en todas sus facetas, porque es una conmemoración que convoca a la paz, la tolerancia, el amor, con elementos que a todos resultan agradables. Se trata de una fiesta con perfil propio y gran poder de convocatoria que involucra tanto a lo humano como a lo divino.
            A lo divino, porque la razón de ser de la Navidad es la conmemoración del nacimiento de Jesús, el Dios hecho Hombre, el Cristo, el Nazareno, el Salvador, el Mesías anunciado por los profetas, el amigo Jesús, que siguiendo las indicaciones de la Biblia y la tradición, se hacen presente en la comunidad católica cristiana figuras y símbolos tan contundentes y amorosos como José, el pater putativus, el PP o Pepe, de Jesús; María, su madre, virgen por la gracia del Padre y el Espíritu Santo; los abuelos maternos del Niño, Ana y Joaquín; una mula y un buey que con sus alientos calentaron al Niño en el pesebre, según me decía mi madre; un ángel anunciador de buenas nuevas, muy cercano a una estrella cuya luz guió al sitio del milagro magnífico a tres reyes que por sabios se los tiene por magos, y a pastores y ovejas y otros animales que fueron a reclinarse y a balar ante el prodigio. Esto es lo que representamos en el Pesebre, al que la imaginación, el amor, la devoción, la creatividad suman toda una ristra de elementos que hacen del Nacimiento no sólo la representación del sagrado acontecimiento, sino ocasión para reproducir en un lugar visible y especial el místico momento, de modo que Jesús nace rodeado de cactus, de pescadores, de nieve, de arena, de edificios y otras construcciones, y al lado de carritos, cerca de un lago o de un río o de una catarata, que cada quien echa mano de su cultura material y su imaginación para tener en casa a Enmanuel.
            A lo divino porque previo al nacimiento del Niño se sucede una serie de nueve misas, en las que uno de sus protagonistas es el canto de aguinaldos en la iglesia por un coro que además de los instrumentos navideños tradicionales -cuatro, guitarra, güiro, chineco, tamborita, furruco- se construyen chaperos con la emoción de hacerlos sonar golpeándolos contra la parte baja de la palma de la mano. Y la devoción popular ancestral hace del Dios Niño una persona tan generosa, que a pesar de su edad recién nacida se cree que es capaz de traer todo tipo de obsequios a los niños, según la petición que se le hace en una cartica con la que la infancia se comunica con Dios; y en otras latitudes no es El Niño quien se encarga de esto, sino San Nicolás y hasta los Reyes Magos que, respectivamente, suelen visitar el 24 de diciembre y el 6 de enero, las casas ávidas de las sorpresas en forma de regalos.
            Y a lo humano, porque ¡cuánta carga positiva genera y se genera en la Navidad! Una de las primeras señales es el remozamiento de todo: de la casa, de los enseres de la casa, de la persona misma, de las calles, de todos los espacios, en realidad. La conmemoración del nacimiento de Dios en la Tierra es evento propicio no sólo para adornar con luces de colores los espacios en los que diariamente estamos, sino que nos llenamos de nuevas esperanzas y hacemos propósitos para el año siguiente. La idea de regalar y de regalarnos está presente y además de que Dios nos regala en nuestra devoción el recuerdo de su Hijo, las ganas de agradar se nos agrandan y esperamos el juguete, el obsequio, el regalo de nuestros padres, e inventamos el maravilloso sistema del amigo secreto y el intercambio de regalos, y se cruzan tarjetas navideñas con sinceros deseos de bienestar, amor y paz y se multiplican las fiestas familiares y las colectivas. Y como para que tengamos más tiempo para el amor, la tolerancia, el afecto, el descanso, la Navidad es fecha de vacaciones.
            Del componente humano de esta fiesta da cuenta, asimismo, la gastronomía especial que se genera en varias regiones del mundo, y cuyos productos se han venido sumando a los propios de Venezuela. Turrones procedentes de la tradición árabe en Europa y el panetone de la Italia se han hecho indispensables, así como frutas que aquí no se producen aún a gran escala; pero la reina es la hallaca y su consorte es el pan de jamón, que en Noche Buena y Año Nuevo lucen sus exquisitas presencias al lado de un buen hervido y de una gustosísima ensalada de gallina. Orejones de pera, manzana y albaricoque se convierten en dulce sabrosote, al lado del de lechosa; y avellanas, nueces, castañas, maní y otras ricuras acompañan a un surtido casi increíble de galletas, que van desapareciendo de la mesa que en cada casa se coloca para deleite de la vista, del olfato, del comensal, de la visita, de uno mismo.
            Y así se va sucediendo la universalidad y la regionalidad de nuestra Navidad, con cinco festividades que caracterizan la conmemoración del maravilloso acontecimiento del nacimiento de Dios en la Tierra: la Novena de Navidad o Misas de Aguinaldos, la Nochebuena, el día de los Santos Inocentes, la adoración de los Reyes Magos y la celebración de Nuestra Señora de La Candelaria, el 2 de febrero, día que concluye el Ciclo de Navidad. A lo largo de su celebración tienen lugar en Venezuela diversas tradiciones, algunas comunes a todo el país y otras propias de cada región. Con el paso del tiempo y la inmigración interna, varias de esas fiestas han salido de sus ámbitos originales para instalarse en otros. La Paradura, Robo y Encuentro del Niño, por ejemplo, que desde nuestros Andes ha llegado a algunos sitios de Caracas y de otros lugares del país, así como el famoso ponche y la leche de burra andinos; la gaita, principalmente la de furro, la han exportado los zulianos y cuyo éxito se debe tanto a sus letras como a su pegajosa música que, además, es bailable. Desde el oriente de Venezuela, las diversiones pascuales pueblan fiestas de calle en otras zonas del país y son muy usadas en los actos culturales de fin de año, sobre todo en las instituciones de educación primaria. El 13 de diciembre Mucuchíes celebra a Santa Lucía, en tanto que los primeros fines de semana de ese mes cantan rosarios en Mérida, Táchira y Trujillo, estados andinos donde existe, además, una especial devoción por el Niño Jesús a quien dedican las famosas serenadas y el consumo del relajante aguamiel. También en Curiepe, Miranda, El Niño recibe especial atención desde julio, con la Peregrinación del Divino Infante, que llevan en procesión a cada comunidad, hasta el 24 de diciembre cuando regresa al pueblo.
Sanare y sus Zaragozas, en el estado Lara, el Baile del Mono, en Caicara de Maturín, el Juego de la Locaina, en Portuguesa, y otras comparsas de hombres vestidos de mujer y, en general, de mamarrachos, enriquecen el acervo popular del día de los Santos Inocentes, a lo que se agrega, en algunos sitios, el Año Viejo, un monigote relleno con fuegos artificiales que es quemado el 31 de diciembre, luego de que se lee su testamento, como ocurre en Semana Santa con la quema de Judas. Para La Candelaria destacan los Vasallos, de La Parroquia, Mérida, una danza de hombres vestidos a la usanza de las cortes europeas medievales, en agradecimiento por las cosechas recibidas, y que bailan al compás de violines, cuatros, tiples y tamboras.
Dios, y la historia de su nacimiento en la Tierra, tiene asegurado en Venezuela el recuerdo que renace anualmente en nuestra Navidad. El milagro que es ese acontecimiento se sigue realizando no sólo en el afecto que palpita en esta hermosa tierra, sino en la creatividad que nos caracteriza. Por unos días, nos hacemos niños y regresamos a la dulce infancia del pesebre, nos trepamos con nuestra imaginación al árbol navideño, desatamos el lazo del regalo como hacíamos cuando niños y esperábamos, ansiosos, al Niño Jesús y a los Magos; nos arrimamos a los fuegos de artificio, que aún nos cautivan en sus luces; vamos ahorrando para cumplir con la lista de obsequios que queremos hacer y la casa se nos vuelve a llenar de los aromas que la sabia tradición ha instalado en nuestros afectos; y siguen haciendo falta quienes se fueron antes y los recordamos con la veracidad de sus presencias; y cada vez que miramos hacia el cielo, es Navidad, y hay tanta Navidad en un niño, que me gustaría que todo el año fuera Navidad.



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